Ciudad Universitaria / Ensayo / No. 254

Otras circunstancias

Victor Hugo Galicia Barrios


Saliendo de clases, siempre espero a mi amigo Emiliano. Lo conozco desde hace más de nueve años; él estudia Ingeniería, y en nuestras charlas cotidianas dentro del Pumabús que nos lleva a nuestro natal Xochimilco, le comento: "Yo le debo toda mi carrera a los conductores del Pumabús". Él ríe, pero yo lo digo completamente en serio. Pocas veces reparamos en lo mucho que dependemos de otras personas para estar donde estamos. En el sistema capitalista en el que vivimos inmersos proliferan los discursos de independencia total, de "hazlo por ti mismo", de meritocracia incuestionada. Pero rara vez nos detenemos a mirar qué hay detrás de esa ilusión: muchas, demasiadas personas han creado las condiciones de posibilidad de nuestro ser.

"Yo soy yo y mi circunstancia, y si no las salvo a ellas no me salvo yo" afirma Ortega y Gasset en Meditaciones del Quijote. Y esas circunstancias tienen nombre y apellido, una historia detrás y una suma de acciones que, aunque indirectas, me han permitido ser quien soy. El hecho de estar en la universidad implica un privilegio, y detrás de él hay una historia de luchas colectivas. La existencia misma de una universidad pública como la UNAM sería impensable hace un par de siglos. Hoy, gracias al esfuerzo de generaciones que la defendieron —muchos de ellos trabajadores que presionaron al Estado—, es posible que yo, hijo de obreros con poca educación formal, sea parte de la máxima casa de estudios de México.



La espiral del barrio y la ilusión del mérito

Cuando leí Las crónicas del barrio de Andrei Peña, una imagen se me quedó clavada: la espiral de concreto. Esa figura que gira sin parar, tragándose a quienes no logran escapar a tiempo, pero que, con suerte, a veces expulsa a algunos, lanzándolos lejos, como cometas que cruzan la atmósfera del barrio y aterrizan en lugares donde la vida parece más ligera.

Lo curioso es que muchos de esos cometas creen que salieron por su propia fuerza, que lo lograron solos. Pero como dice la novela, "hay un equilibrio de fuerzas en ese girar perpetuo: unos pueden salir porque otros quedan atrapados. La espiral sigue girando porque muchos siguen dentro".

Esta idea me hizo pensar en mi propia salida. ¿Realmente saldré del lugar donde nací sólo por mi esfuerzo? ¿O hubo alguien que me empujara? ¿Mis padres, que trabajaron jornadas dobles? ¿Mi abuela, que me cuidaba cuando era niño y no había para la guardería? ¿Mis maestros, que me regalaron libros porque sabían que en casa no alcanzaba para eso? ¿O los amigos que me prestaban sus tareas cuando yo no podía con todo?

Pensar que uno avanza solo es una forma de olvido, una especie de traición a todo lo que nos acompañó en el camino. En ese sentido, la idea del mérito individual me parece cada vez más sospechosa. ¿Existe algo así como un mérito puro? Si saldré —si estoy aquí, escribiendo esto en una universidad pública— fue porque mucha gente se quedó atrás para que yo pudiera caminar. Porque alguien se sacrificó, o simplemente porque la espiral decidió girar de otra forma esa vez.

Y entonces llega una pregunta que no me deja en paz: ¿cómo me salvo si otros deben quedarse para que yo avance? Ortega y Gasset dice que hay que "salvar la circunstancia [...] Y hacerlo significa, en primera instancia, atreverse a pensar en ella". ¿Eso implica también llevar conmigo todo aquello que me formó, todo ese entorno difícil, pero también lleno de dignidad, de afectos, de luchas silenciosas? ¿Amar ese barrio, no negarlo? Como dice la novela, amar incluso sus partes más oscuras. 



