Alimentando palomas
(En colaboración con Carolina Simon y Giovanna Gaba)
Cuando quedó acordado que yo entrevistaría a las dos integrantes más jóvenes de la Colectiva Animalia, estaba comiendo palomitas de maíz en la Praça Tiradentes, en Curitiba, Brasil. Inmediatamente empecé a pensar qué preguntas les haría para conducir la conversación. Tenía curiosidad por saber cómo se organizan y producen. Deseaba escuchar sobre el interés especial del grupo por las palomas. No es que yo no creyera en ello, al contrario, pero es algo tan raro entre los animales humanos que, en fin, quería saber más al respecto. Al día siguiente, bien temprano, volé a otro estado, São Paulo, para encontrarme con Carolina Simon y Giovanna Gaba. El viento estaba a mi favor. Aproveché la corriente para planear, me detuve algunas veces para comer y en menos de doce horas ya estaba allí, puntualmente, al final de la tarde. Parte de la entrevista giró en torno al modo de creación de la Colectiva, que es bastante singular. Para las entrevistadas, el modelo del grupo deriva, en buena medida, de las nuevas formas de organización que ellos, los autodenominados humanos, se vieron obligados a experimentar durante el periodo de la pandemia de Covid-19.
Las artistas me contaron que la Colectiva Animalia es una bandada de investigadores y artistas multidisciplinarios dispersos por diferentes territorios. Entre sus integrantes, cinco viven en Brasil (dos en la ciudad de São Paulo, una en Bauru, una en Santana de Parnaíba, uno en Curitiba) y otra en Portugal (Lisboa). Son cinco mujeres y un hombre que actúan en diversas áreas como arquitectura y urbanismo, artes visuales, artes escénicas, moda, psicoanálisis, filosofía y educación. Tanto esa diversidad como esa capilaridad, considerando un grupo formado por humanos, podrían ser problemáticas; sin embargo, percibo que el deseo de crear y pensar un arte multiespecie y antiespecista terminó convirtiéndose en un fuerte punto de identificación y cohesión del grupo.

Al hablar sobre el porqué de la Colectiva, Giovanna expone cuán importante es que se junten, que se agrupen. No para crear una masa (que sugiere una borradura, una mancha en la que no hay ímpetus críticos), sino, justamente, una colectiva. Mientras ella habla, recuerdo un concepto de la antropóloga feminista Rosana Pinheiro-Machado: ocupar y estar juntos crea un sentido común capaz de diluir miedos que, vividos individualmente, paralizan.1 Pensar juntos es muy potente, eso los mueve. Reunirse es una demanda artística, intelectual y cosmopolítica2: tiene que ver con la construcción de una polis cohabitada por varias especies que la Colectiva quiere fortalecer. Entiendo bien esa sensación de colectividad. ¡Nosotras, las palomas, nos organizamos en bandadas! Eso es lo que nos permite sobrevivir.
Por lo que pude percibir, fueron todos esos aspectos anteriores los que llevaron a la Colectiva a encontrar en las performances relacionales y en las intervenciones urbanas un lugar de expresión común. Me interesé particularmente por una de esas acciones, a la que llamaron Operación CGE-Contraloría General de los Excrementos. Carolina y Giovanna me contaron que la acción se motivó cuando Luanda, integrante de la Colectiva que vive en Lisboa y que es brasileña, tuvo un encuentro traumático con un polluelo enfermo que no logró rescatar, y eso fue determinante para ella.3 Mientras atravesaba ese duelo, se fue interesando cada vez más en nuestro universo colúmbido, acercándose y observando las delicadezas y dificultades que enfrentamos para vivir en las grandes ciudades. En verano, empezó a colocar recipientes con agua en algunos puntos cerca de su casa, donde las bandadas suelen quedarse. Después vino el deseo de nutrir nuestra existencia y, con ello, comenzó a alimentarnos regularmente a la luz del día. Era una fiesta, un ritual de encuentros, una celebración de la alegría proveniente de relaciones multiespecie. Hasta que irrumpió la violencia estatal: animales humanos enfurecidos con tal acto, vociferando apelaciones a la ley de prohibición, amenaza de llamar a la policía, filmaciones sin consentimiento, ataques xenófobos que ordenaban: “¡Vete a alimentar palomas a tu tierra!”, e incluso violencia física. El odio contra nuestra existencia y la fetichización del resentimiento contra nuestros excrementos se deslizaron hacia el odio y el resentimiento contra inmigrantes, y de un modo aún más naturalizado por el hecho de ser mujer. Al fin y al cabo, si Luanda fuera un hombre, los “ciudadanos de bien” se habrían contenido. La violencia de especie también se manifiesta a partir de recortes raciales, de género, de ubicación geográfica, entre otros.
