¿A quién beneficia el futbol?
La llegada de un nuevo formato para el Mundial de Clubes el año pasado generó suspicacia entre los espectadores, nadie sabía qué iba a resultar, ¿sería la nueva competencia más importante del mundo o terminaría en completo desastre? Al final, no fue lo uno ni lo otro; en cambio, fue un mes de futbol muy entretenido para los fanáticos, pero despertó una conversación importante en torno a la carga de trabajo de los jugadores.
Mucha gente dirá: “¿Cuál carga de trabajo?, si esta gente sólo persigue un balón y le pagan millones”. Sí, es cierto. También es cierto que conforme pasan los años los jugadores llegan a límites físicos nunca antes vistos. Cristiano Ronaldo, quien acaba de cumplir cuarenta y un años, lleva más de veinte jugando al máximo nivel. Todo parece indicar que estará presente en el próximo Mundial y no ha dado señales de querer retirarse. Lo mismo sucede con Lionel Messi, aunque el argentino todavía no es cuadragenario, es raro ver a jugadores mayores de treinta y cinco años jugando como lo hacen ellos. Por supuesto que no corren como en sus años mozos, pero la magia sigue ahí. Más que humanos, parece que estas personas a las que vemos en la televisión son súper hombres, máquinas de anotar goles y pararlos, de atacar, de defender y —sobre todo y antes que nada— de hacer dinero.
Antes de la última edición del Mundial de Clubes, este torneo se celebraba anualmente. Sin embargo, el año pasado sucedió un cambio importante debido a una “grandiosa” visión de la FIFA y su capitán al mando, Gianni Infantino: más equipos es igual a más partidos, más partidos es igual a más dinero. Los equipos participantes se cuadruplicarían y la espera entre cada edición también, con lo cual se parecería más al formato de la Copa del Mundo, de hecho, Jorge Valdano lo llamó “Mundialito”.
Esta idea aparentemente tan genial se enfrentó con algunos obstáculos al ponerse en práctica. La venta de entradas no dio los resultados que se esperaban, sobre todo en los primeros partidos; tal vez por la novedad del formato, por lo poco interesantes que resultaban algunos partidos o porque la población de Estados Unidos, país anfitrión, no es conocida por su afición al balompié. Del lado de los equipos, hubo múltiples quejas sobre el clima y el estado de las canchas.
En 2024, unos meses antes del Mundialito, algunos jugadores hicieron ver su molestia ante el asfixiante calendario. En vísperas de que la Champions League arrancara un nuevo formato con más partidos, Rodri Hernández hizo unas declaraciones que mandaron al mundo del futbol a una espiral de pánico. El ganador del Balón de Oro de ese año advirtió que los jugadores estaban a punto de irse a huelga por las exigencias del juego. Después, otros futbolistas como Dani Carvajal del Real Madrid y Jules Koundé del Barcelona se sumarían al llamado de atención del centrocampista español.
La mayor preocupación de los futbolistas y los cuerpos técnicos son las lesiones, cada vez más frecuentes. El mismo Rodri sufrió una que le impidió jugar prácticamente toda la temporada 2024-2025, y a finales del año pasado volvió a lastimarse. En el mismo Mundial de Clubes se vio en vivo y a todo color un aparatoso accidente entre el portero del PSG Gianluigi Donnarumma y Jamal Musiala del Bayern de Múnich —quien acababa de reincorporarse a la cancha luego de estar ausente por otra lesión—, el cual dejó al joven alemán sin poder jugar hasta enero de este año. Seguido vemos a los mejores jugadores, con un nivel impresionante en una temporada, desaparecer a la siguiente porque se están rehabilitando.
El club de futbol como empresa
Desde hace muchos años el deporte dejó de valer por el mero goce, lo que más importa ahora son los negocios que se pueden hacer con él. Al igual que los organismos que los rigen, los clubes se han convertido en empresa y, como tal, su mayor preocupación es hacer dinero. El jugador está en todo momento sirviendo a ese interés, como cualquier otro empleado de cualquier otra empresa. Para hacer dinero un club tiene que vencer a sus contrincantes, ganar títulos, vender —tanto productos como jugadores— y venderse a quien guste poner un logo en los uniformes de sus estrellas.