Kropotkin, el apoyo mutuo y la ética de los otros

Pero más allá de la nostalgia, está la ética. Permíteme presentarte a alguien. No es de mi barrio ni de esta época, pero siento que de alguna manera lo conozco: se llama Piotr Kropotkin. Fue un pensador anarquista, naturalista y viajero ruso del siglo XIX. Y aunque vivió hace más de cien años, su mirada sobre el mundo me hace mucho sentido ahora, aquí, en esta ciudad donde a veces parece que cada quien va por su cuenta. Kropotkin decía que la cooperación no es sólo un ideal bonito, sino una necesidad biológica, una realidad de la vida misma. Que los animales no sobreviven únicamente por ser los más fuertes, sino por ayudarse entre ellos. Que las sociedades humanas más antiguas no progresaron por competir, sino por compartir comida, abrigo, cuidados, historias. Desde su moral anarquista, habla del apoyo mutuo como una fuerza natural, una forma de supervivencia comunitaria.

Me parece hermosa esa idea de que lo natural no es pisotear al otro para ganar, sino sostenerse juntos para seguir. Que ayudar no es un acto de caridad, sino una forma de vivir. Kropotkin hablaba del apoyo mutuo como una ética que brota de reconocer que dependemos unos de otros. Y no puedo evitar pensar en mi mamá, cuando me preparaba el desayuno antes de salir a la prepa, aunque ella ya iba tarde para su trabajo. En mis amigos, que me prestaban apuntes cuando yo trabajaba en las tardes. En mis profes que me decían "tú puedes" cuando yo ya no sabía si seguir. Eso es comunidad.

La ciudad que habitamos, sin embargo, parece seguir otra lógica, una donde cada quien debe ganarse su lugar, demostrar su valor, merecer lo que tiene. La meritocracia nos dice que si alguien llega lejos es porque se lo ganó, y si alguien se queda atrás es porque no se esforzó lo suficiente. Pero ¿y todo lo invisible? ¿Y todos los otros que hicieron posible ese camino?

Kropotkin nos ofrece una ética distinta. Una donde no hay que llegar a la cima solo, sino mirar quién viene detrás, quién necesita una mano, quién está sosteniéndonos aunque no lo veamos. Una moral que no baja desde las leyes o la religión, sino que nace desde abajo, desde el gesto compartido: "te acompaño", "no estás solo", "cuentas conmigo".

Me imagino una ciudad construida desde ahí. Una ciudad donde lo que se valore no sea cuánto acumulas, sino cuántos lazos construyes. Donde el éxito no sea huir de la espiral, sino transformarla en una red donde nadie caiga sin que alguien lo levante. Quizá la verdadera salida no sea huir de la espiral, sino imaginar otra forma de girar. Una espiral donde no tengamos que dejar a nadie atrás. Tal vez suene ingenuo, pero ¿no sería más justo? ¿No sería más humano? Y pienso que quizá no necesitamos grandes revoluciones para empezar. Basta con mirar al otro en el transporte, compartir un pan, ceder el asiento, escuchar sin juzgar. Tal vez eso ya sea una forma de rebelión. Una forma de sembrar apoyo mutuo en el concreto.



Los que sostienen la ciudad

La vida universitaria, al igual que la ciudad, no se sostiene sola, sino gracias a muchas manos que rara vez aparecen en los discursos sobre el "éxito", pero que están ahí, haciendo posible lo cotidiano. Pienso en los conductores que manejan desde las cinco de la mañana para que lleguemos a clase, en las trabajadoras de intendencia que limpian los pasillos por donde pasamos sin mirar, en los vendedores que con una sonrisa nos ofrecen algo de comer cuando no hemos desayunado.

Me doy cuenta de que esas personas, las que a veces llamamos "trabajadores invisibles", forman parte de mi circunstancia, una circunstancia viva, que respira, que madruga, que carga, que barre, que aguanta. Son lo que el filósofo español llamaba esas "cosas mudas" que en realidad no lo son si sabemos escuchar su esfuerzo, su presencia constante, su resistencia silenciosa.

Y es imposible no volver aquí a la espiral del barrio. Porque, así como en esa imagen hay quienes logran salir gracias al movimiento colectivo, también hay quienes permanecen girando en el centro para que otros puedan impulsarse hacia fuera. Padres que renuncian a todo para que sus hijos estudien. Vecinos que se hacen cargo de los más pequeños mientras otros migran en busca de oportunidades. Hay algo profundamente ético en quedarse para sostener.

