La pelota es el pretexto

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Cuando pienso en los romanos y su máxima “mente sana en cuerpo sano”, me pregunto si habrán pensado en una pelota. Perseguir un balón quizá no parece atractivo a primera vista, pero el enfrentamiento que simula la guerra, sí. El equilibrio mente-cuerpo se refleja en la estrategia y la lucha del guerrero que busca vencer al otro. La pelota simplemente es el pretexto.

Ya muchos pensadores han abordado las posibilidades del futbol desde diferentes trincheras. Para algunos representa la guerra; para otros, la identidad. Años antes de que los romanos pensaran en el equilibrio, los pobladores de Mesoamérica ya habían decidido que la pelota y la guerra eran una buena combinación, por eso, en los recuerdos de nuestros antepasados nos encontramos con templos, pelotas de hule y cabezas rodando en el campo de juego o de batalla.

También las cuestiones éticas y morales se reflejan en la cancha, el templo del futbol. Aunque si bien no todos congeniamos con el árbitro, depositamos en él nuestras esperanzas para mediar las pasiones de los jugadores que, en un arrebato de ira, prefieren escapar de las reglas y patear al contrincante. Algunos, como Zinedine Zidane, dejan atrás su legado futbolístico para pasar del juego a la guerra. La final del Mundial de 2006 en Alemania, disputada entre Francia e Italia, quedó marcada por aquel cabezazo que el francés le propinó en el pecho a Marco Materazzi. Ese partido era la despedida del balompié para Zidane, la gran estrella francesa, que anotó un gol al inicio del partido, cuando al séptimo minuto cobró un penal, pero no bastó para el triunfo de los galos, porque unos minutos después los italianos igualaron el marcador. Sin embargo, fue suficiente para que Zidane se llevara el balón de oro, aunque no pudo regresar a la cancha para recogerlo tras su expulsión en el tiempo extra.

Me gustaría pensar que aquella escena del futbol fue un vestigio del antiguo juego de pelota —como cada falta que derriba al oponente—, una manera de recordar los sacrificios y los ciclos de la vida, de tener la certeza de que todo juego es un ensayo de la guerra. De esta manera, mientras unos encuentran que el gol es una obra de arte y el partido de futbol es un ritual, para otros queda recordar a Aristóteles y la catarsis, a la par que sueltan el llanto y piensan en la madre del árbitro tras cada fallo ante una jugada.

Mariana Hernández, Dime quién

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El “No era penal” es una de las tragedias futbolísticas más relevantes de los últimos tiempos en México, un lamento que quedó marcado en la memoria mundialista, reafirmando la identidad nacional desde la unión. Durante el Mundial de 2014 en Brasil, mientras se jugaba el tiempo extra en el partido de octavos de final para pasar al tan esperado quinto partido —al que México siempre busca llegar como si se tratase de la final—, sucedió uno de esos momentos inolvidables. México disputaba el partido contra Países Bajos. El marcador señalaba un empate de tan sólo una anotación para cada país. Era el primer minuto del tiempo extra cuando Arjen Robben ingresó al área con la pelota, Rafael Márquez buscó la defensa al lanzarse sobre el balón, pero encontró el pie del neerlandés, quien exageró la caída para llamar la atención del árbitro. Robben, durante esos segundos, pasó de ser futbolista a convertirse en clavadista profesional. El juez, sin pensarlo, señaló la falta y marcó el tiro penal. Klaas-Jan Huntelaar fue el encargado de ejecutar la pena máxima y anotar el gol que condenó a la selección mexicana. Ya el Batuta Vidali, un entrenador de futbol encarnado por Guillermo Francella en la película Rudo y Cursi, había sentenciado que “penalti significa castigo: el castigo suele ser sólo para uno, para el que falla; el que acierta se cubre de gloria”. Huntelaar le dio el paso a cuartos de final a los neerlandeses y Guillermo Ochoa recibió las mentadas de madre que anteriormente le dedicaron al árbitro.

