Ciudad Universitaria / Crónica / No. 254
Tovarich: desde el ágora de Polakas
Arturo Molina
Cuando Javier Flores cruza la puerta de barrotes, el umbral de la UNAM, se convierte en Tovarich. Así como quien transgrede el linde de la autonomía universitaria, él se desdobla para ser el personaje que lleva cuarenta años atrapando compañeros de conversación, que ha visto pasar generaciones, como la mía, de alumnos y maestros en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales: “Mi centro”, asegurará, más al rato, con una sonrisa y negando con la cabeza; los adjetivos serán pocos para representar lo que significa para él esta Facultad.Cuenta la leyenda que al final del camino verde lo encontrarás, aquel recinto de la mítica Megapeda Polakas de fin de semestre, una fiesta masiva que reunía a estudiantes de todas las facultades y uno que otro ceceachero o morro de prepa. Hoy es un mito perdido entre generaciones, aunque nunca falta un cabrón de pelo largo, con arrugas en la frente, que sale de entre los arbustos para decirte que él estuvo en las últimas ocho y que ya no es como antes, ya no se puede hacer nada.
Hoy, lo que fuera un albañal venido a más en esos días de fiesta, luce cuidado y atendido. Se dice que allí habita un hombre como pocos quien, a la mínima provocación, te recomienda una película, un libro, un poema. Se murmura que aquel bigote tupido se mueve de aquí para allá evocando directores y géneros de cine con la facilidad de una pa loma que mueve la cabeza de atrás para adelante. Al final del camino verde está la luz.
Voy paso a paso por la ciclovía que conecta la entrada a la Universidad desde la estación del metro CU; el piso, del color de los tantos árboles que habitan este campus, recoge mis pasos y la lluvia. Cuando pienso en la Facultad, lo menos que se me viene a la mente son estas nubes grises e inmensas, sino más bien un cielo abierto con el sol picando como si fuera polvo, directo en mi frente sudada, un sudor paradójicamente seco, de cruda y desvelo.
Venir en sábado es encontrarse con un ambiente todavía más alejado del nostálgico festival de fin de semestre: canchas de futbolistas ausentes, máquinas de ejercicio para atletas invisibles, apenas murmullos y pasos acelerados. Los alumnos del Sistema Abierto no tienen tiempo para ese tipo de esparcimiento, deben volver con los hijos, ir a trabajar o simple mente beber. Mis ojos sólo presenciaron partidos épicos en esas canchas cuando me llevaba el balón y un toque para tener jugadores y porra.
A pesar de que hay menos estudiantes en las clases sabatinas, las charlas suelen ser más intensas, de diversos calibres políticos y temáticos, lo menos que se podría esperar de una Facultad en donde, precisamente, se exploran los fenómenos sociales. Quizá el Tovarich sea más antropólogo que los titulados de aquí, sabe qué películas deleitarán la pupila del curioso que se acerca a pedir una recomendación. Todas las personas egresadas de la FCPYS que conozco lo recuerdan con cariño; incluso una amiga maestra de Torreón, que solamente visitó la Facultad una vez hace más de diez años, se llevó DVD’s de “un señor que me vendió las tres porque de a tres salían más baratas, pero explicaba chido la trama, se emocionaba”.
Otro compañero de trabajo lo evoca con alegría cuando se le pregunta por él: “Es particular porque hasta en apariencia tiene lo suyo, se parece a Diego Verdaguer”. Una alumna de mis talleres me preguntó si lo conocía cuando les dije que había estudiado aquí. Incluso quienes no lo conocen en persona a veces me preguntan cómo está.
Al dejar el camino verde tras de mí, puedo respirar la tierra mojada de las jardineras, el viento frío que pareciera partir las hojas de los árboles y traer su aroma. Al fondo, una voz que lucha contra la afonía, como combatiente del tiempo, los cigarros y los tragos con mucho hielo, me llama; es la aguda emoción del legendario Tovarich, que platica con un profesor sobre algún tema que no alcanzo a comprender porque, antes de continuar, me presenta con él.
