Ciudad Universitaria / Crónica / No. 254
Esto pasó en septiembre
Rafael E. Quezada
Esto pasó en septiembre, el 19. Y no de 1985, sino de 2017. Fue un martes, y como cada año, celebrábamos el Día Nacional de Protección Civil en homenaje a las víctimas del terremoto que, treinta y dos años antes, dejó una estela de muerte sin cuento. Las cifras oficiales no se han puesto de acuerdo, pero se habla de hasta cuarenta mil fallecidos y cuatro mil personas que fueron rescatadas con vida de entre los escombros. Por eso, en cada aniversario, el país entero lleva a cabo un simulacro de sismo en escuelas y oficinas, y se disparan las alarmas de toda la ciudad a las 11 de la mañana, puntualmente.
En todos mis años como universitario, rehuí el simulacro. Faltaba a las clases en las que se atravesaba o incluso me tomaba el día libre. ¿Para qué sirve un simulacro, en todo caso? Sólo en el de 2017, cuando cursaba el noveno semestre, no me pude zafar.
Son las 10:30 a.m. Yo estoy en el edificio Adolfo Sánchez Vázquez de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. La puerta se abre y una chica delgada pide hablar con el profesor. Sale el Dr. César Valdez, que imparte la clase de México Contemporáneo. Intercambian algunas palabras y vuelven a entrar.
—Les van a dar una información sobre el simulacro.
—De acuerdo con el protocolo —dice la chica— se les pide que permanezcan en el salón durante tres minutos, pegados a la pared, lejos de los vidrios. Después, se les pide que desalojen.
A las 11 en punto suena la alarma sísmica. Nos levantamos de nuestros asientos con cierta desidia; antes, hemos guardado bien nuestras cosas, acomodado las mochilas. Los objetos valiosos los llevamos con nosotros. Nos replegamos hacia la pared. Horas después, las personas que seguían tomando clases cuando inició el terremoto no se replegaron a ningún sitio: salieron a toda velocidad y poco se preocuparon por alejarse de los vidrios.
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Salgo de clases a las 12:00 Me encuentro con algunos amigos en los jar-dines y, charlando, me dan las 13:00. Para ir del edificio Adolfo Sánchez Vázquez al Campus Central de Ciudad Universitaria hay que tomar la ruta 7 del Pumabús, el transporte interno gratuito de la UNAM. Existen varias paradas alrededor del Estadio Olímpico Universitario: yo camino hasta la parada del estacionamiento 3, donde una gran cantidad de alumnos espera a resguardo de un techo de concreto. La tarde está soleada; cosa rara con el clima tan cambiante de los días previos. No ha pasado ni un mes desde la temporada de huracanes en el Atlántico (entre ellos, el huracán Irma, el más poderoso de la historia contemporánea), ni de las inundaciones que afectaron a la Ciudad de México, ni del terremoto del 7 de septiembre con epicentro en Chiapas. Los días siguientes, pensábamos, tendrían por fuerza que ser de paz.
A las 13:14, el Pumabús se detiene en la parada del estacionamiento 2. No hay edificios a la redonda, sólo el estadio y sus aparatosas torretas de iluminación. El vehículo se detiene, se abren sus puertas y la tierra comienza a moverse. Es como si todos los que viajamos en el autobús nos hubiéramos puesto a saltar. Volteo hacia la ventana: afuera, todos los coches del estacionamiento brincan. El chofer es el primero en saltar hacia afuera. Se mueven los postes de luz, se mueve el camión como si fuerzas invisibles de hombres y mujeres se esforzaran por derribarlo.
Todos los edificios de la UNAM son desalojados y se suspenden las actividades hasta nuevo aviso. Después de bajar, sigo caminando hasta el estacionamiento de Humanidades, frente al edificio de la Biblioteca Central. Desde la Facultad de Psicología, al otro lado del Circuito Universitario, se escucha un anuncio en los altavoces: todas las personas que se encuentren en estado de crisis pueden congregarse en la explanada principal, donde recibirán atención inmediata. Y ya se veía: personas llorando desconsoladas, abrazadas a otras que no saben qué decir. ¿Vamos a estar bien? ¿Estarán bien nuestras familias?
