Sedes invisibles
El arraigo es quizás la necesidad más importante
y más desconocida del alma humana.
Simone Weil, La necesidad de raíces

El Mundial del 2026 es, entre muchas cosas, un interruptor. Enciende un reflector de estadio, blanco, frontal, sobre aquello que sucedía pero se había disimulado en la penumbra con eufemismos como “revitalización”, “regeneración urbana”, “puesta en valor”. Antes de que se juegue el primer partido, el espacio urbano ya se ha redibujado en un mapa de zonas “aprovechables”, corredores “en transformación” y edificios que, de pronto, se descubre que valen más fragmentados que habitados de manera continua.
Mi casa entra en ese mapa. Aunque no está cerca del estadio ni forma parte del circuito turístico oficial, tiene el mérito —o el defecto, según quien mire— de haber sido construida en los años veinte con techos de doble altura, esquinas oblicuas que dispersan la luz, ventanales y arcos que conectan cada espacio de la casa. A todos mis vecinos y a mí nos dijeron que no nos renovarán los contratos, incluidas las familias que llevan cuatro generaciones aquí. Lo que nombramos como “casa” y ojalá “hogar”, ahora es común que se nombre como “activo con potencial”, palabras que contienen la promesa de su mutilación, porque lo que tiene potencial se entiende como algo que aún no ha sido explotado en su totalidad y, por tanto, debe ser optimizado, densificado, dividido, reconfigurado para alojar flujos en vez de sostener vínculos. Como señala el geógrafo Luis Alberto Salinas Arreortua, la Ciudad de México se inscribe en un proyecto de urbe “totalmente neoliberal”,1 en el que las políticas y normativas locales procuran condiciones para la inversión privada y la reproducción del capital inmobiliario, independientemente de las afectaciones que esto provoque en quienes ya habitan esos espacios. El Mundial no es la causa de que me saquen de mi casa, lo que el Mundial 2026 hace, como en Sudáfrica 2010 o Brasil 2014, es amplificar procesos que ya estaban en marcha, acelerarlos y darles una nueva legitimidad política.
Van a poner una pared sobre los arcos para dividir el inmueble y hacerlo dúplex. Pondrán tablaroca sobre los arcos que el arquitecto Juan Segura diseñó en 1924 por razones anacrónicas para los tiempos de hoy. El Conjunto Isabel está catalogado por el INBA. Esta catalogación protege la fachada. El interior, no. Esa distinción revela con exactitud qué entiende el Estado por patrimonio. Lo que se protege es la imagen. Lo que se puede fotografiar y puede aparecer en una postal o en una guía turística como “arquitectura histórica de la Ciudad de México”. Lo que pasa adentro, quién vive ahí, cómo vive, qué historia colectiva se ha acumulado, no tiene categoría jurídica que lo proteja. Los arcos van a desaparecer. Los dúplex van a aparecer. El edificio seguirá viéndose igual desde la calle.
Esto es, en miniatura, la lógica completa del maquillaje urbano que acompaña a los megaeventos: la ciudad se prepara para ser vista sin importar cómo es habitada. La diferencia entre ambas cosas es exactamente la diferencia entre el patrimonio tangible y el intangible. Y lo intangible, que no puede tasarse —el tejido social, la memoria colectiva, la red de confianza construida en décadas de convivencia— es precisamente lo que se destruye cuando una familia que llevaba cien años en un lugar tiene que irse porque el propietario quiere aprovechar el momento “global” de la ciudad.
Rebecca Solnit propone pensar la memoria colectiva como infraestructura: el conocimiento acumulado de cómo funciona un lugar, quién sabe qué, qué se hizo la última vez que algo falló. Cuando una comunidad se dispersa, esa infraestructura se destruye. Y a diferencia de un edificio, no puede reconstruirse con presupuesto. En su investigación sobre la gentrificación de San Francisco, Solnit identifica que las primeras en ser expulsadas suelen ser, en muchos casos, las personas que mantenían unido el tejido social. Con esta investigación se pregunta ¿cuántos hilos puedes jalar antes de que el tejido social se desintegre?
El Mundial, como interruptor, acelera procesos que habrían tardado algunos años más en volverse tan descaradamente visibles. La gentrificación asociada a este tipo de eventos, y conviene nombrarla sin eufemismos, no se limita a reorganizar quién puede pagar la renta en un perímetro determinado ni a alterar la mezcla de comercios y servicios disponibles; lo que transforma de manera más profunda y menos visible es la gramática misma de lo común, la sintaxis a través de la cual se organizan y se perciben las relaciones en un espacio compartido. Allí donde antes existía la figura del vecino, con sus ambigüedades inevitables, sus ruidos abruptos, sus favores, sus chismes, se reemplaza poco a poco por una rotación de huéspedes cuya existencia está mediada casi exclusivamente por contratos, plataformas y sistemas de sistemas digitales de reputación. La relación deja de ser social para volverse estrictamente transaccional.