No puedo sino rastrear, o al menos intentarlo, cuándo fue la primera vez que me detuve más de la cuenta y me hizo la plática, ¿de qué hablamos y por qué decidí quedarme? Preguntarme esto último es una necedad porque sería como cuestionarme por qué me gusta el futbol, o por qué el cine, o la cerveza; simplemente me gusta y ya. Pienso en su antiguo puesto, un plástico extendido en la explanada principal que solamente exhibía películas y, tiempo después, cuando yo me había convertido en un acólito del camarada, también libros de segunda mano. Por entonces no tenía idea que tovarisch significa “camarada” en ruso, llegado hasta hoy desde la revolución bolchevique de principios del siglo XX y señal en el mundo de militancia roja. Lo que no alcancé a preguntarle, ni lo haga nunca quizá para no perder la magia, es si la gente comenzó a nombrarlo así por su ideología, o bien porque él a todo mundo le dice así: Tovarich.
—Mira nada más, Tovaaaariiich —su voz se deleita como si le acabaran de destapar una chela, se dirige al profesor—, te presento al camarada Arturo Molina. Tovarich —ahora me mira mientras lo señala—, el maestro Raúl.
Escribo Tovarich porque Tovarisch sería correcto, pero pretencioso. Tovarich, aquí, en Polakas, no es Javier Flores. “Porque Javier Flores es aquel que paga las cuentas, el que tiene que resolver problemas, quien atiende a los hijos y a la familia”, me dirá más adelante, después de las casi tres horas que nos faltan de conversación con el profesor Raúl Recinos.
Aquello de la familia es un tema relevante, alguna otra ocasión me dijo que para él es tan importante el buen cine como la idea de formar una familia, criar hijos y darles guía. Es un orgulloso de su esposa, quien también vendrá a saludarnos más tarde y le dará un resumen del día: “Al final sí salió todo, no nos regresamos nada”. Me volteará a ver con un rostro mezclado entre la satisfacción y el cansancio que, aunque no lo sienta, debe expresarlo porque, justamente, se acabó la comida de la venta. Ella atiende otro puesto, unos metros más allá.
—Acá el profesor da clases de periodismo, camarada.
—De investigación —aclara Recinos—, del profundo, del que critica al poder.
Tovarich asiente con aquel sonido gutural y agudo que lleva el mismo timbre de su voz, es casi un tic que lo hace inconfundible, a veces lo acompaña con sus muñecas en la cintura para acomodarse el pantalón, “mjmm”. Ese gesto es en el que pienso cada que lo recuerdo, más que una primera vez en que me quedé a platicar, lo primero que evoco es a él dando la razón con ese ademán, “mjmm”.
Serán dos horas de mucho silencio para ambas lenguas; quien tomará la palabra, como si se tratara de una cátedra universitaria, será el doctorante Recinos, uno de esos contestatarios que, si bien hacen pensar a los estudiantes, a veces pecan de exceso en su autopercepción de rebeldía. Terminaremos intercambiando recomendaciones de todo tipo, en especial de periodismo, desde Emiliano Ruiz Parra, hasta Gay Talese, transitando por Salcedo Ramos, Caparrós, Villanueva Chang y Leila Guerriero y, y, y.
—Claro que tengo la libreta que me pediste, Tovarich —se estira para alcanzar un cuadernillo con la portada de Coraline—, y también tenemos la playera, chécala.
Mientras el profesor Recinos diserta acerca de la “verdad” y me cuenta que le enseña a sus alumnos la importancia del periodismo por el bien público, el camarada atiende, recomienda, hace su trabajo que, si le preguntaran, no se siente como tal, “es como si una paloma cobrara por comerse las migas de pan en una explanada”. El chico solamente se lleva la libreta porque es la película favorita de su novia, pero le pide la playera para la siguiente semana, la última de clases para el Sistema Universitario Abierto.
Como flauta de Hamelin, el casi monólogo del maestro atrae a otros compañeros, de pronto somos cuatro en un pequeño pasillo que une la explanada principal con el edificio administrativo del SUAyED. Aquí hay dos pequeños locales que se establecieron después de la pandemia para formalizar a los puestos sueltos, aunque no ilegales. Aquel vende solamente películas, y éste, de todo, el multifacético negocio del Tovarich.
