Ciudad Universitaria / Cuento / No. 254

La hemeroteca

Lizeth Cañete


—¿Has ido a la Hemeroteca? —me preguntó un sábado temprano. La realidad es que en mi vida había escuchado esa palabra quizá un par de veces y por ende tenía una idea vaga del concepto. ¿Impresionar y decir que sí, que uno es conocedor, o hablar con la verdad y hacer uso de la ignorancia para lo que mejor sirve: que alguien más, en especial alguien que te gusta, te explique algo?

—Creo que no, no he ido, ¿y tú? —Decidí ser honesto porque hay momentos en la vida en los que sabes que hay que hacer las cosas bien desde el principio.

—Iré hoy —¿Qué significaba eso?

—¡Qué bien! —Entusiasmo, claro, quizá me muestra un poco de lo que encuentre, ¿qué iba a hacer yo este sábado que le pudiera compartir? Nada. Qué cansado es no hacer nada.— La verdad me da un poco de miedo, he ido pocas veces y me parece que es muy grande, sólo no me ha dado tiempo de recorrerla en su totalidad. En ocasiones me da la impresión de que es una trampa, pero no sé bien a quién va dirigida.

Pienso que así me siento en la ciudad de vez en cuando. Siempre hay algo, en alguna parte, que hace falta explorar, algo que no he encontrado, un sitio que no he visitado, gente que no he conocido. Y sí, también, a veces todavía tengo miedo.

Perderse termina siendo la menor de las consecuencias. En realidad, mis temores más grandes se sitúan en cosas lejanas, el miedo muy pocas veces tiene fundamentos, al menos a mí nunca me ha salido bien justificarlos, y eso me ayuda a ignorarlos luego de que se quedan conmigo un rato.

—Bueno, ¿pues cuántas cosas tiene? —Mi curiosidad encuentra solita el camino que le intriga más. La mueve el interés en ella, no en la Hemeroteca, eso lo sabemos unas partes de mí con mayor claridad que otras.

—¿No te gustaría venir? —No me lo esperaba, pero, ciertamente, me alegra que lo pregunte. Estoy sorprendido incluso. El torrente de preguntas que le sigue a esa, todas a la vez, se me acumula en la cabeza.

Un balbuceo, una sonrisa incrédula, amplia. Se me invita oficialmente a conocerla, de por medio, está la Hemeroteca.

—Sí. —Dudé algunas cosas, pero nunca la respuesta, el sí fue claro, el sí fue inmediato. Ningún otro pensamiento capaz de contradecirlo. Fue un acuerdo común, todo en sintonía: las ideas y los sentimientos, el mismo cuerpo cansado de la semana, nada se opuso a tal afirmación. Vamos, vamos. Unánime.

Nos encontramos frente al MUAC. Me gusta ese museo porque suena como un beso. Me recargué sobre el descanso de piedra junto a la puerta, y me acomodé una y mil veces en poses distintas para aguardar casualmente su llegada. En algún punto, en ese ensayo y error, observé detenidamente aquel poste artístico, que seguramente tiene un nombre especial, erguirse hacie el cielo. Tomé una foto. Apenas algunas nubes se acomodaron en el fondo, probablemente llovería en unas horas. Bajé la mirada, y a lo lejos, caminaba de frente a mí. Me observaba. Dudé si debía esperar su llegada para encontrarnos o si era mejor caminar para alcanzarla en un punto medio. Me decidí por acortar su camino y un poco antes de alcanzarla, extendí mis brazos para pedirle, nervioso, un abrazo. Quise contar los segundos para que fuera un gesto lindo, que le indicara sutilmente que era algo más que un saludo. Pero no supe cuánto tiempo sería ese y al final todos los cálculos se me olvidaron. Huele tan bien. Dulce. Se ve bien, se ve tranquila. Es sábado y es temprano. Es lo único que pude pensar.



Un saludo, un abrazo breve, un intercambio de sonrisas. Caminamos hacia la Hemeroteca con su guía discreta, uno a un lado del otro como si los dos conociéramos el camino. Descendimos. Bajamos un poco más. Atravesamos un pasillo selvático, húmedo por la lluvia que se anunciaba. El aire fresco me hacía temblar en conjunto con los nervios. Consciente hasta de mi manera de caminar, de mi manera de respirar, emergemos. Volvemos a subir. 

Desde fuera el lugar se ve grande, pero lo que es en realidad es profundo. Me dio la mano y entramos. Aun los momentos especiales están hechos de momentos rutinarios, nos desviamos a la derecha para dejar mi mochila, mochila que llevaba prácticamente vacía: un cuaderno, un libro, un par de plumas y montón de basura.

—¿Vas a usar algo? —No tengo ni la más remota idea de lo que se hace aquí.

—No lo sé.

