El balón y la furia
Canta, oh musa, la ira del fanático del futbol, cólera funesta que causó tantos males a la razón, y precipitó al infierno de la fama las almas valerosas de muchos ídolos, haciéndolos presa para el pasto de sus canchas —cumplíase la voluntad del Gran Capital—, desde que, por primera vez, separó una disputa del balón a dos equipos rivales…
El dramatismo del futbol requiere una entrada igual de idílica que el inicio de la Ilíada. La mitología detrás del llamado deporte más hermoso del mundo ha introducido una lógica igual de pasional que cualquier religión o política. No por nada se ha convertido en la triada maldita de las reuniones; las tres exigen como sacrificio, a cambio de su erudición, un servilismo devoto y la ruptura con cualquier estado de duda.
Y es que, así como los ejércitos de la antigüedad marchaban envalentonados por el cántico dirigido a los dioses, la patria o al amor, ahora vemos una situación similar en las calles aledañas a cualquier estadio. Los tambores de la fanaticada, las letras hípnicas, las banderas multicolores desplegadas, todo evoca un estado de acción que imita al pasado bélico. Así, la idea de adormecer la racionalidad para arrojarse contra el enemigo, ignorando todo instinto de conservación, también forma parte de la barbarie de este deporte, que tantas víctimas ha provocado.
En efecto, la pasión por el futbol suele justificar la violencia porque se basa en la misma obnubilación de la razón. Aunque, a decir verdad, todo conflicto es provocado por eso: la creencia en que la pasión de uno siempre es más válida que la del otro. Toda competencia que esté diseñada para enfrentar llevará siempre la misma condición; es por eso que algunos intelectuales han sido tan pesimistas respecto al provecho que pueda existir en veintidós individuos sudorosos corriendo detrás de un balón. Aunque no todo puede ser tan fútil. También hay grandes escritores que encuentran en el futbol la belleza y la metáfora. Pero, ¿para qué ponerlos a debatir cuando podemos ponerlos a jugar?
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—¡Sean bienvenidos a otro clásico de esta vieja rivalidad! Sus servidores, Emilio Bernardo Alfonso y Cristofer Martino, les saludan. Hoy, el Real Escépticos F. C. se enfrenta al Atlético Identidad. Los equipos están por saltar a la cancha y en el estadio no cabe ni un alfiler. Escuchen nada más esos cánticos:
—¿Cómo te voy a querer, cómo te voy a querer? Si mi corazón es músculo, mi cerebro es listo, nunca te amaré.
—Toda una provocación, sin duda, Emilio. Pero los fanáticos del Atlético Identidad también cantan a todo pulmón:
—¡Vamos, vamos, pasiones, que esta noche, la cultura ha de ganar!
—El ambiente es inmejorable, Cristofer. Aquí vienen los equipos. Por el Real Escépticos tenemos a Jean-Marie Brohm como arquero, Theodor W. Adorno y Max Horkheimer como la pareja inamovible de defensores contra la industria cultural; Mary Jo Kane y Raewin Connel custodiarán desde la sociología por las bandas, para una sólida línea de cuatro. Umberto Eco, George Orwell, Jorge Luis Borges y Mario Vargas Llosa como los medios, con el argentino como capitán; qué ironía que lleve el 10 del Diego. Para cerrar tenemos a Gertrude Pfister como falso 9 y Beatriz Vélez acompañando en la delantera.
—Por el otro lado tenemos a Albert Camus en la portería. Una defens argumentativa de cinco integrantes: David Goldblatt, Pablo Albarces, Brenda Elsey, Rosa López D’Amico y María José Pizarro.
—Parece que su estrategia defensiva irá por la historia y la educación, Cristofer.
—Ya veremos si le sale la estrategia, Emilio. En el medio campo, con una línea totalmente latinoamericana: Juan Villoro, Eduardo Galeano y Roberto Fontanarrosa. Mucha técnica poética y narrativa. Cerrando en pinza, tenemos a las delanteras Shireen Ahmed y Carrie Duun.
—¡Qué buen partido nos espera! Después del “Himno a la alegría” todo está listo. ¡Y arranca el juego!

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Muchos admiran la verticalidad y los regates de Cristiano Ronaldo, otros la contundencia y creatividad de Leo Messi. Ambos son grandes jugadores, y se necesitaría un espacio enorme para ensayar sobre quién es el mejor; por otra parte, la vieja guardia seguro pensará, cuando se les pida hacer gala de la nostalgia, en Diego Armando Maradona o Pelé, sin duda habilidosos jugadores que han sido inmortalizados al triunfar en los Mundiales de México 70 y México 86, ambos en el mítico Estadio Azteca.
