No. 139/CUENTO

 
Ayoloco


Marco Antonio Silva Martínez
Facultad de filosofía y letras, unam
 


And the eyes in his head
See the world spinning 'round


Lennon & McCartney
 

 

punto de partida 139
Ilustraciones de Jarumi Dávila

Entre muecas que surcan la nieve jabonosa de sus mejillas, Héctor ve a quien lo mira del otro lado del espejo. En una diez­mi­llo­né­si­ma de segundo, mientras el rastrillo se congela en el descenso, el glaciar de su memoria lo hace rodar ha­cia otro tiempo.

De hinojos, frente a la carpeta de agua que refleja al Iztaccíhuatl, miras un rostro ajeno. A cambio del ex­trovertido veinteañero hay un hombre de facciones du­ras y mirada inquisitiva. Tras la primera ojeada, vuelves la vista atrás para comprobar si alguien te acompaña, pero tu soledad es evidente. De seguro tus compa­ñe­ros instalan el campamento, arman las tiendas, juntan leña para la fogata, se cambian la ropa húmeda. Sin em­bargo, este tipo se parece a... ¿a quién? Lo miras, te mira directamente a los ojos. Hay algo familiar en el fondo de esas pupilas acuosas. En una arista de luz se te revela una vívida estampa: un hombre se rasura frente a ti. Debe ser una alucinación. Sí, el sol, esa he­rida oculta detrás de finísimas gasas, quiere jugar­te una broma con sus reflejos. Pestañeas. Te acercas has­ta que la fina película empata con tu rostro. Al des­pegarte del estanque un escalofrío resbala por tu cara húme­da. Miras otra vez al hombre maduro en el agua tem­blorosa. Notas que ambos comparten una inquie­tud en los labios, mas ninguno se anima a balbucir la pri­mera palabra. Adviertes en la mímica de aquél un es­calonamiento mandibular que deja ver unos anchos dientes amarillos, dentro de una boca surcada por plie­gues hondos a los costados, que se estiran cuando pa­recen pronunciar sílabas terminadas en a. Escuchas: ¡Eeeooo! ¡Eeeooo! Giras la cabeza y observas la figura de Fabián empequeñecida por la distancia. A lo lejos, el vaho de tu amigo es un pequeño globo —como en las historietas— donde se entumen las palabras al mo­mento de ser pronunciadas. Fabián agita los brazos, re­clama: ¿Qué pasó con el aguuaaa? En tu globo de respuesta balbuceas: ¡Ya vooooyy! Cuando te vuelves, el espejo de agua te refleja sin cambio alguno, pero se rompe con las ondas concéntricas formadas al su­mer­gir el primer garrafón en la montaña blanda. El aire, cada vez más frío, taja tus mejillas.

Tras el rastrillo el dorso de su mano recorre el tra­mo de piel recién rasurada. ¿Así era?, se pregunta al arrastrar la navaja debajo de la boca. Observa en el cristal pulido unos labios de tono guinda más car­no­sos y humectados, las mejillas rosáceas ligeramente abombadas, como si cada una se enfrascara en di­sol­ver en saliva un duro caramelo. ¿Qué dice el joven del espejo? Parece la fotografía en movimiento de sus épocas de montañista. Héctor hace un rápido rappel hacia sus años estudiantiles, cuando la vida era un con­tinuo entrenamiento para el ascenso. Tropieza con Fa­bián y Aleida. A él lo conoció primero, le debía una de sus vidas de gato explorador, por lo ocurrido aque­lla tarde en un campamento nacional de boy scouts.