Para triunfar, los jugadores deben tener una salud impecable y conservar un nivel de resistencia física y mental a lo largo de toda la temporada, que puede ser de aproximadamente cinco meses en el futbol mexicano y de nueve en el europeo. Su rendimiento depende de una mezcla entre un estilo de vida equilibrado, un cuerpo fuerte que aguante las condiciones más demandantes y la maestría técnica. Quien dedica su vida a perseguir el balón se transforma cada vez más visiblemente en una máquina, ensaya una y otra vez ciertos movimientos hasta incorporarlos automáticamente y aprende soluciones de juego estándar. Mientras más experimentado sea el jugador, más herramientas tendrá para mecanizar su estilo. Quizás por eso los jóvenes maravilla son tan encantadores. Esos jugadores que debutan en su adolescencia, que juegan, gambetean y encuentran soluciones originales siempre llaman la atención porque conservan un estilo único; los ejemplos más frescos que tenemos son Lamine Yamal en la esfera internacional o Gilberto Mora en la nacional.
El futbol no obedece a los jugadores, tampoco a los aficionados. La profesionalización del deporte en la primera mitad del siglo pasado obligó a quienes lo jugaban a entregarse por completo a los intereses de su club, los cuales rigen su vida tanto en horas laborales como en sus tiempos libres. En los inicios del futbol profesional, un jugador entrenaba un par de horas diarias y tenía otro trabajo. Ahora, entrenan durante las mañanas y por la tarde pueden hacer uso de su tiempo siempre y cuando sigan una estricta dieta, se vayan a la cama temprano, procuren seguir ejercitándose fuera de los entrenamientos y se concentren con el equipo cuando el club lo disponga. Cuando su ciclo con un determinado equipo termina, llega la hora de venderlos al mejor postor como si de una subasta de Sotheby’s se tratara, son ya más mercancía que persona.

No quiero decir que los jugadores estaban mejor cuando tenían dos trabajos o que la manera en la que se hacían las cosas en los albores de la profesionalización del futbol era mejor o peor, de hecho, hasta hace relativamente poco, el club tenía más control sobre el destino de un jugador cuando terminaba su curso en el mismo. Antes de los años noventa, los futbolistas no podían irse de un equipo a otro sin tener al viejo club como intermediario y sin que el nuevo no le pagara la cláusula de rescisión aunque el contrato ya hubiera concluido. Desde finales del siglo pasado, los futbolistas tienen la posibilidad de irse como agentes libres una vez que sus contratos expiran y negociar nuevos con otros equipos sin que el anterior se lleve gran parte del dinero de la compra. Si bien la figura del agente libre se asocia casi siempre a un jugador mayor o poco prometedor cuyas opciones de traspaso son pocas o nulas, cada vez son más los futbolistas que se van libres y negocian sin la intervención de su antiguo equipo; tal fue el caso de Kylian Mbappé en 2024, quien se vio involucrado en un pleito legal con el PSG después de que expirara su contrato y se fuera como agente libre para firmar con el Real Madrid, un equipo con el que había querido jugar desde niño.
Me imagino que para alguien a quien le guste jugar y sea talentoso resulta muy atractivo dedicarse exclusivamente al deporte, y hoy en día se ha convertido en una prioridad laboral trabajar en algo que a uno le apasione. Sin embargo, desde la segunda mitad del siglo pasado —en torno a la época en la que comenzaron a colocar anuncios en los uniformes— y más recientemente con la transformación de los clubes de asociaciones civiles a sociedades anónimas, los intereses han cambiado. Si bien el futbol se ha convertido en un negocio que les permite a sus jugadores ganar millones y no hacer nada más que jugar y publicitar marcas, el costo se ha traducido en lesiones y en menos libertades para su vida privada.
La realidad es que la empresa no se preocupa por nadie más que por ella misma. Si un calendario sobresaturado es lo que da más dinero, aunque lo haga en detrimento del bienestar de sus jugadores y de la calidad del juego que vemos en nuestras pantallas, que así sea. El “Mundialito” se jugó en un año intermedio entre la Eurocopa y la Copa América del 2024 y la Copa del Mundo que se celebrará este verano. Todos estos torneos se juegan en los meses de junio y julio, cuando los jugadores y el personal que los acompaña en todo momento deberían tener vacaciones.
¿Cuándo es suficiente?
Con declaraciones como las de Rodri Hernández o su entrenador Pep Guardiola —quien se ha quejado amargamente por lo apretado de la agenda en más de una ocasión— se hace cada vez más evidente que este ritmo tan apresurado no le funciona a nadie más que a los bolsillos de unos cuantos socios y directivos. Los cuerpos de los deportistas no dejan de llegar al extremo de su capacidad, siempre hay un récord que batir, un nuevo torneo o un partido más en el que pueden probarse ante ellos mismos, la afición, las cámaras, su entrenador y el director del club.