El local debe tener unos cincuenta centímetros de profundidad, y de ancho poco más de metro y medio. Lo cierran dos puertas que, al abrirse, quedan como pared de mostrador donde coloca un par de rejas. Al lado izquierdo lo adornan libretas con portadas y escenas de películas, también agendas de diversos tamaños y colores. Del lado derecho cuelgan libros, ya no de segunda mano, sino ediciones nuevas y retractiladas en muchos casos. Más allá de los libros, se apropia de una pared libre para extender carteles, también con imágenes alusivas a Pulp Fiction, Donnie Darko, Fight Club, La naranja mecánica, y a diversas referencias de la cultura revolucionaria: Allende, el Che, Marx, Fidel Castro. Ahora se divisan pocas películas, que era el negocio principal. Sobre el plástico tendido en el piso hay playeras con las mismas imágenes, además de estrellas del pop y el rock; Freddy Mercury, Bob Marley y Gustavo Cerati se asoman desde abajo para dotar de más color al paisaje. Del otro lado hay tapetes para mouse y postales. En todas se pueden encontrar diseños parecidos a los ya mencionados. Es un pequeño paraíso para quienes crecimos con esa educación sentimental.
—Yo hablo de dos tipos de periodismo —dice el maestro Recinos acomodándose el sombrero mientras baja su mano para pasar los dedos por los labios—, le pregunto a los alumnos, ¿qué quieres hacer? ¿periodismo con mayúscula o periodismo minúsculo?
—Qué fuerte, Tovarich.
—Antes yo me peleaba, decía que era seudoperiodismo —hace una pausa y mira hacia los árboles de hojas húmedas—, pero no: es periodismo minúsculo, el que lo hace cualquiera de mis sobrinos de cinco años que agarra un pinche teléfono y graba.
—Bien —Tovarich asiente casi a cada frase, “mjmm”.
—Pero para hacer del verdadero periodismo hay que leer, hay que trabajar, hay que investigar. Para eso hay que aprender a pensar periodismo y hacer periodismo.
—Y fíjate, algo que quiero anotar aquí —no deja de asentir ni de mover su bigote de Beto Benedetti, “mjmm”—, si eres un buen periodista también lees novela, también lees cuento, también lees poesía, no nada más estás metido en lo periodístico, ¿no es así, Tovarich?
—Exacto, se trata de un pensamiento complejo, un pensamiento que nos enseñe a converger, integrar…
El maestro se distrae porque Tovarich saluda a otro cliente que se acerca a preguntar por una película; no se puede asegurar qué es lo que más cuida, si el negocio o la conversación. Después se vuelve a dirigir a mí y a otro alumno que se quedó en la charla.
Está en todo, el camarada, como hace unos años cuando, por azar del destino y por un compañero de la misma facultad, tuvo la oportunidad de trabajar para una empresa que investigaba diversos puntos donde se vendían licores como Bacardí. La chamba era sencilla: visitar los bares, restaurantes y demás con el fin de pedir tragos. A la tercera copa, tomaba una muestra y la mandaba a un laboratorio, ahí se analizaba para ver si en algún punto se daba un licor de menor calidad o adulterado. Fue ahí que, atento como lo está ahora a la venta y a la charla, vio cómo un chico se acercaba a una mesa para ofrecer dulces y cigarros. “Puso su canasta sobre la mesa, encima del celular del güey que ahí estaba y cuando la quitó, el teléfono ya no estaba, camarada”, me dijo una vez al calor de las chelas, “yo me quedé callado porque a cambio de dejarlo hacer su bisne, yo aprendí un nuevo consejo”.
Tovarich paladea la poesía, la filosofía, como un buen trago.
Ágora de Polakas —A veces me lo brinco, trato de no pasar por aquí —dice Raúl Recinos señalando pasillos alternativos para llegar a las oficinas administrativas—, porque ya sé que lo mínimo es una media hora platicando con él.
El profesor de periodismo lleva alrededor de dos horas aquí y parece recitar más que hablar, da la impresión de haber ido modulando su voz hasta conseguir el tono preciso para debatir, para conversar en el aula ante algunos alumnos impresionados, como lo vemos Tovarich y yo a ratos, cuando se pone profundo, como al expresarnos su preocupación por los fieles. No los católicos, testigos o adventistas que marchan en masa en nombre de una iglesia, sino por quienes lo hacen con el mismo fervor en nombre de un partido. Cuando Tovarich termina de atender a otro cliente continúa.
—Y ojo, no digo que tú, que tú —nos señala uno por uno— comulguen con alguna corriente política, es válido. Lo que me preocupa es el aparato mediático que se utiliza para mover a esas masas con un discurso de que todo está bien en el país.
