Editorial
Poco después de que Punto de partida comenzara a circular entre los universitarios, se sumó a la publicación bimestral el concurso anual homónimo. Este año celebramos su edición 57 y acortamos la distancia al sexagésimo aniversario de esta revista, que arrancó en noviembre de 1966. En cuanto a estos certámenes, en los últimos cinco, el hecho de que los trabajos ganadores compartieran tema y ánimo había sido una coincidencia sorprendente, y permitía, de manera más o menos sencilla, encontrar un título para el número en el que se publicaban. Ese denominador común no fue tan evidente esta vez, en cambio, sus autores nos conducen a través de una polifonía de registros, temas y experiencias que configuran, a la distancia, un mosaico generacional.
Cuento es la categoría que da comienzo a este número, en ella fueron premiados Rafael E. Quezada y Jaqueline López Carrillo; el primero con una narración impecable y redonda sobre las obsesiones de un asesino serial, y la segunda con una dolorida voz sobre la maternidad, el despojo y la conexión con la tierra. En Gráfica el cambio es el signo de las dos series ganadoras: la metamorfosis animal en los grabados de Sony Hernández Madrigal, y las escenas de Briseyda Mendoza Guerra sobre los juegos de antes que no necesitaban pantallas, sino espacios públicos seguros.
De las dos autoras reconocidas en Crónica, podríamos apuntar la identidad como punto de encuentro. Natalia Cuellar Barón, estudiante colombiana en la UNAM, se enfrenta a la nostalgia, a una nueva idea de sí y a la discriminación. En tanto que Yazlin Aketzalli enriquece el recuerdo de su abuelo gracias a la insospechada afición de éste a la fotografía. Con “Germinar los dientes” Lorenza Lozano construye una minificción fantástica sobre la pérdida y la resurrección, y Heyel Samael Salgado Velazquez sacude al lector con una contundente revelación psiquiátrica.
El ensayo de Manuel Fons, ganador del primer premio, barajea con humor y crítica la cuestión sobre lo que consideramos más representativo de la humanidad, lo suficiente para grabar nuestra carta sonora de presentación ante el resto del universo. Y en el segundo premio, Iris Morales articula el valor de la música como símbolo de pertenencia, resistencia y vitalidad. Las dos series fotográficas premiadas registran espacios y momentos de traslado, de trayectos, pero mientras que Jerónimo Palomares captura el escenario campestre que abraza la carretera hacia Huitzilac, Jorge Armando Barbosa Mendoza documenta la experiencia sensorial de la estación Indios Verdes. Cerramos con el broche de oro de la poesía: Jessica Ripoll, primer premio, nos transporta a una noche vertiginosa marcada por la amistad y la irreverencia. Y en el segundo premio, Antonio Colohua emprende un camino a través de las capas emocionales de una infancia que se enfrenta, desconcertada, al duelo.
Para cerrar, una nota: si bien la confluencia de temas es interesante para leer el temperamento de las generaciones jóvenes, igual de elocuentes son, en ese sentido, la variedad, los caminos un tanto ajenos entre sí, como los que aquí compartimos. Celebramos, pues, la escritura persistente, el talento y la dedicación detrás de cada uno de estos trabajos, y esperamos que quienes los lean encuentren algún eco de lo propio en este abanico literario.