La belleza del vencido
Aveva quella bellezza
di cui solo i vinti sono capaci
Alessandro Baricco
Digo esto bajo el riesgo —y el deseo— de equivocarme, pero incluso quienes sólo han visto un partido de futbol esporádicamente habrán de compartir esta opinión: Messi jamás debe ganar la Copa del Mundo. Pero que mis palabras no se confundan con mezquindad. Como cualquier aficionado al futbol, y sobre todo como hincha del F.C. Barcelona, nada me haría más feliz que verle el codiciado trofeo en brazos. No sólo por contemplar su mirada emocionada y una sonrisa plena por fin; una de esas muecas que él nos dibuja cada que hace un caño, un tiro libre o la diagonal de siempre dentro del área. En el fondo, es más bien el deseo humano de que uno de la tribu, por lo menos uno, sea completamente feliz.
Sin embargo, hasta ahora, como señala Jordi Puntí, “el Messi que yo conozco, el que conocemos prácticamente todos, es un Messi real que, sin querer, también se ha ido convirtiendo en una ficción poderosa”. Acaso sus fracasos con la selección de Argentina —llamémosles así, sin temor a la palabra— sean el último rasgo de verosimilitud humana que le quedaba. Claro que la Copa América, hasta cierto punto, manchó su hoja de vida, pero aún nos queda el consuelo de que no ha llegado a tocar la cúspide mundialista. Lionel Messi posee todavía esa felicidad terrenal e incompleta que nos permite sentirlo tan cercano como a un primo o como a un vecino de la colonia: un vínculo que nos hace llorar cuando él llora y que nos impulsa a levantarlo del césped cada que pierde una Copa.
Quizá mentí al inicio y en realidad sí deseo que Lionel nunca gane la Copa del Mundo. Porque en el fondo quiero que Messi siga siendo Messi y no la deidad inalcanzable en la que ciertos opinólogos pretenden convertirlo. Todo con tal de que no termine inmolado por la divinidad tal y como le ocurrió a Sémele. Claro que el astro argentino no necesita de ningún tipo de condescendencia. Aquel “demonio de la lucidez, el genio del análisis y el inventor de las combinaciones más nuevas y seductoras de la lógica con la imaginación” —como lo calificaría Paul Valéry— ha soportado la derrota más veces que la mayoría de las personas. Acaso no lo notamos porque únicamente su palmarés es igual de impresionante.

Dice Casciari que, en las últimas décadas, el futbol nos ha enseñado una cosa sobre la vida moderna: tirarte al suelo te asegura una ventaja sobre el otro. El teatro, la mentira y la sobreactuación pueden asegurar una victoria. En cambio, Lionel Messi pocas veces se deja vencer. Es quizá el único jugador que prefiere correr, soportar las patadas y romper las playeras con tal de seguir detrás de la pelota. Sólo se le equiparan aquellos que, entre amigos, se disputan una caguama en el estacionamiento de la colonia. Muchas veces incluso sucede algo absurdo en el futbol contemporáneo: se triunfa sin hacer nada, con ese mal llamado gol de visitante, por posiciones en la tabla o con un soporífero empate. Claro que ganar es bonito, pero es mil veces más lindo meter un gol en el arco rival, el grito eufórico alrededor de la cancha, los compañeros fundidos por un abrazo y enseñarle a tu gente el 10 de tu dorsal para decirles: “somos más que un club”. Por eso la playera de Messi es un estandarte: porque es de los pocos números en el mundo que todavía tienen un valor real.
