Hay tanta luz, tanta
luz que no podemos ver y que se encuentra
al alcance de la mano. Porque dos ojos
no son suficientes, ni tampoco tres
colores captados por tres conos
para mirar el mundo. Saber, saber únicamente
que la zanahoria y la mariposa y el zanate
y muchos infinitos
rayos de sol están cubiertos
de un mismo tono invisible,
aterra. Aunque lo bebo y como
como el agua cruda y el más humilde arroz,
aunque escucho que afina el aire
erizado, aunque me muerde la piel y arranca,
aunque me está
quemando y quemando diariamente,
no lo veo. Ultravioleta: dolorosa
flor superlativa: elíptica, exquisita y sumamente breve
uva. Su nombre es más de nombre
que certeza y, sin embargo, existe y está vivo
en los ojos del halcón y de la hormiga,
en los reflejos de coral, en las flores y en el amor
hostil de dos hostiles alacranes. Y porque hay tantas,
tantas pruebas luminosas,
que ya sólo me queda la firmeza de la fe
en él, y ahora creo
que la vista es otra forma de ceguera.