—¿No quieres sacar nada? —Voy a lo seguro, saco de mi mochila mi libro y le sonrío, esto es lo único que llevo a todas partes, incluso cuando no tiene propósito ni sentido, así que aun errando, habría hecho lo correcto, lo de siempre.

Me sonrió de vuelta y me dijo que iríamos a su lugar, donde había estado sentada el tiempo que estuvo esperándome. Se extienden ante mí tres caminos y en todos el fondo es sombrío. El lugar está muy poco iluminado. Mi primera impresión es que combina con lo brutalista de la estructura. La oscuridad se instala en el amplio espacio como si todas las ventanas, incluidos los vidrios que componen el techo, estuvieran cubiertas por una película que frena la luz. Las salas son cuevas que se iluminan con los pasos que damos. Puedo escuchar el eco de mis movimientos. Me asomo al vacío. Allá abajo creo que hay una librería, me dice, pero yo no veo nada claro, nada más que oscuridad. Ya no siento frío, de alguna manera, aunque no vea a nadie más, no siento que estemos solos. La miro de regreso y sé que nota mis nervios, me extiende la mano, me dice que no pasa nada, que a ella a veces también le da miedo el lugar, su inmensidad.

Caminamos derecho, el pasillo no es muy largo. Se vislumbra poco a poco una puerta abierta y mesas al fondo, es una sala de estudio. Cerca de la puerta, a los laterales, se extienden otros caminos y más bruma. Tantas sombras me sorprenden, si miro hacia arriba todavía puedo ver algo de cielo, pero si bajo la mirada no veo nada, nada más allá de mi proximidad, sólo la veo a ella, que camina sin cautela, que camina con familiaridad.

Nos acercamos a una mesa, sus cosas seguían ahí, acomodadas y brillantes. Le comenté de la extrañeza que me provocaba que las hubiera dejado ahí, y simplemente me respondió que las dejó encargadas con la persona de la mesa contigua. Señala la mesa y puedo ver que sí, que hay alguien sentado en la mesa a mi izquierda, la persona no nos mira, no se inmuta, sólo trabaja o estudia lo suyo. Ella se sienta frente a su computadora y me invita a hacer lo mismo, en la silla que está de frente, a través de la mesa. Rodeo un poco y me siento, la silla está fría, es de madera. La mesa me queda grande, más alta de lo que la silla puede ofrecer y más ancha de lo que hubiera preferido. Si estiro el brazo llego apenas a tocar la mitad, no la alcanzo a ella, no necesito eso ahora de todas formas, la distancia es mi medida de control. Distancia de tanta oscuridad, de tanto misticismo.

—¿Te gusta? —me pregunta después, pero no lo entiendo, no sé a qué se refiere, me he abstraído en el libro que traje conmigo y no sé si esa pregunta es el final de una conversación en la que no he estado presente. No hay ningún ruido.

—¿Qué cosa? —le respondo y la miro confundido, para que pueda entender la naturaleza de mi pregunta, para que pueda ver que he estado aquí pensando en cómo estar aquí.

—La Hemeroteca. Podemos dar la vuelta después, aunque hay muchas cosas cerradas ahorita, por el día.

—Me gusta —le respondo con calma, seguro del tema, pues es mi opinión—, me gusta que sea tan alta, tan amplia, callada. Me gusta estar rodeado de libros —menciono esto y los estantes que están a mis espaldas se iluminan tenuemente, apenas para distinguirse—, me gustan las ventanas —y a mi derecha se aclara el paisaje de afuera, se distinguen las siluetas de quienes están sentados cerca de ellas, a la orilla de esta sala.

Me mira durante un par de segundos que se sienten largos, no me dice nada, sonríe ligero y vuelve a su computadora. Es difícil saber si lo que he dicho le agrada o si piensa que sólo estoy rellenando el silencio con palabras vanas. Quisiera decirle otras cosas, decirle que me dio gusto verla desde que llegué, caminado hacia mí. Que todo el trayecto me he sentido nervioso pero emocionado. Que dentro de mí ocurre un huracán, pero no sé cómo explicárselo; se le ve tan tranquila, el lugar está tranquilo también, nadie habla, no corre ningún rumor, siento que sólo estamos ella y yo.

Luego de un par de horas de que trabaje en su computadora, y de que yo lea y me distraiga, de que lea y piense cosas derivadas de ello, de hojear algunas revistas que me ha prestado con entusiasmo, me pregunta si quiero ir a dar una vuelta. Le digo que sí, lo que sea que nos ponga en movimiento, que nos acerque también; sería buena idea ahora que me he acostumbrado a tenerla de frente, ahora que me he envuelto y acomodado en su dulce aroma. Se levanta, deja sus cosas ahí de nuevo y salimos de la sala.