Sin embargo, en esta ocasión quisiera hablar de otro futbolista, uno que posee muchas de las cualidades de todos los antes mencionados, pero cuyo prototipo refleja mejor la contrariedad del deporte: se trata de Sócrates, el delantero brasileño de los años ochenta. Mediocampista del Sport Club Corinthians Paulista, capitán de la selección de su país durante los mundiales de España 82 y México 86, contaba con licencia de médico general; leía filosofía y literatura en sus ratos libres; su apariencia desaliñada, que contrastaba con el glamour de los jugadores famosos, no le impedía demostrar su habilidad con regates de fantasía y grandes goles. Su destreza con el balón chocaba con el desinterés que sentía hacia el profesionalismo, pues en varias ocasiones declaró que “el futbol había llegado por mero accidente”. Además, se dice que en los entrenamientos necesitaba de una cerveza que mitigara su sed de autodestrucción corporal. Aquel fatídico vicio sería lo que terminaría por arrebatarle la salud, y finalmente la vida, estando en el retiro.
Durante su paso por el Corinthians, en tiempos de la dictadura militar de Brasil, el delantero instituyó, junto a sus compañeros de equipo, la llamada “democracia corinthiana”, un sistema de votación igualitaria en donde todos los trabajadores del equipo, desde los utileros hasta los directivos, tenían la misma capacidad de decisión sobre los salarios, las formaciones de juego, las tácticas a balón parado o cualquier situación relacionada con el equipo. Este modelo resultó un recordatorio para el régimen de que dentro del deporte había formas de organización no absolutistas.
Para el antropólogo James C. Scott, esto sería una forma de infrapolítica, es decir, una manera de resistencia cotidiana que los grupos vulnerados utilizan para resistir la opresión o el intento de eliminación. Así, la condición de los empleados del club recordaba a los aficionados la posibilidad de una forma de organización más equitativa. Sócrates tenía una visión del campo de juego más allá de la cancha. Hacía rodar el balón al ritmo de una sociedad más igualitaria. En otras palabras, le interesaba el futbol como contrapeso de un sistema político y económico injusto.
Sin embargo, el estilo futbolístico pragmático y elegante de Sócrates, así como sus convicciones, chocaron de frente contra una forma de olvido estremecedora: el espectáculo de los grandes capitales. Una vez que la dictadura brasileña cayó y los partidos políticos volvieron a surgir, el neoliberalismo hizo su aparición, tomando entre sus fauces la identidad de este tipo de organización. Muy pronto la democracia corinthiana sucumbió frente a la lógica del mercado. La voz de los débiles calla cuando las monedas suenan. El discurso individualista de los jugadores estrella dejó de lado la organización grupal; el joga bonito de los brasileños dejó de basarse en la idea de un trabajo en equipo para centrarse en la autoexplotación de once figuras simbióticas que presumen y reculan entre sí lo suficiente para no perder su brillo individual.

Algo similar pasó con los directivos: las cooperativas que llegaron a mantener a varios equipos, no sólo en Brasil sino en todo el continente, sucumbieron ante la iniciativa privada; los mercados se rompieron mediante la compra de jugadores por precios desorbitantes y la brecha entre los equipos acomodados y aquellos que solamente son un accesorio continuó creciendo hasta nuestros días. Fue así que el discurso meritocrático alcanzó a este deporte. Los niños que ahora sueñan con ser futbolistas no lo hacen con la intención de trabajar haciendo lo que aman o de ser inmortalizados bajo el gol del siglo, sino para ostentar éxito. Ahora se trata de tener contratos millonarios para representar a marcas de lujo o un simple pan de caja, lo que deje más dinero.
Este tipo de violencia mercantil, que deshumaniza y descarna el sentido del juego, intenta sepultar la memoria y los esfuerzos de jugadores como Sócrates. Pero espacios de reflexión como estos deben ser otro marco de resistencia. El futbol femenil es, sin duda, otro escape a esta diatriba. Si bien la lógica del mercado también ronda entre sus filas, y existe de la misma manera una desigualdad de oportunidades entre el poder adquisitivo de los equipos, y ni hablar de la diferencia entre los sueldos entre hombres y mujeres, lo cierto es que, haciendo gala del trabajo en equipo y enfrentando al patriarcado en lo que se espera de ellas como figuras públicas, se conforma otro marco de resistencia que lucha para que se hable de su juego y no de su género.