Sin duda, el futbol es una religión, no por nada figuras como la de Maradona se han consagrado como santos populares. El Batuta Vidali afirma “qué fácil sería si al nacer uno pudiera identificar la diferencia entre pasión y talento: es la misma diferencia que existe entre un hincha y un crack; entre adorar y ser adorado”. En 1998 se fundó en Argentina la iglesia maradoniana a manos de los seguidores del astro albiceleste. Su defensa de la fe es insuperable: si se les pregunta cuál es la diferencia entre los católicos y los maradonianos, responden con una felicidad definitiva que por lo menos ellos tienen la certeza de que Maradona existió. Con la misma pasión que el deporte genera, Juan Villoro le respondió con una excelente jugada a Nietzsche. Si el filósofo alemán proclamó la muerte de Dios, el polígrafo mexicano respondió que no ha muerto, existe y es redondo. Tal vez los sabios que pensaban en el movimiento de la Tierra en realidad tenían los ojos fijos en una pelota.

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El domingo 22 de junio de 1986 se jugó en el Estadio Azteca el partido de cuartos de final del Mundial de futbol en México. Argentina se enfrentó a Inglaterra en búsqueda de la revancha: cuatro años antes se enfrentaron en el campo de batalla en la terrible guerra de las Malvinas. Argentina perdió el combate ante uno de los últimos y más importantes rastros del imperialismo europeo en Latinoamérica, y las relaciones diplomáticas entre ambos países cesaron. Sin embargo, aquel domingo se verían las caras en otro campo de batalla.

La guerra de las Malvinas es un pasaje triste en la historia. Estas islas, ubicadas cerca de las costas argentinas, son un territorio perteneciente a la corona británica. En 1982, con un movimiento militar, Argentina pretendía tomar las islas para recuperarlas. Sin embargo, los soldados que regresaron de aquella incursión cargaban a cuestas la derrota y los estragos de la guerra: sin piernas o sin brazos, se lamentaban con rencor por habitar ese país. No por nada en “La casa desaparecida”, Fito Páez cantaría: “que la guerra está perdida / y de esto ya hace tiempo / y esto todos lo sabemos, / ¿qué le vamos a hacer?”. La única esperanza estaba depositada en el futbol. Si su ejército había fracasado, la selección no lo haría. Sobre todo porque tenía al mejor jugador del mundo: Diego Armando Maradona. La selección argentina tenía todo para levantar la copa, conquistar la gloria y darle a los argentinos la felicidad que se merecían. Era una venganza justa.

El partido arrancó, como dice Andrés Burgo, “con una jugada que nadie recuerda”. ¿Qué no así comienza la vida siempre? Esa tarde sucedió algo realmente maravilloso. El primer gol es impresionante por su cinismo y su grandilocuencia: Diego, brincando junto con el portero, levanta la mano para llevarla al rostro y empuja la pelota para anotar el primer gol del partido. La afición estalla entre la alegría y el coraje. Mientras los argentinos se desgarran la garganta gritando el gol, los ingleses maldicen a los pibes. La escena es tan hermosa que pareciera que sigue ahí, como dice Osvaldo Picardo, mantenida en el aire, suspendida en el tiempo, como “un músculo contraído por la guerra y la derrota”. Los ingleses le reclaman al árbitro la falta, pero a Diego no le importa porque está jugando bajo la misma dinámica que los conquistadores. Pareciera que la respuesta es que si los ingleses robaron las islas, qué más da que los argentinos roben un gol.

Apenas cuatro minutos después ocurrió otra escena que quedó grabada para siempre en la historia del futbol. El escritor mexicano José Eugenio Sánchez, en su poema “Los últimos 45 metros”, recrea la impresionante carrera de Maradona controlando el balón para anotar uno de los mejores goles de todos los tiempos. Valiéndose de la página en blanco como una cancha, y trazando palabra a palabra cómo la pelota rueda, el poeta dibuja el recorrido del jugador argentino que dribló a medio equipo inglés para terminar con un gol maravilloso.

