Ciudad Universitaria / 15° Concurso de Crítica Cinematográfica Alfonso Reyes “Fósforo” / No. 254
Tejer el cuerpo ausente
María Fernanda Rio Armesilla
Categoría: Posgrado
Nuestra cultura sitúa el ojo en el centro de la experiencia sensorial y nos ha hecho creer que la memoria sólo se compone de imágenes proyectadas en nuestro interior, como espectros privados, invisibles para otros. Sin embargo, cuando emergen los recuerdos, no lo hacen únicamente como visiones, sino como materia: algo que puede tocarse, sentirse y arraigarse en el cuerpo. Recordar va más allá de la mirada; para eso existe la piel de la película, es decir, la capacidad del soporte fílmico para imprimir y transmitir sensaciones como si rozara otro cuerpo. En Deshilando luz (2025), la cineasta mexicana Valentina Pelayo Atilano elige la metáfora del hilo por encima de la piel en homenaje al trabajo de su madre, la artista textil Elsa Atilano. Así, este ensayo fílmico despliega un entramado de recuerdos en el que se exploran las decisiones silenciosas de la madre ausente, sus anécdotas y su compleja relación con la identidad femenina, mientras esa misma urdimbre interpela a quien la va tejiendo.
A veces el cine apunta a lo que está desapareciendo, e imprimir objetos y personas sobre el filme significa poder perpetuar su presencia. Agnès Varda lo entendió así cuando, antes de la muerte de su esposo Jacques Demy, registró su cuerpo con un plano tan íntimo que sólo era visible su cabello, sus lunares, arrugas, ojos y pestañas, consciente de que la película era el último refugio ante lo inminente. Este acto encuentra eco en el archivo de Valentina: películas caseras de su infancia, paisajes desolados y atemporales, pero, sobre todo, un repositorio táctil que busca reconstituir el cuerpo y la materia de lo cotidiano de su madre, quizá para comprenderla mejor o descubrir quién es ella ante su ausencia. Así aparecen manos que se deslizan por las cuentas de un collar, objetos personales organizados geométricamente en un plano, piezas tejidas por los dedos maternales, pinturas en las paredes de la casa familiar, hilos y telares.
Mientras que lo más sencillo en una historia sobre duelo sería reproducir la nostalgia y la melancolía como el único lenguaje posible, Deshilando luz se distancia de ello y, en su lugar, propone el testimonio palpable de una mujer compleja, artista, amiga, madre, que persiste en cada rasgo, en cada hebra que se enlaza con el cuerpo de su hija. Más que descifrar una identidad perdida, la hace presente. La cámara no pregunta quién fue esa mujer; al contrario, la muestra viva, en plenitud, otorgándole una vigencia que no anula la pérdida, pero sí la trasciende.
El gesto del montaje, de ordenar las imágenes, repetirlas o dejarlas en silencio, es también una forma de hilar. Valentina recupera fragmentos visuales y los hilvana con cuidado siguiendo los misterios del Rosario, haciendo del montaje una operación afectiva que da forma a un tapiz íntimo. Más que la reconstrucción de una historia, es la disposición sensible de lo que queda de ella. Así, los objetos aparecen como fragmentos activos de un lenguaje que la película articula. Cada plano parece preguntarse no tanto qué mostrar, sino cómo hacerlo sin romper la delicadeza de lo que evoca.
Este cuidado se extiende también a la manera en que la directora posiciona su propia mirada, ya que no intenta resolver el duelo ni convertirlo en un relato cerrado. Propone, en cambio, una ética de la atención, una forma de mirar hacia atrás sin apropiarse del pasado. La pregunta que recorre el ensayo, qué le debe una hija a la madre por lo que es, por cómo mira, por cómo filma, no busca respuestas definitivas, busca más bien modos posibles de sostener un vínculo que es, quizá, el más vital para ella. El filme se convierte a la vez en una búsqueda y una ofrenda.
La memoria y el cine no garantizan permanencia, pero éste último permite reconfigurar lo ausente a través de expresiones concretas. En este ensayo fílmico, la autora no se limita a registrar lo que ya no está, lo sitúa en relación con el presente, con su cuerpo, con su oficio. En lugar de preservar la imagen de su madre como un ícono inmóvil, la activa, la escucha, la vuelve a mirar. También se observa a sí misma a través de retratos a media luz, al buscarse un espacio en los espacios de su madre, al confrontar a la cámara y escudriñar sus propios rasgos en una búsqueda que no persigue la semejanza, sino la transmutación de la pérdida.
Se presenta una jacaranda que su madre cuidó durante años. La hija se filma recorriéndola, acostada bajo su sombra, sobre un suelo cubierto de flores lilas. La metáfora no necesita explicarse: lo sembrado permanece y florece cada primavera. Insiste en su presencia. Pero también es el árbol-madre al que la cineasta acude, que la protege, que le da sombra. La imperante necesidad de ser cuidada y de cuidar la memoria, esa dualidad de no poder escapar al recuerdo ni a su volatilidad de falena, que se destruye con sólo tocarla. La elección de la directora de filmar ciertos fragmentos en 16 mm intensifica esta cualidad táctil y efímera de lo que se mira. Si el cine es por naturaleza un acto nostálgico, es porque cada imagen contiene ya su propia pérdida. En el soporte fílmico, esto se vuelve aún más evidente, pues el desgaste del material es visible al espectador. Así, incluso en la plenitud del encuadre, sabemos que lo que vemos ya está desapareciendo.
En lo que parece una despedida, madre e hija observan entre risas y llanto el último atardecer del año desde un auto. Ambas graban con sus celulares mientras el sol se hunde en el horizonte. Se filman entre ellas y, por un instante, es la madre quien sostiene la cámara y enmarca el rostro de su hija. Es la única vez que su mirada aparece explícita. Esa imagen, sencilla y silenciosa, condensa lo que la película ha susurrado al espectador, algo que es imposible en su esencia: el deseo de ser mirada de vuelta por el ser amado que ya no está.
Hay una ironía delicada en que este deseo se concrete justo en esta secuencia, mientras el sol se oculta. La palabra deseo tiene su raíz en la tristeza que se experimenta cuando un astro desaparece de la bóveda celeste. Como si la lengua supiera que anhelar es siempre mirar hacia lo que se apaga. La luz baja, el año termina, el astro ya no está y la madre de Valentina tampoco. Sólo queda la cámara de su celular grabando espectros en soledad. Lo que permanece es esa doble mirada tejida en el tiempo, un instante compartido que resiste al olvido.
