Cuando anunciaron el Mundial de 2026 yo todavía tenía un padre

El 13 de junio de 2018 yo tenía un padre, mis vértebras completas y la ilusión de ver un mundial en México a su lado. Ese día anunciaron, en una ceremonia repleta de parafernalia, que México, Estados Unidos y Canadá serían sede de la Copa Mundial de Futbol de 2026. Cuando mi padre y yo lo vimos en la tele nos emocionamos. Él recordaba con nostalgia sus experiencias en el mundial de 1986. Vi a Maradona, me dijo, pero Pelé siempre fue el mejor. Cómo no creerle.

Luego llegó la pandemia, el mundo empezó a desmoronarse y él enfermó. Cinco días fueron suficientes para que el temido virus se lo llevara y que yo volviera a la que fue nuestra casa con sus restos en una urna. Ya no hubo más futbol. Perdí el interés por los mundiales.

Sin embargo, recordaba, aún con cierta felicidad, la emoción que supuso para ambos contemplar juntos una serie de grandes partidos en el Mundial de Rusia; como aquel de fase de grupos en el que Cristiano Ronaldo, con la selección de Portugal, le metió tres goles a España en un partido cardíaco que finalizó con un empate 3-3. El Bicho, con la magia de sus botines, había metido un golazo de tiro libre que pasó por encima de la barrera y había dejado a David de Gea inmóvil, contemplando el trayecto imposible del balón dentro de su portería. Brinqué emocionado cuando entró el gol y abracé a mi padre como si hubiera sido un gol de México. O como el gol que le metió el Chucky Lozano a Alemania en ese mismo Mundial. Mi padre, un poco más reservado, me palmeó la espalda y me dijo que había sido un buen gol de Cristiano. Después me aparté de su lado con lentitud para mirar el final del partido.

Ese pequeño ritual, mi padre viendo la tele con los brazos cruzados, el vaso de refresco a su lado, y yo sentado cerca, comiendo papas fritas o palomitas, había terminado. Y sin nadie para motivarme o recordarme, los partidos entre selecciones internacionales comenzaron a interesarme cada vez menos. La Eurocopa, la Copa Oro, la Copa América, todas las gestas, todos los compromisos futboleros, menos la Champions, que veía en algunas ocasiones, o la Liga Mx, que veía por mi afición acérrima al Club Deportivo Guadalajara, fueron saliendo de mi radar hasta que me enfermé.

El 30 de noviembre de 2022, mientras México se jugaba su pase a octavos de final en el Mundial de Catar, yo me jugaba la vida, recostado sobre una cama con las cervicales destrozadas. En ese momento no lo sabía, pero un tumor del tamaño de una uva crecía en mi interior sin que pudiera hacer nada. Mientras padecía los estragos de la enfermedad, postrado en una cama improvisada que una tía me habíaacondicionado en su casa, uno de mis primos encendió la televisión y se quedó a mi lado viendo el partido contra Arabia Saudita. México necesitaba ganar con una diferencia de al menos tres goles. Cuando vislumbramos el golazo que había metido Luis Chávez, a escasos minutos de haber comenzado el segundo tiempo, pensamos que aquello era posible. Pese al dolor que sentía en mi cuello, un dolor seco, como de huesos crujiendo, me emocioné por un momento, pensando que la hazaña mundialista era posible. No obstante, aquella oportunidad nunca llegó y en el tiempo agregado el héroe de Lusail, el delantero Al-Dawsari, sentenció el partido con un gol que dejó un marcador de 2-1.

Mi experiencia con el Mundial pudo haber terminado ahí. No quise ver más partidos, sin embargo, la Copa volvió a mí el 18 de diciembre de ese mismo año. Recién ingresado, tras meses aguardando por la atención que necesitaba, desperté al lado de mi tía en una cama de hospital. Ambos esperábamos un diagnóstico sobre mi estado de salud. Pero en los hospitales todo transcurre con una lentitud insoportable. Por eso, para tratar de matar el tiempo, tras haber desayunado, mi tía me preguntó si quería que prendiera la televisión del cuarto. Mi primo le había escrito para avisarle que ese día era la final del Mundial. Accedí a ver el partido y presencié una de las gestas más increíbles que se hayan visto en los últimos tiempos. El partido entre Argentina y Francia ha sido uno de los mejores que he visto en mivida. Ver a un Lionel Messi con experiencia y talento puro contra un Kylian Mbappé, vertiginoso y letal, hizo que mis ojos recuperaran su brillo. La tanda de penales, que tuvo a Coman y Tchoaméni como los villanos del partido al fallar sus tiros, me recordó a lo dicho por Galeano sobre el futbol: el estadio como lugar donde miles de personas pueden llorar o gritar por la misma razón. Y yo grité por dentro de la emoción que sentía pese a que mi cuerpo tembloroso apenas podía responderme.