Honestamente nunca importó que sus vitrinas carecieran de trofeos con la albiceleste. A qué desquiciado le interesa, por ejemplo, hacerse hoy día con un título nobiliario. Messi es el mejor de todos los tiempos con o sin Mundial. Pero quizá ésa no sea la razón por la que sonríe cada vez que salta a la cancha. Hay futbolistas para quienes la ascensión que brinda un beso a la copa del mundo es la felicidad. Maradona, por ejemplo, no importa cuántas veces muera, siempre renacerá gracias al título de 1986 —por algo tiene su propia iglesia en Argentina—. No se trata, en cambio, sobre la gloria ni la eternidad para Messi. La felicidad es para el rosarino algo pequeño e inaprensible, como una pulga. Su felicidad empieza con el pitazo inicial y termina noventa minutos después. No más, no menos. Messi sabe, sin saberlo, que nadie puede ser feliz si sólo se empeña en buscar en qué consiste el sentido de la vida.

Nos queda un consuelo. Lo dijo Galeano: para ser una leyenda del futbol tienes que ganar la Copa del Mundo o, por lo menos, perder la final contra Alemania. Ha sucedido antes: Cruyff estuvo cerca de triunfar en el Mundial de 1974, pero falló ante Alemania en Múnich; Puskas, junto con la inigualable Hungría de 1954, también fracasó en el último partido contra Alemania. Y efectivamente, Lionel Andrés Messi es el capitán de una camada que hasta hace poco nunca había ganado absolutamente nada. Y aun así nunca dejó de ser el argentino más dichoso durante la siesta junto a sus hijos Thiago, Mateo, Ciro y su perro Hulk. Claro que ha llorado, se ha dado por vencido, e incluso declaró: “Hice todo lo posible. Me duele más que a ninguno, pero es evidente que no es para mí. Deseaba más que ninguno un título con la selección y lamentablemente no se me dio”. Pero quién no interrumpió de niño una cascarita por un raspón en la rodilla y volvió a casa envuelto en llanto. Y, aun así, todos hemos regresado al día siguiente a la calle para patear la pelota como si nada malo hubiera ocurrido.
Hoy día hay quienes creen todavía en el destino. Algunos le han buscado las formas más extrañas a los restos que dejó una gran explosión en medio de la nada y piensan que esos escombros luminosos determinan nuestra personalidad. Otras personas insisten en que en el nombre se carga cierta penitencia. Y no falta quien jura que los primeros minutos de un futbolista sobre la cancha encaminarán el resto de su carrera deportiva. Por ejemplo, nunca falta el supersticioso que asegura fervientemente que Messi jamás habrá de conseguirlo todo por la derrota de dos a cero en su debut contra el Oporto. Habrá quienes opinen que sus fracasos se deben más bien a su expulsión al segundo cuarenta y siete en su primera aparición con la absoluta de Argentina en el partido contra Hungría. A lo mejor hay algo de cierto en ambas suposiciones o quizá debutar con el 14 de Cruyff haya sido lo que realmente terminó por inclinar la balanza en el Mundial del 2014. ¿Coincidencias? Por supuesto, pero necesitamos explicaciones que den sentido al porqué ni siquiera Messi puede llegar a ser completamente feliz.
Con todo y esto, pocas veces pierdo las ganas de querer alentar al equipo sudamericano, incluso a pesar de Maxi Rodríguez. Claro que influye el octavo principio hermético, donde se señala que antes del quinto partido México quedará eliminado del Mundial, pero también se debe a que los argentinos son quienes mejor han dominado el mexican style: juegan como nunca, pierden como siempre. “El resto —dice Caparrós— es la clásica ilusión argentina —y mexicana—: creernos más de lo que somos”. Pese a esto, seguimos a la espera de que Messi gane la Copa del Mundo, porque precisamente son estas pequeñas creencias sin sentido las que le dan todo el sentido a la existencia. Como aquellos pantalones que compraste y que nunca usas porque al final no eran de tu talla. Y aun así los guardas al fondo del clóset porque, si los tiras, un día dejarás de pensar en la dieta. Una dieta que nunca has hecho, pero que te ancla a una vida más o menos saludable cada vez que consideras ordenar un plato extra de pasta a la boloñesa. Si te deshaces de esos pantalones, en cambio, empezarás a engordar más rápido de lo habitual. Y de pronto, sin darte cuenta, un día los pantalones que llevas puestos tampoco te quedarán, tendrás gota, el colesterol y los triglicéridos andarán por las nubes y, finalmente, sufrirás un infarto fulminante. Y todo por tirar aquellos pantalones que no eran de tu talla junto con la absurda esperanza de que el lunes comienzas la dieta. Después de todo, la felicidad siempre se firma en servilletas de papel.