Fue entonces, en esa práctica diaria, cuando ella descubrió en carne propia cuán subversiva y peligrosa es la actividad de alimentarnos, más aún para una mujer inmigrante, aunque sea de piel blanca. No pasó mucho tiempo para que la institución de control y administración pública de la región iniciara una campaña masiva contra la alimentación de palomas, difundiendo avisos en placas, carteles, revistas y videos para redes sociales. En uno de ellos, integrantes de la Colectiva entraron en el debate en los comentarios. Luanda no era la única alimentadora allí; incluso había quienes lo hacían desde hacía mucho más tiempo, pero parece que su entusiasmo explícito contribuyó a esa campaña localizada anti palomas.
Estoy bastante indignado. El genocidio de una especie por el hambre es una de las peores brutalidades que ocurren en este mundo especista. Saber que el trabajo de esta bandada surgió de la violencia que sufrieron por alimentarnos es chocante, pero amplía mi relación de compañerismo con algunos humanos. Donna Haraway dirá que compañeros son aquellos con quienes compartimos el pan.4 Entiendo a la Colectiva Animalia como compañera.
Al reflexionar sobre esos contextos, Carolina desplaza el foco de la acción hacia la propia condición urbana, comprendiendo la calle como territorio de disputa y la ciudad como un campo activo de producción de normas, visibilidades y exclusiones. Intervenir en esos lugares, aunque sea de forma sutil, es una manera de tensionar lo cotidiano y hacer visibles capas de la ciudad que normalmente pasan desapercibidas. Ocupar y permanecer en esos espacios implica un desplazamiento temporal de las lógicas de circulación, consumo y vigilancia, y abre espacio para otras formas posibles de relación basadas en la escucha, el cuidado y la convivencia entre humanos y no humanos.
Todo eso se convirtió en un tema de discusión en la Colectiva, y después en un tema de investigación. “Todos salen transformados de las reuniones. No hay tibieza ni estatismo en esos encuentros. Por eso nos preguntamos: ¿cómo agujerear este sistema? Con el amparo de la idea de hackeo que ya veníamos pensando, decidimos vestir un uniforme del sistema para alimentar ‘autorizadamente’ a las palomas”, dijo Carolina. ¡Pruuu! ¡Muy interesante! Performar autoridad, haciéndose pasar por una bandada de inspectores, bajo un nombre institucional y, al mismo tiempo, cargado de una ironía explícita.
Así —cuenta Carolina— surge la propuesta de una “contraloría general”. La idea del nombre partió de la experiencia de Andrea, integrante de la Colectiva, que trabaja con performances e intervenciones desde hace más de diez años. Era un buen nombre para performar el control, la opresión, la autoridad que ocupa las calles en los centros urbanos. Pero aún era necesario crear un nombre que aportara algún elemento complejizador; algo que friccionara la relación entre arte y vida y que evidenciara la contradicción de las actividades realizadas por la Colectiva. “Algo que pudiera, incluso, ponernos en jaque”, afirma ella. Uno de los integrantes de la Colectiva, Roberto, ya venía trabajando desde hacía algún tiempo con acciones que exploraban la fetichización de las heces de las palomas. De ahí surge el nombre “Contraloría General de Excrementos”, en referencia a la fijación que los habitantes y las autoridades de los grandes centros urbanos tienen con las heces de las palomas. Carol complementa: “La acción nos da una especie de carta blanca para actuar, para alimentar a las palomas. A la policía le afirmamos que somos artistas y que aquello es una acción artística. Para los ciudadanos: somos de la Contraloría. La acción nos permite transitar entre la excepción y la regla, según la necesidad”.
Un chaleco, un logotipo, una gorra, una sigla —a veces incomprensible, pero con apariencia de aparato público—: CGE. Bolsillos del tamaño necesario para que cupieran semillas y granos; todo fue detalladamente deseado y diseñado, incluyendo el dispositivo del formulario, con preguntas que debían responderse durante la acción para dar aún más precisión al trabajo. Ante la necesidad de hacer frente a los estigmas que rodean a las palomas y la posibilidad de difundir información científica, la Colectiva encontró en el proyecto Salvem as Pombas una alianza posible para usar un folleto que ellos habían diseñado. En ese contexto, Carla, otra integrante de la Colectiva, se puso en contacto con la organizadora del proyecto, Fernanda Juliana, quien autorizó usar este material ya existente para las acciones de la CGE. Cabe destacar, en ese sentido, que la acción de la CGE no se agotó en sí misma, sino que se convirtió en el punto de partida para otras acciones de la Colectiva, aún en curso.
Carolina y Giovanna relataron que el proyecto ya se ha desdoblado en tres acciones realizadas en diferentes ciudades: São Paulo, Curitiba y Lisboa. Las intervenciones tuvieron lugar siempre en espacios públicos de gran circulación, elegidos por su densidad simbólica y por el grado de normativización al que están sometidos. En São Paulo, por ejemplo, la acción ocurrió un domingo en la Avenida Paulista, una de las principales arterias de la ciudad. En Curitiba tuvo lugar en dos sitios: en la Praça Santos Andrade y en las proximidades del Paço da Liberdade. En Lisboa, en cambio, la acción se realizó un domingo en la Praça do Rossio (el lugar del encuentro con la primera paloma, donde todo comenzó), en Martim Moniz y en calles adyacentes.
