Vacío / Poesía / No. 255
Huésped
Fernando Silva Martínez
El vacío es un poltergeist
abre cajones, me mueve el alma
me deja las ganas tiradas
como si fueran ropa sucia
un domingo sin fe.
No sé si fue la culpa o el hambre
pero algo me sigue masticando el pecho
me huele los pensamientos
como un perro que busca al dueño
en las sombras.
A veces lo escucho respirar en la pared
una tos antigua que cruje entre los relojes
y cada tic-tac es una uña
que araña el barniz del silencio.
El vacío tiene nombre
pero lo pronuncias y la lengua se te apaga
como si las sílabas cargaran
con el polvo de los difuntos.
He intentado echarlo con ruido
con rezos, con luz encendida
pero vuelve cuando cierro los ojos.
No quiere nada
sólo estar
como el frío que se queda
después de abrir una puerta
a la madrugada.
Le gusta el eco de mis pasos
la forma en que el miedo
intenta hacerse rutina.
En ocasiones me habla
no con voz
sino con gestos torcidos:
una grieta que avanza en el techo
un foco que parpadea
al pronunciar mi nombre.
Dice que no soy distinto
que también fui aire una vez
que todos lo somos
sólo que algunos todavía lo fingen.
Barre la casa
ordena mis culpas por tamaño
y deja las más pesadas
junto al plato sin terminar.
Me recuerda que el cuerpo
no es más que un envase de ruidos
y que mi rostro
es apenas un eco mal registrado.
Come conmigo
se sienta al otro lado de la mesa
educado, silencioso
esperando su turno para servirse de mí.
Hay noches en que lo confundo con Dios
porque es lo único
que mira sin pedirme nada
y hay otras noches en las que le hablo de tú
porque no tengo con quién más platicar.
He aprendido a convivir con su sombra:
cuando como, le cedo un poco
cuando duermo
le presto el costado más frío.
A veces pienso que lo inventé
pero luego
en medio del silencio
una puerta se cierra sola
y el aire se ríe
como si el mundo entero
fuera sólo su habitación.