De Sócrates se podría decir que no estaba enamorado del futbol, pero que el futbol sí estaba enamorado de Sócrates. Frente al olvido del capital, nosotros debemos enamorarnos otra vez de jugadores como él, ocupar nuestra memoria y nuestro deporte con todas sus letras: Sócrates Brasileiro Sampaio de Souza Vieira de Oliveira.
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—¡Vaya encuentro trepidante, Cristian! Después de casi cuarenta y cinco minutos de partido, nadie ha marcado una diferencia clara. Brohm sale desde el fondo argumentando que el futbol es un aparato ideológico para disciplinar cuerpos; Adorno recibe y dirige agregando que la industria cultural del deporte también sucumbe ante la lógica del capitalismo. Pasa a Borges, que regata y ¡tira con su famosa frase “el fútbol es popular porque la estupidez es popular!”.
—¡Pero qué atajada por parte de Camus, Emilio! El argelino detiene el disparo aduciendo que todo lo que sabe de moral y las obligaciones de los hombres se lo debe al futbol. Se luce ante su público con un par de dominadas absurdas, le pasa el argumento a Goldblatt; éste levanta la vista hacia la historia cultural de la humanidad atravesada por el deporte y juega en lateral con Albarces. El autor se va por la banda explotando su conocimiento sobre la identidad latinoamericana en el futbol y descarga con Villoro. El mexicano pisa el argumento, lo dirige hacia el valor simbólico, hace pared con Galeano, quien le devuelve el simbolismo con la potencia de la poesía y el drama humano. Villoro filtra para Carrie Dunn, que prepara un remate sobre el empoderamiento femenino en el deporte y… ¡cerca! Mary Jo Kane sale a tiempo para tapar con su contraargumento de la desigualdad de género y la representación mediática injusta en el balompié.
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La designación de México, Estados Unidos y Canadá como sedes para la Copa Mundial del 2026 estuvo plagada de violencia. Poco antes de su nombramiento, el FBI destapó una red de corrupción para la elección de los mundiales en Rusia 2018 y Catar 2022. Joseph Blatter, el entonces dirigente de la FIFA, impuso mediante sobornos a personajes clave, dónde y cuándo se jugarían los mundiales; por ello fue juzgado en suelo norteamericano, y poco después, Gianni Infantino quedó a cargo del organismo. A los meses de que eso ocurriera, desde Nueva York, se anunció el triunfo de América del Norte como alcázar de la máxima justa del futbol.
A través de ese tráfico de influencias, España y Portugal perdieron la oportunidad de ser la sede del Mundial ante Rusia; posteriormente, Marruecos sucumbió por paliza ante los tres países que reciben la competencia este año. Algunos dirían que quien no transa, no es sede. Así, ya sea por acuerdos en las sombras o promesas de experiencias primermundistas a la luz del día, el dinero arrebata oportunidades a países enteros; y aunque resulta más evidente esta desigualdad económica con otros sectores más preocupantes, lo relevante del asunto es el incumplimiento del fair play financiero, que sólo existe entre algunos clubes, si acaso.
Por otra parte, algunos argumentarán que ser elegidos como sede ayuda a los países que necesitan un mayor ingreso, pero hay reportes de que los campeonatos mundiales de futbol dejan más pérdidas que ganancias para los anfitriones. Victor Matheson, economista norteamericano especializado en deportes, muestra en sus investigaciones que las remodelaciones y construcción de infraestructura rebasan la derrama económica, muchas veces sobrevalorada; además, explica que estas ganancias no se redistribuyen, sino que se quedan en los bolsillos de los grandes consorcios sin que atiendan al bienestar social.
En México, los problemas que implica la designación de la sede incluyen la gentrificación y el vaciado de la cultura, plastificándola para el consumo turístico. Además, el precio estratosférico de los boletos o el hecho de que, por primera vez, los fanfest, lugares abiertos al público local para tener una experiencia mundialista, tendrán costo, demuestran la exclusión de quienes no tienen grandes ingresos económicos. Por si fuera poco, los desplazamientos de inquilinos en inmuebles de las sedes mundialistas, para convertirse en negocios de alojamiento, se están agravando. Así, la violencia económica que produce la competencia poco obedece al discurso de unión que tanto pregona la FIFA.
