Efectos secundarios

Me desplomé frenéticamente en el diván, esa tumba de terciopelo que oficiaba mis confesiones en cada consulta.

—¡Mandé al diablo la risperidona, doctor! No tolero este sopor que me embota el juicio sin exorcizar lo que veo.

El psicoterapeuta me observó sobre el borde de sus gafas, manteniendo esa indolencia clínica que siempre percibí como un insulto.

—Es peligroso suspender la medicación psiquiátrica de esa manera. Los fármacos son el muro entre usted y sus proyecciones.

—No ha vuelto —lo interrumpí—. Nunca se marchó.

Guardó un silencio denso. Garabateó algo en su libreta con pulso errático y me tendió el papel. Pensé que sería una nueva orden de internamiento. Al recibirla, sus dedos, gélidos, rozaron los míos.

En la hoja, un trazo desesperado revelaba la sentencia:

“También lo veo”.