Cuento: Primer Premio

Estoy tendida aquí, a mitad de mi cuerpo. Me separan del fuego unos cuantos pasos que no soy capaz de emprender. Tullida entre la carne, lo miro. Él, pleno de dientes, mordisquea con calma. Nunca su hocico había alcanzado esa extensión, nunca su tráquea engullido como en esta noche. Roe sin prisas, con la parsimonia del agua que se destila sobre una piedra. Tras las llamas —henchidas de centellas, de breves sobresaltos— alcanzo a ver cómo encandece su pelaje. Es hermoso. Hermosa su mirada ambarina y hermosa también la curvatura de su lomo. La sangre se le escurre por el cuello hasta asentarse sobre el lodo que sus garras remueven entre cada contorsión. Quisiera acompañar sus mordidas. Pero sólo puedo mirarlo desde acá.

Lo encontramos poco después de que Elio terminó de agonizar. Acaso eso —el fallecer constante, sin acabar de hacerlo— fue lo único de lo que se ocupó durante su paso de mi vientre a la tumba. Cansados todos de vagar por hospitales y consultorios, su muerte llegó a la casa como el final de un trámite morboso. Una burocracia lúgubre que necesitó de cinco años para darse por terminada del mismo modo en el que empezó: encima de la apatía metálica de una camilla. Lo parí entre contracciones que no recuerdo. Mi memoria conserva apenas la convulsión febril, la sensación intensa (quizá impostada tras el paso de los años) de que en mi interior se había gestado un producto inconcluso, a medio camino de ser él mismo. Un muñequito de arcilla húmeda, lábil, intangible casi, carente de los contornos que hacen falta para decir con certeza: esto de aquí es un cuerpo.

Los doctores tardaron horas en entregarme a Elio. A mí me movía las tripas, quieta sobre mi columna serpenteante, un recelo triste. Daniel sostuvo mi mano durante la espera, lleno de una ternura ingenua que no me dedicaría otra vez. No volvió a mirarme con amor en el ceño, no al menos desde que el doctor entró a la habitación cargando a nuestro hijo, acurrucándolo con las reservas de alguien que transporta cristal. El hombre no gastó más tiempo del necesario: preguntó quién de los dos tenía Marfan. Daniel y yo nos miramos, más extrañados por la gramática de la pregunta que por el signo mortal que venía impregnado en aquel apellido. Marfan, repitió, mientras elevaba al niño como quien acusa un delito con evidencia en mano.

Elio tenía la carne cóncava. No me alarmó que fuera tan delgado —todos en mi familia lo hemos sido— sino la precaria forma en que sus extremidades se alargaban desde el tórax, como cayendo de él, a punto de desprenderse. Era un bebé normal en la mínima medida que lo son todos: frágil, endeble, ligero. El espanto ante su cuerpo brotaba al llegar al pecho. Ahí, donde debían apretarse filas de costillas, concatenadas como los ladrillos con los que se alza una pared, había un hueco. Una orilla donde debió haber estado el centro. Por un momento, Daniel y yo observamos la cuenca que nuestro hijo tenía por esternón esperando que ese contorno fuese reversible, como ocurre con una fontanela abollada. Creímos, ante el desdén del doctor, que bastaría el paso por una incubadora para que el niño se hinchara y nos fuera entregado por las enfermeras con profesional indiferencia. Pronto entendimos que el verdadero problema era más hondo, más íntimo, que el de su piel hundida.

Mi hijo había nacido —y formado, también, en laborioso silencio— con un problema difuso. Como si un éter maligno le hubiese contaminado hasta la piel, pasando por los ojos. En el más pequeño rincón suyo, justo en la hondura donde las células asientan su vecindad, carecía de una proteína con la que el tejido conectivo se abraza a sí mismo y mantiene al cuerpo en una pieza. No era una falla puntual, lista para ser removida con bisturí: el manto afectado le recorría todas las aristas del organismo, desde el esqueleto hasta la piel, pasando por los ojos. Y el corazón.

En la salita del hospital, sin que mis puntadas terminasen de sanar, tomaron mi ignorancia como un gesto negligente. El doctor nos explicó que el síndrome de Marfan es una enfermedad autosómica dominante: basta portarla para manifestar sus males. Pero eso era como decirnos nada. Acobardados, le devolvimos la mirada plana de quien no logra entender una obviedad. El hombre en bata explotó. ¿Cómo era posible que no lo hubiéramos previsto, si uno de nosotros dos nació y creció con el mismo síndrome? Fue entonces cuando Daniel soltó mi mano para no volver a tomarla de nuevo. Sus ojos, aunque enquistados en los míos, no me miraban a mí: miraban, tras de las capas de carne y calcio, mi columna deforme. La escoliosis, aunque moderada, era una manifestación del síndrome. Incluso lo eran la miopía y mis dedos largos, más largos de lo normal. Le devolví al par de hombres una pregunta que nunca respondieron: ¿cómo podía saberlo? Hecha la secuenciación supimos que bastó uno solo de mis genes para que las fibras de mi hijo fracasaran al buscar forma. Era una copia defectuosa, nos dijeron, como si yo trajera adentro una mitad averiada.

