Ciudad Universitaria / Del archivo / No. 254
La máscara/El Nahual: entrevista con Luis de Tavira
Omar Castro Guadarrama
¿El interés por el teatro comienza con la lectura de una obra, con la primera vez que asistes al teatro o con una idea?, ¿en qué etapa de la vida surge esa chispa que detona la carrera artística de una persona? Las respuestas son tantas y variadas, atravesadas por contextos históricos y experiencias personales, que lo único cierto es que todos tuvieron un primer contacto con lo teatral.
Luis de Tavira es una figura emblemática del teatro mexicano, se ha desempeñado como actor y director en múltiples escenarios, ha sido profesor de diversas generaciones y ha dirigido importantes instituciones teatrales. Su figura y obra son ineludibles al hablar del teatro mexicano desde la segunda mitad del siglo XX hasta la actualidad. Esta entrevista indaga en sus primeros años, cuando aún era estudiante de la licenciatura en Arte Dramático —hoy Literatura Dramática y Teatro— de la UNAM. El teatro es un lugar para ver y, también, para criticar la realidad; en 1970 desde esta perspectiva Luis de Tavira creó un espacio comunitario en el que los universitarios reflexionaran sobre la actualidad del teatro mexicano y la relevancia de las ideas heredadas del movimiento del 68; así entró en escena "El Nahual", suplemento dedicado al teatro, en Punto de partida.
En 1970, bajo la dirección de Eugenia Revueltas, inició la segunda época de la revista Punto de partida. En el número 20 apareció el suplemento "El Nahual" dedicado a la reflexión del quehacer teatral y el cine, que dirigió siendo estudiante. ¿Cómo surgió la invitación para encabezar este proyecto y qué significó para usted en ese momento?
Aquellos fueron años intensos para la Universidad y para el país. El movimiento estudiantil provocó un cambio de conciencia decisivo e irreversible. La revista de los estudiantes, Punto de partida, bajo la inspiración de Eugenia Revueltas, vivió un impulso renovador y convocante y se convirtió en un espacio de iniciación y difusión de la obra y expresión de los poetas y narradores universitarios, muchos de los cuales habrán de ser autores fundamentales muy pronto. Yo estudiaba la carrera de Arte Dramático en la Facultad de Filosofía y Letras, y ahí conocí entre otros grandes maestros a Eugenia Revueltas. El teatro mexicano vivía en esos años una poderosa renovación estética protagonizada por los creadores teatrales universitarios, que implantaron el concepto modernizador del teatro como puesta en escena. A mí me parecía que era necesario un espacio de reflexión que valorara, entre los propios universitarios, la importancia de ese movimiento. Me extrañaba que, siendo tan importante para la cultura nacional, no existiera una sección dedicada al teatro en la Revista de la Universidad y tampoco en Punto de partida. Así que me acerqué a la maestra Revueltas y no sólo estuvo de acuerdo, sino que me propuso que hubiera un suplemento de Arte Dramático de los estudiantes universitarios en cada número de la revista.
¿Por qué eligieron el título El Nahual y qué horizontes u objetivos buscaban con el suplemento?
Gracias al teatro los seres humanos nos concebimos personas; la palabra original griega que nombra a la persona es prósopon, el rostro de la voz, la máscara. Pensamos con Miguel León Portilla que la teatralidad mexicana apareció en la cultura náhuatl mil años antes de la llegada de los europeos, y así como en el teatro occidental la estructura central es la máscara o el personaje, en la teatralidad náhuatl el oficiante del misterio, la máscara, es el nahual.
¿Quiénes hicieron posible la existencia de El Nahual —en términos de colaboradores, maestros y estudiantes— y cómo se articuló ese equipo?
Entre los estudiantes de Arte Dramático, que éramos realmente muy pocos, la idea del suplemento entusiasmó a algunos y pronto formamos un buen equipo de colaboradores que decidía en consenso el contenido de cada número. Entre estos compañeros recuerdo a Teodoro Ríos, María Antonieta Pellicer, Jorge Ortiz, que más tarde se dedicaron a la pedagogía y la teatrología. Dedicamos un número a Juan José Arreola, precursor del movimiento teatral universitario, sobre su identidad teatral como actor y dramaturgo. Le hicimos una larga entrevista entre cuatro compañeros; recuerdo de entre ellos a la actriz Lucía Paillés. Creo que el resultado es un documento muy importante sobre Arreola y sobre las vanguardias teatrales de ese momento.