Ante este escenario, es necesario preguntar cuándo es suficiente: ¿cuando el cuerpo lo exige o cuando el dinero lo mande? Parece que la respuesta es lo segundo. Después del terrible accidente de Jamal Musiala —quien es, por cierto, uno de mis jugadores favoritos— en el Mundial de Clubes del año pasado, muchos nos preguntamos cuál era la necesidad de que asistiera a ese torneo si acababa de recuperarse de una lesión, incluso unos días antes había sido sustituido en un partido ante el Boca Juniors por una molestia y aun así jugó contra el PSG. Fue una desafortunada consecuencia de algo que ya se veía venir, parecía una catástrofe que se pudo haber evitado. La pregunta que le sigue a esta reflexión es: si se pudo haber evitado, ¿por qué no lo hicieron?
La respuesta es obvia. La FIFA y los otros organismos que rigen el futbol siguen creando campeonatos y sacándose partidos de la manga para vender más entradas, más publicidad y más merch con la excusa de que eso es lo que queremos los aficionados, lo cual no es del todo mentira, pues aquí nos tienen viendo todo lo que se inventan, sin embargo, nadie se los pidió. Los equipos no van a decir que no quieren ser partícipes de estos esquemas; el año pasado la FIFA repartió las ganancias generadas en el Mundial de Clubes entre todos los equipos que compitieron, ¿cómo negarse ante tal oferta? Por otro lado, los jugadores quieren seguir viviendo una vida opulenta, usar mochilas y neceseres de Louis Vuitton, pasearse en yates y hacer fiestas extravagantes —como el controversial cumpleaños de Lamine Yamal en julio del año pasado— en los pocos días libres que tienen al año; seguramente por eso no ha estallado la huelga con la que amenazó Rodri.
Una vez le comenté a una amiga a la que poco o nada le interesan estos asuntos, pero que había visto algún partido del Mundial de Clubes, que dicho torneo me parecía excesivo, que las exigencias para los deportistas eran demasiadas y demasiado peligrosas, a lo que me contestó que es su trabajo, que ganan mucho dinero como para no hacerlo. Y es cierto, es difícil empatizar con alguien que en unos pocos años hará sumas de dinero que la mayoría no alcanzaremos a ver aunque trabajemos cuatro décadas. Si ellos están dispuestos a pagar el precio de una vida lujosa con su cuerpo, no hay nada más que hacer. Lo que le toca al aficionado entonces no es hablar por aquel que gana millones, sino por nosotros mismos y el juego que tanto nos gusta.

En unos meses tendrá lugar el Mundial en nuestro país y aunque en un principio podría parecer excitante, no hay que dejarnos llevar por la emoción. No puedo hablar por Monterrey y Guadalajara, porque no vivo ahí y no he ido recientemente, pero me imagino que sus circunstancias no son muy distintas a las de la Ciudad de México, la cual se ha convertido en un lugar aún más hostil de lo que ya era con los preparativos para este magno evento. En la colonia Santa Úrsula Coapa y zonas aledaaledañas en la alcaldía Tlalpan, los habitantes están sufriendo de primera mano las consecuencias de la tardía remodelación del que alguna vez se llamó Estadio Azteca y que ahora ha adoptado el nombre de un banco privado. Calles cerradas, deficiencias en el transporte público, escasez de agua y afectaciones a la salud por el polvo y los residuos que genera la obra son algunas de las cosas que han tenido que sobrellevar los vecinos del Coloso.
Esto tampoco puede ser bueno para el deporte ni para los fanáticos, varios de ellos incluso residen en las colonias afectadas. Nada que atente contra el bienestar de una vasta mayoría puede ser beneficioso para los pocos que se enriquecerán con este evento ni para la minoría que podrá ir a alguno de los estadios durante la justa mundialista. Los partidos duran noventa minutos, pero las repercusiones de poner el dinero antes que todo ya se están manifestando y todavía falta ver qué será de las ciudades anfitrionas una vez que terminen los pocos partidos que se disputarán en México. Es claro que a los cuerpos técnicos y a los futbolistas no les interesa mucho nombrarse víctimas de un esquema de negocio tan perverso, porque de alguna manera lo son, ni pronunciarse en contra de lo que sufren los habitantes de los lugares que los verán alcanzar la gloria. Qué decir de la FIFA y los gobiernos de los países anfitriones, es a ellos a quienes menos les importunan estas tropelías. Pero del otro lado del estadio, creo que es seguro decir que no estamos contentos y que, por nuestra parte, ya fue suficiente.