Además, en la misma dinámica de la carrera que se torna una escena impresionante, narrarla es también una jugada igual de vertiginosa. La narración que hizo Víctor Hugo Morales, el periodista uruguayo radicado el maravilloso gol del siglo; en ella escuchamos la emoción desbordada ante una jugada sin comparación y que aseguró la copa del mundo. Es el gol del siglo y sin duda se tiene que narrar como tal:

Ahí la tiene Maradona, lo marcan dos; pisa la pelota, Maradona, arranca por la derecha el genio del futbol mundial, y deja al tercero y va a tocar para Burruchaga. ¡Siempre Maradona! ¡Genio, genio, genio! ¡Ta, ta, ta, ta, ta! ¡Goooooool! ¡Goooooool! ¡Quiero llorar! ¡Dios Santo, viva el fútbol! ¡Golazooooooooo! ¡Diegoooool! ¡Maradona! ¡Es para llorar, perdónenme! ¡Maradona, en una corrida memorable, en la jugada de todos los tiempos! ¡¡¡Barrilete cósmico!!! ¡¿De qué planeta viniste para dejar en el camino a tanto inglés, para que el país sea un puño apretado gritando por Argentina?! Argentina 2. Inglaterra 0. ¡Diegol, Diegooooool, Diego Armando Maradona! Gracias, Dios, por el fútbol, por Maradona, por estas lágrimas, por este Argentina 2, Inglaterra 0.

Inglaterra anotaría un gol sólo para no despedirse con el terrible cero de la indiferencia. Era una revancha ante el primer gol, el robado. Sin duda la gloria esa noche fue para Argentina y para Diego Armando Maradona, que se llevó el balón de oro. Finalmente, como dice Osvaldo Picardo: “Después fue otro día, apenas salió el sol / y se habló de la trampa y hasta de dios”.

Mariana Hernández, Káiser

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El gol, dice Martín Caparrós, “ese rayo de explosión y regocijo, se ha transformado en un momento de la duda, y es horrible”. Tiene razón, definir el resultado de un partido en una tanda de penales, en la tensión máxima, es atroz. Tras un empate, Argentina y Países Bajos disputaron el pase a semifinales en un mano a mano de tiros desde el punto penal en el Mundial de 2022 en Catar. Aquel partido es conocido como la Batalla de Lusail. El enfrentamiento fue feroz, una lluvia de tarjetas de amonestación y de expulsión —dieciocho amarillas y una roja— lo convirtió en récord mundialista. La rivalidad de estos equipos se venía cultivando desde varias décadas atrás. Los argentinos y los neerlandeses se enfrentaron durante la final del Mundial de 1978 en Argentina, donde la selección albiceleste se coronó con su primer campeonato, en casa, acompañada de Gauchito —la mascota oficial— y del Adidas Tango —balón que hizo su aparición para aquella edición—. Argentina, por un momento, concentró las miradas de los mexicanos que buscaban venganza por el penal que los neerlandeses anotaron para condenar a la selección tricolor.

El primer gol de aquel encuentro corrió por cuenta de Nahuel Molina, tras una asistencia de Lionel Messi, que se filtró entre media docena de jugadores neerlandeses. Rumbo al final del primer tiempo, los ánimos se comenzaron a calentar, provocando la primera tanda de amonestaciones. Para el segundo tiempo, con la tensión en cada jugador, vino el segundo gol argentino en un penal cobrado por Messi, heredero de Maradona. La selección de Países Bajos comenzó a presionar y en el minuto ochenta y tres, Wout Weghorst, quien había sido amonestado en la banca durante el primer tiempo por los enfrentamientos que se suscitaron, anotó un gol de cabeza. Ya para entonces el árbitro había separado en varias ocasiones a los jugadores en conflictos que amenazaban con escalar en una disputa mayor. Pero lo inevitable sucedió: tras una falta de Leandro Paredes sobre Nathan Aké, el argentino pateó la pelota al banquillo neerlandés, por lo que los jugadores invadieron la cancha y comenzó una disputa entre ambas escuadras.

Tras frenar este conflicto, el árbitro español Antonio Mateu Lahoz añadió diez minutos al juego. Cuando el partido estaba por finalizar, en el último minuto, se cobró un tiro libre que se filtró entre la defensa argentina, para que Weghorst realizara la segunda anotación. Ya para el tiempo extra la situación era insostenible, con acercamientos peligrosos al área por parte de ambos equipos, y con un juego precavido para evitar otra tarjeta que derivara en una expulsión. Así, el partido se fue a penales y el neerlandés Dumfries fue expulsado durante esta disputa mano a mano tras una confrontación con los jugadores y el árbitro. El Dibu Martínez, arquero argentino, atajó dos tiros al arco, lo que permitió que Argentina ganara el encuentro.

