Hilo de Ariadna

¡¿Qué está pasando?!
X, antes Twitter
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Los asesinatos de Ōtomo no Akahito consternaron al planeta por su atrocidad y método inconfundibles. A través de Twitter, este criminal entabló amistad con pacientes en depresión clínica, los indujo al suicidio y usurpó sus identidades. Abro hilo:

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Se le atribuyen cientos de víctimas a las que privó de patrimonio, de toda ilusión de seguir vivas e incluso de la voz. Lo raro es que desconocemos su rostro, pues nadie vivió para describirlo, y por eso la prensa japonesa lo bautizó como “el monstruo de las mil caras”.

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En vista de la resonancia mundial, he decidido contar en este hilo cómo el asesino perturbó mi pacífica existencia, cuál fue el destino de mi novio Theseus y los trágicos eventos del desierto de Mojave, en el borde oriental de California.

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El Mojave es famoso porque hospeda la célebre Área 51, esa base militar asociada con extraterrestres, platillos voladores y luces misteriosas. No me consta la existencia de marcianos entre las rocas, pero sí la inmensa cantidad de vida que alberga:

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está repleto de yucas, acebos y bajos pastizales en cuyo intenso ocre se camuflan las víboras, además de ocultar con éxito las madrigueras de los zorros y las ratas canguro. La arena también es propicia para la reproducción de los insectos, escorpiones y escarabajos,

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y la planicie favorece a los halcones, las águilas y los murciélagos. Pero Theseus descubrió otra cosa, algo más interesante que el material alienígena de Roswell, Nuevo México. El desierto también favorece a los asesinos, depredadores solitarios por naturaleza.

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Quiero hablar de Theseus. Me gustaría hablar de su pasión por los insectos, los puzzles, los misterios y la cocina tai. Desearía que conocieran su calidez y su dulzura, el aroma de su colonia, la textura de su espalda. En fin, expresar la magnitud de su presencia.

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Pero ni un hilo infinito sería suficiente para hacerle justicia. Por eso hablaré de lo más importante: su afición a los documentales sobre crímenes verídicos. Cuando Netflix estrenó la miniserie sobre “el monstruo de las mil caras”, Theseus se obsesionó con Akahito, al grado de

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olvidar las comidas, descuidar la higiene, botar el equipo de futbol y faltar a su empleo en Silicon Valley, hasta que fue despedido. Pero no le importó. Dedicaba horas a leer notas e informes filtrados, reunía fotos y meditaba los pasos de Akahito, días y noches completas.

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Me preocupaba, pero no era un comportamiento inusual. Theseus padecía un trastorno límite recién diagnosticado cuyas peores crisis lo empujaban al aislamiento y a vicios insanos. Se atracaba con frituras y Coca-Cola, a veces se embriagaba en soledad

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y cayó de bruces en la cocaína. En ese aspecto había logrado un progreso considerable. Afirmaba que gracias a mi apoyo y a la palabra de Dios se mantenía alejado del alcohol y las drogas. Pero ni Cristo ni yo pudimos evitar que jugara al detective.

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En el fondo, ésa era la intención de Theseus: localizar a Akahito, detenerlo y llevarlo ante la justicia. Aunque la Interpol ofrecía una recompensa sustanciosa por información que llevara a su captura, el dinero era secundario. Theseus perseguía la emoción, la aventura,

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la intensidad de las historias policiacas que seguía para escapar del vacío. No le deseo a nadie la misma experiencia. Ignoro si alguien de ustedes, lectores, ha estado en su lugar o en el mío, pero entiendo la impotencia de no poder ayudar a tu pareja en su lucha contra la enfermedad.

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Lo más complicado en nuestro caso fue la comunicación. Theseus se resistía a confrontar sus emociones. Pretendía ser fuerte y para ello se puso la máscara de investigador, un escudo frente a su tormenta interna. No quería decirle haz algo con tu vida, date cuenta, revive,

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porque eso habría sido equivalente, o peor, al abandono. Por eso cuando Theseus expresó que necesitaba tiempo a solas no me ofendí ni lo interpreté como un rechazo. Le aseguré que podía contar conmigo, que estaría a su lado incluso en la distancia,

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pues el apoyo o la soledad no se limitan a las presencias corporales. Creí que hacía lo correcto al brindarle espacio. Además, yo también necesitaba un respiro de los pensamientos intrusivos y la impotencia. En ocasiones, experimentaba el peso de la culpa,

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me sentía insuficiente e inútil al no poder sanar a Theseus. Estábamos ya tan vulnerables que no fuimos conscientes del peligro al acecho. Y si los coyotes aúllan en el desierto para llamarse unos a otros, romper la soledad y mantener la unión de sus jaurías,

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nosotros emprendimos la estrategia opuesta. Acordamos retomar el contacto hasta después de las fiestas decembrinas. Nos despedimos en la cena de Navidad con un largo abrazo (aún siento ese calor cuando cierro los ojos) y convenimos encontrarnos a finales de enero.

