Palpitar terrestre

Empieza una noche. Parakata escucha un latido que proviene de las profundidades de la Tierra. Errático, con pausas largas, sin cesar. Retumba en las paredes de la casa ausente. Decide salir. Se cubre con un rebozo, los pies descalzos. Fuera, un rastro de humo languidece. Su pecho arde. Parakata tantea sobre la tela: hay un hueco. Sangra. Se pregunta cuándo parará.

No se asusta. En cambio, palpa el pequeño agujero. Debe ser apenas de unos pocos centímetros, pero halla una raíz de nurhíteni. Exhala lento, como si fuera algo que esperase. Deja caer su mano, limpia la sangre en el rebozo y continúa a través de las cenizas. El latido familiar permanece. Desde hace semanas, el pueblo no es más que una sombra mancillada. Despojados en su propia tierra. El dejo de un olor a podredumbre y muerte. Ellos llegaron un día sin aviso. Con sus vestimentas negras, armas largas y rostros deformes en muecas de puro salvajismo. Carentes de piedad. No quedó ni un solo árbol. Parakata oía al bosque gritar, a madre Cuerauáperi sollozar lágrimas verdes. Se había agachado para juntar las cenizas en sus manos, temblorosa.

Reprime el recuerdo. El hueco en su pecho se retuerce. Sus pies recorren la ladera sin dificultad, acostumbrados al relieve. Se aleja más de casa; por primera vez, no le preocupa. Ahora son meras paredes, una estancia vacía que estrangula como si una piedra afilada se alojase en su garganta.

La tierra sigue caliente pese a que la quema fue hace semanas. El olor a humo es denso. Parakata no tiene un destino a donde dirigirse, pero sus pies la llevan hasta el campo de nurhíteni. O lo que era. Cree que ahí el latido aumentará; era el lugar favorito de su niña. Ya sólo hay cenizas y la memoria de su mano fría.

Encaja las plantas de los pies sobre la tierra, su mirada perdida. El cabello se alza a su espalda por el viento aullante de la noche. Escucha los grillos y el zumbido de insectos, cómo crujen los restos de madera extraviados del fuego. El latido se ha desvanecido. Su frecuencia es tan baja que parece inexistente. Parakata decide regresar, corazón apretujado.

El cultivo de aguacate es exhaustivo. Apenas tienen descanso. No comen en largas jornadas y siempre los vigilan. Tampoco tienen permitido hablar entre sí de no ser necesario. Ellos amenazan, los miran como meras herramientas con aquellos ojillos maliciosos de pozos sin fondo.

Parakata no puede dejar de estar inquieta. Nadie se ha percatado de la herida abierta en su pecho. Si acaso, la han observado con lástima. Como todos los últimos días. Quiere gritar, arrancarse el vestido de manta que la cubre.

—¿Es que acaso son ciegos? ¿No ven cómo me desangro? ¿El agujero que me atraviesa? ¿Cómo muero poco a poco? —Pero calla. No la comprenden ni siquiera porque todos los días sale a buscar a su niña.

La raíz en su pecho ha crecido un poco. Se arraiga a su piel, hiriéndola. Contempla cómo gotas de sangre caen sobre las hojas del árbol de aguacate que siembra. Lo mira atentamente mientras el color se desdibuja. Su cuerpo se vacía y a nadie le interesa. Quiere agacharse y pegar la oreja en la tierra; escuchar si de casualidad el latido familiar de anoche es perceptible. Nada. Debe encontrarla antes de desangrarse por completo. Lo único que se oye son los sollozos de Yuritzi a la distancia. Está sembrando a unas cuantas hileras de ella. Su hijo también se ha esfumado. Debe estar bajo tierra, perdido. Yuritzi llora día y noche, pese a que las lágrimas ya no salen, y envejece como ninguna madre debería hacerlo; igual que ella.

La diferencia es que ella no ha enloquecido. Al menos, no escucha latidos. Parakata sabe de los susurros de sus vecinos, hermanos con quienes pasó la juventud, hablan de cómo ha perdido la cabeza. Que se ha desviado la pobrecita. La contemplan con una lástima arrolladora y, sin embargo, nunca hablan de su hueco sangrante.

Pero entre todos, Yuritzi es la única cuya mirada se posa sobre ella sólo para evaluarla. Desprovista de calidez o crueldad. Casi como un espejo.

—¿Acaso tú tampoco lo ves? —Una noche le pregunta. Sucede en uno de sus tantos recorridos nocturnos con los pies descalzos. Sus pasos la dirigieron a casa de Yuritzi, quien tampoco duerme.

Yuritzi detiene el bordado que tiene en sus manos y alza la vista. La clava en su pecho, justo donde yace el hueco.