punto de partida 139 Te acalambras porque el agua está muy fría y no hiciste los ejercicios de calentamiento que reco­men­dó el Cejas. ¡Y qué importa!, puedes alcanzar la otra orilla sin esas mariconadas y sin ayuda de nadie. Re­ba­ños de nubes y las sombras espesas de los árboles impiden que el río se entibie siquiera. El en­ga­rro­ta­miento ya invade las dos piernas y si no manoteas más rápido te hundirás por desobediente. Tragas un gran bu­che y observas el chacualeo de tus manos de­ses­pe­radas que no consiguen levantar el vuelo. Las agitas cada vez más rápido pero parecen estar en un punto ca­da vez más alto que tu cabeza. Quieres im­pulsarte y jalar más aire o gritar, pero en lugar de eso sólo das otro gran sorbo. ¿Por qué nadie se acerca? Esos de allá creerán que repites la broma para los de primer in­greso. Tus manoteos son cada vez más lentos y por eso desciendes rápido a un mundo turbio con más plan­tas, piedras y basura que peces. Sólo un ajo­lo­te cer­cano mira con atención tus ojos que deben es­tar ya desor­bi­tados. Justo cuando renuncias al ma­no­teo y es­tás a pun­to de abrir por completo la boca sientes el ti­rón ha­cia arriba. El sol se burla de ti arrojándote por entre las ramas zigzageantes chisguetes de luz mien­tras al­guien, que te puso bocarriba, te remolca, sube tu cuer­po a tierra firme, lo recuesta debajo de un árbol.

Rocía espuma sobre el labio superior. Como la ja­bonadura sale a borbotones, el excedente se desborda hacia la boca y obstruye también sus fosas nasales. Busca la toalla para limpiarse pero no está a la mano. Camina hacia el otro perchero y la toma cuando sus vías respiratoras están ya saturadas. Percibe en su ros­tro la congestión sanguínea que lo obliga a jalar aire por la boca, lo hace estornudar y toser con un timbre que sería escandaloso de no ser reprimido por la toa­lla. Seca una lágrima. Toma un vaso de agua y aclara la garganta. Regresa su vista al espejo. Unta con un dedo la consistencia blanca. Podría convertirse en Marcel Marceau si se cubriera toda la cara. La amis­tad se consolidó en la etapa universitaria, cuando ad­miraba la forma en que Fabián se sacudía a quienes lo aburrían o fastidiaban.

punto de partida 139 Es un truco que siempre le da resultado: hablar de Alemania aprovechando la ignorancia de sus escu­chas, te advierto —agrega Nacho—, diserta sobre la fór­mu­la para la elaboración de la cerveza bávara, según él la mejor del mundo; refiere las características técni­cas me­nos conocidas de los autos más prácticos: Volks­wa­gen, y de los más elegantes: Mercedes Benz; o cuenta los desplantes y genialidades de Bach, Häendel, Goe­the, o el mismísimo Einstein. Te apuesto lo que quie­ras que en menos de un minuto ese grupo que ahorita está con él va a huir harto de tanta erudición. ¡Y así ocurre! Na­cho y tú son sus únicos amigos. Pero ambos pre­fie­ren oírlo hablar de sus conquistas. ¿Teresa?, es una his­térica que hasta da miedo, pero a la hora bue­na ma­ma como si fuera una recién nacida. No, Moni me cos­tó mucha paciencia, flores, regalos, cenas y nun­ca se acos­tó conmigo. Pero como la pasamos tan bien, todavía somos amigos. En cambio a Ruth nunca le lle­gué; fue ella la que me encerró una tarde en su depa. Fabián te confía su debilidad por una sola. Aleida tie­ne la san­gre que me gusta. Ya me tomó la medida. Por más que quie­ro, no puedo dejar de pensar en ella y mírame, Héc­tor, debo estar grave porque me ha vuel­to mo­nó­gamo.

Con la boca torcida al lado contrario, el filo recorre la otra mejilla. De joven él también conoció las rela­cio­nes fugaces gracias al dibujo técnico y el de imita­ción con el que se ganaba la vida en despachos y plazas públicas. Planos y retratos le ayudaron a cono­cer a oficinistas y contemporáneas en una butaca del cine o dentro de un carro. Pero sobre todo le permitie­ron pagar la renta y los estudios. Nacho y Fabián le pre­guntaban sobre su futuro.

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Nada más entrego el papelito de arquitecto que les prometí a mis papás y me largo a correr mundo —alar­deabas con una gran seguridad— algún día ellos y us­tedes sabrán de mí porque voy a inaugurar una ex­posición en Nueva York, o porque acabo de subir al Kangchenhunga y me preparo para el Lhotse, el Ma­kalu y el Everest. También a ti te gustaba Aleida, la sonrisa que abanicaban sus ojos, la elegancia con que asentaba su caminar por los pasillos de la uni­ver­si­dad, la gracia innata de sus gestos al simular asom­bro, fastido, ira y aun demencia; pero sobre todo sus tonos de voz: el canoro y entusiasta cuando lidereaba el grupo de amigos reunidos en el café. ¿Por qué no matamos clase y nos vamos a Tequis?, o qué, ¿pre­fie­ren morir de rabia en este sauna infernal? El tono de calidez rasposa que usaba en las pocas ocasiones que estaba contigo a solas: no me imaginaba que también te gustara la literatura. Fabián me dijo que hacías re­tratos, pero quién se iba a imaginar que conocieras a mis dos Carlos. Oye, entonces ¿tú cuál prefieres: Cas­tañeda o Fuentes?