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El 22 de febrero de 2026, fuerzas federales abatieron a uno de los líderes más poderosos en el mundo de la droga. En represalia, grupos criminales lanzaron una contraofensiva en varios puntos del país, generando bloqueos, quema de vehículos, incendios a tiendas de conveniencia y bancos del Estado, así como balaceras contra el Ejército y la Guardia Nacional. El saldo final para el cierre de ese domingo terrible fue de treinta y tres asesinados, entre delincuentes y agentes del orden, en distintos enfrentamientos.
Imágenes de la violencia desatada, algunas reales y otras generadas por inteligencia artificial, recorrieron el mundo entero. A partir de eso las redes sociales se llenaron de cuestionamientos para México como sede de la Copa del Mundo. Los reclamos y preguntas no carecían de fundamento: el Estado fue desafiado, delincuentes armados hasta los dientes mostraron que pueden extender el pánico y paralizar el país. Aun con ello, el tema de la seguridad, en muchos de los casos, no se abordó como una compleja red de implicaciones sociales y económicas, sino como una molestia contra el servicio que el país puede ofrecer a los turistas. Muchas personas parecían más preocupadas por nuestra reputación como anfitriones, reduciendo la violencia a una afrenta contra el confort de los asistentes, que por las familias varadas en las carreteras o las balaceras constantes en los municipios. Y es que, si bien es adecuado preocuparse por el bienestar de aquellos que quieren celebrar en los estadios, también es verdad que reducir la óptica del problema únicamente a lo que piensen o lo que pueda pasar a los ciudadanos de otras naciones durante el Mundial es, en sí mismo, otra forma de violencia, pues excluye el sufrimiento de aquellos que no se involucran de forma directa con el certamen.
Para el día martes de esa misma semana, cuando la calma por fin llegó de nuevo a los estados, los turistas de otros países salieron de su reclusión momentánea para seguir disfrutando de sus vacaciones, del clima aciago y de la hospitalidad mexicana. En redes sociales se pudieron observar fotografías de visitantes junto a autos quemados o felicitando a soldados que custodiaban las zonas hoteleras, como si la violencia fuera parte del atractivo turístico. Así, el terror se volvió espectáculo, pues los consumidores de nuestras playas y ciudades volverían a la tranquilidad de sus respectivos países, y el miedo, como siempre, se quedaría en quienes han sido designados para ofrecerles un mejor servicio. ¿Será diferente cuando nos visiten para el Mundial?
Esa misma semana la FIFA ratificó a México como sede mundialista. Ni las redadas del ICE o los bombardeos a países de Oriente Medio por parte de Estados Unidos, ni los narcobloqueos en este país, fueron suficientes para cambiar de planes. No importa si la violencia viene del Estado o si lo desafía, el balón seguirá rodando mientras tenga una cancha de billetes verdes donde pueda hacerlo. Incluso se le puede inventar un premio por promover la paz con aranceles y bombas. La violencia sólo amenaza al juego cuando perjudica a los poderosos, no a quienes disfrutan de él. La pelota y el mundo no pararán de girar.
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—¡Pero qué partido acabamos de ver, Cristian! No cabe duda, Dios es redondo y juega El futbol a sol y sombra.
—Al final, Emilio, todo terminó gracias a una de las fórmulas más antiguas del deus ex machina aplicado al balompié: el empate.
—Me parece que tenemos a Borges para entrevista en el terreno de juego, vamos con nuestro reportero en cancha.
—Gracias, compañeros. Estamos aquí con el capitán del Real Escépticos: maestro Borges, ¿cómo afronta su equipo este empate?
—Sí, bueno, sho creo que creo que fue un partido muy duro. Nosotros salimos a hacer nuestro plan de argumentación, pero también cuenta el rival que teníamos enfrente, ¿no? Nadie puede rebajar a lágrima o reproche este resultado.
—Se comenta que podría estar por cambiar de equipo para el próximo encuentro, ¿es verdad?
—No, esos son sólo rumores. Sho soy un hombre desgraciadamente sentimental, muy sensible. Y mi corazón le pertenece a este club.
—Gracias, maestro. Ahora seguiremos a Eduardo Galeano… ¡Maestro, maestro! Una pregunta nada más: ¿cómo se siente con este resultado?
—Sabemos que el fútbol es un naufragio compartido. Cada equipo sudó la camiseta por su punto de vista y al final creo que dimos un lindo espectáculo.
