Despelote. Nuestra relación con la historia y el futbol

Despelote
Julián Cordero y Sebastián Valbuena
Panic Inc
2025
Despelote se publicó en mayo del 2025 y consiste en un relato interactivo en el que interpretamos, desde una perspectiva en primera persona, a Julián, un niño que en el año 2001 está fascinado con el futbol y con la posibilidad de que la selección de Ecuador, su país, califique por primera vez a una Copa Mundial de la FIFA (la de Corea-Japón 2002), pero que en los años posteriores se replanteará su relación con ese deporte y con el medio de los videojuegos.
La literatura y cómo hacer “dominadas” con los recuerdos
Julián, nuestro vehículo para interactuar con esta versión de Quito hecha de píxeles, está parcialmente inspirado en las experiencias de vida del ecuatoriano Julián Cordero (codesarrollador del juego, en colaboración con Sebastián Valbuena); sin embargo, como la narración nos aclara, se tomaron licencias poéticas en aras de la fluidez de la historia, siendo la principal la edad del personaje jugable, unos años mayor a la de Cordero en 2001.
El ejercicio de contar la vida propia con elementos ficticios identificables, me parece acorde con la tendencia de la autoficción y con la definición de Serge Doubrovsky: “ficción de acontecimientos estrictamente reales”; también con relatos sobre la añoranza por una ciudad que no deja de cambiar, tanto por el crecimiento normal de sus habitantes como por los grandes eventos en el mundo, como sucede en Las batallas en el desierto de José Emilio Pacheco o en Fiera infancia y otros años de Ricardo Garibay.
La comparación con la obra de Garibay va más allá del tema de la infancia, el crecimiento y la definición de la identidad del autor, ambas obras capturan el habla cotidiana de los personajes que acompañan el día a día de los protagonistas. Cordero explica en un punto de la historia que se buscó recrear fielmente los escenarios y sonidos de Quito para evocar la atmósfera de sus recuerdos de infancia.
Respecto a la resonancia con la famosa novela corta de Pacheco, son fascinantes aquellas obras que consiguen trasladarnos a otra época y lugar. Una de las razones por las que hasta la fecha hay tanto cariño a Las batallas en el desierto es por ser un vívido retrato del cambio ocurrido en colonias de la Ciudad de México como la Roma y por la añoranza de los personajes y lugares que se fueron perdiendo o mutando con el transcurrir del siglo XX.
Despelote logra algo similar a través del lenguaje del videojuego al presentarnos la reconstrucción de una ciudad a más de veinte años de distancia. Recorrer el parque mientras esperamos a la mamá de Julián, hacer travesuras durante una fiesta familiar o ver el oportuno anuncio publicitario que la televisora pasó durante un gol decisivo nos sumerge en recuerdos ajenos, pero también puede servir para evocar los propios.
Mientras jugaba Despelote pensaba que a estas alturas de mi vida no me considero aficionado al futbol. Sin embargo, por lo menos cada cuatro años regreso a los recuerdos que me conectan con el balompié, del amor forzado a la indiferencia: mi intento de jugar como defensa, y tener el balón de la Copa del 2002 para ser aceptado por mis compañeros hombres en la primaria (salió mal), la colección de tarjetas de futbolistas que salían en las bolsas de pan (incluyendo al jugador ecuatoriano Alex Aguinaga), la vez que le declaré mi amor a alguien al terminar un partido de Italia en la copa del 2014 o el Mundial que vi en mi primer departamento de soltero junto a un compañero de la universidad con el que ya no hablo.
Las pequeñas estampas cotidianas a través de las que se desarrolla el videojuego invitan a recordar las propias experiencias con el futbol, e incluso, a imaginar cómo se verían en el estilo gráfico de esta aventura interactiva: los fondos y escenarios están hechos en 3D monocromático y deslavados como una fotografía impresa parcialmente descolorida; los personajes y elementos reactivos se asemejan al estilo de dibujo de un libro o cuaderno infantil, formando un peculiar collage.
El relato de Julián también aprovecha el formato del videojuego para contar cómo un gusto lleva a otro y se va formando la personalidad, con todas las decisiones de vida que esto implica; los movimientos y botones que sirven para movernos por el Quito de Julián funcionan de la misma manera en el videojuego de ocho píxeles que nuestro personaje utiliza. Estos elementos sirven para explorar distintas etapas de la vida y cómo la relación con un deporte y un medio de comunicación cambian con el tiempo.
La construcción de la atmósfera es efectiva y se siente como una experiencia análoga a la lectura de alguna novela acerca de la infancia y el paso del tiempo en las ciudades latinoamericanas. Adaptar la experiencia literaria al medio interactivo del videojuego no le es ajena a ninguno de los desarrolladores, quienes cuentan con un variado catálogo de juegos independientes acerca de distintas experiencias de vida; me parece destacable que uno de los juegos en los que Julián Cordero ha participado es una adaptación del cuento “Axolotl”, de Julio Cortázar, otra historia acerca de empatizar con otro contexto y forma de vivir.
Sentir amor y desamor por el futbol
En un momento de la historia, el Julián adulto nos cuenta cómo a raíz de la clasificación de Ecuador al Mundial de futbol del 2002, el gobierno creó parques que permitieron a miles de infantes practicar varios deportes; en ese punto, la animación pasa del collage virtual a un modelado en tercera dimensión más realista para contarnos el origen de un parque, pero también una actualidad donde la inseguridad hizo que el equipo de desarrolladores necesitaran contratar un guardaespaldas para poder grabar el audio del parque con equipo especializado. Crecer también es ver el mundo con más detalles y tener preocupaciones que no esperábamos en la edad en que creíamos que Dios era redondo (Juan Villoro dixit).
La vida cambia y uno rebota hacia otros gustos. Así como Julián Cordero pasó de querer jugar futbol a hacer un videojuego sobre los aspectos cotidianos y culturales del deporte, yo pasé de querer jugar para coexistir con otros niños de mi edad a estar más al tanto de noticias sobre las corruptelas de la FIFA y los efectos de la turistificación en las sedes mundialistas mexicanas, pasando por una etapa de leer los libros sobre futbol de Juan Villoro o Alberto Lati. Uno cambia y nuestras lecturas pasadas y presentes dan cuenta de ello.
Esta aventura interactiva puede interesar incluso a quienes tienen poca afinidad o familiaridad con los videojuegos. Comandos sencillos de aprender, ausencia de puntuaciones o castigos y muchos incentivos para repetir la experiencia en esta representación virtual de la capital ecuatoriana son algunos de los aspectos que la hacen tan accesible. La última escena del juego nos presenta a un Julián adolescente, que ya ha abandonado el sueño de ser futbolista, yendo con sus amigos de la infancia a una pequeña cancha en la que se cuentan sus planes futuros y anécdotas cotidianas mientras nosotros, como jugadores, definimos el ritmo del intercambio del balón entre los personajes. Algo tan sencillo, que también es un alivio ante la vorágine de la vida.
Si en cuatro años llega a haber otro Mundial de futbol, habrá muchas anécdotas y recuerdos de cómo se vivió esta Copa y todo lo que se contó en este turbulento año. La literatura, los videojuegos, la fotografía y otras disciplinas creativas nos permitirán capturar estos momentos y transformarlos para dar cuenta de lo mucho que hemos cambiado.