Cucaracha
I
Hablan de las cucarachas sin decir
que estuvieron antes, incluso,
de la invención de lo grande y lo pardo.
Son hijas del linaje más pretérito
y sus madres, antes de lo simple y redondo,
porque tuvieron cerebro y ojos compuestos,
vieron el mundo que era ya múltiple
y entonces virgen, torpe y tartamudo.
II
Tantas mutaciones y ellas siguen siendo las que fueron.
Nos florece odiarlas como si no fuera este su mundo,
deseamos y con qué necedad la muerte de todas,
aunque dicen que sobrevivirían a la radiación
que a nosotras nos mataría sin siquiera darnos cuenta
(nos llevan trescientos millones de años de ventaja).
Es casi natural tenerles pavor, querer herirlas por
puro rechazo. Domesticamos ya —y con orgullo—
nuestro instinto de matarlas con rapidez de espejo,
nos esforzamos por no brindar el cuidado elemental
de reposar por lo menos nuestra mirada sobre ellas.
Queremos hacer como si acaso no existieran,
como si su muerte las hiciera desaparecer de
la memoria, nuestro inventario, y nuestro recuento.
III
Se nos olvida que fueron ellas
las que encontraron la forma
de sobrevivir al exterminio.
Ellas, y no los otros, llegaron hasta aquí.
Y nos siguen sobreviviendo todavía;
aunque vertamos azúcar en la mezcla
de cemento y pan que les ofrecemos,
aunque construyamos cementerios
de cemento endurecido en sus entrañas.
Son ellas mismas a veces su lápida
y aun así nos sobreviven.
No saben del odio que llevan encima,
se limitan a habitar sus por debajo.
Sus alcantarillas. Los huecos de las paredes
cuando empieza el frío o la lluvia. Se limitan
a encontrarle el modo a los retornos
impasibles del mundo, a sus muertes tan cíclicas,
a su torrente y su sacarina.
Sobreviven sin darse cuenta, sin querer, apenas,
porque su falta de deseo las atrapa
en su instinto originario y diáfano de piedra
en una intuición de terracota o de durazno firme
en su grosería de seguir existiendo.
Se dejan ser, de la vida, su potencia
su brutalidad
su atrevimiento más mínimo.
