Del Árbol Genealógico / No. 199

El mundo en azul



Agazapado, atento a cada uno de tus gestos y maneras, dueño de tus pensa­mientos y ocultándote los suyos, supiste que había otro en ti. Y siempre sospechaste que ése comprendía mejor tus acciones y pasos y motivos. Por ello —y no tanto debido al entrenamiento militar, como decías a tus más íntimos—, al des­pertar procurabas de inmediato tomar el control de tu cuerpo y tu vigilia, conven­ci­do de que entre el yo que regresa del sueño y las palabras a las que se recurre para en­tenderlo y ubicarse en la corriente de la vida aflora, por lo común, un instante de du­da o desconcierto. Porque en ese lapso, desprevenido, el que se reinstala en la vigilia pue­de ser víctima de celadas y violencia, bien del otro que se encierra en él mismo o bien de los otros que son los demás. Y para quedar en guardia permanente contra ese tipo de acechanzas, tú, Marcelo Azuara, entonces con el grado de sargento en el ejér­ci­to estadounidense, meses después de haberte enlistado como voluntario que busca­ba es­calar grados y posiciones, fuiste adiestrado durante meses en el Centro de Entrena­mien­to para Operaciones en la Selva que funcionó en el fuerte Sherman de Panamá. A partir de esos meses, recurriendo a tu fortaleza y perseverancia, llegaste pronto a ser capitán de las Fuerzas Especiales en la guerra de Vietnam, donde realizaste sobre todo activida­des de infiltración e inteligencia valiéndote de una capacidad que te permitía pasar desa­per­cibido, ser casi invisible, por lo menos hasta que entrabas en acción. A ese adiestra­mien­to, sin embargo, le concediste tanto más valor cuanto potenció tu lucha contra el otro, el que hasta entonces, en el Agujero del fuerte Sherman, había sido juez implaca­ble, voz que a cada instante se dirigía a ti desde tus adentros, para señalar tus errores e imponerte conductas o ideas.

Por eso, durante las contadas ocasiones en que a lo largo de tu vida posterior a la guerra llegaste a sentir que al despertar no se arraigaba en ti, con dominio completo, tu preparación militar, procurabas antes de abrir los ojos, mientras un punto azul de luz ampliaba su brillo en el fondo de tu mente, buscar la referencia de aquella vieja canción que en 1968, a lo largo de dos días, atronara en el Agujero, una y otra vez, se­gún el plan de instrucción que pretendía quebrar tu cordura y tu paciencia. Pues sa­bías que al permitir que esa música regresara a tu memoria, coronel, me expulsarías de ti y yo procuraría volver de inmediato al silencio y la paz: un lugar anterior a tus maquinaciones y palabras.

En el momento en que la pieza comenzó a escucharse en el Agujero tú estabas des­nudo, con los ojos vendados, en un cubo de dos metros por lado y tres de profundidad, situado en un extremo del fuerte. El hueco se hallaba con las paredes recubiertas de cemento y sendas coladeras en los rincones. Lo coronaba una reja metálica en cuyos flancos cuatro bocinas repetían a todo volumen y sin cesar esa melodía que en otras circunstancias y pocos años atrás te había parecido una tonada alegre y pegajosa. Y tú, Marcelo Azuara, creíste primero que se trataba de una broma y no de algo relacio­nado con tu entrenamiento. Después supusiste que tal vez era más bien el capricho de alguno de tus superiores, tras enterarse de tu historial como empleado de tu padre en la tienda de música en Chicago. Al final, sin embargo, debiste convenir conmigo en que el adiestramiento estaba planeado sin resquicios para la improvisación: desde las enseñanzas de supervivencia y técnicas de combate en la jungla, operaciones de bús­queda, exploración y rastreo, misiones de demolición, emboscadas, búsqueda de fuer­zas guerrilleras, combate cuerpo a cuerpo, hasta las clases de la historia reciente de Vietnam y su geografía, el estudio de la estrategia y las tácticas de combate del Vietcong, al igual que su armamento y sus técnicas de propaganda comunista.

"Luego entonces...", te dijiste parodiando al viejo maestro de matemáticas en la se­cundaria de Ciudad Valles y esperando que yo contestara, pues aún manteníamos el diálogo que esa noche iba a romperse para siempre. Porque yo había enmudecido, cán­dido y asustado en el Agujero, preguntándome qué tenían que ver las técnicas de supervivencia o de combate cuerpo a cuerpo con esa canción, mientras tú, desde­ñan­do mi cobardía, caías en cuenta de que tus superiores poco sabían de ese calor hú­medo y sofocante que te resultaba familiar y hasta ligeramente menor que el que habías experimentado junto a mí a lo largo de tu infancia y nuestra adolescencia en la Huasteca.



Ana Clavel (Ciudad de México, 1961). Es autora de los libros de cuentos Fuera de escena (SEP/Crea, Letras Nuevas, 1984), Amorosos de atar (Premio Nacional de Cuento Gilberto Owen 1991; Difocur/Gobierno del Estado de Sinaloa, 1992), Paraísos trémulos (Alfaguara, 2002), Amor y otros suicidios (Ediciones B, 2012) y del libro de minificciones CorazoNadas (Hormiga Iracunda, 2014). Sus novelas Los deseos y su sombra (Alfaguara, 2000) y Cuerpo náufrago (Alfaguara, 2005) se han traducido al inglés, y El dibujante de sombras (Alfaguara, 2009), al francés. Las violetas son flores del deseo (Alfaguara, 2007, traducida al francés y al árabe) obtuvo el Premio de Novela Corta Juan Rulfo 2005 de Radio Francia Internacional. Las ninfas a veces sonríen (Alfaguara, 2013) fue galardonada con el Premio Iberoamericano de Novela Elena Poniatowska 2013 y ha sido recientemente traducida al francés. Su novela más reciente es El amor es hambre (Alfaguara, 2015). Sus libros han dado origen a proyectos multimedia que conjuntan fotografía, instalación, performance, intervención artística, video; se encuentran disponibles en el sitio web <www.anaclavel.com>.