Llamada entrante

Cuento: Segundo Premio

Como el hombre no contestaba, Manuel aprovechó para acomodarse los audífonos y el micrófono. Pudo imaginarlo en un cuarto con el techo bajo, sentado en su sofá, solo. Sacó el teléfono de su pantalón para ponerlo sobre el escritorio, tenía un mensaje: Gris ya va a salir. Su camisa ya estaba sudada y apenas iban a dar las nueve de la mañana. Los demás tomaron sus respectivos micrófonos, encorvados sobre los cubículos. Al acomodarse el fleco, sintió el cabello un poco graso, no pudo recordar si se había bañado la noche anterior o no. Puso el café a un lado y de sólo verlo le ardió el estómago.

—¿Señor Emilio? —El silencio siempre era la respuesta inmediata— ¿Qué ha pensado? ¿Recuerda que teníamos cita para hablar de la velocidad de su servicio de internet? —Manuel lo imaginó escondido debajo de la mesa, como un animal asustado. —Mi tele no se ve bien, hijo.

A Manuel le costó concentrarse, sentía una presión en el pecho, sólo dos veces en la vida se había sentido así; una, la mañana en la que le dijeron que Gris, su hermana, no iba a volver.

—Entiendo, señor —Sintió la vibración en el escritorio, al encenderse la pantalla vio el nuevo mensaje de su madre: Ya vamos de salida. Le empezaron a temblar las piernas—, así que le vuelvo a comentar que podemos agregar más megas de velocidad.

—Pero ¿cómo?, ¿vendrán a cambiar el cable?

Manuel pensó en su propia casa, en su habitación, en cómo sus padres sacaron sus cosas tan de repente, pintaron las paredes de blanco y acomodaron una cama distinta, sábanas nuevas, un microondas y una mesa. “A lo mejor la tienen que dializar en casa, se necesita un cuarto pequeño, hay que prevenirnos”. Ése, el cuarto más pequeño de todos, era el suyo.

—No, señor, para que reciba la mejora en su servicio sólo es necesario cambiarlo de promoción, así se aumentarán los megas a su paquete de internet. —La segunda vez, cuando ella misma, Gris, llamó para avisar que estaba por morir y que, al final, sí regresaría a casa—. ¿Señor?

“Ven aquí, ven, ándale”. La voz del anciano era una súplica tierna. ¿Dónde estuvo su hermana todos esos años? Siempre fue un misterio, no sólo para él, para toda la familia; sólo hasta su regreso supieron que se había escapado con su novio y que había trabajado en una fonda, una historia tan trivial que a Manuel se le antojó injusto todo lo que pasaron sus padres y él desde que se marchó porque, finalmente, sus padres no volvieron a ser los mismos.

—¿Señor?

—¿Y la tele funcionaría bien, hijo?

Le dio la impresión de que hacía mucho tiempo que el hombre no pronunciaba esa palabra, le gustó escucharla, aunque fuera de un desconocido. Se sintió culpable porque en el fondo sabía que los descuidos en su casa no eran a propósito, sólo una consecuencia del mal sueño, de la mala comida y la decepción. Él pudo entenderlo porque Gris era la primogénita y de eso se trataba tener hermanos, regaños y castigos en cadena, no conocía otra cosa, siempre habían sido Gris y él, “el pilón”: al ser el menor, nació con ella, como nacer con la nariz grande o los riñones pequeños.

—Claro, será más rápida, ¿quiere que le active el nuevo paquete? —Podía sentir la liberación de una nueva venta pero como por reflejo.

—Y el cable, ¿no le hará daño a mi gata? La respiración de Manuel se cortó. “Si dializan a Gris aquí, no podrá haber gatos, ni perros, ni aves”. Pero no había nada de eso, sólo Gasa. Al soltar la frase, su madre no lo vio a la cara, ni siquiera cuando Manuel le preguntó qué pasaría entonces con la pequeña gata. “Si no quieres que se vaya a otro lado, habrá que llamar a un veterinario”. Supo a qué se refería.

