Vacío / Reseña / No. 255
Cuentos completos
Leonora Carrington
Fondo de Cultura Económica México, 2021, 173 pp.
El buen mal
Samanta Schweblin
Penguin Random House México, 2025, 192 pp.
Leonora Carrington
Fondo de Cultura Económica México, 2021, 173 pp.
El buen mal
Samanta Schweblin
Penguin Random House México, 2025, 192 pp.
Mi encuentro con El buen mal (Random House, 2025) fue de vértigo. Fue tensión a cada vuelta de página; como todo gran libro de cuentos, éste tiene una corporeidad esférica y un cuidado artesanal que vela por las indagaciones de cada pieza. El buen mal de Samanta Schweblin me hizo pensar mucho, pero su segundo texto, “Un animal fabuloso” me remitió a “La dama oval”, texto antologado en Cuentos completos (2020) por el Fondo de Cultura Económica, en su labor de retomar la obra literaria de una artista conocida principalmente por su trabajo en las artes plásticas, pero que también fue una excelente escritora: Leonora Carrington.
En “Un animal fabuloso” Leila recibe la llamada inesperada de Elena, una antigua amiga con la que no se comunicaba desde hacía veinte años. La narradora del cuento es Leila, de modo que por medio de ella conocemos el diálogo entre ambas, pero también accedemos a sus propios recuerdos, a lo que piensa, lo que dice y lo que decide no decir. Gracias a esas posibilidades es que conocemos el incidente que ocasionó la distancia entre el par de amigas: la muerte de Peta. Y justo de él se trata la súbita llamada, Elena quiere hablar de Peta, su hijo.
En el cuento de Carrington, una mujer se siente sumamente intrigada tras pasar siete veces frente a la misma propiedad y ver, en cada ocasión, la misma imagen: una dama pálida e inmóvil en la ventana. Nada alrededor de ella parece moverse, salvo una pluma de faisán sobre su cabeza que, temblorosa, parece invitarla a acercarse. Como hipnotizada por la pluma, la mujer entra a la mansión y ve en ella toda la clase de muebles y objetos antiguos, altísimos, muy finos. Pero no sólo los muebles son altos, la dama de la ventana también; ella, sentada al final de una mesa que goza de un elegante festín de té, parece medir al menos tres metros. Tras los primeros intercambios de palabras, muy pronto se descubre su edad: dieciséis años. Una edad muy breve para ser tan infeliz, piensa la protagonista, pues todo en ella irradia desdicha; la dama fantasea con la muerte, siente agotamiento por lo cotidiano y vive en huelga de hambre como protesta contra su padre, a quien odia.
Peta tenía siete años cuando ocurrió el accidente en el que murió. Leila recuerda esa noche: subió a la habitación del niño, pues los padres le pidieron que lo acompañara a cepillarse los dientes e ir a la cama. Recuerda que el espacio de Peta era como el escenario de una mente sensible e ingeniosa. Mientras observaban juntos las constelaciones trazadas en el techo, Peta le hizo variedad de preguntas. Ante ellas, Leila se preguntaba si los adultos que rodeaban al chico entendían la magnitud de sus inquietudes. Esa noche Leila sintió una intensa curiosidad acompañada de una profunda admiración por el pequeño genio que tenía en frente: “la manera en la que le brillaban los ojos mientras descubría el sentido de sus palabras, parecía también dar a entender ‘soy algo más grande que no puedo permitirme el mundo de los hombres’”, rememora Leila, mas no hace partícipe ni a ése ni a muchos de sus pensamientos en la llamada.
La primera parte del cuento de Carrington sucede en el salón principal, pero luego los personajes se trasladan a la habitación de juegos donde la dama, quien para entonces ya dijo que su nombre es Lucrecia, presenta a sus amigos Tártaro, un caballo blanco de madera, y Matilda, una urraca que hace buen uso de sus alas entrando y saliendo como le place por la ventana que da hacia los jardines. Los tres invitan a la mujer a unirse al juego de los caballos. Ella acepta y tan pronto como Lucrecia grita “¡Todos somos caballos!” ocurre la transformación que motiva estas descripciones: “El efecto fue extraordinario. Si no hubiera sabido que era Lucrecia, habría jurado que era una yegua. Era hermosa, de una blancura cegadora, con cuatro patas finas como agujas, y un crin que caía como agua, enmarcando su largo rostro. Reía alegremente y bailaba como loca en la nieve”.