Otro instante extraordinario —de los que te ayudan a sobrellevar el día a día, un mes, la vida entera e incluso la muerte— lo atestiguamos durante la eliminatoria al Mundial de Rusia, cuando Perú declaró fiesta nacional tras clasificar después de treinta y seis años de ausencia y de sufrir incontables marcadores escandalosos en contra. Hubo gente que alternó el llanto con la risa y no faltaron los peruanos que se llevaron la camiseta del abuelo o del papá difunto al otro extremo del mundo. En fin, se hicieron miles de hazañas descabelladas, actos que bordeaban la locura, pero no muy distintas a lo que es hablar con un montón de huesos en un panteón, escribir en el muro de Facebook de algún difunto o vestir el hoodie de tu pareja como si fuera una extensión de su piel. Finalmente, los andinos ganaron su único partido una vez que ya estaban eliminados de la competencia, pero el detalle es menor si pensamos en el abuelo y el nieto unidos por un instante a través del tiempo gracias a un jersey. Poco importa que nunca hayan visto juntos a su selección en el césped durante un Mundial. Si la Copa del Mundo nos reconcilia cada cuatro años como especie, de igual manera la derrota nos mantiene vinculados cuando el torneo termina. Una de las pocas ventajas de que sólo haya un campeón. Por lo mismo, que Messi no gane el Mundial es quizá lo mejor que nos puede pasar a los hinchas del futbol. Es el puente que nos permite seguir reconociendo al mejor de todos los tiempos como uno más de los nuestros: un ser humano común, corriente e incompletamente feliz.
Eso no me impidió que, cuando Francia eliminó a Argentina en Rusia 2018, le agradeciera a los astros por los horarios de oficina que me impedían compartir el Mundial con mi hija de seis años. En especial aquel partido. Simplemente no habría sabido cómo explicarle a mi pequeña que los héroes, ya no digamos sangran o se rompen huesos, sino que se deshacen en llanto. Algo quizá más brutal que decirle, por ejemplo, que papá a veces no tiene para pagar la hipoteca o la colegiatura. Eso sería fácil porque, a fin de cuentas, soy un hombre como cualquier otro —aunque ella todavía me mire como si fuera un superhéroe—. Incluso, a su corta edad, podría entenderlo mejor que mi hermana o mi propia esposa. En cambio, cómo le dices a alguien que luce tan pequeña y frágil que los hombres más grandes, esos que uno admira toda la vida, se duelen hasta el alma, igual que uno. Cómo podría explicarle que su príncipe azul no será ni príncipe ni azul y que un día éste se quebrará en mil pedazos, y que no podrá hacer nada para evitarlo; que se doblará, no por la guerra ni por defender a su país, sino porque llegará el día en que Messi tendrá que colgar los botines. Cómo decirle a una niña que está descubriendo la vida que nadie llega a ser completamente feliz. Ni siquiera el héroe que ambos adoramos. Simplemente me parece una lección demasiado dura para esa edad. Yo, por ejemplo, a mitad del camino de mi vida, no logro asimilar del todo que la vida a fin de cuentas es injusta. A veces, por lo mismo, me dan ganas de rezar, pero el simple hecho de que la Pulga continúe fracasando cada cuatro años, o que los impuestos vayan en aumento y los salarios en declive, me hace pensar que nadie nos escucha. Que los hombres sólo nos tenemos a nosotros mismos. Como escribió Scott Fitzgerald en The great Gatsby: “The loneliest moment in someone’s life is when they are watching their whole world fall apart, and all they can do is stare blankly”. Con esto, pareciera que Fitzgerald de igual manera narró anticipadamente el penal más amargo que Leo ha fallado en toda su carrera. Ese que chutó contra Chile en la Copa América del 2016: siendo el primus inter pares, Messi quiso encarrilar la victoria de su equipo, disparó primero y erró. Por segunda vez consecutiva perdía una final contra los andinos, pero ahora de la manera más fácil: con un simple penal.