Las impresiones y sentimientos que le dejaban la conviviencia con Aleida los guardaba para sí. No que­ría incomodar a su amigo. Ayudado por la mano iz­quier­da que estira la piel, el rastrillo sube de la garganta hacia el mentón. Una voz femenina reclama: Héctor, estoy casi lista, ¿y tú? ¡Ya meroo!, contesta. La dis­trac­ción lo hace rebanarse un pequeño grano. Saca una gasa del botiquín, le aplica alcohol y se la coloca en la herida. Más le dolió, sin embargo, aquella noche la visión del estanque y lo que ocurrió después de la ce­na, tras los comentarios y anécdotas para recordar ex­periencias de proezas ajenas o ascensos anteriores. Esa noche en que, con el pretexto de ir al baño, salió de su bolsa de dormir, abrió la tienda, se encaminó hacia la delgada superficie.

punto de partida 139 La pileta tiene reflejos plateados. Sabes tuyo el ros­tro reflejado en el agua, pero la sombra de la montaña y las serpentinas lanzadas por el plenilunio no te per­miten confirmarlo. Acercas la cara, como si fueras a fundirte con tu imagen. Quieres recuperar la magia del atardecer. En lugar de eso, el fondo de otra noche se proyecta. Recortada en cielo azul marino, la luna es­pejea de arriba a abajo los grandes ventanales de al­tos edificios. Te parece un sitio conocido, pero no lo­gras saber dónde lo has visto. Damas de vestidos y escotes largos, acompañadas por caballeros de esmoquin for­man corrillos a los costados de una ancha alfombra iluminada por altos reflectores de cine. Un ronquido de acero y de concreto, de cristales que se rompen con ecos de agua sólida desciende a tus oídos. La es­cena es tan real que, instintivamente, agachas la ca­be­za que traspasa el espejo líquido. Al sacarla, brillante de su­dor y agua, oyes una voz cuyo significado no en­tien­des, porque es una lengua para ti desconocida. Un frío gelatinoso sacude tu esqueleto. Cuando lo yer­gues para desandar los pasos, alcanzas a escuchar aún el peculiar silabeo. Con prisa, regresas a Nexcoa­lan­go. Te secas con las mangas de la chamarra. A punto de lle­gar, de entre los árboles sale una sombra cuya voz te hace respingar hacia atrás. ¿Quién vive? Entre risitas apa­gadas con las manos para no despertar a los que ya duer­men en las tiendas, la sombra se acerca y te abra­za. ¡Ay!, te espanté, pobrecito. Al identificar la voz, te dejas consolar olisqueando de paso entre la bu­fanda y la gorra el aroma tibio que se desprende de Aleida. ¿A ti también te andaba de la pis?, pregunta. Al se­pa­rarte para mirarla percibes un choque eléc­trico pro­vo­cado por un roce de mejillas. Continúas el movimiento hasta emparejar tus labios con los de ella. La estre­chas de nuevo. El beso rezuma dulzores, fragancias nuevas. Con labios húmedos asciendes por una ruta de pequeños lunares hasta una de las orejas feme­ni­nas cuyo revés lames. Tras estremecerse ella atrapa con la suya tu boca. Agitadas, las respiraciones retiem­blan con escándalo en el respectivo pecho. Angustiosa pe­ro afortunadamente logras desprender tu guante dere­cho. Abrazas y presionas sus nalgas para rascarte la comezón que te crece en el centro del cuerpo. Y qué hacer con las montañas de ropa. Tu desnuda mano explora y encuentra un hueco debajo del anorak, gira, desfaja una, dos blusas, roza con las yemas la piel del vientre, se dispone al descenso. Ella arquea las ca­deras hacia atrás. La mano aguarda unos instantes y luego sube cautelosa por la tibia epidermis, en­cuen­tra un obstáculo, se desliza por encima de un borde y atrapa un pecho. Aleida sacude el tronco y retrocede. Sin abandonar a tu rehén delineas el pezón con el ín­dice hasta que Aleida interumpe el beso, te separa con un empujón y se aleja corriendo para meterse en su tienda. Antes de caminar hacia la tuya, recoges el guan­te y lo sacudes. Acomodas tu miembro verticalmente. ¡Ora, tú!, no espantes, parece que te persigue el hom­bre de las nieves, dice Nacho, cuando te arrojas al interior resbalando sobre las dos bolsas de dormir de tus compañeros. Se enciende una lámpara y detrás de la luz, adormilado, Fabián te mira como a un extaño. Nacho dice, al sentir un rodillazo en sus posaderas, órale, no tan brusco joven, para eso son pero se piden. Tomas la lámpara, cuando estás a punto de apagarla, rumias el sabor de la culpa mirando el vaho en­sor­ti­jado que sale de tu boca.

