Ciudad Universitaria / Crónica / No. 254

Hablemos de Cristina Pacheco

Sebastián López Fuentes


Jueves 23 de marzo de 2023 (6 de la tarde)
Salón de la Casa Universitaria del Libro (Casul, UNAM)


Sentado con setenta personas que se saludan entre sí, hablan de su vida y observan de un lado a otro para verificar por dónde entrará la invitada de esta tarde, pienso en qué podré decirle. Las setenta personas cargan consigo algunos de sus libros: Sopita de fideo, El eterno viajero, Los trabajos perdidos. Yo, en cambio, cargo conmigo una de las novelas más emblemáticas de la literatura mexicana escrita por su difunto esposo: Las batallas en el desierto. En las presentaciones literarias como ésta existen tres personajes: 1) el que conoce y es amigo de todo el mundo, 2) el que saluda a todo el mundo por compromiso e interés y 3) el que no conoce a todo el mundo y padece una soledad ansiosa. Los tres personajes tienen algo en común: son lectores de quien habla en la mesa principal.

Las campanas de una iglesia que se encuentra en la esquina empiezan a sonar para anunciar el comienzo de la misa. Los presentes, como un cortejo nupcial, se levantan. La entrada musical no es producto de un piano o unas bocinas conectadas a un celular con YouTube como pestaña principal, sino que es ocasionada por aplausos.

Tiene el cabello ondulado (de color castaño), lleva un saco negro floreado acompañado de una blusa del mismo color y, como accesorios, aretes, dos anillos en la mano izquierda y una pulsera en la mano derecha, todos plateados. Va agarrada de la mano de los periodistas Guadalupe Alonso Coratella y José Luis Martínez S. Nos sonríe, nos saluda y abraza a sus invitados. Llega a la mesa principal, nos sentamos, se acomoda el micrófono delante de ella y comienza la última conversación pública de Cristina Pacheco.

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Cristina Romo Hernández nació el 13 de septiembre de 1941 en Guanajuato, en el pueblo de San Felipe Torres Mochas. Después de cursar la carrera de Literatura Española en la Universidad Nacional Autónoma de México intentó trabajar como locutora, pero su nerviosismo detrás del micrófono fue tan evidente que le dijeron: "No sirves para esto".

En 1960 encontró sus primeros trabajos como periodista en los medios de comunicación El Popular, Novedades, Siempre!, El Sol de México y El Día. En La Jornada llevó la sección dominical "Mar de Historias", la cual duró treinta y cuatro años; de este espacio destacan los cuentos que escribió con la premisa de partir de lo cotidiano.

En 1965 se casó con el escritor José Emilio Pacheco, de quien tomó el apellido; de este matrimonio nacieron sus dos hijas: Laura Emilia y Cecilia. Laura Emilia escribió en su texto "La buena compañía de Cristina Pacheco", publicado en Milenio, que su madre era capaz de hacer hablar hasta a una piedra, un talento que desarrolló en su programa Aquí nos tocó vivir (1978), en Canal Once. Ahí, en cada emisión resaltaba la importancia de ser reportera: no es sólo llegar al lugar de los hechos y hacer preguntas, sino que se debe vivir, lo más que se pueda, en las realidades presentadas. La crónica, por lo menos en la televisión mexicana, tomó mayor presencia en las familias gracias a sus emisiones. Si le preguntamos hoy a nuestros abuelos y padres sobre Cristina Pacheco, la siguen recordando.

Este programa enseñó tres elementos fundamentales dentro de la labor y jerga periodística: la mirada, la escucha y la conversación, elemento que fue, como su programa anterior, la mayor fortaleza de su siguiente proyecto televisivo en el mismo canal: Conversando con Cristina Pacheco (1997); el programa consistía en hacer entrevistas de semblanza a diversas personalidades del país y responder, junto con ellas, los comentarios de la audiencia.

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La primera vez que supe qué era un periodista tenía interés en el cine. Uno de los primeros personajes de esta rama que conocí fue el crítico Jorge Ayala Blanco; seguí sus ideas al punto de encontrarme en internet con una vieja entrevista que le hizo, por supuesto, Cristina Pacheco, en donde Ayala Blanco se dio a la tarea de exponer sus ideas sobre las mujeres en el séptimo arte mientras ella perfilaba preguntas para descubrir de dónde venían esas reflexiones y, sobre todo, quién era ese crítico de cine allende de su máscara, es decir, cuál era su verdadero rostro o el más cercano a éste.

El destino y la influencia de Cristina Pacheco me hicieron estudiar periodismo. Una decisión que, a la fecha, me arrepiento de haber tomado. En la universidad, para mis trabajos escolares, imité el ejercicio que Cristina Pacheco realizó con Jorge Ayala Blanco; fueron intentos fallidos de semblanzas narrativas que, por lo menos, me ayudaron a pasar las materias y hacer creer a mis profesores que tengo talento para escribir.

Cristina Pacheco, con el tiempo, se convirtió en una de mis principales influencias a la hora de realizar trabajos periodísticos. Una maestra que cuando escribo crónica me recuerda que a partir de los pequeños sucesos, un gran acontecimiento puede cubrirse y entenderse en su totalidad.



