Un toro no es sólo un toro
—El amor mata, güey —me dijo Gustavo después de salir de clase. Había estado viendo al vacío durante esas casi tres horas de cátedra. Su novia había terminado con él y su cuerpo parecía fracturado. No me dio detalles y yo no pedí por ellos. Se ajustó la correa de la mochila a un hombro y se despidió de mí chocando su mano y nudillos contra los míos.
—Cuídate, güey —Se fue caminando, como sin huesos, tambaleándose por el pasillo. Corta despedida a un muerto que vive. Lo vi desaparecer entre una multitud de alumnos.
Era más o menos medio día, el sol estaba en su punto y yo tenía que atravesar un diminuto desierto para llegar a los corrales de la escuela. El lugar se tornaba árido casi de manera rutinaria, sobre todo en primavera y verano; en otoño e invierno el cielo brilla sin calor. No pasaron ni cinco minutos tras exponerme al clima despiadado de Cuautitlán para comenzar a transpirar. Sentía cómo las raíces de mi cabello se humedecían; una o dos gotas se gestaban en mi frente deseosas de resbalar por mi nariz. Con la mirada en la tierra seca pensaba en lo que Gustavo me había dicho, preguntándome si acaso eso era posible.
—Nadie muere de amor… —le susurré al suelo caliente.
Una vez en los corrales, abarrotados en el comedero, varios terneros masticaban y resoplaban. Me miraban indiferentes. Comían como si nada más importara, inmunes al sol.
Tras algunos minutos de observación y ya con el overol y las botas puestas me adentré en los corrales.
Abrí la compuerta de uno de ellos; estaba vacío y era suficientemente amplio para tener a treinta vacas dentro. Permanecí unos segundos mirando su vaciedad y al mismo tiempo recordando la ruptura de mi compañero. Caminé al centro del corral y permanecí ahí por algunos minutos.
—¡Ey, muchacho! —Escuché a mis espaldas—. ¡Salte de ahí! ¡Que ya lo van a sacar! —me gritó el que parecía ser uno de los trabajadores del rancho. Su rostro ya tenía más sudor que el mío. Traía su gorra en la mano y se dirigía a mí como con intenciones de rescatarme. El ruido de una compuerta de metal tronó a mis espaldas y, casi instantáneamente, el hombre de la gorra me ordenó, con un ademán desesperado, acercarme a él para salir del corral, como si con su gorra pudiera jalarme. Su evidente enfado no me hizo pensar dos veces y salí de ahí como me había estado ordenando. A punto de pasarme entre los barrotes, el hombre me tomó del overol y me jaló hacia afuera con fuerza.
—¿Estás loco o qué, muchacho? —me dijo sin mirarme. Los ojos del hombre permanecieron en el corral, ensimismados en un pasado, pero atentos al presente.

—¿Qué le pasa? —le dije después de haber sido arrojado hacia la tierra. El hombre me ayudó a levantarme y me sacudió uno de los hombros. Se limitó a señalarme con el mentón hacia donde miraba; en cuanto volteé en esa dirección una masa gigante de color negro acaparó por completo mi atención, sentí un cosquilleo en la columna, como una señal de que todavía estaba vivo; comprendí la situación y de inmediato quise agradecerle al hombre por sacarme de ahí.
La masa negra afortunadamente no tenía cuernos, sin embargo, parecía alcanzar los dos metros de altura, tan sólo hasta la cruz. Al moverse los enormes músculos de su cuerpo azabache la tierra parecía temblar. Al animal sólo le faltaba sacar humo por los ollares y tener chispas y flamas en los ojos. Pero todo contrario, la bestia no sólo se mostraba tranquila, caminaba como con un pesar desconocido, con una carga más grande que la de su propio cuerpo. Su mirada no era la de un animal furioso, sino la de uno sin consuelo.
—Nadie debe estar en el corral cuando él sale —me dijo el trabajador limpiándose el sudor de la frente con la manga de la camisa azul. En su rostro una mueca y una mirada, sin pena, desdeñosas. El trabajador no sólo parecía temerle al animal, lo odiaba. Detestaba cada músculo de su cuerpo, los muñones blancos que tenía por cuernos, la epífora constante de sus ojos, su absorbente pelaje azabache; repudiaba su enormidad y su poder. El hombre jaló de su nariz y escupió a la tierra, se dio la vuelta sin mirarme y siguió con su trabajo. Yo, por mi parte, permanecí unos minutos observando al gigante que pastoreaba ante mis ojos.
De no tener criterio científico alguno, habría jurado que aquel toro hubiese podido comer un cerro entero de un jalón. Mi impresión, aun a sabiendas de lo enormes que pueden llegar a crecer los bovinos, era verdadera. El toro arrancaba de tanto en tanto un poco de pasto, escaso en el corral en el que estaba, por ende insuficiente para tamaña magnitud; a momentos miraba sin mirar.
Como sin huesos, igual que Gustavo al despedirse, caminaba dando vueltas al corral, se acercaba al bebedero, volvía a arrancar un poco de pasto del suelo y, así, sin aparente final, sin aparente razón; existía solitariamente en su enormidad.
El animal estaba muerto, pero seguía vivo. Volví a pensar en Gustavo. “Algo lo habrá matado. ¿Le habrán quitado a su vaca? ¿O qué?”, pensé para hacerme reír un poco ante aquel rodeo tan deprimente, pero no sonreí en ningún momento. Con unos minutos más de sol me pareció un chiste terrible.
