Tartarūchus adămantis
Plinio el Viejo, naturalista y autor de la enciclopedia Historia natural, en el año 79 d. C. partió de cabo Miseno hacia Pompeya guiado por el asombro de lo que veía emerger del Monte Vesubio.
Posteriormente, Plinio el Joven, su sobrino, escribió una carta al historiador Tácito sobre aquel suceso que se había llevado la vida de su tío como la de otras miles de personas. Aquel fenómeno ha sido un gran tópico del arte, como en “El último día de Pompeya” de Karl Briulov (1830), sin embargo, hay un fragmento en la carta que se ha olvidado y que es aún más interesante: la descripción de las tortugas diamante que se originaron, según, por la actividad volcánica.

Éste es el pasaje relegado de la misiva:
En una de las noches de insomnio que le siguieron a la aparición de las piedras de fuego que volaban por el cielo rojo y atravesaban las nubes negras, estaba caminando por las costas de Nápoles, melancólico y desconcertado, cuando del océano arribó una multitud de pequeñas bestias que jamás había visto. Aquéllas eran brillantes, con cuatro aletas de extremidades y un espaldar convexo formado por pirámides pequeñas que apuntaban hacia arriba, la luz de la luna se impactaba con sus cuerpos y se dividía en franjas de colores; así Iris y Selene, dialogaban frente a mis ojos mientras anunciaban el final de la tormenta, después regresaron al mar, al entrar al océano eran confundibles con los destellos del agua. Por haber aparecido después de la reyerta y del único lugar de dónde podrían haber venido, las nombré tartarūchus y por su semejanza con la piedra preciosa, adămantis.1
Tartarūchus significa tortuga y proviene del latín tardío que quiere decir “habitante del Tártaro o infierno” y adămantis, diamante en español. No existe mejor manera de nombrarlas, dado que estos animales se le presentaron después de lo que podría ser el acto más furibundo de los dioses sobre la bahía napolitana.
El relato sobre el Vesubio se tomó por mucho tiempo como fantástico hasta que se leyó bajo el cristal de la moderna vulcanología, no obstante, nadie llega, o eso parece, al último párrafo de la carta donde Plinio describe a las tortugas diamante y lo que podría ser la primera descripción de la dispersión refractiva de acuerdo a la óptica.
Después de la lectura de la última parte de la epístola, merece preguntarse: ¿llegará algún momento en que se compruebe la existencia de las tortugas diamante?, ¿la codicia humana no habrá acabado ya con ellas?, ¿será información restringida para unos cuantos?, ¿cómo saber si lo que vemos en los escaparates de las joyerías más lujosas no son los cadáveres de estos reptiles? Como sea, resultaría lamentable que su único error haya sido querer contemplar la luz de la luna.
- Plinio el Joven, Carta VI, en Cartas, introd. trad. y notas de Miguel Montaño Montes, Gredos, Madrid, 2005. ↩︎