Sin duda alguna, el partido fue complicado. El narrador estaba al borde del llanto cuando dieron el silbatazo final. “¿Qué te hemos hecho, Dios, para que en la victoria suframos tanto? Pero ya está. Ganamos. ¿De qué otra forma podría ser? El destino no lo escribimos nosotros, el destino lo escribe Dios. Y no está demás recordarles que Maradona está a la derecha del Padre”, sentenció el cronista deportivo, satisfecho. Se trataba de su oportunidad para volver a levantar la copa del mundo después de treinta y seis años. Tras el partido, mientras un medio de comunicación entrevistaba a Messi, Weghorst se acercó, lo que provocó una viral respuesta por parte del delantero argentino: “¿Qué mirás, bobo? ¿Qué mirás, bobo? Andá, andá pa’ allá, bobo. Andá pa’ allá”, condenó, con la mirada fulminante.

En semifinales, Argentina venció al equipo croata con tres anotaciones a cero. En la final, se enfrentó contra Francia y salió victoriosa, con una revancha ante la historia para refrendar su campeonato como en el Mundial de México en 1986. En este partido, el francés Kylian Mbappé se lució con un triplete —algo que no sucedía desde el Mundial de Inglaterra en 1966—, mientras que las tres anotaciones argentinas fueron por parte de Messi —con dos tantos— y Ángel Di María. Otra figura que sobresalió fue la del Dibu Martínez, quien realizó una atajada maravillosa, cuando se encontraba frente a frente con Kolo Muani, lo que sumado a su desempeño en el partido ante Países Bajos le valió el guante de oro, aunque su lamentable celebración levantó muchos cuestionamientos. Mbappé, por su parte, se llevó la bota de oro como máximo anotador del torneo. De nueva cuenta, el partido se resolvió en penales. La tensión fue digna de una final mundialista. En ese partido no hubo mano de Dios, goles memorables ni cabezazos. Lionel Messi levantó la copa y se llevó su segundo balón de oro. Francia no logró levantar, de manera consecutiva —tras coronarse en el Mundial de 2018 en Rusia—, la copa mundialista.

Tristemente, al Mundial de 2022 lo empañó una serie de polémicas. Primero, Catar es un país sin cultura futbolera, y en 2013, la revista France Football dio a conocer información sobre irregularidades al interior de la FIFA para que Catar se hiciera con la sede. Además, es un país con un historial de represión y violación de derechos humanos, y durante el Mundial se prohibió cualquier expresión de apoyo a la comunidad LGBTQ+. También fueron denunciadas las condiciones laborales de trabajadores migrantes que participaron en la construcción de los estadios —demostrando su nula tradición futbolística— y la muerte de diez mil trabajadores.

5

Dicen que el primer gol de la historia
fue cuando un soldado pateó con rabia
la cabeza degollada de un enemigo caído.

También dicen que las peores batallas
se han dado entre hermanos:
Caín mató a Abel;
Etéocles y Polinices
acabaron el uno con el otro;
Rómulo asesinó a Remo para fundar
un imperio sobre las ruinas de su sangre.

Por esa razón, Beto y el Tato Verdusco
pelearon a muerte por el amor a la camiseta
como una forma de pelear por el amor a la madre.

Al menos así lo sentencia
el actor argentino Guillermo Francella
en la película Rudo y Cursi.

Debe ser terrible, dice el Batuta Vidali
cuando narra la historia del primer gol.

Terrible para el arquero,
sentencia quien le contó,
pero para el delantero fue la gloria.

La imagen es, por sí misma, atroz:
toda guerra es cruel y sin embargo
todo juego es un simulacro de guerra.

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El Mundial de 2026 empezará en un momento complicado en la agenda global. México, Canadá y Estados Unidos serán la sede en medio de crisis de violencia y represión, así como tensiones diplomáticas. Pero, al menos, pensemos que ahora las canchas mexicanas esperan, por tercera ocasión, la pasión que genera el futbol, las jugadas maravillosas y los actos no tan ejemplares pero que quedan para siempre en la memoria. Ojalá lleguemos al quinto partido. Ojalá existieran más torneos de futbol y menos guerras.

Mariana Hernández, Carta a mi papá N° 7
Mariana Hernández, Carta a mi papá N° 7