El vapor empaña el espejo del baño. Lo borra con la palma de la mano en tanto el cristal emite lán­gui­dos pujidos. Se quita la gasa y comprueba que la protu­be­rancia extirpada ha creado un mecanismo regene­ra­dor que ya no requiere más taponamientos. Advierte además que su imagen es la que ha visto en los úl­ti­mos años. El pelo castaño, lacio y sedoso, plateado en las sienes y encima de la frente; anchas cejas y largas pestañas azabache; los ojos hundidos, recta la colum­na de la nariz, la boca con pliegues a los lados, la barba prominente. Es otra vez el hombre maduro que ahora se viste para acudir a la cena en la que la embajada germana y la comunidad de arquitectos quieren en­tre­garle otro reconocimiento por su trabajo. Sobrios y fun­cionales, elegantes y discretos; en resumen, así son calificados por la crítica especializada los diseños pa­ra la edificación de oficinas y plazas comerciales en una ciudad tan contrastante como la capital mexica­na. Sus modelos han trascendido fronteras, influido incluso a los colegas alemanes. Él cree que la in­fluen­cia ha sido mutua, pues su posgrado en el país teutón le dio una perspectiva inmejorable sobre la dis­ciplina que ocupa la mayor parte de su tiempo. Des­de hace viente años abandonó el montañismo a pesar de que en Europa estuvo tan cerca de sus juveniles propó­si­tos. En cambio, redujo su actividad deportiva a la ca­minadora eléctrica y la bicicleta fija. Su vida se con­sagra al estudio metódico, el rigor y la disci­pli­na en el trabajo. Hace años que no toma vacaciones, que no lee una novela o un libro de cuentos. No con­serva más retratos que el de Aleida, el cual ocupa un sitio pri­vilegiado en la sala. ¿Cómo pude cambiar tan­to?, se reconviene al anudarse los zapatos. Está listo. ¿O le fal­ta algo? Ya se puso desodorante y... extiende la toa­lla sobre el lavabo. Los innumerables hilos blan­cos ahora húmedos le provocan cierto escalofrío.