Por lo mismo considero que habría que agregar una acepción al neologismo méssimo que propuso Marc Pastor. Un apartado donde se hable de este segundo aspecto de Leo. No basta con decir que méssimo es un adjetivo que califica a quien “sobresale en su futbol, que exhibe en alto grado la técnica, persistencia, calidad, fuerza en un partido, jugada o gol”. Tampoco basta con señalar que se refiere al “enfrentamiento, eliminatoria o final en el que se ha visto una actuación estelar de Leo Messi”. Habría que añadir que méssimo significa que ciertas noches terminarás llorando bajo el chorro de la regadera.
¿En qué momento se puede señalar entonces que alguien es realmente feliz? Cuando vemos a una persona sonreír lo intuimos, pero también sabemos que no lo es del todo. Y eso está bien, a pesar de que vivimos en una época que se empeña en que sonriamos siempre, en que seamos absolutamente felices. Incluso en el dentista, donde uno aparentemente vivirá una tortura medieval y de donde saldrá lleno de dolor. Y aun así —como apunta el comediante James Acaster— mientras esperas sentado en la sala del dentista, llega la recepcionista y te da un cuestionario para llenar en lo que llega tu turno. Y de pronto te hallas frente a una pregunta que es lo último que necesitas en ese momento: “Pregunta uno: en una escala del uno al diez, ¿qué tan contento está con su sonrisa? Estás contento: sí, claro. Estás sonriendo: sí. ¿Cómo te hace sentir eso? Es decir, cuán contento estás con tu felicidad, básicamente. No es una pregunta odontológica, ¡es una pregunta existencial!”. Y efectivamente, quién puede decir en algún punto de su vida: ya está, mi sonrisa es perfecta; finalmente soy feliz. Cabría añadir la cuestión: ¿en qué momento podemos considerar que una sonrisa está completa? ¿Hay alguna medida en el Sistema Internacional de Unidades? ¿Los científicos han descubierto la fórmula para calcular la parábola en la sonrisa perfecta?
Afortunadamente, a pesar de estas insondables interrogantes, sonreímos, ya sea de manera auténtica o únicamente para Instagram. Incluso hay ciertas sonrisas que llegan a volverse virales —como si poco a poco nos estuviera infectando el veneno del Joker—. Sin embargo, creo que sólo hay una sonrisa más famosa que la de Lionel Messi. Únicamente el gesto de la Mona Lisa se le compara en misterio y popularidad, aunque ambas levantan innumerables interrogantes. ¿Por qué demonios Messi sonríe a pesar de nunca haber ganado la Copa del Mundo?, se preguntan, por ejemplo, ciertos analistas argentinos.
Frente a estas cuestiones hay quienes se aventuran en busca de respuestas innecesarias. Hace unos años, por ejemplo, los científicos de la Universidad de California ofrecieron una explicación a la misteriosa belleza de La Gioconda. En la revista médica Mayo Clinic Proceedings, los médicos aseguraban que “el enigma de la Mona Lisa puede resolverse mediante un simple diagnóstico médico de una enfermedad relacionada con el hipotiroidismo”, e incluso reducían su sonrisa a “una posible parálisis facial periférica o parálisis de Bell”. Por otra parte, científicos alemanes de la Universidad de Friburgo, liderados por Jürgen Kornmeier, del Institute for Frontier Areas of Psychology and Mental Health, estudiaban la pintura para saber cuál es la emoción de La Gioconda. Dicho de otro modo, buscan comprobar si la expresión facial de la Mona Lisa realmente es de felicidad. Como si uno no tuviera simplemente el derecho a esbozar una sonrisa idiopática. Y ni hablar de los científicos españoles del Instituto de Neurociencias de Alicante, quienes publicaron en New Scientist que su sonrisa cambia, pues “en función de cómo se la mire, puede estar tanto radiante y sonriente, como seria”. Es decir, los seres humanos sólo somos capaces de captar la sonrisa ciertas veces, ya que “dependiendo de la célula que capte la imagen primero será uno u otro canal el que la transmita al cerebro para posteriormente interpretarlo”.