En el segundo número de El Nahual, "El dramaturgo del 68", como usted lo llamó, Enrique Ballesté (1946-2015) escribió: "México derramando sangre y disculpas por cada herida que de norte a sur y de este a oeste su territorio tiene. México de pocos ricos y muchos pobres. México lleno de máscaras y de matanzas. En este instante, México 1970". Las palabras del escritor muestran un país autoritario, desigual y violento. ¿Cuáles eran los principales desafíos para expresarse desde el teatro y la crítica en ese contexto?
En efecto, México era y sigue siendo un país autoritario, desigual y violento. Entonces y ahora hacer teatro es un acto político, necesario para la construcción de la conciencia social, permanentemente hostigado y sin embargo irrenunciable. No hay teatro que no sea político; el teatro que se manifiesta como no político está asumiendo una postura política.
El Nahual también abrió espacios para entrevistas con maestros y artistas como Martha Verduzco, Ludwig Margules, Héctor Mendoza, José Luis Ibáñez y Nancy Cárdenas. ¿Qué importancia tuvo ese diálogo intergeneracional entre jóvenes creadores y artistas consolidados?
El diálogo con los artistas y creadores consolidados fue muy importante para los creadores de mi generación; conocer sus opiniones nos permitió darnos cuenta de sus profundos desacuerdos y de la falta de diálogo entre ellos. Si en algo podemos estar de acuerdo es en que el teatro siempre ha producido un efecto distinto sobre un público siempre distinto.
En Punto de partida no sólo escribió sobre teatro: también publicó poemas. ¿Qué lugar ocupaba la poesía en su formación en ese momento y cómo dialogaba con su búsqueda teatral?
En Punto de partida se publicó por primera vez mi poesía como consecuencia del premio de un concurso en el que me atreví a participar. Era estudiante de teatro y no había formado parte de ningún taller de composición literaria, así que no tenía idea sobre su posible valor. Entonces era un escolar jesuita y escribir esa especie de poesía era un acto clandestino. La convocatoria del concurso indicaba que había que firmar con un seudónimo y que sólo en el caso de resultar premiado, se abriría el sobre con el nombre real del autor. Yo tenía mucha curiosidad sobre el valor de lo que escribía y pensé que era remota la posibilidad de que se conociera mi nombre. Pero ése fue el caso y mi trabajo se publicó en un libro espléndido que integra el trabajo de cuatro poetas. Mis compañeros de esa edición son autores muy valiosos y reconocidos, que se dedicaron profesionalmente a la literatura. Yo elegí dedicarme profesionalmente al teatro y he seguido escribiendo poesía con mucha discreción. El que escribe platica con el tiempo.
En su etapa estudiantil, el maestro Héctor Mendoza lo invitó a trabajar con él, y según ha contado, confió en usted desde muy temprano. ¿Cómo se gana la confianza en el mundo de las artes escénicas actualmente?, ¿qué significa esa confianza en la relación maestro-alumno?
La confianza es la sustancia fundamental de la relación maestro-alumno en el arte.
La confianza no se gana, se regala y se recibe; es una gracia. Decir "confianza ciega" es un pleonasmo. Confiar no es saber, es adivinar.
Hoy, desde su posición como creador escénico consolidado, ¿podría hablarnos de los jóvenes —o que alguna vez lo fueron— en quienes usted ha depositado confianza y que, a su juicio, han enriquecido el campo teatral?
He vivido más de cincuenta años haciendo teatro, creando escuelas e instituciones, escribiendo y dirigiendo espectáculos y siempre como parte inseparable de ese hacer teatro, me he dedicado a la formación de muchos nuevos artistas, a acompañar el proceso de su autoconstrucción como actores, directores, dramaturgos o escenógrafos; sin su aportación artística el desarrollo de nuestro teatro no sería comprensible. El mejor maestro es el que forma al alumno que lo supera.
Omar Castro Guadarrama (Tultitlán, 1997). Maestro en Humanidades por la UAM-I. En 2025 ganó el Premio Internacional de Dramaturgia y Guión Breves/Teatro por la Dignidad convocado por Gangsters Films y Paso de Gato y el Premio Nacional de Ensayo Sobre Fotografía en la categoría Investigador en formación. IG:c4a5tro