Añade que no es así, que hay demasiado por hacer y siempre lo habrá. Evoca a Eduardo Galeano quien, en una entrevista, dijo que la utopía funciona para avanzar, porque si nosotros nos movemos dos pasos, la utopía se aleja otros dos. Entonces para eso sirve la utopía, afirma el uruguayo: para caminar. Su crítica me recuerda un video que vi de una “analista” política en YouTube en donde acusa a Julio Astillero, uno de los mejores periodistas de México y militante de la izquierda, de ser un derechoso por el “delito” de haber publica-do una nota en su portal que no favorecía al gobierno… A ella se le olvidó el largo camino recorrido por Julio Hernández en tantas luchas sociales vigentes, todo porque su “análisis” va en nombre de un movimiento que lleva el sello de un partido político.
—Porque, ojo, no me preocupa que la gente vaya de rodillas a la Basílica de Guadalupe, a la Catedral —mueve los brazos y hace como si se golpeara el pecho con uno de los puños—, el problema es que se vayan de rodillas a Palacio Nacional.
La frase suena contundente y se complementa con las onomatopeyas de quienes estamos allí, yo chiflo algo al aire. Insiste en la necesidad del desapego de ideologías dogmáticas, de las militancias, pero Tovarich y yo no comulgamos del todo con él por nuestra religión, somos iconófilos irremediables que nos persignamos ante la imagen de Pepe Mujica, de Lucio Cabañas, del Cristo Che. Más tarde, antes de irme, ambos sonreiremos cuando me muestre una taza con las imágenes de Guevara, Lenin y Marx que reposará después en mi escritorio.
Es cambio de clases y la afluencia crece. Alumnos y maestros pasan y apenas voltean a vernos, otros más ni siquiera reparan en el grupo que ahora formamos en medio del pasillo, algunos nos avientan miradas conminatorias por tapar el libre paso. Como Tovarich nos deja para atender, el maestro Recinos insiste con las extensas charlas que se generan en ese pequeño espacio de la Facultad.
—Es el ágora de la Universidad —dice con una sonrisa autocomplaciente—, el verdadero ágora contemporáneo.
Le celebro la analogía porque aprendí más de cine platicando aquí que en las clases de producción audiovisual. No logro recordar qué me pesaba más, si llegar tarde a una clase por estar en medio de una charla sobre Kurosawa o perderme algunas de las pláticas por correr a presentar un trabajo académico importante, un ensayo pedorro que al final sacara un siete e impidiera la Mención Honorífica a mi tesis por el bajo promedio.
En la antigua Grecia, el ágora suponía el “lugar abierto de reunión” donde los ciudadanos podían escuchar anuncios cívicos, sobre las campañas militares, o bien discutir sobre política. El ágora de Atenas estaba situada debajo de la Acrópolis, cerca del Templo de Hefesto, el dios del fuego, la metalurgia y las artesanías, de todo un poco, tal como la variedad de productos que aquí se ofrecen. Este pequeño local resguarda variopintas curiosidades, como el folleto que me enseñará Tovarich en un rato más que nos quedemos solos.
—Y también aquí tengo joyitas, Tovarich —dice mientras rebusca dentro del local—, mira nada más, camarada.
Le extiende al profesor mi primer libro de cuentos, firmado en 2020, un par de semanas antes del confinamiento. Después de hojearlo, el maestro me lo cede y lo palpo como si fuera una reliquia ancestral. Sin duda, ahí dentro se puede encontrar cualquier cosa.
A menudo se hace referencia al ágora como la cuna de la democracia por aquello de los debates políticos. Estar con el Tovarich es lo más cercano a la democracia dentro de la UNAM.
La Facultad es…
No se ha despejado el cielo, pero sí la Facultad. Hace unos minutos nos dejó el profesor Recinos para realizar quién sabe qué trámites o qué cátedras improvisadas impartir. El olor a tierra mojada es general y las nubes grises amenazan. El negocio de al lado levanta rápidamente sus productos y Tovarich, en lugar de comenzar a recoger, va al auto por más cosas. —Mira nada más, camarada —deposita el exhibidor encima de los carteles—, es la nueva adquisición. ¿Cómo ves?
Le secundo la emoción cuando identifico que son relojes y me pregunto cuándo fue la última vez que usé uno. Nunca me han parecido cómodos, cuando veo las manecillas de una pulsera siento las coronas de todos y cada uno de ellos incrustadas en los huesitos de la mano. Son suplicio de la infancia. Quizá por eso no puedo participar de su algarabía total. Al fondo de la carátula, así de pequeñas son las imágenes de las portadas de La naranja mecánica, Kill Bill o El perfecto asesino.