Insatisfechos con estos descubrimientos, tampoco faltan los laboratoristas que ahora intentan probar biomecánicamente otra cosa que todos sabemos: Messi es el mejor de todos los tiempos. No conformes con afirmar que Santa tendría que viajar a 8.2 millones de kilómetros por hora —el equivalente al 0.8% de la velocidad de la luz— para entregar los regalos en Navidad o con escribir una ecuación para descifrar el gol imposible de Roberto Carlos contra Francia en 1997, ahora se empeñan en dar respuestas lógicas al milagro de la Pulga. Indiferentes ante al daño que causan a su alrededor, pertenecen a la misma estirpe de las petroleras y las mineras que extraen cobalto de las montañas sin siquiera asomarse a los bosques y a los dos o tres ríos que hay alrededor. Sólo les interesa encontrar respuestas donde no las hay, principalmente de aquellas cosas que no queremos saber. Se olvidan de que muchas veces la dicha está en especular al tanteo o que hacer preguntas sin solución puede brindar más sentido a la vida.

Por ejemplo, todos los hinchas del futbol constantemente nos preguntamos qué habría pasado si Messi hubiera debutado con la selección de España a los diecisiete años. Jugar a la pelota junto a sus amigos: Iniesta, Xavi, Piqué, David Silva. Posiblemente cuando ellos se coronaron campeones del mundo, el argentino extrañó por un instante haber estado ahí. No tanto por el título en sí, sino por el sentimiento de compartirlo con sus compañeros de toda la vida. Una sensación similar a perderse de niño alguna excursión del colegio por culpa de la gripa. Sin embargo, el mismo rosarino ha afirmado innumerables veces que no se arrepiente de haberse inclinado por la absoluta de Argentina. Y a pesar de estas declaraciones, compatriotas suyos no se cansaron de reprocharle por años que no entonara el himno nacional antes de un partido, de ser pecho frío o de estar más comprometido con el Barcelona.
No obstante, dudo que Messi haya comenzado a cantar antes de cada partido con su selección para complacer a sus detractores. Tampoco creo que tenga nada que ver con el fulgor abstracto de un nacionalismo. Messi no quiere ser la bandera que fue Maradona. Mucho menos le importa la comparación. Además, es imposible e indeseable por razones históricas y sociales. Bien apunta Patricio Pron en la revista Jot Down:
los argentinos —y en general los hinchas del fútbol— más bien aman a Maradona debido a que sus excesos, accidentes y caídas reflejan lo que desean creer: que la posesión de un talento lleva a la condenación del sujeto que lo posee y que, por consiguiente, es mejor no esforzarse.
Por mi parte, especulo que lo hizo por Rosario, sus viejos amigos del barrio, las maestras y los entrenadores. Pero más que nada lo hizo por su abuela materna Celia, a quien a la fecha le dedica cada gol con los dos dedos índices elevados al cielo.
No importa que no haya podido verlo consagrarse en el futbol mundial como el más grande de todos los tiempos. Seguramente esa mujer que convenció al entrenador para que lo dejara jugar con tan sólo cinco años de edad y aquellos partidos en el potrero de Grandoli donde Celia le gritaba “demuestra, Leo, demuestra, demuestra” son la razón más poderosa que tiene para jugar con la selección. A pesar de las derrotas y las puteadas de la prensa, “fracasar” con ese jersey albiceleste significa regresar por un instante a esas tardes en las que su abuela lo llevaba de la mano a los entrenamientos. No cabe duda de que por eso, y quizá por las milanesas napolitanas, Celia fue la más importante influencia de Messi, aun cuando falleció antes de que éste cumpliera los doce años de edad. Quizá esta mujer sea la verdadera razón por la cual decidió no jugar con España. Porque seguramente su abuela estaría sentada en las gradas de argentina, tal y como hacía cuando Leo jugaba en Newell’s Old Boys. No importa que ahí apenas y cupieran cincuenta personas. Ni siquiera cien mil aficionados coreando tu nombre en el Camp Nou puede compararse con el calor que brindan al pecho las porras de tu abuela.