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Aquí es donde la historia comienza en verdad. Pasé la fiesta de Año Nuevo en Reno, junto a mi hermana y mis sobrinos. Pocos días después regresé a Carson City y dediqué el resto del mes a organizar el material para el libro de autoayuda que intentaba escribir.

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Durante todo ese tiempo no supe nada de Theseus. Marcaba las lunas en mi calendario como si fueran días en prisión, contaba las horas para encontrarme con el hombre renovado y dulce al que extrañaba. Ignoraba que las cosas ya jamás serían las mismas.

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Antes de la fecha pactada, recibí en mi correo una tarjeta virtual, supuestamente de Theseus. La fotografía mostraba un cañón magnífico desde lo alto de un monte, bajo la noche más estrellada que había visto en mi vida. El texto del mail contenía las siguientes palabras:

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Dunas de tiempo.
Se aproxima la muerte,
ciclón de arena.

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El mensaje, como podrán imaginar, me perturbó debido a sus antecedentes en salud mental. Intenté llamarlo, sin éxito. Rompiendo el acuerdo, corrí a visitarlo en su pequeño piso del centro. El casero me informó que no había visto a Theseus desde inicios de la semana.

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Al principio se mostró renuente, pero al final logré convencerlo para que me prestara su llave. Giré el picaporte y entré. El diminuto estudio era casi como una habitación de motel, apenas con espacio para la cama y un escritorio.

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Lo primero que vi al entrar al piso de Theseus fue la enorme pizarra repleta de fotografías del desierto. Eran imágenes impresas de internet. Ninguna se repetía y ninguna era semejante a la que yo había recibido.

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Cada foto tenía escrito en el reverso un lugar, una fecha y un nombre distintos. Durante un instante no los reconocí, pero luego la memoria me transportó a las noches en que vi la miniserie con Theseus: los nombres eran las víctimas del “monstruo de las mil caras”

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y las fechas correspondían al descubrimiento de sus cuerpos. Un hilo rojo conectaba las imágenes entre sí. Siguiendo ese rastro, los nombres de los desiertos (Atacama, Bayuda, Chihuahua, Gobi, Kalahari) discurrían en estricto orden alfabético. Para mi asombro, los días

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también coincidían. Akahito cometía sus crímenes en desiertos respetando el abecedario. ¡Eso era lo que Theseus había descubierto, superando incluso a los agentes de la Interpol! Sin embargo, eso no fue lo más inquietante.

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En algunas fotografías la letra era fina y estilizada, muy distinta a la de Theseus. Examiné la pizarra con detenimiento y observé que al final del camino había un hueco en blanco, con restos de cinta, del tamaño adecuado para colgar otra imagen.

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Me arrodillé para inspeccionar el suelo. La postal había caído bajo un librero. Era la misma que yo había recibido por mail: el cañón y la noche estrellada. Al reverso decía: Mojave-25 de enero. Justo el día anterior. Y en lugar del nombre, tenía las siguientes palabras:

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Mira el paisaje.
Laberintos de arena
son los olvidos.

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En el apartamento de Theseus faltaba su ropa. Tampoco encontré la maleta de viaje que le había regalado con motivo de su cumpleaños, la única vez que salimos de vacaciones. Eché en falta sus llaves, su cartera, pero encontré su teléfono móvil

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apagado en un cajón de la cómoda. Sobre la mesa de centro vegetaba una planta marchita. La fruta en la nevera desprendía un sutil olor a podredumbre, prueba irrefutable del abandono del piso. Y debo añadir que ese día encontré algo más de importancia:

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la computadora de Theseus estaba encendida. Tenía la batería al máximo y me pareció raro que no hubiera entrado en suspensión. Al revisar el navegador, encontré una cuenta de Twitter, sin seguidores ni seguidos, de la cual yo no tenía conocimiento. Revisé las últimas publicaciones y

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lo que leí me estremeció. Sus tuits eran breves aforismos suicidas, comentarios sobre el final de la vida, glosas pesimistas a la existencia. Cuesta trabajo encontrar un motivo, cada paso que doy me conduce al desierto, estamos condenados a empujar

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la piedra cuesta arriba, para luego dejarla caer. En todos sus tuits había un único me gusta, proveniente de una cuenta privada. La foto de perfil era la estampa La gran ola de Kanagawa y la portada era el desierto Mojave que yo había recibido en la postal.