Está documentado cómo los megaeventos deportivos funcionan como aceleradores de exclusión urbana, desalojo y desarraigo.2 En Barcelona 1992, la regeneración olímpica de Poblenou y del litoral fue celebrada internacionalmente como modelo de renovación urbana, lo que los informes no enfatizaban era el desplazamiento de los habitantes que vivían en esas zonas consideradas “degradadas”. En el Mundial de Sudáfrica 2010, comunidades enteras fueron removidas para dar paso a infraestructura que en muchos casos quedó inutilizada después del torneo.3 En Londres 2012, un estudio documentó cómo los Juegos Olímpicos cambiaron la naturaleza del espacio y el lugar desde la perspectiva de los residentes del este de la ciudad, quienes enfrentaron demoliciones y reubicaciones que transformaron irreversiblemente sus barrios.4 El patrón se repite con suficiente consistencia, estos megaeventos son deportivos, pero sobre todo son negocios, y suele suceder que los únicos que ganan son los que ya venían ganando.
Los colectivos en defensa del derecho a la vivienda que marcharon el pasado 27 de febrero de 2026 por la avenida Baja California hacia la Secretaría de Turismo tienen un nombre para lo que está pasando: las cuatro D. Desplazamiento, desalojo, despojo, desarraigo. Cuatro palabras para un solo proceso que ocurre a velocidades distintas en diversas zonas de la ciudad. En Santa Úrsula Coapa, zona cercana al Estadio Azteca, los habitantes denuncian construcciones que operan con sellos de clausura y sin permisos, cierre de comercios locales por el polvo y las excavaciones, escasez de agua por obras conectadas ilegalmente a la red pública y el desplazamiento de familias que llevaban generaciones en esa zona. Las rentas de departamentos en colonias aledañas al estadio pasaron de ocho mil a diecisiete mil pesos, y en algunos casos hasta veinticinco mil. Airbnb figura como “promotor oficial” del Mundial 2026, proyecta generar treinta y cinco millones de dólares durante el torneo, y las noventa mil personas que usarían la plataforma para alojarse lo harían en viviendas que hasta hace poco eran hogares permanentes de familias de la ciudad.
Queda la cuestión, entonces, de qué hacer frente a este tipo de procesos que se presentan como hechos consumados. Una posibilidad, la más habitual, es adaptarse, buscar otro lugar, reacomodar las piezas de la propia vida alrededor de la premisa de que el mercado decide y una se ajusta. Otra, menos cómoda pero más necesaria, es insistir en que lo que está en juego no es únicamente el futuro de unas cuantas viviendas, sino la definición misma de lo que consideramos legítimo cuando hablamos de ciudad. Si aceptamos sin resistencia que es razonable transformar barrios enteros en escenarios de consumo, entonces el Mundial habrá contribuido a consolidar la idea de que lo urbano y lo común son un espacio transaccional, donde la única permanencia posible es la de la lógica del capital.

La gentrificación contemporánea es un proceso, con frecuencia violento, mediante el cual entornos urbanos complejos y heterogéneos se vuelven más homogéneos y excluyentes. Frente a esa escala, la tentación es pensarse sólo como víctima o, en el otro extremo, como observador inocente. Yo no soy ninguna de las dos cosas. Pertenezco a esa clase joven que celebra un café con leche de avena, mis preferencias por ciertos lugares configuran el tipo de demanda que vuelve rentable la expulsión del barrio. Reconocer el propio lugar en esa cadena no agota ni resuelve el problema, pero introduce una condición desde la cual interrogar qué tipos de prácticas, arreglos colectivos y formas de institucionalidad barrial podrían operar como contrapeso. Escribir desde ahí, desde esa incomodidad situada, puede funcionar como un primer gesto de desvío para ensayar imaginarios y dispositivos que honren la diversidad en temas de consumo, de organización y de comunidad capaces de abrir una fisura en la coreografía urbana que se desdobla globalmente.
Porque, al final, todo vuelve a la pregunta por la comunidad. Cuando no haya agua —y hay zonas de la ciudad donde ese futuro ya llegó—, cuando las exigencias del presente se vuelvan más caóticas que hoy, la única infraestructura que va a importar es la comunitaria; las redes de apoyo con sus formas de organización que permitan sostener la vida cotidiana más allá de lo que pueda comprar cada quien en solitario. Sin comunidad no hay hogar, sólo cajas contenedoras de personas que con el paso del tiempo se desgastan sin que nadie lo note.

No necesitamos esperanza en el sentido abstracto del término, lo que necesitamos es recuperar la confianza en la capacidad de actuar, aunque sea en escalas mínimas y, a veces, invisibles. Esa capacidad se ensaya en marchas como la de las cuatro D, en decisiones concretas sobre con quién nos aliamos, qué proyectos apoyamos, qué tipo de ciudad financiamos con nuestro dinero y nuestro tiempo. El Mundial pasará, como pasaron otros, pero las estructuras que deja tienden a permanecer. La única forma de no quedar atrapados del todo en ellas es empezar a tejer otras estructuras, superpuestas y tercas, muy tercas, que devuelvan a la noción de comunidad su densidad política y la desplacen del registro a la ciudad y a la vivienda.
- Luis Alberto Salinas Arreortua, “Los riesgos que vienen con la gentrificación a causa del Mundial”, Gaceta UNAM, 20 de octubre de 2025. ↩︎
- Claudio M. Rocha y Zixuan Xiao, “Sport Mega-Events and Displacement of Host Community Residents: A Systematic Review”, Frontiers in Sports and Active Living, Lausana, enero, vol. 3, 2022. ↩︎
- Christopher Werth, “South African slums pushed aside for World Cup”, en Toward Freedom. Global reports. Glassroots perspectives, 2018. ↩︎
- Jordan David Cotton, “London 2012 and Resident Experiences of the Urban Changes in a Post-Olympic Landscape” (tesis M. Res.), Bournemouth University, 2018. ↩︎