Los primeros minutos es difícil determinar la magnitud de la catástrofe. Las comunicaciones fallan, como es natural. Tampoco la señal de internet funciona. Escucho decir que el epicentro ha sido en Puebla y, a unos cuantos pasos, alguien replica que ha sido en Morelos. Luego resultará que tuvo lugar al sureste de Axochiapan, en la zona fronteriza con Puebla. Imágenes de una colosal grieta en la tierra circularán más tarde. Jojutla será el municipio más dañado, con cerca de ciento cincuenta edificios derrumbados. Se hablará de que el pueblo prácticamente ha desaparecido.
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En el estacionamiento de Humanidades, algunos amigos se reúnen en un coche. Encienden la radio y suben el volumen para que se escuche afuera, para que escuchen los que están en coches vecinos y los que van pasando. No sé qué estación estamos sintonizando. A cuentagotas, la información sobre el terremoto va pintando un paisaje desolado, desesperanzador. Han colapsado edificios en las colonias Roma y Condesa (donde algunos de los presentes viven); se ha caído la tienda Soriana de Taxqueña, una que alguna vez visité para comprar baterías, tal vez muchos años antes; se ha caído la escuela Enrique Rébsamen en División del Norte y Calzada de las Brujas, una que después robaría el protagonismo de los medios y que sería una muestra de las mejores y peores cosas que tiene este país; se ha caído un edificio en Escocia, esquina con Gabriel Mancera, en la colonia Del Valle; en la esquina de Chimalpopoca y Bolívar, colonia Obrera, se ha venido abajo una fábrica de textiles. Después, también, se caería un edificio del multifamiliar de Tlalpan.
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Mi amiga Ivonne estudia arquitectura. Cuando nos encontramos en el estacionamiento de Humanidades, tiene la mirada perdida. La sujeto del brazo y dice que me estaba buscando, pero no, yo sé que busca algo dentro de sí misma. El estrés postraumático está a la orden del día. Antes yo pensaba que sólo las personas que habían sobrevivido al 85 padecían esa conmoción intensa que los hace llorar, perder el aire, perderse en la confusión y la inercia. La gente teme más a la muerte la segunda vez que la ve: ése era mi razonamiento.
—Todo está bien —le digo.
—No, nada está bien.
Ivonne se sorprende y se indigna de encontrarnos tan tranquilos en el coche. Alejandra ha sacado una caja de galletas para compartir; Diana está ajustando su cámara para tomar fotografías de los edificios; Betty y Fabrizo miran videos del sismo. Ivonne dice que en su Facultad todo el mundo se está preparando para salir a ayudar. No ha pasado ni una hora después del movimiento. Ella misma está impaciente por hacer algo, a pesar del miedo y la consternación. Le digo que ella es arquitecta y que sabe bien lo que tiene que hacer. Horas más tarde, la Facultad de Arquitectura implementará un curso básico y rápido para la evaluación de edificios dañados. Nosotros nos dedicamos, básicamente, a leer y escribir. A todos los presentes los he visto en marchas contra la represión del gobierno y la violencia del crimen organizado, contra los feminicidios. Los he visto hacer acompañamiento con mujeres violentadas, con migrantes centroamericanos en su tránsito por México. Claro que pronto estaremos quitando piedras, removiendo escombros, preparando comida y regentando albergues. Pero algo nos impide movernos justo ahora. Tal vez que no hemos vivido el horror de primera mano y que el derrumbe más cercano está a una hora de camino. Tal vez tenemos arraigada la idea inconsciente de que los humanistas no somos indispensables, no somos ingenieros, médicos, geólogos. Tal vez es que todo lo que hacemos, lo hacemos exigiendo justicia. ¿A quién exigimos justicia en este primer momento de catástrofe?
Ivonne se va rápido porque quiere ir a ayudar. Ojalá todos los arquitectos fueran como ella.
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Son las 15:00 horas. Nos dirigimos a la tienda Soriana de Taxqueña, donde dicen que hay gente atrapada entre los escombros. No podemos ir en el carro, porque el congestionamiento es infernal. Los servicios de transporte público están saturados. La gente desea llegar a sus casas para encontrarse con sus familiares. Algunos han escuchado que en su calle, en su colonia, en sitios que frecuentan, hay daños mayores. Todos tienen prisa por llegar a su destino, aunque van con las miradas tristes por el miedo a lo que puedan encontrar. Muchos, como nosotros, se dirigen a prestar ayuda.