Elio se convirtió en un niño afable. Rara vez separaba la vista de sus libros ilustrados y eran escasas las tardes en las que deseaba algo distinto a entretenerse en su habitación. No supe de amigos suyos más allá de los circunstanciales, los que van y vienen sobre aceras, parques, pasillos de centro comercial. Fue tan grande su silencio que superó con creces el que sostuvimos, de forma discreta, Daniel y yo. Mi esposo estuvo presente en la vida de mi hijo como lo han estado con sus propios hijos todos los padres que he conocido: a la distancia, temerosos de que la crianza fuese una actividad que deja rastros radiactivos. La figura de Daniel siempre nos llegó de lejos, amparada por las ineludibles responsabilidades de las que dependía su sueldo. A mí me tocaba desvelarme los ojos en espera de que la presión sanguínea de Elio mejorase o sus huesos dejaran de doler; a él le tocaba llevarnos a clínicas y hospitales como quien se llena de mandados, ido luego con la excusa de tener más cosas por hacer. Míos fueron la preocupación y los suspiros, suyos el fastidio y la desazón.

Pasé la última noche de Elio susurrándole canciones a la oquedad de su pecho. Por la tarde había llegado de la escuela con un dolor agudo que me preocupó más de la cuenta, como si, a esas alturas de su vida, fuera posible expeguardó rimentar un sufrimiento inédito. Entró, de la mano de Daniel, como ahogándose de a poco. Permaneció quieto en un sofá mientras miraba el techo, desentendido de sus libros y de mi voz. Cuando me acerqué a moverlo respondió con un manotazo. Procuré no irritarlo innecesariamente durante mis inspecciones, palpándolo apenas. Lo llené de pastillas para subirle un poco la presión, pero su ánimo no logró reponerse en las horas siguientes. Ya oscuro, tras la puerta de su habitación, lo escuché sollozar algunas palabras inentendibles. Me tendí al lado suyo para cantarle mientras intentaba calentar sus manos con mis manos. Por un momento expeguardó silencio y alcancé a dormir. En el sueño estábamos a solas, al pie del naranjo de nuestro jardín. La noche era ruidosa, como habitada por insectos. La risa de Elio se me escurría entre los dedos, dejándose acariciar, respondiendo a mi llamado. Jugábamos un juego mudo cuando hundí mis manos en el hueco de su pecho y de él extraje agua transparente, delgada, casi vapor bajo la tibia oscuridad del cielo. Lo primero que hice al despertar, profunda la madrugada, fue abrazar su cuello con la palma de mi mano. Entonces lo sentí: su piel era una piedra lisa a la que no le quedaba más calor interno. Había perdido el rumor sanguíneo de sus latidos. Ya era tarde cuando Daniel escuchó el pánico en mis gritos y tarde también cuando los paramédicos pudieron constatar que no quedaba más que hacer por el cuerpo de mi hijo. Pasaron un par de días para que la autopsia mostrara que el tórax de Elio al fin había sucumbido ante la tensión que cargaba desde el nacimiento, rasgado como una tela. Su aorta se había debilitado lo suficiente como para formar un aneurisma y romperse. Sólo una certeza tuve ante su muerte: debía enterrarlo bajo el naranjo del jardín.

El silencio que siguió a Elio fue distinto al habitual; quizá, más que de un distanciamiento entre Daniel y yo, se trataba de un tabú. Pronto nos ocupamos en rellenar espacios, desplazar muebles, cambiar decoraciones. Guardamos las cosas del niño en su habitación, un poco temerosos de tropezarnos con ellas en algún rincón que le correspondería a un electrodoméstico. La vida había adquirido una nueva geometría. Las manos de Daniel buscaban nuevamente mi cintura, mis senos, mis muslos. La casa estaba llena de esquinas en las que, otra vez, él me cercaba y yo respondía con carcajadas y gemidos. Fue una noche en la que él me buscó, sediento de mí, cuando lo escuchamos por primera vez.