—Nos hemos ampliado, también tenemos tazas —asiente con ese “mjmm” y mira alrededor—. Tovaaaariiiich, no te había enseñado. Mira esto.
Rebusca en una caja dentro del cuartito y saca una taza. Me la extiende y entonces sí festejo con él como dos morros frente a su primer toque. Son tres fotografías, claramente colorizadas y retocadas, primero veo a Lenin y ambos soltamos un sonido gutural como si estuviéramos sacando el encendedor; después está Marx, la espalda extendida y su perfil como retrato para la posteridad; al final el Che Guevara y es como si hubiésemos encendido el porro.
También me enseña una libreta que, además de estas fotografías, tiene en su interior los retratos de León Trotsky, Fidel Castro y Salvador Allende. Somos adolescentes con estampas de colección en las manos. Allende, presidente progresista y democráticamente elegido en Chile, fue derrocado por Pinochet en 1973 tras un golpe de Estado militar. El 9 de septiembre de 2023 se realizó un evento cultural lleno de música, charlas y demás para conmemorar el 50 aniversario de su asesinato.
Si uno busca la nota en la página de la Secretaría de Cultura se encontrará con la fotografía que el Tovarich me muestra desde su celular: es él en medio de una multitud de asistentes al homenaje. Sostiene un cartel, como los que tiene en la pared, con la imagen de Salvador Allende en un diseño que recuerda al de Obey, y debajo del rostro en mayúsculas la consigna “VENCEREMOS”.
—Ahí estoy yo, Tovarich, con mi cartel —su voz se enciende, “mjmm”—, porque nadie llevaba nada alusivo, yo dije “venimos a un asunto de Allende y nadie trae nada de él”. Nada, nada alusivo, y ahí estoy yo.
El rostro del Tovarich en la postal es como si apenas hace unos minutos le hubiesen informado de la muerte de Allende, su bigote torcido con la pena de un héroe caído por las armas enemigas. Pareciera contener el llanto de toda la memoria histórica de Chile. Ahí, en medio de esa multitud, parece levantar en hombros el cuerpo mismo del expresidente, como un elegido a su vez.
Mientras guardo la taza, busca de nuevo dentro del localito. Se detiene un momento porque su esposa lo busca para contarle cómo estuvo la venta.
Me disocio un poco y recuerdo la vez que nos fue a visitar al departamento para echar unas chelas pospandémicas. Pienso en su humor que a veces es involuntario y otras, las más, con toda consciencia, es un anecdotario vivo que te lleva de la mano por su pasado. También le gusta rayar en lo abstracto con algunas de sus bromas. Aquella vez nos contó a mi roomie y a mí sobre una señora que “llegó preguntando por La guerra del fuego —hizo una pausa, se talló las manos y señaló un puesto inexistente en el piso—. Se la doy y entonces me pregunta que si trae subtítulos”.
Se nos quedó mirando con una sonrisa lacónica, como quien dice “cómo ve a este pendejo”. No dejamos morir su chiste y le devolvimos la sonrisa, pero entendimos que rebasaba la exquisitez. La guerra del fuego es una película que presenta a una tribu de las cavernas frente a un descubrimiento que cambiará no sólo el rumbo de los personajes, sino de la historia humana, al darse cuenta de que pueden conservar una llama de fuego. Esta tribu se verá inmersa en una guerra por la posesión de la preciada flama que vive en una rama de árbol. Como se trata de miles de años atrás, no existe el lenguaje como lo conocemos ahora, sólo sonidos a través de los que el espectador puede inferir cierta comunicación. Por eso la indignación del camarada por la pregunta de los subtítulos.
También ese día de chelas me contó cómo comenzó con las películas. “Trabajaba con un señor de Tepito y me pasó pilas y pilas de discos —elevó su mano derecha y la izquierda por debajo, como si cargara una de esas columnas—, me dijo chécalas y rescata lo bueno”. Fue como si le pidieran nadar a un delfín, se puso a la tarea de inmediato y, aunque le tocó ver mucha paja, descubrió varias de las joyitas que hoy ofrece en su catálogo.
Su esposa se despide de mí y él continúa con la búsqueda.