—¿Manuel? —La forma tan familiar de llamarlo hizo que se le llenaran los ojos de lágrimas—. Es que a veces muerde las cosas.

Recordó el día del rescate, Gasa tenía la pata hinchada de pus, el pelo sucio y los ojos entrecerrados. Ya la había escuchado pelear en las noches, pero Manuel siempre supo que sólo se defendía. Gasa estuvo hospitalizada tres noches en aquella ocasión y él no dejó ni un minuto de sentirse acorralado: el veterinario le dijo que tenía que ir a sus visitas a tiempo y la gerente de ventas se rio en su cara cuando solicitó permiso, “los animales no son personas”, lo mismo que pensaban en su casa, por eso no les sorprendió cuando Manuel les dijo que no había encontrado un nuevo hogar para Gasa. Aquella ocasión, de todos modos, Manuel registró su primera falta; en seis años de trabajo sólo tenía dos.

—No le hará ningún daño, la mejora no será física, sólo realizaré un cambio de servicio desde mi computadora.

Su celular vibró de nuevo, en el fondo de pantalla vio los ojos amarillos de Gasa y a la altura del hocico un nuevo mensaje de su mamá: Ya me inscribí al curso para preparar la diálisis, busca al veterinario. Bloqueó la pantalla.

—¿Señor? Le daré un momento para pensar y volveré a atenderlo.

Puso el mute y se dejó caer en la silla, ¿qué veterinario estaría dispuesto a dormir a un gato perfectamente sano? Quizá algún “profesional” clandestino o alguien mucho peor. Con la boca completamente seca, se puso el café en los labios, el calor le perforó el estómago. Volvió a activar el micrófono y le preguntó al hombre si ya lo había pensado. El sudor le escurría por las manos, las observó, llenas de rasguños y mordidas poco profundas, ninguna dejaría cicatriz; no eran manos de telefonista, eran de veterinario. 

—Sí, no creo que sea seguro para mi gata, pero muchas gracias.

El manual decía que no lo dejara ir, que debía volver a explicarle todo. No cuelgue. Manuel sólo quería que lo llamara hijo de nuevo.

—Entiendo su preocupación, señor, pero le aseguro que su mascota estará bien, ¿cuál es el nombre de su gata?

Lograr familiaridad era uno de los pasos fundamentales, ganarse la confianza del cliente.

—Se llama Estela.

—La mía se llama Gasa —Necesitaba hablar de ella, que alguien escuchara con alegría sobre sus ronroneos, su gusto por ver a los pájaros desde la ventana y su afición a sentir el aire en la cara—, tiene nueve años conmigo.

—Espérame tantito, hijo, tengo que darle su medicamento.

Manuel lo imaginó dejando el teléfono en la mesita de noche, moverse lentamente. “Ven aquí, chiquita, o vas a recaer”. A Manuel se le aceleró el corazón, no se escuchaban más ruidos en la casa, parecía que sólo estaban ellos dos, ¿y si Gasa pudiera hacerles compañía? Si el hombre estaba dispuesto a cuidar a un gato enfermo, quizá podría vigilar a Gasa, así, si la gata falleciera, el anciano no se quedaría solo.

Trató de no pensar en poner una vida sobre la otra, pero era imposible. Gasa estaría bien, eso era lo más importante.

—Ya volví, hijo, discúlpame, mi Estela está enferma, le dio leucemia como a mi esposa.

—No se preocupe —A Manuel solía irritarle que le dieran vueltas a todo, pero hoy no—, parece usted muy atento con su gatita.

