Germinar los dientes
Es tiempo de ciruelas y mi abuelo ya no tiene dientes. Perdió los primeros antes de ser viejo. En plena época, se trepó a lo más alto del ciruelo criollo del patio para bajar frutas. Le ganó la avaricia. Quiso bajarlas todas y trepó demasiado arriba, hasta donde las ramas se van haciendo flacas. “Ni modo que deje yo toda esa fruta ahí colgada: se nos va a engusanar toda o se la van a comer las malditas ardillas y las hormigas y las moscas”, decía. “Y hasta van a sobrar ciruelas para que te salgas a vender. Orita verás”. Subió más alto que nadie y, con las manos llenas de ciruelas maduras, se venció la rama y acabó el hombre despatarrado en el piso. Ni cuenta se dio y ya tenía la boca partida. Pulpa de ciruela y pulpa de boca y sangre en la tierra del patio. El abuelo furioso y sus dientes como semillas de maíz sin casa. Quedó chimuelo y ya nunca se le quitó la mohína.
Desde entonces va a todas partes con una cajita en la bolsa del pantalón. Una cajita que suena y suena mientras camina. Son sus dientes, que suenan como una marimba oscura. Nadie de nosotros —sus hijas y nietos— se atreve a preguntarle por qué los carga. Mi abuelo cree que nadie de nosotros sabe. Pero cuando camina se oyen los dientes como dados. Antes, cuando todavía le quedaban varios en la boca, nos asustaba enseñando los huecos. Después dejó de parecerle chistoso. Ya le daba pena. Se empezó a llenar su cajita de más y más piezas: más dientes y más larga la marimba.
Iba por todos lados preguntando por dentistas, o lo que en ese pueblo se considera un dentista. Pedía consulta y sacaba su cajita. “Mire, doctor: necesito que me vuelva a poner estos dientes que tengo aquí, mire. No me tiene que poner postizos porque aquí los guardé todos. Nomás vuélvamelos a poner. Sale más barato así sin postizos, ¿verdad?”. No aceptaba explicaciones sobre que los dientes caídos por vejez y por descuido no se pueden volver a poner así como así. “Ya sus dientes no se le detienen con la boca; por eso se le cayeron”, dijo uno. “Estos dientes ya no tienen remedio, señor. No es cuestión de regresarlos a su lugar, sino de cambiarlos por unos nuevos”, dijo otro. Y otro más explicó: “No se puede. Es como intentar volverle a poner los granos a un elote mordido”.
El chimuelo, ahora viejo, acomoda sus pérdidas —blanquísimas unas y menos blancas otras— en un orden que sólo tiene sentido para él; cada mañana las limpia y las hace desfilar hacia su lugar preciso. Terminado el rito, cierra la caja, se la pone en la bolsa y se vuelven a desacomodar otra vez. Y por la noche lo mismo: sacarlas, limpiarlas, acomodarlas. Todos los días y todas las noches lo mismo.
Así procuró guardar su secreto, que con los años se volvió imposible de disimular. Demasiadas pérdidas. Dejó de sonreír; dejó de comer tostadas; dejó de buscar dentistas. Empezó a hablar menos. Cambió el rito. Un día de principios de otoño decidió poner a germinar sus dientes. Los envolvió en torundas de algodón húmedas. Cada uno, con su respectivo algodón, en uno de los nichos del cartón de huevo. Los puso afuerita de su ventana, porque ahí sí daba el sol y los podía mantener calientitos. Y esperó.
A los quince días, los dientes echaron raíz. Por el algodón húmedo se transparentaba, de color violeta y lila, la raíz de cada uno, más parecida a nervios o a venas muy tenues. “Los voy a plantar hoy en la noche. No le hace cómo esté la luna; nomás con que sea de noche basta”, les murmuraba a sus dientes germinados. Y así lo hizo. Lo escuché salir muy calladito y muy noche al patio de atrás, donde el enorme ciruelo seguía extendiendo sus ramas hasta cubrirlo todo. Caminé silencioso hasta la higuera, desde la que se ve todo el patio, y lo espié por entre las hojas. El viejo fue plantando uno a uno sus dientes en el lugar donde empezaron sus desdichas: alrededor del ciruelo. Insistiendo con las manos en apartar la tierra, sin herramientas; sólo con sus manos. Cada diente, ya sin algodón, en su agujero.
Apenas tapa el último hoyo y ya se empieza a quebrar la tierra. Brota y brota sin cesar del piso una enredadera blanca. Primero va pegadita a la tierra y de pronto se alza, extendiendo sus ventosas sedientas, flotantes, buscando de dónde asirse. Tocan el tronco gris del ciruelo y se arriman luego luego y se enroscan. Van subiendo, tocando, tanteando a oscuras pero con rumbo; redondas, orgánicas, ligeras. El tronco cruje como barco viejo; ramas que se quiebran: la madera sufre y la enredadera implacable se va haciendo gruesa y alta y tupida. El ciruelo ya no puede más y la enredadera de los dientes aprieta y aprieta. Voraz, incesante, lenta y veloz, buscando una luz que no encuentra en el patio. El viejo palidece y ya no puede hablar y ya no puede sino ver. Un crujido seco. Furioso. Y su última mirada blanca.