El “puto” mexicano

La palabra puto se escucha constantemente en la ciudad: como insulto, como calificativo denigrante, para enfatizar o incluso ponderar. En cada caso, el contexto dota a la palabra de distintas significaciones. Durante febrero, se me presentó en tres escenarios distintos: en el Estadio Olímpico Universitario, durante un partido de Pumas —donde se intentó censurar el grito colectivo con música—; en un bar de Neza, donde una banda de covers interpretó la controversial canción “Puto” de Molotov y finalmente en la obra Gol (puto) del artista Romeo Gómez López, presentada en el marco de la Semana del Arte.

En un contexto premundialista —considerando que la Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey serán sedes— el tema adquiere mayor relevancia. La organización del Mundial ha estado acompañada por diversas problemáticas: el desplazamiento de mujeres trabajadoras sexuales en Tlalpan; la violencia en distintas regiones del país; protestas en contra de la crisis hídrica; y el desplazamiento de la vivienda debido a la especulación inmobiliaria.

Asimismo, además de las protestas sociales, el descontento también se ha manifestado desde el ámbito artístico, como en las jornadas gráficas realizadas bajo el puente de Santa Úrsula Coapa —cerca del Estadio Azteca— por el artista Vlocke Negro, quien evidencia estas tensiones mediante sus murales; tal es el caso de Detrás de la Copa, las Fosas, obra que alude al hallazgo, por parte de colectivos de búsqueda, de al menos 456 bolsas con restos humanos cerca del Estadio Akron, una de las sedes.

Aunque existe oposición en diversos sectores, la realización del evento parece inevitable debido a la derrama económica que implica. Bajo este panorama, el grito de “¡Puto!” seguirá escuchándose en los estadios mexicanos, probablemente a lo largo de los trece partidos del Mundial de este año.

En este marco, Gómez López presentó Gol (puto): un animatronic con forma de balón de futbol y rostro humano, colocado sobre una base de pasto artificial. La pieza reproduce insistentemente la palabra puto en distintos tonos de voz —desde registros asociados a una masculinidad grave hasta otros estereotípicamente catalogados como “amanerados”—. La obra evoca a este grito colectivo —¿inocente?— que se realiza en los estadios con la intención de insultar al portero del equipo contrario. Al trasladar este gesto al espacio de exposición, el artista desactiva su dimensión festiva y lo convierte en objeto de escucha crítica. El balón —símbolo del espectáculo deportivo— adquiere rostro y voz, encarnando la violencia simbólica que suele diluirse en la masa.

Gómez López (Ciudad de México, 1991) estudió Artes Plásticas en la ENPEG “La Esmeralda” y en la École Supérieure d’Art et de Design en Tours, Francia. Su práctica multidisciplinaria abarca escultura, instalación, dibujo y marionetas, y cuestiona de manera constante el dominio cisheteronormativo que permea a la institución artística. Asimismo, es cofundador de Salón Silicón, proyecto híbrido que impulsa el trabajo de mujeres artistas y de integrantes de la comunidad LGBTQ+.

Parte de la producción del artista incluye HomoMatrix (Joto), obra que retoma la película The Matrix y el dilema entre permanecer adormecido o enfrentar la realidad —la píldora azul o la roja—, y la traslada a dos botellas que contienen poppers. En la pieza, el espectador debe elegir entre categorías como “gay” o “joto”, “lencha” o “lesbi”, evidenciando que cada término está cargado de implicaciones sociales específicas. Incluso dentro de la homosexualidad, ciertas palabras reproducen jerarquías heteronormativas: joto se asocia al sujeto pasivo y feminizado, mientras que gay puede percibirse como una categoría más asimilada y normalizada.

En Gol (puto) se evidencia que no es lo mismo “ser gay” que “ser puto”. Lo “puto” se vincula con lo débil —“no seas puto”—, con lo poco hombre —“qué puto eres”—, sociaciones que se consolidan en la cultura cotidiana y se normalizan en un gesto aparentemente inocente durante partidos de futbol. La obra pone en evidencia que el insulto no es euforia, sino un fenómeno estructural.

Tanto Gol (puto) como HomoMatrix (Joto) apelan a la construcción de una masculinidad sostenida por una lógica patriarcal: la del hombre heterosexual, violento y dominante, frente a la cual los cuerpos feminizados, disidentes y homosexuales son colocados como lo otro y, por ello, ridiculizados. Asimismo, el uso de distintas modulaciones de voz evidencia cómo, incluso dentro de la propia comunidad, continúan reproduciéndose estos estereotipos, pues “puto”, al igual “maricón”, no es un término inocente, sino que está cargado de historia y violencia simbólica. En este sentido, desde el célebre grito de “¡Puto!“ hasta cánticos como Que lo vengan a ver, ese no es un portero, es una puta de cabaret”, los coros del estadio reproducen una violencia simbólica que ridiculiza lo feminizado como estrategia de humillación.

Más que adoptar un tono moralista, considero que la obra de Gómez López abre un espacio de cuestionamiento: ¿por qué puto es el insulto que predomina en el futbol mexicano? ¿Qué revela esto sobre una cultura donde el lenguaje cotidiano evidencia estructuras de opresión y discriminación que atraviesan tanto un partido como la vida diaria? ¿Qué revela esto sobre las estructuras donde la feminización del otro continúa funcionando como mecanismo de poder y exclusión? Gol (puto) convierte un grito normalizado en una pregunta incómoda que resuena más allá del estadio; quizá escuchar la palabra fuera de él sea el primer paso para comenzar a responsabilizarnos de ella.