Su segunda falta fue el día que llevó a Gasa a la campaña de esterilización, se lo pidió a sus padres, primos y tíos, a todos, en esa casa siempre había un alma, “hay que ayudarnos”, eso le habían dicho toda su vida, para eso eran las familias, para eso las reuniones y el alcohol, que Gris nunca dejó de consumir por completo, a pesar de que ya la habían diagnosticado. Nadie pudo. Se formó con la jaula toda la mañana y le descontaron el día.

—Es mi única compañía, le puse como mi difunta esposa porque no dejaba de llamarla así, siempre traía su nombre en la cabeza.

—Señor, me permite un momento, hay una pequeña falla en el sistema.

Pulsó el mute para que el anciano no pudiera escuchar su respiración. Al silenciar la conversación, inició su cronómetro, los diez minutos empezaron a correr en cuenta regresiva, diez minutos era lo reglamentario para tomarse un respiro durante la jornada de seis horas, podía hacer lo que quisiera: ir al baño, fumar, tomar agua. Cuando recobró la movilidad en las piernas quedaban siete minutos, corrió al baño a mojarse la cara, al terminar, se sostuvo del lavabo, desde la coladera le llegó un olor a perro muerto y las arcadas hicieron que le ardiera aún más el estómago. Se vio las ojeras en el espejo, no había dormido desde que le dijeron que Gasa tendría que irse, no, desde que les hicieron la prueba de compatibilidad para el trasplante, no, desde el diagnóstico, no, desde que Gris regresó a casa. Sabía que era su obligación amar a su hermana, pero verla entrar al cuarto, el que él había ocupado en su ausencia, y acomodar su ropa como si esos trece años no hubieran pasado, le agrió la boca; por eso Manuel mudó sus cosas al cuarto más pequeño porque “él está solo”, porque los animales no son personas, no son hijos, no son hermanos. Sacó el celular para releer los mensajes: No puede haber gatos, ni perros, ni aves. Busca al veterinario. Corrió a vomitar.

Al volver a su cubículo, con apenas un minuto de sobra, la llamada estaba activa. Manuel volvió a pensar en las adopciones, no, Gasa en manos de quién sabe qué lunático, imposible, ella no había conocido otro patio, a otras personas. Podía dejarla en un refugio en el que quizá no la alimentarían, en el que iban a tenerla encerrada. Recordó de nuevo el día del rescate, sus enormes pupilas por la anestesia, su cabello naranja completamente sucio, cómo no sintió la inyección porque, según dijo el veterinario, su cuerpo estaba acostumbrado al dolor. Conocía más a Gasa de lo que conocía a su hermana, se convirtió en su único consuelo, en una curación. ¿Podía llevarla con él, con el hombre al otro lado de la línea?

—Estoy de nuevo con usted, señor.

Manuel buscó en la pantalla la dirección del hombre: aunque no era precisa, sí daba una idea de la zona, el anciano no estaba lejos, si la dejara ahí, podría ir a verla de vez en cuando, los fines de semana.

—¿Señor?

A Manuel le empezaron a temblar las manos, si Griselda se hubiera quedado allá en dónde estaba, si no hubiera ignorado su tratamiento, si sus padres hubieran terminado la carrera y tuvieran seguro, si no lo hubieran obligado a hacerse la prueba de compatibilidad, si hubieran hecho la dieta para donarle alguno de ellos el riñón, si no hubieran sugerido que él lo donara, si las complicaciones no pudieran conducir al fallecimiento del donante o a la hemorragia o a la embolia pulmonar, al daño intestinal y al ataque al corazón, si no le hubiera dado tanto miedo, si no lo hubieran corrido cuando no quiso hacerlo, si hubieran podido hablar del tema después, si él no fuera tan joven. 

Quédese a Gasa, por favor. En cuanto contestara, se lo pediría, mejor a él que a las decenas de números en su teléfono; después de todo, nadie la había querido. Sintió la mirada de la gerente en el cuello. Su celular comenzó a vibrar con mensajes seguidos, frenéticos, imaginó a Gris en una emergencia, con un tubo saliendo de la garganta, acostada inconsciente, con una sábana blanca cubriéndole la cara, luego una gruesa, sólida, de cemento. Sintió un profundo alivio que trató de callar con café, hacía tiempo que ya no estaba seguro de si tenía que perdonar o ser perdonado.