No cabe duda de que quienes amamos el futbol somos unos sentimentales. Bebemos del abrevadero de la memoria sin empacho. Incluso el más grande de todos los tiempos. Por algo se casó con su novia de la infancia eludiendo un océano intercontinental, por algo ha declarado varias veces que sueña con regresar a Argentina para retirarse con Newell’s Old Boys y por algo juega con la albiceleste. La razón es la de siempre: cierta gente del barrio, las milanesas napolitanas, los alfajores y tres o cuatro calles de Rosario. Si Leo se levantó a pesar de haberle gritado a los cuatro vientos “ya está, para mí la selección se terminó. La peleé mucho, lo intenté, ya son cuatro finales, no pude ganarlas”, fue porque su abuela también le dijo de niño que jamás se debía de rendir. No por la plata ni porque haya que ser alguien en la vida; mucho menos porque tenga que ser el mejor en lo que haga, sino porque patear el balón sólo por patear el balón es algo que siempre valdrá la pena. De eso se trata el futbol como tantas otras cosas en la vida: de pasearse por las calles del barrio mientras regresas del colegio correteando una lata, de saborear a la hora de la cena la comida de la abuela o de compartir un asado con los amigos mientras contemplas cómo Messi disfruta y sonríe sobre el césped.
En realidad especulo desde el inicio y hablo por hablar, pero al menos estoy seguro de una cosa: Lionel Messi no se arrepiente de volver a vestir la playera de su selección después de cada derrota y posiblemente nunca lo hará. Si lo hace es porque hay cosas más allá de los títulos, la fama y la gloria. Nunca entenderemos a ciencia cierta qué es, pero al menos Messi sabe desde tiempo atrás que no necesariamente debe haber una razón para sonreír. Y por supuesto que nada tiene que ver con el éxito, con ser el máximo goleador de la albiceleste, los colores de una playera o un trozo de metal codiciado por el mundo entero. Quizá gana tantos partidos semana tras semana sólo porque quiere ver sonreír a su familia e imaginar lo mucho que su abuela habría disfrutado de aquellos fugaces momentos. “And what did you want?”, le preguntó Pep la última vez que se encontraron en Manchester. “To call myself beloved, to feel myself beloved on the earth”, pensó Lionel.
Catar, 22 de noviembre de 2022.
[Nota cuatro años después] De tal modo —dicen por ahí— que ningún mortal debe considerarse feliz con la mira puesta en el último día, hasta que llegue al término de su vida sin haber sufrido nada doloroso. Messi, por ejemplo, al final ganó la Copa del Mundo y yo no pude más que aprender a vivir con eso. Claro que me emocioné hasta el llanto, pero no sabía si reía llorando o lloraba riendo, pues conforme uno crece las emociones se vuelven más sofisticadas. Con la edad aprendemos que una cerveza puede ir más allá del sabor embriagante. Del mismo modo, esta amarga felicidad de haber visto a Messi con tres estrellas en el pecho se vuelve un gusto adquirido. Si sobrevive este texto es porque, siempre lo he dicho, los fifas somos unos sentimentales. Estas palabras no son acaso más que el testimonio de mi propio Messi —cada quien tendrá el suyo—; un Messi que hice mío con cada derrota a lo largo de mi juventud; un Messi que me enseñó todo lo que sé sobre hōganbiiki; un Messi con el que aprendí a apreciar la belleza en la derrota.