Sonaban zarpazos sobre el jardín. Daniel, en pos de mi carne, se dispuso a ignorar el ruido partidade la tierra bullente; se trataba de un rasguño monótono, maquinal, aunque amplio como el de un rastrillo. Abandoné el berrinche de mi esposo para inspeccionar la parte trasera de la casa. Se volvió cada vez más nítida la estridencia de las garras, el chasquido de los dientes ceñidos entre sí. No era horror lo que contenía el grito que solté al verlo tras la ventana: aquello que me inundó al notar el par de ojos ambarinos fue más cercano a la fascinación que al miedo. Agazapado frente al tronco del naranjo, me dedicó una mirada liviana antes de continuar con la excavación. No pude distinguirle los contornos. Del hueco de tierra parecía nacer toda la oscuridad que nos separaba bajo la noche. Un manantial de sombras. Tardé en notar que ya no quedaban restos de Elio en su sitio. Di algunos pasos hacia el pelaje amorfo —amplio, erizado, caótico— cuando noté que reculó. No era efecto de mi presencia, sino de la de Daniel. Él emergió a mi espalda y me hizo a un lado con su mano libre; en la otra cargaba con un machete que apuntaba justo hacia los ojos amarillos, el hocico holgado, los dientes apiñados entre filo y filo. Grité, horrorizada al fin. En medio de ambos, le rogué a Daniel que no le hiciera daño. Fueron mis lágrimas —o mis mocos o mi pecho convulso o mi rostro contraído— las que asquearon a mi esposo, no la presencia en el jardín. Fueron también mis lágrimas las que lograron disuadirlo.

Daniel nunca se recuperó de mi arrebato frente al naranjo. Al día siguiente, en el desayuno, su mirada había migrado del deseo hacia la repulsión discreta. Tenía la cara contaminada por el inconfundible desconcierto que los hombres muestran cuando pierden el poder del que se han hecho. El duelo por el orden perdido. Una infancia entera había tenido que esperar para que mis manos se ocuparan nuevamente del menester de sus exigencias y sólo las suyas. Acaso encontró estúpida la rutina provisional con la que respondí ante las visitas; acaso encontró grotesco el puntual espaciamiento entre cita y cita. No entendía —ni buscaba hacerlo— la naturalidad con la que yo deslizaba un balde de menudencias cada vez que las garras regresaban al jardín. No entendía —no había cosa por entender— el orden minucioso con el que disponía huesos y cartílagos sobre un plato enorme para que el fugaz hocico pudiera triturarlos antes de desaparecer de nuevo por las noches. No entendía —no tenía los ojos necesarios— la ternura con la que pasé mis tardes admirando el pelaje hondísimo, la mandíbula desbordada de dientes, la envergadura de oscuridad. Yo me estaba volviendo loca y él se estaba quedando más solo.

En respuesta a mi nueva ocupación había comenzado a beber, vicio repentino al que no le bastó la pesadumbre de la paternidad para manifestarse. Desde temprano, mientras yo preparaba la casa para la visita de las tardes, él se disponía a embriagarse con serenidad mecánica, dándole la espalda al jardín. Absorto en el sillón, despreciaba mi comida y mis atenciones, como si la mía también fuese una presencia que le arruinaba la rutina. Sus ojos se fueron llenando de resentimiento y el jardín de flores: dalias, gladiolas, lobelias. El pozo donde antes estuvo Elio terminó cercado por un cojín de claveles. Hoy, sentada en él mientras esperaba, vi cómo Daniel se animó a abandonar la sala para montar el asador que años atrás habíamos acomodado en el cobertizo. Poseían sus manos una determinación que les fue ajena durante las semanas anteriores. Unía piezas, limpiaba parrillas y vaciaba carbón como si se hubiese involucrado en una realidad prostética que sólo a él le hacía sentido. Satisfecho, se sentó sonriendo frente a mí mientras yo aguardaba el ruido de las pisadas.

Más tarde llegó. Lo recibí como siempre, llenándolo de tripas y huesos que serví en el plato más grande de la alacena. Circundado por las sombras de la noche, Daniel fingió que no le interesaba mirarnos, tomando carne de vez en vez y estirándose entre bostezos hondos. Quizá fue mi culpa no haber entendido a tiempo que aquello era un anzuelo. Cuando terminó de lamer los restos de mi comida, apuntó el hocico hacia la parrilla donde los cortes de mi esposo ardían, humectados por sus propios jugos.

Manso, se acercó a él. No me ha abandonado el pasmo con el que vi las pisadas temerosas. La noche era un signo extraño y a mí me era ajena toda posibilidad de interpretarlo. Tan oscuro el jardín, no supe cuándo fue que Daniel desenvainó de sus costados una brocheta, blandiéndola frente a la lengua hambrienta. Tan oscuro el jardín, no supe cuándo fue que los dientes se multiplicaron y el lomo se arqueó en una postura que nunca había visto. Que nadie ha visto. Fueron breves los segundos del forcejeo antes de que el fuego se regara por el pasto del jardín. Ciega, tambaleé hasta quedar tendida aquí, a mitad de mi cuerpo.