—¿Señor?

Puso mute y escondió la cara entre las manos, nadie lo volteó a ver, esas reacciones no eran nada nuevo, señor, señor, señor, señor, no escucharlo hacía todo mucho más horrible. Lo aliviaba no poder colgar, colgar es causa de reporte, lo esperaría toda la mañana de ser necesario. Gasa era su compañera, era quien se recostaba en sus piernas en las noches, era a quien miraba dormir, quien lo necesitaba, la que se iría con él a un departamento en cuanto pudieran, ella y nadie más. Nadie merecía saber por qué decir que Gasa y él se habían rescatado uno al otro era poner en palabras demasiado simples lo sucedido, un intento burdo por explicar para que los demás entendieran, pero no lo harían.

“Pausa activa”, la gerente se escuchaba alegre. Vio a todos ponerse de pie, dejar el largo escritorio dividido en diez secciones, corrales en un refugio para animales, no quería quitarse los audífonos, pero se paró frente a su espacio. No podía dejar de ver la pantalla y el micrófono, ¿y si el anciano, al no escucharlo, colgaba? Esperó un minuto y finalmente dejó los audífonos y el micrófono sobre el escritorio. “Toquen sus tobillos”, mientras estaba en esa postura, le pareció escuchar que el anciano lo llamaba, quiso tomar el micrófono, pero era como si alguien lo estuviera inmovilizando por el cuero. ¿Y si colgaba? “Troten un poquito en su lugar”, escuchó los zapatos planos, las suelas de goma, los tacones: parecía que los pasos se acercaban más y más rápido, como persiguiendo un auto en la carretera o huir luego de abandonar al gato en una caja frente a la puerta de un desconocido.

“Antes de volver a su trabajo, dense un fuerte abrazo a ustedes mismos”. Manuel pensó en ignorarla y retomar la llamada, pero la gerente ya estaba detrás de él. “Abrázate, Manuel, vamos”. Lo tomó por la espalda y lo enredó con sus propias manos, era como tener una camisa de fuerza. Manuel trató de ver en la pantalla si la llamada seguía activa, pero no pudo. Señor, ¿cuidaría usted a Gasa? “Muy bien”, lo soltó para dar un par de aplausos, “pueden volver a trabajar”. Manuel se abalanzó sobre el micrófono y se puso los audífonos.

—Señor, lo lamento, sigo con usted.

El silencio seguía activo, volvió a recargarse en la silla, los teclados, las plumas y el garrafón de agua llenaban el ambiente. Bebió el café frío mientras preparaba el discurso, tenía que convencerlo. ¿Señor? Repasó el manual, no podía dejar que colgara. ¿Señor? Vibró su celular.

Era Gris: Manuel, mamá ya me dijo lo de Gasa. Había esperado al menos un mensaje de disculpa, una plática para intentar que conectaran de nuevo después de una vida separados o que dijera algo sobre Gasa y su partida, cuánto lo lamentaba, pero nada de eso. Cuando iba a contestar el mensaje, escuchó a alguien del otro lado de la línea.

—¿Bueno? ¿Bueno? —Lo sorprendió escuchar la voz de una mujer, confirmó en la pantalla que no fuera una llamada distinta.

—Buen día —Buscó el nombre del titular, se aferraba a la llamada como si al hacerlo pudiera salvar una vida, pero, ¿la de quién?—, estaba hablando con el señor Emilio…

—El señor se quedó dormido. ¿Quién habla?

—Mi nombre es Manuel Jiménez —Necesitaba que la vida fuera distinta, que tuviera posibilidades, al menos para Gasa—, yo…

—Dígame, en qué puedo ayudarle, Manuel.

