Ciudad Universitaria / Poesía / No. 254
Pesadillas y exploraciones a granel
Mar Constante
I
Hablamos del pasado otra vez, date cuenta.
Porque esta vorágine de quéserás nos está siendo cold bite,
y allá no quieren que hablemos
nuestro pocho a medio hacer
que se expande y se expande
y bum.
Claro que no, yo tampoco quiero hablar en inglés,
y es que no lo hablo, es algo más.
Porque papá en frontera norte me pedía que le diera puche
al mueble, al carro quiero decir.
Pero el motor jamás funcionó.
II
De enero mi Saltillo nevaba. Era invierno. Aunque aquí es difícil distinguir
las estaciones cuando todo lo que choca contra el parabrisas es una
educación sentimental violenta: destrozamos Zapalinamé para escapar.
III
¿Te acuerdas? Yo desperté de esa pesadilla febril
y estaba lloviendo.
Nos cubrimos de aquellas gotas gravísimas,
invisibles en el espesor de las ocho de la noche
y la tardanza del camión, bajo un toldo casi cerrado.
Seguíamos hablando de poesía y todo eso que dicen que es,
pero que nosotres siempre creímos
era algo más.
Tus días en Chile y sus ojos
cansados de no cerrarse desde Ecatepec.
Mi bolsa cargada siempre del hueco
pesado que dejan los abrazos.
El terror que nunca sentimos
por el fin de la vida
de estudiante en la Ciudad.
IV
Nunca había probado la falta de queso ni tu tortilla doblada hasta que Enrique, sentados en el
primer aeropuerto, me explicó que ese extrañamiento ante los sabores se debía a convenciones
lingüísticas y lexicológicas. O era algo distinto, no recuerdo.
V
Fuimos les dos quienes sacamos un libro ilegalmente del lugar que ya te imaginas, sí, de ese lugar
y de muchos otros. Y manifiesto expresamente mi más profundo y franco des-arrepentimiento,
porque descubrimos que los libros, como todo, son lugares que se habitan y de los que duele
desprenderse. Un libro es del tamaño adecuado para caber en la maleta.
VI
Yo recuerdo la luna que brincaba entre los charcos porque tenía mucho miedo de ahogarse,
y nos recuerdo alcanzándola para que no se nos perdiera. Luego la dejamos sola algunas horas
mientras buscábamos entre discos, libros de segunda y cafés jarochos: la razón exacta que
justificara tanta melancolía.
Y recuerdo se me hinchó la carne
para llegar. Doce horas de viaje en camión; no son fáciles.
Hay viajes de veintitrés horas,
Ya sabes.
