Los Ocho

En Copilco todos han oído hablar de Los Ocho. Cuando recorren las calles, se separan en grupos, van de a tres, de a cuatro, a veces en parejas, pero jamás solos. Las señoras de la colonia dicen que son violentos, que les gusta amedrentar. Algunas incluso han dejado de salir a pasear a la calle y las que aún lo hacen, toman extremas precauciones. Se fijan en el reflejo de los coches estacionados en las esquinas para ver si por ahí viene alguno de ellos. Si escuchan algún ruido entre los autos, acortan la correa de sus perritos blancos con suéter y cambian de ruta hacia el otro lado.

Los Ocho recorren el barrio de inicio a fin y lo conocen mejor que nadie. Entran por Cerro del Agua hasta Ordóñez y ahí se dividen. Unos dan vuelta hacia Leopoldo Salazar para quedarse un rato afuera de las “Gorditas Miri”, otros siguen derecho hasta la cerrada y se acuestan frente a la Virgen, y los más aventurados se van hasta el camellón de la Delfín Madrigal, donde hay poca sombra, pero más posibilidad de encontrar una bolsa con retazos de pollo. Rutas memorizadas que los hacen dueños de las calles, como si tuvieran un GPS integrado, y de cierta forma, sí lo tienen. Se guían por los olores que no sólo les dicen por dónde ir, también les dicen qué momento del día es: el clutch quemado es mañanero y los taquitos de pastor son la tranquilidad de la tarde noche.

A ninguno de Los Ocho se le ha escuchado ladrar jamás. Los perros callejeros guardan energía para sobrevivir, no hay tiempo ni pulmón para ladrar sin sentido. Para ellos nada es juego, todo es rutina. A pesar de que son silenciosos, tienen mala fama. A nadie le gusta verlos por ahí porque dicen que cuando aparecen todos juntos algo malo va a pasar. El primero es un café grande, imponente. Detrás va una perra blanca con manchas que cojea mucho cuando hace frío. El tercero es tuerto, el cuarto parece viejo pero no lo es, la quinta es una joven hiperactiva y rápida. El sexto es un orejón que parece enterarse del rumor antes de que suene. El número siete es el típico perrito amarillo y el último es tan pequeño que la mayoría lo descubre tarde, tanto que estuvieron a punto de llamarse Los Siete.

Los Ocho perros han aparecido juntos pocas veces, pero suficientes para asociarlos con problemas. Robo, cortón de luz, bronca vecinal, fuga de gas y hasta infidelidades descubiertas.

La primera vez fue cuando don Marco, el de los jugos, los vio parados fuera de su puesto un lunes. Esa noche, grafitearon su cortina. “Casi que le avisaron, don Marco”, dijeron las señoras que barren la banqueta, como si las escobas fueran antenas que captan destinos.

Después doña Mari los vio acostados en la esquina de su casa mientras tendía las sábanas húmedas en la ventana. Al día siguiente su nuera le dejó de hablar. Luego, un choque leve en la esquina. Luego, una pelea entre dos borrachos. Luego, una grieta en la pared que nadie había notado antes.

Los perros detectan hormonas del estrés en humanos y responden con acercamiento, o incluso, elevando también sus niveles de estrés. Así que sus apariciones se podrían atribuir a eso, si no fuera porque, según los vecinos, primero aparecen los perros y después las broncas.

Una tarde, Los Ocho aparecieron juntos frente al puesto de jugos de don Marco, otra vez. Todos acostados, sedientos, pero tranquilos. Ninguno se movió a buscar agua ni sombra. Se aguantaron la resolana del medio día y el efecto del pavimento caliente en sus cojinetes. Los vecinos se miraban de reojo, nadie quería comentar lo que estaba pasando para no hacerlo real.

Esa noche no pasó nada malo. Ni sustos, ni sirenas, ni discusiones. Al contrario. El sobrino del señor Javier apareció después de tres días, sano y salvo. Martín le llevó serenata a Chuy, y los esquites de Pallares vendieron como nunca.

Al día siguiente, Los Ocho amanecieron juntos, pero esta vez no se quedaron quietos. Avanzaron uno detrás de otro hasta conseguir unos trozos de chicharrón prensado que se le cayeron al señor Miguel afuera del puesto de gorditas. Todo siguió como si nada: puestos abriendo, cumbias saliendo de las ventanas, la vida echándose a andar en un barrio que se sentía optimista.

Así como los vecinos comenzaron a confiar en ellos y a agradecerles con comida, sombra y caricias, los perritos comenzaron a acortar distancia. Se dejaron acariciar y tomaron su nuevo papel de cuidadores sonrientes. Los antiguos portadores de malas noticias bajaron la guardia y sonrieron sacando la lengua, se acostaron de panza, vulnerables, y le regalaron pelitos en los pantalones a quien se dejara restregar el lomo y golpear con una sacudida de cola. Los Ocho se acercaron y pagaron el precio de pertenecer, absorbiendo las angustias del barrio: los corazones rotos de los adolescentes, las frustraciones de las señoras y los impulsos violentos de los señores.

Una noche, después de mucho tiempo de tranquilidad, retumbaron en las calles aullidos y ladridos descontrolados. Algunos se asomaron para intentar ubicarlos, pero nadie los vio. El ruido sin precedente de Los Ocho les achicó la panza y resonó en las tripas de todos los vecinos. Nadie supo si las náuseas que sintieron al unísono fueron provocadas por el dolor que se escuchó en los aullidos profundos de los perros, o si fue por miedo a que los ladridos anunciaran el final de la protección.

La vida siguió, volvió a amanecer, la gente abrió sus comercios y los estudiantes llegaron al Metro. Pero una cosa cambió. Los Ocho ya no estaban. El nerviosismo regresó. Sin los perros recorriendo las calles, cualquier cosa podría pasar. En unas semanas, los perros pasaron de villanos a héroes, y en una noche, pasaron de héroes a deidades cuyo regreso mantendría las calles de Copilco a salvo de cualquier problema.

Y mientras la colonia hacía cuentas con el destino, alguien dejó la puerta entreabierta, alguien encendió una veladora, alguien barrió la banqueta mirando al horizonte como esperando una señal.

La sensación era la misma en todos: que el barrio estaba expuesto, que lo malo siempre encuentra camino, que hay silencios más ruidosos que un ladrido, y que en cualquier momento podrían volver. Sólo faltaba ver quién volvía primero: los perros o las desgracias.