Primeros minutos de la conversación

"Me duele recorrer ahora la ciudad; hay sitios a los que no se puede regresar: están tomados por la delincuencia, por los narcotraficantes. Antes nadie tenía miedo. Hoy la ciudad está tomada por los riesgos y el miedo de sufrir. Es de lamentarse", comenta Cristina Pacheco. "En defensa de la literatura y el periodismo, muchos de esos lugares ahora sólo se recuerdan en la palabra escrita", agrega.

—Yo no creo que un periodista sea superior a un trabajador. Me gusta ser una trabajadora más, que me cuenten sus historias. Guadalupe Alonso Coratella le pregunta a Cristina sobre su visión de la entrevista.

—La entrevista es un género fascinante por una razón: es un gran viaje, una lección para toda la vida.

La conversación con Cristina transcurre. Ella está alegre observándonos. Los fotógrafos aprovechan cada momento para retratarla. En su mesa se encuentran todas las obras que ha publicado y que donará a Casul, UNAM —anteriormente lo había hecho la cronista Alma Guillermoprieto—. Los presentes están atentos a sus palabras. No hay distracciones importantes. Sonidos de ambulancias, patrullas y conversaciones ajenas, sólo eso. Cristina Pacheco, en persona, es la misma que vemos a través de la televisión y sus escritos: abierta a cualquier pregunta, tímida y, a su vez, muy expresiva. Cuando la observo estoy observando el paso de los años en México: sus habitantes, sus construcciones, sus micro y macrohistorias.

En momentos reviso las primeras páginas de mi tomo de Las batallas en el desierto. Recuerdo aquellas veces en que ella confesaba en diversas entrevistas que cuando trabajaba en la misma casa con José Emilio Pacheco, en habitaciones distintas, se gritaban para saber si ya habían acabado o cómo iban con sus avances. Los dos fueron periodistas, escritores, y nunca se metieron en la obra del otro. Se me hace un detalle excéntricamente melancólico que le dé a firmar un libro de su compañero de vida y así hacerla recordar, por unos instantes, aquellas vivencias. Cristina Pacheco vive con sus recuerdos: recuerda cada libro que lee, cada persona que entrevista, cada lugar que recorre; esos mismos recuerdos se hacen presentes en la conversación: ella recordó las veces en que tenía que firmar sus textos con seudónimo porque en su momento ser mujer en el gremio periodístico era sinónimo de incomodidad, hasta que, por palabras de sus primeros editores, se atrevió a firmar con su nombre.



Ronda de preguntas y respuestas

Una señora de trencitas:

—Cristina, yo no sé leer ni escribir, pero gracias a sus programas tengo una vida feliz y mi familia está junta.

Un joven estudiante de periodismo proveniente de Oaxaca:

—Gracias a usted estudio periodismo.

Levanté la mano.

—Estoy un poco nervioso. Soy joven. Esperé años para decirle esto… —en el micrófono se podían oír los rasguños de mis dedos por mis nervios— Cristina, como todos los presentes quiero agradecerle por salvarme. Usted me ha enseñado lo que recuerdo de Ryszard Kapuściński: "Para ser buen periodista primero hay que ser buena persona". En los momentos donde pienso que no sirvo para el periodismo, veo sus entrevistas, la leo.

Quería decirle más. Pensaba que todo lo que expresé era cursilería, algo que no estaba a la altura de su persona ni del público presente. Bajé el micrófono. Ya no temblaba: me horrorizaba. Era la hora de su respuesta.

—Muchas gracias, Sebastián.

Su respuesta bastó para conmover al periodista que en un punto de mi vida quise ser porque le había expuesto mis agradecimientos. No me interesaba otra cosa. Los asistentes aplaudieron. Un padre de familia fue el último en levantarse.

—Señora Cristina, vine a verla en compañía de mi familia, que está acá. Yo quisiera preguntarle algo que posiblemente se salga de todo lo hablado aquí. Yo soy padre de familia y me interesa y me encantaría saber qué les recomienda a los jóvenes para que sean felices.

—No tengo una fórmula para ser feliz, pero uno no debe hacer cosas que no le apasionen. Uno no tiene que traicionarse a sí mismo.



Últimos minutos de la conversación

Hay personas abrazando y tomándose fotografías con Cristina Pacheco. Me infiltré entre toda la multitud y le di, temblando, mi ejemplar de Las batallas en el desierto. Se queda mirándolo por unos segundos. ¿Qué habrá pensado durante ese tiempo? Un saludo —que a su vez fue un despido— de manos y miradas efímeras. Conseguí su firma. Mi encuentro con Cristina Pacheco había finalizado. Salí de Casul. No necesitaba soñar con ella como la cronista Leila Guerriero con el escritor Ricardo Piglia para que me dijera un secreto de la escritura porque ya me lo había dicho en la conversación: ser fiel a uno mismo; tratar, en la medida de lo posible, de ser humilde; imitar hasta crear; creer en nuestra pluma, y no tanto —al estilo del fabulista Augusto Monterroso—.

Cristina Pacheco tenía ochenta y dos años cuando falleció el 21 de diciembre de 2023 a las dos de la madrugada en su hogar rodeada de sus seres queridos. De esta forma la recuerdo. Hay que agradecer toda vida que se dedica a la creación en un mundo destinado al sistema y al olvido.




Sebastián López Fuentes (Ciudad de México, 2001). Estudió periodismo y sigue, en ocasiones, en ese oficio para alimentar a sus gatos, pero su verdadera pasión y vocación es escribir para Gatopardo, Balompié, Punto de partida y Purgante; así como para los suplementos culturales de El Heraldo de México y La Jornada.