punto de partida 139 En la panza del Iztaccíhuatl avanzan las dos cor­da­­das que se formaron para atacar el Glaciar de Ayo­lo­co. La que está a tu cargo la integran además Igna­cio, Ra­quel, Aleida y Fabián. Ascienden por el lado de­re­cho con sólo dos mochilas muy ligeras. En una tu mejor ami­go carga una cámara fotográfica; la otra, que es de Raquel, la llevas tú con un termo lleno de café y va­sos desechables. La tarde azul y blanca tiene un olor dulce en el paisaje soberbio. Da pena pisar las blan­quísimas sábanas de nieve puestas a orear so­bre las rocas y las tierras áridas. A través de los go­gles y el maquillaje para mitigar la quemadura de los ra­yos ul­travioleta, respiras las continuas oleadas de ai­re co­mo un acto de anticipación a la nostralgia. Los spi­kes y los piolets se encajan sin dificultad en la nieve, pero a medida que avanzan, paso a paso por la pen­diente cada vez más inclinada, el terreno se vuelve difícil. Fabián y tú, en los extremos de la cordada, se turnan la punta. En menos de una hora alcanzan la primera parte del objetivo. Se detienen a reponer ener­gías al pie de una saliente. Es una especie de cor­nisa que les queda a una altura entre el estómago y el pe­cho. Arri­ba, a menos de cincuenta metros, el glaciar impre­sio­na con su movimiento imperceptible y sus an­chas ro­cas no totalmente escarchadas. Semeja los arre­cifes por los que podría accederse a las azules aguas del cielo. Desunen sus cuerdas. A sugerencia de Ra­quel, sacas el termo y los vasos. Sirves el café. Exci­tados por la belleza del lugar brindan y se congratulan unos a otros por coincidir en ese momento de sus vidas. Fabián co­mienza a tomar fotos. En el extremo iz­quier­do, a unos trescientos metros de distancia, sobre las bar­bas blan­cas de unas nubes, los compañeros de la otra cordada también se muestran entusiastas. El guía que va con ellos les indicará el momento de reunirse to­dos para practicar las técnicas de caída. Aquéllos agi­tan las manos y luego de extenderlas hacia arriba inclinan el cuerpo al frente, como en una reverencia islámica. Ra­quel y Aleida creen entender el juego, les de­vuelven la señal. Por encima de sus cabezas ruge un pesado rumor, algo semejante a un tanque de agua con her­vores alarmantes. Supones que los cinco admiraron en fracciones de segundo la elíptica, gigantesca roca que pega sobre la ladera y corre velozmente hacia uste­des. La sorpresa los paraliza. En ese instante en que el tiempo también se congela, recuerdas la voz de tu fal­sa imagen y crees comprender. Gritas: ¡Agachen las cabezas!, ¡agachen las cabezas!, abrazas a dos de tus prójimos y te precipitas con ellos apenas con el tiem­po justo para acurrucarse en cuclillas bajo la cornisa. Los segundos se alargan estirados por las estentóreas respiraciones y algún rezo a media voz. Alguien dice, o pregunta: ¡¿Ya?! y otra voz contesta: ¡No!, todavía sigue. Con la cabeza a salvo, pero la cadera expuesta a una cascada de piedras diminutas que te acribillan sin piedad, intuyes que no están todos tus compa­ñe­ros. ¿Quién falta? Debajo de la cornisa, un incipiente deshielo, apenas un chisguete, gotea hacia el piso te­rroso donde permanecen hincados.

La gota de agua salada surca la rosácea pared de su mejilla, continúa por uno de los pliegues a un lado de la boca hasta rodar en la saliente mandibular. ¿Por qué no fui yo?, se pregunta, luego de secarse con la toalla. Él me salvó una vez y yo no pude, ¿o no quise hacerlo? En su cabeza se desplaza otra vez ese sueño podrido que lo acosó durante tanto tiempo, aunque con los años se espació hasta casi desaparecer. Todo comenzaba un día soleado en el Cañón de Aculco, en Querétaro, donde Fabián y él emprendían nuevas ru­tas para la escalada en roca. En algún momento, los al­tos peñascos se transformaban en una torre de Babel. Am­bos discutían al calor de sus argumentos, mientras arriba de ellos, cuadrillas de trabajadores trans­por­ta­ban en troncos rodantes grandes bloques de piedra.

—No me estás entendiendo. Lo que digo y lo sa­bes, es que la tensión de las cuerdas tiene un límite di­rectamente proporcional a...

—Y yo te hablo de un retraso insostenible si...
 
—Sí, sí, pero la seguridad es primero.

—¿Entonces quieres quemarte, incumplir con los tiempos en tu primer trabajo importante?

En el nivel superior también los peones discuten. Por momentos se forman espesas nubes de polvo arcilloso hasta que, una vez disipadas, el arrastre contunúa. El alegato nunca se interrumpe. Tras un descuido, dos grupos de trabajadores equidistantes no pueden im­pe­dir que una piedra resbale de su cama rodante y tire a quienes la tenían sujeta con cuerdas. La roca queda suspendida sobre las cabezas de ustedes. Al verla, el miedo intenta cuartear verticalmente tu estructura y si no te desmorona es porque te sorprende que Fabián haga caso omiso de ella. ¿Qué, no se da cuenta? El peso que soportan los jornaleros es tanto que se dese­quilibra la carga provocando un movimiento pen­du­lar. Cuando ves venir la piedra hacia ti, agachas la cabeza, hasta que la sombra de la roca se orienta ha­cia donde está tu amigo, que de manera inexplicable está cada vez más alejado de ti. Aunque tratas de ha­cerlo, no puedes advertirlo del peligro. La voz no sale de tu boca, aunque intentas desgarrarte la garganta.