Ver a Argentina coronarse por tercera vez, ahora con Messi, pudo haber sido mi última experiencia con los mundiales y sus astros, pero no terminó ahí. El 29 de diciembre de 2022, a escasas horas de haber salido de la sala de terapia intensiva, me enteré, cuando me llevaron de nuevo a mi cuarto en el área de hospitalización, de la muerte de Pelé. Ahí estaba el ídolo de mi padre, en la televisión, recién fallecido. La noticia me tomó por sorpresa. Recordé que mi padre me había dicho cada que podía que Pelé era el rey del futbol, el tres mundiales, el mejor. Y yo, que nunca lo vi jugar, le creí. Ahora él también ya no estaba en este mundo. Lamenté la noticia y, al cabo de un rato, le pedí a mi tía que apagara la tele, pero mi vecino de habitación quería usarla y le dimos el control. Al poco rato, se puso a ver películas viejas del cine de oro. Creo que lo tranquilizaban o lo conectaban con algo familiar —le habían quitado parte de un tumor cerebral que lo había cegado de un ojo—. Después de un rato, con el ruido de las voces de los actores y actrices de la tele, me fui durmiendo, poco a poco. En un hospital nunca se descansa del todo, siempre hay una urgencia, una visita de los residentes, una mala noticia, otra inyección.

Cuando por fin desperté, la televisión seguía encendida. No había nadie a mi alrededor y se escuchaban, tras la cortina que me separaba de él, los ronquidos intermitentes de mi vecino de cuarto. Pasaban en Galavisión una película de Roberto Gavaldón, una que había visto con mi abuelo en la adolescencia: Don Quijote cabalga de nuevo, con Fernando Fernán Gómez interpretando a don Quijote y Cantinflas a Sancho Panza. De niño nunca había entendido la introducción de la película, pero en ese momento, con más de tres décadas de vida, reconocí los pasajes de la novela de Cervantes y reí recordando cómo se los había leído a mi padre en el momento que descubrí que el Quijote es, ante todo, una novela humorística. Vi la película completa, aunque quedé un poco insatisfecho con el final. Las diferencias entre la novela y la adaptación eran más que evidentes. Sin embargo, me puse a llorar como un niño. Mi mente se había fijado en el final de la obra de Cervantes, cuando en su lecho de muerte Sancho le pide a Alonso Quijano, como un hijo a su padre, que no se muera, que salgan al campo vestidos de pastores, pero éste le responde que se está muriendo, que ha recuperado la cordura y que los tiempos han cambiado. Empecé a llorar porque recordé la última vez que vi a mi padre. La ambulancia partidaya estaba afuera de la casa, con las luces encendidas. Los paramédicos habían entrado al cuarto y se preparaban para llevárselo. Le dije que no tenía nada de qué preocuparse, que yo me encargaría de que todo estuviera bien. Él apenas alcanzó a asentir y ahí terminó todo.

Luego me reemplazaron varias vértebras cervicales por piezas de titanio, salí del hospital, regresé y volví a entrar hasta que llegó el 2026, el gran año, el del Mundial. Pienso en todo lo que ocurrió desde aquel anuncio en 2018. Mi padre ya no está, Pelé tampoco, y el cuerpo que tengo ahora es distinto del que tenía entonces. Pero el futbol sigue ahí, rodando, y aunque el mundo parece colapsar, el Mundial del 2026 será el último baile de Cristiano Ronaldo y Lionel Messi, los astros más grandes de los últimos veinte años. Quizá, cuando empiece el torneo vuelva a sentarme frente a la televisión con un plato de papas fritas, esperando el primer silbatazo. Aunque ya no sea el mismo: el joven que saltaba de alegría con los goles de sus ídolos al lado de papá.