Ciudad Universitaria / Crónica / No. 254

En busca del puma perdido

Stefany Cisneros


Después del balonazo en la cabeza, Juan creyó haber despertado. Le quitó el polvo a sus paletas y siguió buscando compradores. A lo lejos divisó a un par de estudiantes que parecían discutir. Se detuvo a dos metros de ellas:

—No sé cómo espera que documentemos la rutina de un animal silvestre.

—Podemos ir al zoológico de Chapu...

—No digas tonterías, ¿vamos a reportar cómo dan vueltas en sus jaulas hasta destrozarse las almohadillas? Eso no pasa en la naturaleza —Se acentuó el fruncido de Oriana al notar que un vendedor se acercaba.

—Oye, amiga, te me hiciste muy perdida. Ah, no te creas, quise decir “bonita”. Ah, no te creas. Oye, escuché que buscas un animal silvestre y pues aquí tienes a tu chango. Ah, no te creas. Oye, vendo paletas...

—Ahorita no, gracias.

—...

—...

—Ya pasó ese ahorita, ya es al rato, ¿te animas?

—No, gra-cias.

—¿Y tú, amiga?

—No.

—¿Es porque estoy feo, amigas? Chale, y yo que les iba a decir que por el Espacio Escultórico anda un puma. Y no cualquiera, uno bien grande y bello —les dio la espalda como si quisiera irse mientras seguía hablando—. No como yo, un pobre chaparro que pasa las noches acostándose temprano, que sueña con convertirse en el tema de la obra, pero sin éxito, amigas, siempre sin éxito —giró hacia ellas, muy seguro de encontrarse con un par de rostros compasivos, con suerte lagrimeantes. Le sorprendió no hallar nada más que un par de siluetas que se alejaban. Juan corrió hacia ellas:

—Por ésta se los juro.

—Aquí no hay pumas.

—Oh, quela. Les digo que sí, es la Iyari que se escapó de Veterinaria. ¿A poco no sabían?

—Ya sería noticia.

—Está la FILUNI, chavas, obvio no lo van a decir, pero por ahí anda Control Animal. Se los juro, amigas. Vamos, y si no lo ven les presento a mi primo que trafica cocodrilos. Seguro pasan la materia, amigas. Y si sí, pues me compran todas las paletas al doble del precio. Ah, no se crean. Entonces qué, amigas, vamos o se pandean.

Oriana y su amiga, cuyo nombre no importa por ser un personaje más que secundario, dialogaron con la mirada. Una alzó una ceja, la otra achicó los ojos. Alzaron los hombros al mismo tiempo y asintieron. Juan imaginó que sus pies, con todo y talones, se desprendían del piso. La palabra “sí” le era tan ajena que le pareció una prueba infalible de que, aunque era más conocido por su silencio, Dios a veces se hacía presente.

Después de un trasbordo en Pumabús, la tercia de estudiantes llegó al Espacio Escultórico. No era como Juan lo recordaba. Los agaves y las cactáceas habían sido suplidos por imponentes pinos de varios metros de altura. El área era más similar al bosque de Monterreal, Coahuila, que al matorral insípido y caluroso de siempre.

Cerró los ojos e inhaló como si con ello sus pulmones pudieran regenerarse. Apretó las correas de su mochila. En ella descansaba, junto a un sándwich aplastado, Por el camino de Swan. Llevaba un mes cargando el libro. Un boleto del metro fungía como delator más que como marcapáginas, pues Juan no había pasado del primer párrafo. Sus meditaciones sobre acostarse temprano y apagar la luz de un soplo fueron abruptamente interrumpidas por el sonido y el temblor de la tierra que anunciaba una estampida. Antes de que fueran alcanzados por una manada de alces, cacomixtles, tlacuaches y teporingos, Juan jaló a Oriana y a su amiga hacia Las serpientes del Pedregal. Los tres se atrincheraron sobre las esculturas.

El terceto no alcanzó a refugiarse entre las bondades de la calma recobrada, pues un rugido casi les hizo perder el equilibrio. Segundos después apareció un puma resplandecientemente dorado. Su pelaje multiplicaba los rayos del sol dándole cierto aura de divinidad. Al ver a la triada, el animal bajó la cola y se acercó dando saltos. Un hilo de saliva espesa salió de su hocico. Los gritos de los estudiantes se entremezclaron con los de Control Animal, quienes intentaban darle alcance para sedarlo. El puma se lanzó contra Oriana. Ella cerró los ojos y los abrió segundos después creyéndose muerta. Miró alrededor. El puma, o mejor dicho la puma Iyari, había huido después de que Juan le aventara a Proust en el lomo. Sobre la hierba yacía el libro deshojado con el sello de la Biblioteca Central.

Oriana se abalanzó hacia Juan y lo abrazó. Ambos cayeron sobre la hierba haciendo bromas sobre la “verdadera utilidad de la literatura”. La amiga de Oriana se unió a los festejos entre gritos y promesas:

—¡Eres un héroe, que digo héroe, eres el mejor amigo que alguien podría desear! ¡Te compraremos todas las paletas, no al doble sino al triple del precio!

Aunque Juan pronunciaba la palabra “amigo” con frecuencia, como una táctica de venta falible, nunca se la habían dedicado. Su júbilo fue suspendido por la voz de un hombre que lo regresó a la realidad. Luego de varios parpadeos, Juan logró abrir los ojos. Lo primero que vio fue el bigote negrísimo de un puma-vigilante. El hombre le pidió que no se moviera hasta que llegara la ambulancia. Sintió frío en la cabeza. Al llevarse la mano a la sien, se percató de la humedad rojiza. No lo había golpeado un balón, sino la rama de un pirul. Como pudo, abrió su mochila y sacó a Proust. Ante la expresión atónita del puma-vigilante, Juan dejó caer el libro sobre su propia cabeza. Se negaba a perder a sus nuevas amigas imaginarias, así como a la posibilidad de que por fin alguien comprara sus paletas.




Stefany Cisneros (Ciudad de México, 1995). Cursa la Especialización en Literatura Mexicana del Siglo XX. Fue becaria de la FLM y cursó el XX Diplomado en Creación Literaria del INBAL. Colaboró como editora en México Desconocido. Sus textos se han publicado en Acequias, Página Salmón, Este País, El Bibliotecario, así como en el libro Valedoras de Iztapalapa (2024).