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En aquel momento mi cerebro funcionó más rápido de lo que puedo explicar. Con mi móvil, apliqué el buscador de Google Lens a la imagen del cañón. Resultó ser (¡¿cómo no lo pensé?!) una fotografía de la cuenca de Badwater, en el Valle de la Muerte,

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al otro lado de la frontera con California. Sin perder ni un minuto (había perdido muchos en las últimas semanas), alquilé un jeep con suficiente gasolina y potencia para adentrarme en el desierto. Tenía la certeza de que al final del viaje me encontraría con Theseus

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y acaso también con el monstruo que daba rostro a sus pesadillas.

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No revelé mis planes a nadie ni compartí mis sospechas. La depresión de Theseus me había contagiado la costumbre de guardar secretos y mantener mis emociones ocultas. El silencio es un virus letal, pero también es un lenguaje. Al callar, comunicamos de manera distinta.

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En el camino recopilé información en YouTube sobre la cuenca de Badwater. Resulta ser el punto de elevación más bajo en toda América del Norte, a –86 metros sobre el nivel del mar. Además, el Valle de la Muerte en su conjunto ostenta el récord de la temperatura del aire más alta

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jamás registrada en el mundo: 134 °F, el 10 de julio de 1913. Dudé que esos datos me ayudaran en algo a encontrar a Theseus, pero obtuve una imagen más clara del espacio desértico y comprendí por qué Akahito elegía ese paisaje para sus crímenes. Los desiertos son

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el limbo del planeta, un equivalente natural al solipsismo del espíritu y el aislamiento cotidiano. El clima extremo vuelve inhóspitas las dunas y el silencio hace que la vida resulte infernal y el cuerpo inhabitable. Es como la existencia en las grandes ciudades.

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Además, son escenarios para incontables mitos, hogar de bestias y monstruos apócrifos, lugares de leyendas sobre civilizaciones enterradas bajo la arena o de lenguas extintas que, al pronunciarlas en voz alta, revelan los íntimos secretos de la muerte y el tiempo.

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Y a través de semejante paisaje mi coche avanzó con rumbo a la cuenca. Con la ventana baja, se impregnó de una atmósfera curiosa de frescura y sequedad. El contraste de la arena bajo la luna pálida con el azul del cielo semejaba el paisaje de un glaciar en la Antártida.

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Conduje cerca de diez kilómetros por un camino de grava que al final se convirtió en una planicie sin rumbo. Desesperada, busqué indicios de presencia humana: huellas, basura, cualquier pista sobre el paradero de Theseus. Al final, lamentablemente, la encontré.

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El bulto surgió de repente ante los faros, al pie de una yuca, y estuve a punto de estrellarme con él. Aunque logré frenar, me provoqué un latigazo cervical. Las piernas me temblaron y mis palmas se helaron por el sudor. Con precaución, salí del coche y me aproximé al cadáver.

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No era Theseus. En su lugar, una mujer en su treintena, pequeña, de facciones filosas y una palidez más allá de los límites de nuestro mundo. Las marcas de unas manos enormes alrededor de su cuello y sus ojos desorbitados completaban ese cuadro de terror.

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Yo sabía quién era, y supongo que, a estas alturas, ustedes también. Su nombre era Ariadna. Había ingresado al desierto con el mismo propósito que yo: encontrar a Theseus. Cometió la insensatez de no informar sobre su paradero ni a amigos ni a familiares, mucho menos a la policía.

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Con el tacto, confirmé que su piel estaba tibia. Tenía poco tiempo de muerta. Alrededor de su cadáver descubrí una serie de huellas que se alejaban de los altozanos en dirección al despeñadero.

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Seguí las huellas para alcanzar mi objetivo. Quinientos metros más adelante encontré a Theseus. Tenía la ropa y el cabello desaliñados, los ojos perdidos, aún en estado de shock tras descubrir el cadáver de su novia Ariadna. Me coloqué a sus espaldas y contemplé el paisaje.

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Comprendí que el mundo era eso: un hombre detrás de otro, el sujeto y su perseguidor, un cuerpo y la sombra de un cuerpo a la luz de la luna, la cual, recordemos, es sólo un reflejo de la luminaria solar. Ahí estaba yo, frente al hombre que había descifrado

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mis obsesiones, precisamente por ser yo la suya. Éramos un desierto circular que iba del centro al resto del mundo y de regreso, como un tornado. Un círculo de seres solitarios, conectados a veces por la soledad de los hilos (hilos como éste) y la inmensidad de sus redes.

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No tengo nada por añadir. Mi nombre es Ōtomo no Akahito, me apodan “el monstruo de las mil caras” y me odian porque ayudo a los suicidas a morir, a condición de que me entreguen su dinero, sus ilusiones y sus identidades.