La pregunta que no deja de darme vueltas es: ¿qué hacemos con eso? ¿Qué les damos a cambio? Kropotkin decía que el apoyo mutuo no es caridad ni deber moral impuesto desde arriba, sino una necesidad vital. Ayudarse no es un gesto heroico: es el modo más natural de vivir. Pero en nuestra sociedad meritocrática parece que esa ayuda se ha vuelto invisible, y muchas veces, desechable.

No basta con pagarles. No basta con decir "gracias". Hace falta mirar de frente, reconocer su dignidad, integrar su bienestar en nuestras decisiones, nuestras políticas, nuestras prioridades. Una ciudad realmente humana —como la que imagina Kropotkin— no puede construirse si sólo unos pocos ascienden mientras muchos otros sostienen la base sin descanso, sin nombre, sin reconocimiento. 

Yo no quiero vivir en una ciudad que se aguanta a costa del sacrificio de los mismos de siempre. Quiero una donde el progreso sea compartido, donde la solidaridad no se diga, sino se practique. Una ciudad donde todas las personas que la habitan sean parte activa del mismo proyecto de futuro. Porque en el fondo, como ya lo vimos, nadie se salva solo. Y toda salida que no reconozca a quienes se quedaron atrás, no es realmente una salida. Es una deuda.


Salvar la circunstancia


"Salvar las apariencias", decía Ortega y Gasset. Pero no en el sentido superficial de quedar bien, sino en uno más profundo: salvar nuestro mundo vital, encontrar sentido en lo que nos rodea, mirar con atención aquello que sostiene nuestra vida sin que lo notemos. Después de recorrer estas reflexiones, me doy cuenta de que salvar la circunstancia no es una tarea solitaria, es un gesto colectivo, un acto de reconocimiento hacia esa red invisible de esfuerzos, afectos y resistencias.

Las "cosas mudas" de Ortega y Gasset hablan si sabemos escucharlas. Una banqueta barrida al amanecer, un puesto de tamales que espera a los estudiantes dormidos, un camión que pasa justo a tiempo, una aula limpia. Todo eso tiene voz, y detrás de cada fenómeno hay una persona que espera, que acompaña. "Salvar la circunstancia", entonces, es reconocer. Que no estamos solos, que nuestra vida está hecha de otras vidas. Que si alguien estudia, es porque otros limpian. Que si alguien llega lejos, es porque otros se quedaron. Que si una ciudad avanza, no puede hacerlo al precio del olvido o la explotación.

Por eso propongo, más que una conclusión, una invitación a practicar una ética del reconocimiento y del apoyo mutuo. Una ética que no se impone desde el deber abstracto, sino que nace del contacto cotidiano, del saber que nuestras vidas están trenzadas unas con otras. Reconocer es ver con otros ojos. Es darle valor a lo que sostiene el día a día. Es decirles: "tu trabajo importa. Tu esfuerzo no es menor. Estás aquí y eso significa algo".

Apoyar mutuamente es saberse parte de una red, no de una carrera. Es construir juntos, no competir solos. Es hacer ciudad desde el afecto, no desde la indiferencia. Como diría Kropotkin, no por moralismo, sino porque es lo natural, lo necesario, lo humano. Y resistir. Resistir la lógica del individualismo que nos aísla, que nos enfrenta, que nos hace olvidar que necesitamos a los otros. Como decía Zambrano, la poesía —esa forma de conocimiento que nace del corazón— no quiere soledad: quiere comunidad. Imaginemos, entonces, la ciudad como un tapiz. Cada hilo, cada trenza, es un gesto, un trabajo, un cuidado. Un tapiz tejido entre todos, sin jerarquías, sin centro, sin bordes. Una ciudad que se sostiene porque no olvida a nadie. Salvar las circunstancias es, al final, salvarnos juntos.




Victor Hugo Galicia Barrios (Ciudad de México, 2003). Pasante de la Licenciatura en Filosofía en la FFYL, UNAM, acreedor de la Beca de Alta Exigencia Académica. Sus intereses incluyen la ética, la filosofía política y la enseñanza como vía de acción del pensamiento.