Confieso que tengo un sentimiento mixto respecto de aquello que se llama humanidad. Algunas personas me dan mucha fe en los cambios; otras, al contrario, son terribles. Sentí curiosidad por saber cuáles fueron las respuestas durante la Operación CGE.
Las reacciones, según ellas, fueron diversas. En la ciudad de São Paulo, por momentos, algunos transeúntes se acercaron para entender qué estaba ocurriendo. Una parte de ellos creía que la acción tenía como objetivo controlar o eliminar a las palomas; otros mostraban preocupación por la posibilidad de que las aves fueran perjudicadas, posicionándose claramente en contra de cualquier práctica de maltrato.
En Curitiba no hubo resistencia alguna. Hubo colaboración, cuestionamiento, elogios. Una humana y su hija, por ejemplo, llegaron con una bolsa de pan. Se presentaron, querían saber más. Ellas alimentaban a las palomas. En otro lugar, otra humana se acercó, preguntó sobre las patas de las palomas y contó que el otro día había visto a una con un trozo de plástico en la pata. “¿Qué era? ¿Era peligroso?” Dudas aclaradas: “¡Felicitaciones por el proyecto!”. La mujer también dijo que siempre que puede alimenta a las palomas. Encuentros propositivos, ninguna fiscalización, ninguna agresión. Giovanna me cuenta que quien performó allí fue Roberto Dalmo: hombre, blanco, con barba y cara de malo. No es la primera persona a la que transeúntes especistas pensarían en agredir.
En Lisboa participaron en la acción Luanda, su hija de ocho años, Lívia —que ya es, asumidamente, palomera—, y otra artista que apoya a las palomas, Carolina Ramos. Las reacciones variaron entre lo que, según ellas, parecía ser perplejidad, duda, reprobación e interés, sobre todo por parte de los niños, a quienes les gustaba ver a las palomas reunidas comiendo. Una de ellos intentó recoger algunos granos de maíz del suelo para alimentarlas también, pero fue impedida por un adulto que la tiró del brazo. En este caso, quizá la presencia de Lívia, que de vez en cuando participaba en la acción haciendo registro de imagen, haya alentado a otros niños de la misma especie a aproximarse. Su presencia complejizaba aún más la situación, dejando a los adultos más confundidos.
Al lado de una terraza de restaurantes, una pareja se quedó mirando como si quisiera fusilar a las performers. En medio de una plaza, un hombre en bicicleta con una cámara avanzó tres veces sobre la bandada de palomas sin mostrar preocupación por lastimarlas. En otro lugar, donde están estacionados los tuc-tucs (vehículos de transporte para turistas), dos conductores se quedaron mirando la acción; uno de ellos dijo que estaba prohibido dar alimento a las palomas. Fue entonces cuando una integrante de la Colectiva, antes de darse la vuelta y mostrar lo que estaba escrito en el chaleco, tuvo la oportunidad de decir con mucho gozo, sacando pecho y con un gesto implacable: “¡Yo soy de la Contraloría!”.

- En su libro Amanhã vai ser maior (2019), la antropóloga contextualiza los movimientos de luchas por los derechos de diferentes grupos durante una crisis democrática. ↩︎
- Juliana Fauso habla de este concepto en A cosmopolítica dos animais, Editora N-1, São Paulo, 2020; e Isabelle Stengers lo hace en “A proposição cosmopolítica”, Revista do Instituto de Estudos Brasileiros, n. 69, abril 2018, p. 442-464. ↩︎
- El relato de Luanda sobre ese encuentro se encuentra en “La insólita búsqueda de una paloma en Lisboa”, disponible en: https://revistas.face.ufmg.br/index.php/farol/article/view/7873 ↩︎
- Donna Haraway, Quando as espécies se encontram, São Paulo, Ubu Editoria, 2022. ↩︎
La Colectiva Animalia está formada por Andrea Tedesco, Carla Santana Bulcão, Carolina Simon, Giovanna Gaba, Luanda Francine y Roberto Dalmo. IG: coletivaanimalia
Carolina Simon (São Paulo, 1990). Es arquitecta y urbanista, máster por la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de São Paulo y doctoranda por la misma institución, estudia la relación entre humanos y animales en los imaginarios urbanos.
Giovanna Gaba (São Paulo, 1992). Es profesora de moda, máster en Estética e Historia del Arte por la Universidad de São Paulo y trabaja en comunicación. Su investigación académica se centra en el antiespecismo y los estudios animales desde el arte y el diseño.