—¿Alguna vez sabremos si el futbol vale la pena?
—¿En qué se parece el fútbol a Dios? En la devoción que le tienen muchos creyentes y en la desconfianza que le tienen muchos intelectuales. Al final este juego es una decisión personal.
—Gracias, maestro. Volvemos al estudio, compañeros.
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El 16 de diciembre del 2000, Monarcas Morelia, el equipo de mis amores y el de mi papá, jugó la final contra los Diablos Rojos del Toluca.
Después de ciento ochenta minutos de nervios a flor de piel, todo se resolvió en tanda de penales. Juan Villoro dijo en Dios es redondo que el ejecutor de un tiro penal experimenta una sensación de aislamiento al momento de estar frente a la portería, pues todo el estadio (y los televidentes) ven su decisión en tiempo real. Nosotros lo experimentamos ese día.
Después de una primera ronda, el encuentro se fue a muerte súbita, ese concepto que esconde todos los secretos y pasiones en su furibundo nombre. La manera en que esperas a que se revele si el balón entró o no a la portería te roba el aliento como si se tratara de otra presentación de la petite mort. Al final, Heriberto Ramón Morales, de Monarcas Morelia, anotó. Éramos campeones.
Esa manera de compartir un triunfo en el que sólo participaste como espectador, con una explosión de alegría, es uno de los sentimientos más genuinos, aun en su falsedad. Compartir la coronación con los once avatares en el campo de juego es, sin duda, la máxima causa del deporte. Una forma de elevarse. Sólo aquellos que triunfan entienden cuando dicen que el futbol es una religión. Una manera de compartir la inmortalidad.
Mi papá y yo nos abrazamos. Gritamos que éramos campeones. Aquella tarde salimos en auto para celebrar: las calles estaban llenas de gente vitoreando entre los autos con las banderas rojiamarillas. No importaba que fuéramos desconocidos, todos nos saludábamos, todos nos decíamos campeón o campeona. Nunca volví a ver ese furor en la ciudad.
Veinte años después, el multimillonario dueño de Monarcas Morelia decidió mudar la sede a Mazatlán. Una vez más, el dinero pudo más que la pasión. Una sola persona pudo arrebatarle a toda una ciudad su trance de comunión con los inmortales. ¿No fuimos acaso también víctimas de violencia por eso? Se nos despojó, en un abrir y cerrar de ojos, de la oportunidad de hacer comunidad a través de un objetivo común. Quizás uno falible, tal vez incluso absurdo, pero que sabemos por Camus que aun así vale la pena vivir.
Como exprofeso de la religión del futbol puedo comprender la pasión por el deporte; conozco la identidad y la alegría, pero también comprendo la violencia y la barbarie que pueden llegar a provocar. Este deporte es contradictorio por naturaleza. Pero como diría Marco Aurelio, uno no se molesta con la naturaleza de las cosas, al contrario, la acepta por lo que es. Así, con sus fallas, sus contradicciones, con su esperanza.
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Cuando era niño odiaba el futbol. Me recuerdo agazapado en las esquinas del patio mientras mis primos y mi hermano jugaban; yo solía moverme en sentido contrario al balón, tratando de evitar que me golpearan con él por accidente (o a propósito). Mi papá solía decirme que, como era hombre, debía jugarlo. De nada servía que llorara al negarme.
Luego de muchos dolorosos encuentros, mi hermano, quien siempre quiso ser futbolista, se acercó a mí y me reveló un secreto: entre más huyera del balón, más doloroso sería cuando me golpearan con él. No lo entendí de inmediato, pero con el pasar de los juegos supe que tenía razón. Ser valiente durante el juego hizo que comenzara a disfrutarlo. Me dio confianza para intentar mis primeros regates, para tirar a portería. Finalmente, me consideré curado de espanto el día que salí a la cancha imaginaria como portero, atajando con furia.
Gracias a eso disfruté de jugar futbol, pero, además, me sentí más unido a mi padre y mi hermano. El futbol tiene muchas cosas negativas, pero, en realidad, ninguna está relacionada con el deporte en sí. Seguimos jugándolo porque nos recuerda que la vida sigue. Quique Wolf ya lo dijo en su poema: ¿Cómo vas a saber querido amigo? / ¿Cómo vas a saber lo que es la vida? / si nunca, jamás… jugaste al fútbol…
Yo, por mi parte, sólo tengo otra pregunta: ¿cómo no te voy a querer?