Manuel supo que sería más fácil convencerlos en persona; en cuanto vieran a Gasa ahí, en la transportadora, ya no habría opción: no podrían rechazarlos si los veían a la cara. Estela sería la nueva amiga de Gasa, incluso era capaz de ayudar al anciano con ambas gatas, pero para llegar a eso era necesario mentir, obtener la dirección del hombre.

—Sí, lo que pasa es que don Emilio quedó en cuidarme a mi gata y quisiera saber cuándo se lo puedo ir a dejar.

Bajó el tono de voz, aunque nadie parecía estar prestando atención, entrelazó los dedos debajo de la mesa.

—Si pudiera darme la dirección, por favor…

—Ay, muchacho, tú que le crees a don Emilio.

Se le fue de nuevo la respiración. Cuando la foto de Gasa volvió a aparecer en la pantalla, se llevó las manos a la nuca.

—Señora, me da mucha pena, es que en eso habíamos quedado —ganarse la confianza, no dejarlo ir por nada del mundo, evitar a toda costa que cuelgue—, ¿no será posible?

Se olvidó de en dónde estaba, del manual, de la gerente, de las personas a su alrededor.

—Él no se puede ni cuidar solo, a la gata la cuido yo.

—No será mucha molestia, mi gata duerme casi todo el día, le juro que…

—No, muchacho —Manuel muteó la llamada, quería arrancar el micrófono y los audífonos, pero sentía que su cuerpo ya no era capaz de responder—, lo hago por orden de su hijo y sólo mientras hago el quehacer. Ya nada más están esperando a que se muera.

Estaba acostumbrado a descifrar lo que la gente quería decir según su tono, pero no supo si se refería al señor o a la gata.

—No les gustó nada que le pusiera el nombre de la señora Estela — Quiso atravesar la línea, sacudir al señor por los hombros. Despiértelo, por favor, ya habíamos quedado en eso.

—¿Muchacho? —Manuel dejó que lo oyera respirar, ya no podía despegar los labios— Discúlpame, muchacho, pero me tengo que apurar.

Y sin más escuchó de nuevo, uno a uno, los tonos de llamada, se sentían como latidos, como si su ritmo tratara de reanimarlo. Antes de cerrar la ventana con la información del señor Emilio, marcó la casilla “el cliente no requiere el servicio” para que saliera de la lista de llamadas pendientes. No volvería a hablar, no más oportunidades. No puede haber gatos, ni perros, ni aves. Busca al veterinario. Los animales no son personas, claro: Gasa jamás lo hubiera hecho elegir entre una vida y otra. Tomó su celular, lo último que podía hacer era evitarle el susto de encontrarse en una nueva casa con personas extrañas, evitarle las preguntas que no sabía si los animales se hacían: ¿en dónde está él?, ¿en dónde estoy?, ¿por qué me dejó aquí? Prefería ver a Gasa dormir tranquila, un sueño sin enfermedad, sin fiebre, sin alucinaciones, sólo evitarle el dolor, quedárselo todo para él, eso era lo único que podía hacer por ella. Abrió la conversación con Griselda. Busca tú al veterinario, Gris, por lo menos eso.

El mensaje tardó en ser leído y Manuel apagó el teléfono en cuanto vio que su hermana estaba escribiendo.

Las siguientes tres llamadas colgaron apenas Manuel dijo su nombre, como si les diera asco, como si supieran lo que estaba a punto de hacerle a Gasa, pero nadie merecía saber: se habían rescatado uno al otro, pero nadie lo entendería.

—Buen día, señor, nos comunicamos de su servicio Telmex, habla alguno se convirtiera en cicatriz—. ¿Cómo se encuentra el día de hoy? Manuel Jiménez. —Vio sus manos, llenas de rasguños, y pensó que ojalá alguno se convirtiera en cicatriz— ¿Cómo se encuentra el día de hoy?