—Es lo que te decía —me pasa con delicadeza un folleto grande como mapa—, me lo regaló un amigo que tuvo la oportunidad de estar en ese aniversario, pero en Chile, Tovarich. Lo dio el Fondo de Cultura Económica de allá.
En efecto es un mapa que señala los puntos importantes del día del golpe de Estado, desde el Palacio de la Moneda, donde acorralaron a Allende, así como las fechas relevantes posteriores. Lo repliego y se lo devuelvo antes de que mis torpes manos cometan una imprudencia. Mientras lo guarda, recuerda el final del poema de Benedetti “Consternados, rabiosos”. A veces recita poesía, cuando lo cree conveniente: “A donde estés / si es que estás / si estás llegando / será una pena que no exista Dios / pero habrá otros / claro que habrá otros / dignos de recibirte / comandante”.
Se me enchina la piel, él repite su característico “Tovaaaariiiich” y me dice que aquí está lo bueno, también de lo afortunado que es por cómo lo trata la vida, por cómo los amigos son con él y la generosidad de la gente en general.
Yo no le avisé que vendría a preparar un perfil suyo, pero con el tiempo ha tomado la virtud de estar listo para las entrevistas, porque le han llegado a preguntar, sin decir agua va: “El cine genera identidad, ¿sí o no y por qué?”.
—Ta’ madre, a ver, échate ese trompo a la uña —me sonríe con la magnitud de la pregunta—, y como sea sale, mjmm, pero si estuviera preparado, hablo de los estudios que existen al respecto y demás, de las distintas perspectivas.
Se suelta a hablar de las líneas temáticas de los directores, de los planos, de que si un director se hace en la academia o dirigiendo. Conoce muy bien los perfiles cinéfilos, por ejemplo, los alumnos prefieren el horror, la fantasía, la ciencia ficción, los superhéroes. Los profesores “ya son otra cosa”, piden cine asiático o filmografías específicas, Kurosawa, Godard, Pasolini. También le piden mucho documental sobre el cine mismo. Su emoción es casi la de un niño al que le preguntan sobre su caricatura favorita, del superhéroe predilecto.
—Yo vengo de la Facultad de Economía, pero éste es mi centro, ya me siento más de aquí, como pez en el agua. Soy feliz —empieza a acomodar las playeras para resguardarlas en el localito—. La gente de aquí va construyendo comunidad, como el profesor Raúl, que nos regaló tres horas de su vida para hablarnos de algo, de lo que sea, aquí se habla de lo que sea —en especial si es “buen cine o buena literatura”, como me ha repetido en varias ocasiones—.
Le ayudo pasándole sus cosas, el agua amenaza y la brisa ya gotea en nuestras espaldas. Guardo la taza y una película que me llevo nada más por costumbre, a pesar de que no prendo mi Blu-Ray desde hace más de cuatro años. Antes de irme y de que nos corra la gente de vigilancia unam, le pregunto qué es para él la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales.
—Uy, Tovarich, ¿qué te digo? Es mi centro de trabajo, es mi centro de conocimiento, es mi centro de diversión; híjole, es muchas cosas, es la gente con la que converso, son los profesores, los alumnos, los trabajadores, la gente que viene de visita —pienso en la maestra de Torreón que lo conoció hace diez años—, es las generaciones que he visto pasar.
Hacemos una pausa para terminar de meter los carteles que estaban pegados a la pared.
—Vi aquí a Rigoberta Menchú, a Calle 13, a tanta gente que ha venido a hablar y me emociona mucho venir todos los días a mi trabajo —se le amontonan las palabras y la emoción—, es una experiencia a diario. Todos los días pasa algo nuevo. Yo ya no lo considero un trabajo, sino que soy un actor que se pone el disfraz del Tovarich, que sale de aquí y se convierte en Javier Flores, el que paga las cuentas y resuelve problemas.
—¿Y si lo resumieras en una frase?
—Es como si le pagaran a un conejo por comer zanahorias, Tovarich
Arturo Molina (Distrito Federal, 1991). Es licenciado en Ciencias de la Comunicación por la UNAM, autor de Espinas (2019) y Suena la alarma (2023). Fue becario del FONCA Jóvenes Creadores en 2023. Obtuvo el 2º premio en Ensayo en el Concurso 51 Punto de Partida y Mención Honorífica en el 10° Gran Premio Nacional de Periodismo Gonzo 2024.