Estruja la toalla y toma el gotero para los ojos. No quiere que se le vean enrojecidos. Mientras inclina ha­cia atrás la cabeza para aplicarse la solución, recuer­da que no se ha puesto agua de colonia. El filtro de su memoria lo coloca otra vez en la panza de La Mujer Dor­mida, donde con los pies sumergidos en la blanca superficie, el cuerpo de su amigo tiene el cráneo des­trozado. La piedra homicida se detuvo junto a una ro­ca mayor, quince metros abajo.

Quién sabe en qué momento la cordada de la iz­quier­da llegó hasta ustedes. El guía se talla la cara y se me­sa los cabellos a dos manos, con indignación e impoten­cia. Aleida, flanqueada por Raquel y Nacho, llora convul­sivamente. Hay una mezcla de reproche y desamparo en el vidriado resplandor de sus pupilas. Comienza co­mo un diente de león que alguien soplara al viento y enseguida es ya una silenciosa nevada la que flota co­mo alboroto de plumas blancas mientras, cabizbajos, amortajan el cadáver e improvisan una camilla para des­cenderlo. Se respira en el ambiente un aroma de mar que satura los sentidos, como si la montaña fuera de pronto una mujer de sal y no de nieve.

El olor del agua de colonia frotada en las palmas de las manos y luego en el rostro lo regresan al cuarto de baño. ¿En qué lado del espejo estoy? ¿Por qué re­nuncié a mis sueños? ¡Cuánto le debo de lo que soy a ella, a su comprensión, a su paciencia! ¿También a su amor? ¿Qué es lo que ve en mí?, se inquiere mirán­do­se a los ojos. O mejor dicho, mira los ojos de enfrente, como si aquel que lo observa desde el lado opuesto fuera otra persona. Mueve los labios en un intento por pronunciar lo primero que asalte su memoria, articule su lengua, haga vibrar sus cuerdas vocales, rompa en esquirlas de palabras el disciplinado silencio en el que desde aquella expedición transcurre nor­mal­men­te su vida, consagrada primero al estudio y luego al trabajo.

¿Por qué no gritas como cuando eras joven? Reco­nócete, regáñate frente a frente. ¡Héctoor Héctooor! Pero no es tu voz la que resuena sino la de ella, quien te llama con premura. ¡Héctor!, qué pasó. ¿No me oyes? Y luego dicen que las mujeres somos las vanidosas. ¡Vooy!, contestas quedándote sin aire. Jalas todo el que pueden retener tus pulmones y lo expulsas suave­men­te con todo y recuerdos. Abres la puerta y apenas sales evitas mirarla a los ojos echando un vistazo elogioso a su figura y emitiendo un silbido de admiración. Son­riente, Aleida acomoda el nudo de tu corbata. Te en­tre­ga las llaves del auto con gesto gruñón y luego te besa con ternura.

punto de partida 139 Un tránsito numeroso pero fluido les permite avan­zar con rapidez. En menos de lo que tarda un par de arias del Aleluya de Häendel descienden en su desti­no. Entregas las llaves del Mercedes a un valet par­king y tomas a tu mujer del brazo. Se encaminan hacia los corrillos apostados a ambos lados de una ancha al­fom­bra roja iluminada desde las alturas por reflectores de cine. Intercambian saludos con los conocidos. Al­guien les comenta que no tarda en llegar el embajador. Ob­servas que la luna llena se refleja en los amplios ven­tanales de los edificios. Algo allá arriba se mueve. Sien­tes vértigo. El suelo camina debajo de tus pies. Una voz colectiva grita ¡Está temblando! En medio del ruido atroz de los edificios que se topetean en las alturas, de la borracha oscilación de las luminarias; de la gente histérica que se desparrama hacia la perife­ria, ubicas un claro y perfilas el cuerpo de Aleida. ¡Corre hacia allá!, le dices. Luego, con la vista fija en las alturas silabeas algo que nadie puede escuchar y te quedas parado, como una imagen detenida en el tiempo, contemplando con fascinado asombro la roca enorme del Glaciar de Ayoloco vista por primera vez veinte años atrás.