Mientras caminamos por la avenida Pedro Henríquez Ureña, encontramos una aglomeración de los vecinos. Una pequeña fonda tiene la televisión encendida con las noticias. Muestran imágenes del Soriana colapsado, derruido. Sólo nos detenemos un momento y luego apresuramos el paso. Hay que llegar como sea. Es imposible tomar un camión o una combi. En algunas esquinas, los semáforos han dejado de funcionar. Y aún caminando, hay un tránsito inusual de personas por la banqueta. Algunos no van a ningún lado: son gente que ha salido de sus casas y se ha sentado en sus pórticos, en la orilla de la acera, a ver los coches pasar, a escuchar los helicópteros sobrevolar la zona. Una fuerza invisible los ha sacado a la calle: allá afuera está sucediendo todo.
Después de caminar por unas callecitas, llegamos por fin a Calzada de Tlalpan. Circulan vehículos con demasiada gente en su interior. Pasan camionetas descapotadas que transportan a personas que, obviamente, no se conocen entre sí: gente de las oficinas, de las escuelas, que no tienen otro medio de transporte. Entre el río de automóviles, se escucha un grito: de una de estas camionetas se ha caído una señora. El conductor la arrastró unos centímetros, pero se detuvo ante los alaridos de la gente. La mujer se levanta por su propio pie.
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Para llegar al Soriana, debemos cruzar el puente de Calzada de Tlalpan, atiborrado de personas. Una fila excepcional se forma para subir las escaleras, avanzar despacio sobre el puente suspendido y bajar. Personas del barrio, vecinos, dirigen el tránsito de hombres y mujeres. Al pie de las escaleras, una mujer grita:
—Necesitamos ayuda, equipo de curación, palas, picos.
¿Para qué sitio?, preguntamos. Para el edificio del multifamiliar que se acaba de caer y donde (dice) hay poca ayuda. Decidimos acudir ahí y olvidarnos del Soriana. De todas formas, la tienda está cercada por la policía. Hace rato que no se permite la entrada a ningún voluntario. Se dice que sí, que tal vez hay personas atrapadas entre los escombros. Se dice que ya viene el ejército, que pronto estarán aquí los Topos profesionales.
A unos pasos del multifamiliar, nos detiene un grupo de personas. Todos son jóvenes, delgados, algunos, incluso, desgarbados. Llevan palas, picos y tapabocas. Varios de ellos están empapados de sudor. Nos cuentan que estaban haciendo labores en el multifamiliar de Tlalpan y que la Marina los desalojó. Ahora han escuchado que hay una escuela en División del Norte y Calzada de las Brujas que ha colapsado y en la que han quedado atrapados los niños. Nos proponen que vayamos con ellos. Nos proponen que nos robemos un camión.
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A continuación doy algunas instrucciones básicas para secuestrar un camión de pasajeros:
1) Primero, hay que tener en cuenta que no hace falta una catástrofe de estas magnitudes para cumplir con el objetivo. Las porras de los equipos de fútbol y algunos estudiantes universitarios lo hacen todo el tiempo. Desde luego, es mucho más loable convertir un autobús en un camión de rescate que en un camión de aficionados del América o de los Pumas.
2) Reúna a un grupo grande de personas, al menos veinte o treinta. Colóquense en el paso del vehículo, pero no justo en medio, pues corren el riesgo de ser arrollados. Aquí es necesario contar con un poco de suerte, pues aunque la mayoría de los conductores son gente trabajadora cuya experiencia le ayuda a entender este tipo de dinámicas, hay otros que los confundirán con asaltantes comunes y no dudarán en lanzarles el camión. Eso nos lleva al siguiente punto:
3) Si el autobús se detiene, explíquele al chofer sus intenciones. Por ejemplo, nuestro grupo explicó que nos dirigíamos a la escuela colapsada a prestar ayuda, que por favor "hiciera paro" ante la emergencia. También, que entre todos cooperaríamos para reponerle los pasajes perdidos.
Con estos consejos, no deberían tener problema. En nuestro caso, los dos primeros camiones que detuvimos arrancaron de inmediato, sin posibilidad de nada, sin darnos oportunidad de "secuestrarlo". Es el instinto básico de supervivencia en medio del caos, no confiar en un grupo de desconocidos que detiene tu vehículo y te "pide" que lo lleves a tal sitio porque es un acto humanitario. Es la misma lógica bajo la cual las grandes tiendas, farmacias, ferreterías y supermercados cerraron sus puertas o ejercieron férreos controles en la venta de sus productos durante la emergencia. ¿Cómo confiar en que las personas que ayudan respetarán la propiedad privada? No es cierto que el terremoto suprima todas las barreras entre las personas.