—Te veo a ti, cadáver en vida. Como una semilla seca, igual que yo. —Enseguida retoma su actividad. Aguja e hilo danzan entre sí.

—¿Y no lo escuchas? —Yuritzi no responde, tampoco la mira. Parakata prosigue—: Es un latido que proviene del subsuelo. Acechante, invasivo. El paso del hilo a través de la tela es lo único que se percibe aparte del crepitar de la madera en la chimenea.

—No a todos les habla la tierra.

Parakata permanece sentada en una de las desvencijadas sillas que Yuritzi trajo. Estira la mano hacia un espejo que está sobre la mesa. Su mano apenas lo cubre, está resquebrajado, y cuando mira su reflejo, Parakata, no se reconoce. Está más delgada y su piel se ciñe a sus huesos, como si estuviera amoldándose a un cuerpo ajeno. Las venas de su cuello sobresalen; trazan un camino verdoso de raíces torcidas. Su tono moreno se ha vuelto enfermizo, ha perdido demasiada sangre. Canas tapizan su melena. La raíz ha empezado a crecer hojas verdes que se tiñen de rojo. Aparta el espejo y se concentra en escuchar: hay un golpeteo constante. No es un solo latido, son cientos. Provienen del subsuelo. El hueco de su pecho se apretuja y duele. No le queda mucho tiempo.

Recuerda el sabor acre en la lengua. Los lamentos y la confusión, sus bordes borrosos. El reflejo naranja que se esparce por el bosque. Disparos a quemarropa, gritos, amenazas. Niños que lloran aferrados a las manos de sus madres. Parakata busca a su niña. Tarda en abrir la puerta de madera; su mano tiembla. Ella no está en el cuarto. Parakata permanece inmóvil, su visión se entrecorta. Sin darse cuenta, yace fuera de la casa. En medio del caos grita si alguien ha visto a su hija. Todos corren despavoridos, intentando apaciguar el fuego. Los intrusos los apartan, muestran sus armas largas.

Fue sólo un par de minutos. Salió a comprobar el incendio y cuando regresó, su niña ya no estaba. “¡También están entrando a las casas!”, advertían. El contacto de los pies con la tierra quemaba, el pelo le picaba los ojos. Le habían arrebatado a su hija. Ya no tenía voz, se desgarró de tanto llamarla por su nombre. Todavía arde. Toca su cuello y se despide en silencio de Yuritzi, quien sigue bordando. “Para cuando mijito regrese a casa”, dice. Es una ofrenda. Parakata va tras el latido.

Se adentra en la noche del bosque muerto mientras se envuelve en el rebozo. A cada paso, una gota de sangre cae del hueco al suelo. La frecuencia de los latidos es indefinida. No tiene rumbo, pero el olor a muerte le dice dónde escarbar. No teme clavar sus dedos en la maleza incinerada, ensuciar sus uñas o rodillas. Tropieza, su respiración se entrecorta, pero nunca se detiene porque los latidos tampoco lo hacen.

Uirucumani es como le llaman: “yacer en silencio”. Su niña, y todos los demás, es lo último que hacen. Palpitan, una vibración en el aire imposible de ignorar.

No distingue entre día y noche. Las hojas han crecido considerablemente. Parakata sigue avanzando hasta que las piernas comienzan a fallarle. Casi se desploma. Ha derramado demasiada sangre y el agujero de su pecho la atormenta.

Algo dentro del hueco se hincha como una semilla que por fin encuentra agua. Los zarcillos se expanden. Parakata se tambalea y los sostiene con sus manos, jadeante. Es como si le arrancaran una extremidad. Huele a la nurhíteni cuando recién florece. Un líquido verdoso resbala hasta su estómago. Savia. La raíz empuja su carne con una paciencia brutal, se abre paso bajo la piel. Sale del hueco de su pecho con un sonido húmedo, abriéndose en docenas de filamentos finísimos, como dedos hambrientos. Se dirige hacia la tierra, hundiéndose en las profundidades. Sólo entonces el dolor cambia: ya no es un desgarro, sino echar raíces. Los racimos de la flor la envuelven, la cobijan del frío y absorben sus lágrimas. La tierra la cubre sin dejar de latir. La caricia es cálida.

Parakata escucha los latidos todos los días acostada en posición fetal con la oreja sobre la tierra. Hay un hueco en su pecho que no para de sangrar; llora rojo desde que su hija desapareció. Entinta su rebozo, mientras la raíz no para de crecer. Tiene pétalos naranjas: flor de nurhíteni. Las ramas se han enredado sobre sus brazos formando trazos uniformes. La anclan a la tierra. Escucha los miles de latidos que están ahí abajo, pero siempre busca el de su niña. No la ha encontrado, pero sabe que está ahí, esperándola en alguna parte para regresar a casa.