En el cuarto de Peta también ocurre un juego. En algún punto de su encuentro/intercambio para nada banal, Peta dice que no quiere dedicarse a lo mismo que sus padres, a lo que Leila le pregunta “¿Y qué querés ser?”, “Quiero ser un caballo” responde él. Cuando Leila cuenta esto a Elena, ésta, con la voz quebrada desde el otro lado del teléfono, pregunta para rectificar “¿Un caballo?”. Leila sin responder le cuenta que en ese momento le sugirió a Peta practicar ser uno. Leila narra que entonces ambos cerraron los ojos y caminaron por el cuarto imaginándose como tal. Cuenta que Peta dio las instrucciones durante la práctica, insistiendo en que ser un caballo implicaba poder caminar con un pie detrás del otro con los ojos cerrados. Lo que sigue tiene que leerse... El ritmo del cuento cambia, la tensión también; lo que ocurre provoca una tensión latente que pende entre la llamada y el recuerdo, entre el pasado y el presente que se abren espacio entre sí de una línea a otra. El ritmo desacelera en una escena muy puntual, la que fue el centro de atención de Leila en medio de la vorágine… un caballo recostado en la carretera.
Cuando Lucrecia adquiere forma de caballo juega muy alegre, como no se le vio antes, con su amigo Tártaro y con la urraca. Pero el juego es interrumpido en seco por el ama de llaves, quien toma del brazo a la joven y la lleva a donde su padre. El padre la exhorta recordándole que ya es muy grande para el juego de los caballos e incluso para jugar con Tártaro. Acto siguiente: el padre hace arder al caballo de madera en el fuego que crepita fuerte en la chimenea mientras que Lucrecia suplica a gritos por él. Todo esto es presenciado por la protagonista, quien narra: “Los grandes ojos de yegua de Lucrecia se llenaron de lágrimas, que marcaron dos surcos en sus belfos níveos. Se volvió de un blanco tan deslumbrante que brillaba como una estrella”.
“Recostado en el asfalto, con la poca luz de un único farol al final de la cuadra, el cuerpo se veía tan desproporcionado y grande que tardé en entender qué era. Era un caballo echado sobre el asfalto como si se hubiera caído de algún lado”. Leila interrumpe el flujo del recuerdo para preguntar a Elena “¿Te acordás del caballo?”. Del otro lado sólo recibe silencio. Leila recuerda entonces (recuerdos a los que tampoco hace partícipes en la llamada) que a veces sueña con ese caballo, al que en cada sueño abraza y pide perdón. De pronto, los recuerdos son interrumpidos por los movimientos que, se alcanza a oír, ocurren del otro lado del teléfono. Es Elena, está abriendo una ventana.
En este par de cuentos, Schweblin y Carrington nos comparten historias luminosas frente a algo profundamente humano: el deseo. Y tanto una como otra lo hacen desde la infancia, ese sitio insospechado pero muy certero, en tanto evoca a nuestro comunal e inicial nido de incertidumbres. Y ambas lo hacen a partir de una interacción en apariencia inocente: el juego. A través de él, Peta y Lucrecia encuentran la posibilidad de ser caballos y articulan lo preciso para ser leídos como tal, para hacer al otro partícipe de las posibilidades brindadas por el juego. El mismo método lúdico conduce a sus integrantes a desenlaces, por decir lo menos, radicales, como una evidente muestra de la cosa tan importante que ocurría ahí.
A propósito de “La dama oval”, y porque no puedo no pensar en lo siguiente cuando visito el cuento, Leonora Carrington pobló su obra con equinos, ella misma decía que se identificaba con ellos, y en un famoso autorretrato de nombre La posada del caballo del alba que la artista pintó entre 1937 y 1938 (mismo periodo en el que escribió “La dama oval”), los hay. En el cuadro se ve a una Leonora Carrington joven, sentada, mirando al frente y vistiendo unos pantalones blancos. Detrás de ella hay, colgado en la pared, un caballo blanco de madera (¿Tártaro?). A lo lejos, del otro lado de la ventana abierta, se ve otro caballo, blanco también, que galopa libre entre frondosos cipreses. La literatura, parafraseando a Samanta Schweblin, es esa tecnología que nos permite acechar posibilidades insólitas, vivirlas y regresar lo más ilesos posible. Ella misma ha dicho también que esta tecnología funciona de a dos, cuando el primero, el texto, es leído por el otro, quien lee el texto. Yo creo que puede pensarse esto mismo para el arte y creo entonces que ambos cuentos, así como el cuadro, nos regalan la posibilidad del caballo que galopa entre cipreses. Frente a ellos y a pesar de llevar puestos pantalones blancos, todos somos caballos.
Meryvid Pérez (Mérida, 1998). Escritora y editora. Es licenciada en Literatura Latinoamericana por la Universidad Autónoma de Yucatán y Técnico en Creación Literaria por el Centro Estatal de Bellas Artes de Yucatán. Ha publicado en Tierra Adentro, Punto de partida, Penumbria, Al pie de la letra, entre otras revistas.