El primer lugar al que entramos después se iluminó a nuestra llegada con una luz cálida que se reflejaba en las gotas de lluvia que escurrían por las ventanas. Una mesa larga se extendía al costado, con secciones para colocar archivos viejos y procurar que se conserven en buen estado. En la otra sección de la sala, dos mesas largas y paralelas ocupaban casi todo el espacio. Se contenían a sí mismas en su propia época: gente trabajaba sentada a todo lo ancho, tecleaban, hojeaban. Caminamos por el pasillo entre ambas filas de personas y ninguna notó nuestra presencia futura. Los vimos de cerca, rodeamos hasta llegar al mostrador principal y un hombre nos miró de frente. Le dije buenas tardes pero no me contestó, sus lentes me gustaron, estilo retro. Avanzamos y él se quedó mirando en la misma dirección, seguramente miraba otra cosa, a otra persona allá cuando sea que estaba. Observamos un rato un estante con documentos y libros muy antiguos, por un momento temí arruinarlos sólo de verlos. Ella se acercó en dos ocasiones a tocarlos con suavidad. Contrario al temor que sentía por mi corrosiva mirada, su tacto con los libros me dio la sensación de que estaba restaurándolos.

Salimos de ahí para incorporarnos de nuevo a la oscuridad a la que empezaba a acostumbrarme. Guiado por su presencia, la luz no era tan indispensable. El recorrido continuó abajo. Mis pasos hicieron eco y a mi alrededor, un túnel de madera. Fue con el reconocimiento de mis pasos en ese túnel que me di cuenta de que ella no había hablado en un buen rato y, sin embargo, yo era consciente de todas sus impresiones sobre este lugar, sobre la tormenta que no nos alcanzaba aquí. También sabía que ella conocía mis propios pensamientos sobre lo que habíamos visto.

Un momento después me di la vuelta para contemplar el camino andado. Habíamos salido del túnel y ella siguió caminando de frente. En la pausa, mirando hacia atrás, contemplé el avance de la oscuridad. El túnel a lo lejos ya no tenía fondo ni fin, pronto dejó de tener forma. Sólo una sombra alta y profunda, de alguna manera distinta a las altas sombras densas que eran las paredes del nuevo espacio al que llegamos. Ahí un árbol inmenso, un par de puertas cerradas. Entonces volvió a decir algo.

—Creo que ésa es la Biblioteca Nacional.

Su voz se estrelló en todas partes, rebotó en las bancas y mesas acomodadas a lo largo de una de las paredes del espacio, en el techo alto que me sorprendió ver, pues la oscuridad que nos rodeaba hacía unos instantes caía y cubría incluso los techos bajos, como el de la primera sala. Cuando sus palabras dejaron de hacer eco, la sala se apagó de a poco.

—¿Podemos entrar? —contesté, esperando en realidad que respondiera lo que fuera para que lo encendiera todo de nuevo, más que por conocer la verdadera respuesta.

—Creo que está cerrado para nosotros. —La réplica le dio luz, existencia y espacio a otras zonas, a otras cosas, a otras caras, porque también había gente sentada en los rincones, hablando en silencio, en su propio tiempo. Quise que hablara sin interrupciones, que sus frases fueran largas, que se adentrara en una explicación apasionada o en un monólogo confuso. Pero callaba. Tres palabras, luego oscuridad. Más densa entre intervenciones. Lo noté porque me acercaba cada vez más a su persona. Porque su perfume era más intenso. A cada frase que soltaba se acortaba la distancia. Dejaba de verle. Una palabra, un paso próximo.

Dejó de hablar y yo supe dónde estaba y, sobre todo, que seguía conmigo porque sujetaba su brazo con mi mano izquierda, sin fuerza, lo sabía, aunque no pudiera verlo. Sentí mi propio esfuerzo vano por abrir más los ojos para tratar de verme la mano, ver una parte de ella, verme asido a su cuerpo. Me sentí ciego. De pronto, una oleada de frío me invadió el cuerpo y me supe solo. La inmensidad del espacio reducida a la desaparición por silencio. Cerré los ojos, los apreté junto con los puños. Luego liberé mis manos de la tensión, abrí mis palmas buscando las suyas, abrí los ojos buscando la luz de su voz. No hay nadie más aquí, en las escaleras de piedra que conducen a la entrada. No hay nadie en este paisaje llovido, cerrado. Pasan de las cuatro, un sol blanco y débil ilumina mi camino de regreso, las cosas de aquí afuera apenas y sujetan los colores que las representan.



Lizeth Cañete (Saltillo, 1998). Es parte de las antologías Un refugio temporal (2021) y Quizá estés yendo a casa (2023). Cursó el diplomado en Literatura Latinoamericana del siglo XX de la Universidad Anáhuac, y en Novela Corta del Banco de Proyectos Culturales de Coyoacán. Cursa la maestría en Literatura y Lengua en la Escuela de Posgrados de México.