El chofer del tercer autobús que detenemos es más comprensivo. Las personas se bajan y el autobús se convierte, de pronto, en una suerte de camión de bomberos, o más bien, de voluntarios civiles. Para abrir paso al camión, los desconocidos con los que viajamos se bajan para pedir a los automovilistas que se aparten. Una mujer grita por la ventana:
—Vamos a ayudar a unos niños que se les cayó la escuela y se quedaron aplastados.
No es nada gracioso lo que dice, pero todos nos reímos. Lo hacemos porque lo dice con total naturalidad, algo que es tan serio. Alguien debería hacer una antología de los chistes que resultan de las catástrofes naturales.
Tres veces (las que Pedro negó a Cristo y las que Indiana Jones "cayó" en su última película) burlamos un retén de la policía. En cada uno nos dijeron que no podíamos pasar, que la ayuda ya era demasiada y que las calles debían estar despejadas para el paso de las ambulancias. Pero nadie tiene poder para detenernos. Difícilmente lo tendrían en situaciones normales, mucho menos en estado de emergencia.
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La Calzada de las Brujas es un camino más bien estrecho, o así parece por la cantidad de gente. En la esquina con Miramontes, la policía impide el paso a más personas. Pero ahí es de verdad, ahí nadie se atreve a decir nada. Sólo entran y salen ambulancias, camiones de bomberos, coches cargados con material. El sonido de las sirenas se confunde con las voces que piden apoyo: necesitan material de curación, herramienta, picos, palas, como en todos lados.
El cerco se levanta y los policías se apartan para dejar salir una ambulancia. En el asiento del copiloto viaja una mujer joven, morena, que llora desesperada. Junta sus manos suplicando a Dios. No hay que escuchar lo que dice: es una señal casi nacional. El alboroto aumenta cuando otra mujer se desmaya entre la multitud. Alguien grita pidiendo un paramédico.
Jamás había visto tantas personas padeciendo la angustia de la inutilidad, luchando contra la necesidad imperiosa de tener algo que hacer. Nuestros desconocidos acompañantes ya se han ido a buscar otro derrumbe. Nosotros caminamos hasta una Farmacia Similares a comprar todo el equipo de curación que podamos. Pero en el establecimiento los insumos ya son escasos (eso nos dicen) y, además, parece encontrarse en medio de una guerra. Han bajado las cortinas y sólo se atiende a través de una pequeña puerta.
A unos pasos, la Farmacia San Pablo, una de las más grandes cadenas farmacéuticas, ha cerrado completamente sus puertas. El hombre que vigila la entrada confunde su discurso: a veces se le ha terminado todo el material de curación, a veces está en la bodega y a veces le han dado instrucciones de que no lo venda.
Galerías Coapa no colapsó, pero está prácticamente destruida. Una gran cuarteadura atraviesa la fachada principal. Las vitrinas de las tiendas se han quebrado por completo. Vidrios rotos se esparcen por la calle, como si algo hubiera explotado en el interior.
Buscando otro sitio dónde conseguir material, encontramos otro foco de tragedia: hay un derrumbe en Calzada del Hueso que no alcanzo a dimensionar, pues no es un gran edificio, sino una casa o un negocio pequeño. A su lado hay fachadas derruidas que dejan ver los interiores de los edificios, como gigantes casas de muñecas.
La gente se aglutina en el camellón que atraviesa Calzada del Hueso. Siete u ocho hombres pasan cargando un poste de luz, cuyos restos suben a una camioneta. ¿A dónde va a parar todo ese escombro, ese vestigio de muerte y desolación? También ahí hay demasiada gente como para acercarse. Hemos llegado tarde a participar de la catástrofe, o por lo menos, a formar parte de quienes la hacen más llevadera.
Rafael E. Quezada (Ciudad de México, 1995). Cursa el doctorado en Letras en la UMAM. Es autor de El hambre del mundo (2023). Fue ganador del premio Punto de Partida de cuento en 2017; del Concurso Iberoamericano de Ensayo para Jóvenes FCE en 2017; y del XXI Certamen de Relato Corto Eugenio Carbajal en 2024. Fue miembro de la cuarta generación de la Tutoría en Novela de la UNAM.
