Sanchito
Iban a ser las tres de la tarde cuando pasó. Me acuerdo de eso, de que iban a ser las tres, porque más o menos a esa hora es cuando se junta la bola debajo del puente para ver qué se arma luego, si conseguimos algo de lana para tirar cura o toca salir otro rato a buscarle. Yo llegué con Sanchito, como siempre. Ese perrillo feo anda conmigo para todos lados desde que lo encontré todo remojado en la orilla del canal. Era el único que seguía vivo de todos sus hermanillos. Los demás se habían ahogado. Muy apenas alcancé a sacar a Sanchito y después me quedé sin comer un día entero para pagarle la consulta con el veterinario, pero el mendigo se compuso y ya después no se me quitó nunca de al lado.
Pero, como decía, iban a ser las tres y llegamos Sanchito y yo, y ya después fueron llegando los demás: Quique, Lupe, Choni, Lalo, toda la bola.
Estaba lloviendo, también me acuerdo de eso. Caía un aguacero desde el puente como si fuera una cascada toda mugrosa. Ni se veían los baches de las calles de tanta agua puerca que se había dejado venir y los carros pasaban y se caían en los pinches pozos.
Choni y Lupe estaban presumiendo lo que se habían chingado por la mañana: tres celulares, dos carteras y una cadenita de oro. Lalo se había volado el espejo de un carro, pero con tan mala pata que lo habían seguido y tuvo que soltar la pieza por miedo a que se lo atoraran. A mí no me había ido tan mal, pero hubiera preferido salir otro rato a darle antes de que oscureciera, porque desde que Sanchito se me pegó tengo que comprar comida para dos. Y aunque corro a Sanchito y le digo que se vaya a chingar a su madre, el güey se hace menso y me sigue.
Ni modo que lo deje quedarse con hambre. Es feo tener hambre.
De la nada, el Quique se puso a aventarle piedras a Sanchito, a lo mejor porque le gruñó o le tiró una mordida. No sé. Yo le dije:
—Güey, cámara.
Pero para entonces el perrillo ya había salido corriendo y se había metido entre el tráfico de la avenida.
Me fui detrás del Sanchito para ver si lo agarraba, pero en eso se dejaron venir un chingo de carros y no pude pasar. El perrillo llegó al otro lado de la avenida y siguió corriendo hasta bajar al canal. Lo hubiera dejado que se regresara solo, pero como estaba lloviendo me dio miedo que el agua del canal hubiera crecido y se lo fuera a llevar. Tenía que ir por él, ni modo, aunque me mojara todo.
Chingue su madre.
Apenas hubo un huequito entre los carros, me agarré corre que corre que hasta pensé que reconocía el lugar en el que se habían ahogado sus al agua mugrosa. No se movía. Veía el agua, según él bien serio, tanto salté bien abusado. Llegué al canal y encontré al Sanchito parado frente y llegué al otro lado. Un pinche loco casi me atropella, pero ni madres, hermanos.
—Véngase, güey —dije mientras lo cargaba.
Íbamos ya de regreso, saltando los charcos, esquivando las cascadas de agua marrana y los carros que silbaban como locos por todos lados, cuando escuché ese sonido. Un ruidazo fuertote que me dejó sordo por un rato. Después vi el flashazo: todo se puso blanco y luego rojo y naranja. Entonces pensé que era el fin del mundo; ahora sé que fue la pinche pipa: venía cargada de gasolina y, al pasar por encima de un bache que no se veía porque estaba tapado por el agua, derrapó y se prendió todo. Fuego, todo se volvió fuego. Hasta eso, no sentí nada. Uno no siente cuando se está quemando. El putazo llega después. Sobreviví nomás por ir detrás de Sanchito. La pipa explotó encima del puente. Quique, Lupe, Choni, Lalo… todos murieron ahí mero.
Cuando el flashazo pasó y comencé a ver de nuevo, me di cuenta de que todavía iba con el Sanchito en brazos, otra vez corriendo, pero ahora sin rumbo. Sentí un chingo de frío. Volteé a ver y me di cuenta de que ya no traía ropa y la piel se me caía con cada paso.
Alguien se acercó y me quitó al Sanchito de las manos.
—Lo vamos a llevar a un veterinario —escuché que dijeron y después todo se puso negro.
No sé si ya desperté o si sigo dormido, no sé si el accidente ocurrió . hace mucho tiempo o hace un segundo. Lo único que pienso, lo único que espero, es que ojalá sí hayan llevado al Sanchito al veterinario, y que le den de comer, para que no tenga hambre; que sepan que cuando yo vaya por él les voy a pagar hasta la última croqueta que se haya comido el pendejo.