—Siempre está así —afirmó una voz a mis espaldas. La de Marina Garza, una compañera a la que veía ocasionalmente por los pasillos de la escuela; delgada, pálida, sin la voluntad de los músculos. Promedio brillante, como el pelaje del gran toro, según había escuchado. Se alimentaba únicamente del estudio, parecía.
—¿Qué no lo cuidan? —le dije, hasta me parecía tonta la pregunta, porque el toro estaba en perfectas condiciones físicas.
—No es eso. Está triste —Sacaba de su mochila un cuaderno y un libro grueso, mirando al suelo. Fría, de nuevo, sin mirarme—. Perdió a un amigo —me dijo. El toro rumiaba sin prisa, sin temor alguno a la muerte. Su momento podía llegarle a cualquier hora y a él no parecía importarle en lo más mínimo.
La miré de nuevo y vi que, con trabajo, seguía intentando sacar el libro de la mochila, se le resbaló de los dedos y cayó dentro. Me hinqué a su lado y le ayudé a abrir el cierre por completo para que pudiera sacarlo sin problemas. Entretanto, hincado, veía al trabajador derribando palomas con una resortera. Concluí que de verdad odiaba a los animales. Las palomas se desplomaban sobre la lámina del techo de los corrales y resbalaban sobre la pendiente hasta caer al suelo.
—Él también perdió a un amigo. Ahora desquita su odio con las palomas porque no puede matar al toro. Yo creo que si fuera tan grande y fuerte, lo habría estrangulado él mismo desde hace mucho.
—¿Por qué tanto odio hacia el pobre animal? —le pregunté verdaderamente extrañado—. El toro apenas muestra ánimos de mantenerse de pie.
—El toro mató a un colega suyo: un profesor de la escuela. Fue un accidente, ¿sabes? No fue culpa del toro, él amaba a su cuidador, era su amigo. Y su amigo era también el de aquel hombre. El profesor lo había criado desde que lo sacó del útero de la madre. Fue un parto difícil. Un becerro demasiado grande, desgarró el interior de la vaca, que pudo darle todavía su calostro, pero se desplomó después por la poca sangre y fuerza que le quedaban. Así que el profesor se dedicó a criarlo.
—¿Y cómo fue que falleció? —le pregunté, ya bastante intrigado.
—¿Ves esos barrotes de ahí? —Levantó la mano, delgadísima, casi temblorosa—. En un juego el toro llevó al profesor contra los barrotes con sus más de seiscientos kilos sobre él.
Ante mis ojos, en esos barrotes, ocurrió la escena. Silenciosa. Sin gritos, sin sangre. Sólo un último suspiro, obra de un amor inocente. Estuve inmóvil tragando la impresión que me generaba el recuerdo ajeno.
—Gracias —me dijo, cuidadosa. Me espabiló con su agradecimiento y le sonreí, o lo intenté.
Al levantarnos, de su cuaderno cayó una foto sobre la tierra. Ella, sin percatarse, tomó su mochila y se dirigió al corral donde el toro pastaba. Me estiré para recogerla y antes de que pudiera decir algo ella se deslizaba ya entre los barrotes que nos resguardaban del gigante. Sentí frío. Presagié en menos de un segundo un relámpago negro cargando contra Marina, prensándola entre barrotes y músculo magro.
—¡Salte de ahí! —le grité, pero ella no atendió. Delante de ella, a unos metros, aquel toro la veía fijamente. Abría y cerraba los ollares inhalando y exhalando aire caliente. Sus ojos bien abiertos procuraban discernir si la visita que recibía era amistosa o si se trataba de una amenaza. Sus patas, que sin esfuerzo abrirían la tierra, avanzaron lentamente hasta ella. El estímulo pareció devolverle un brillo a sus ojos llorones. La curiosidad por ella remedió por completo la carencia de dirección que padecía, la falta de motivo para su bovina voluntad. Tras despertar diariamente en un corral seco para dar vueltas y vueltas sin sentido, sin llegar a algún lugar, para sólo estar, había ahora algo por lo cual mover los músculos y avanzar.
Cuando la tuvo de frente, ella alzó su mano y puso su palma frente a los ollares del animal, él la olfateó unas cuantas veces y cerró los ojos, aliviado. Ella posó sus dedos suavemente sobre la frente del gran macho. Sus costados se llenaron de aire y se infló como oscura nube de tormenta. Dejó salir el aire huracanado de la nariz y se dejó caer al suelo seco. Sin ningún otro deseo, ladeó la cabeza lentamente y abandonó la vida.
Esperaba sentir el suelo retumbar, pero sólo tembló el interior de mi pecho.
La chica se hincó y dejó su mano pegada a la mandíbula del animal.
El alrededor permaneció en completo silencio
El hombre que tiraba palomas con piedras se había detenido para atestiguar la partida de la bestia que tanto repudiaba, del animal que, a su juicio, le había arrancado a un amigo. Bajo su gorra escurrían gotas que brillaban con el inclemente testigo solar, si eran lágrimas o sudor me fue imposible determinarlo. Permaneció inmóvil, a lo lejos.
Saqué aire de mis pulmones y giré la foto que aún tenía en la mano: un hombre, una niña y un becerro miraban a la cámara; el hombre con una bata blanca, la niña entre sus brazos y el becerro de pelo negro como carbón diamantado echado a sus pies.
La hija lloraba de rodillas ante el cuerpo de un viejo gigante y el rubor de sus mejillas se acentuaba, su piel recuperaba el rosado y ella, la vida.
La negra montaña, en su corral, ya en un sueño eterno, me mostró erradas las palabras de Gustavo.
“El amor no sólo mata, después de todo; quita la vida y la devuelve”, me dije.
