Vacío / Ensayo / No. 255
Cartografía del vacío
Hannah Manjarrez
1. Por primera vez en lo que parece una vida, no hay orilla que alcanzar, no hay tarea que me llame. ¡Y me pesa esta calma, esta soberana quietud! El silencio me cae encima como una sábana húmeda. Ya no es el monzón de tareas que me acechaba. Yo, que he hecho del estar ocupada mi trinchera, me encuentro desarmada, desnuda. ¿Y qué es ese vacío, ese pendenciero abismo que siempre aguardó tras la puerta? ¿Qué susurra esta quietud cuando al fin me atrevo a escucharla?
2. Ya no grita la pulsión de muerte; apenas roza el oído. El ocio devela la paradoja: el tiempo limitado da propósito a la vida, pero es la productividad la que lo devora. La que vuelve irrisoria la existencia. Y así, en esta calma, muere el deseo de vivir y el aliento se vuelve como pan viejo: presente, pero inútil.
3. Si la pasión se extingue, el aire sobra. La muerte sería la solución, pero el miedo de dejar de ser es más invasivo que lo absurdo de existir. La vida simplemente es; no necesita propósito.
4. Dulce Ofelia, envuelta en una locura más tímida que la de Hamlet. Habitabas ese limbo de conmiseración: el vértigo de sentirlo todo y el hueco de no sentir ya nada. El amor que se hizo espectro y tu padre que lo siguió por una daga. La demencia te llamó al agua. Y te entregaste en la corriente, buscando en su profundidad la única paz posible.
5. Una cama de hospital, un llamado mudo de que su alma no trascendió esta vez al otro lado, pero que rozó la posibilidad. Y una vez que la muerte se asoma, la imaginación no puede borrar su sombra; se convierte en una certeza que aguarda. Sostengo la mano de mi propio Polonio, temiendo que se me escape para siempre, aguardando mi propia locura; mi destino como una Ofelia moderna al borde del delirio.
6. En matemáticas existe el universo, y su complemento es el conjunto vacío (∅): aquello que, por definición, no contiene nada. Sin embargo, en cualquier subconjunto, en cualquier porción de la existencia, habita la ausencia. Está en todo, aunque él por sí mismo sea nada.
7. Contemplar la noche. El firmamento, tan negro y estrellado, es un territorio desconocido. Al aprender, desaparecen los huecos, pero entonces se es más consciente de la propia ignorancia. El silencio, entonces, se expande.
8. Estar frente al precipicio. El pánico de saltar. El corazón sabe hacia dónde ir, pero la razón siembra la duda. Es la antigua trampa: el arte o las convenciones, como si fueran enemigas. Es la batalla: la seguridad del dinero contra el vértigo del deseo y la emoción. Mi cerebro dicta hacia dónde debo ir, pero mi corazón se resiste cada vez más. Y el miedo permea, me arrastra de vuelta a las conformidades. A lo lógico. Al deber. Sacrifico mis sueños en el altar del miedo. Y entonces, respirar se vuelve vacuo.
9. "La jaula se ha vuelto pájaro", escribió Alejandra. Y se voló. Quizás en su corazón ya no aullaba la muerte. El miedo ya no era impedimento ni posibilidad.
10. Existe el cálculo probabilístico de que un mono con una máquina de escribir, con tiempo infinito, pueda replicar las obras de Shakespeare. Pero no hay cálculo que pueda cuantificar el terror de la hoja en blanco; esa página desnuda, ese abismo de todo lo que podría llegar a ser.
11. ¿La profundidad tiene fin? La profundidad es el nombre que le damos al miedo de seguir descendiendo. Aunque terrenalmente el océano limita con playas y rocas, se funde con los ríos. En la superficie lo restringe el cielo, pero en lo profundo, colinda con la oscuridad de lo inexplorado, con el magma mismo de la Tierra.
12. Llega otra vez la noche. Al poner mi cabeza en la almohada, extiendo la mano y compruebo: el aire frío ocupa tu lugar. Y antes de entregarme al hombre de arena, la soledad se confirma.
13. A Sylvia Plath la despojaron de todo, justo cuando ella lo dejaba todo en sus últimos textos. Prometió resucitar cada diez años, pero el milagro solo se repitió dos veces. La última fue la definitiva. Y en la lista final: el horno, sus hijos dormidos, la traición, el gas, las galletas, sus poemas, su novela rechazada, Ted Hughes y Assia Wevill. Lady Lazarus no resucitó esta vez.
14. Y en mi caso, no fue la locura lo que me llamó al agua, sino tu traición. Así como Pedro negó a Jesús, tú me negaste. Tres veces lo hiciste: ante tu familia, tus amigos y ante ella. Seis años reducidos a un secreto. La muerte no nos separó; no hizo falta. Fuiste tú, aquel domingo, dejándome vestida y expectante, confesando tus motivos para mantenerme oculta —sólo para ti—. O quizá fui yo la que derrumbó todo al buscar consuelo en otros brazos que me soltaron en las primeras notas de una canción de salsa.
15. Él soltó mi mano en silencio. Un abandono que me dejó a la deriva. Nuestra relación siempre fue ese ejercicio de ambigüedad: calor y hielo; la pregunta irresoluble del amor o la amistad; una dulzura que se disolvía en amargura. Nos conocimos en el agua. Pero yo nadaba con dirección; él solo flotaba, dejándose llevar. Al final, yo me quedé en la profundidad y él escapó a la orilla. Queda pendiente el cierre, esa conversación que imagino una y otra vez en las madrugadas. Y con ella, un vacío de dudas que él, lo intuyo, nunca podrá resolverme.
16. Lo opuesto del vacío es el dolor, el exceso de sensación: el vértigo de sentirlo todo. Como la sirenita de Andersen, con dagas en los pies a cada paso. Deslenguada, sin voz, viendo a su amado correr a los brazos de otra. Para ella, el vacío fue la única paz posible: disolverse en espuma.
17. Y pienso en la Dama de Shalott, con su corazón hambriento, suspendida en su torre sobre una isla. Condenada a ver sólo sombras en su espejo, tejiendo visiones voyeristas. La aparición de Lancelot la hizo elegir y su visión del mundo se quebró. Dejó lo seguro, lo insípido, para entregarse al cauce. Grabó su nombre en la proa, pero al llegar a Camelot ya se había disuelto, como Ofelia, como la espuma. El vacío es el destino de las mujeres que aman en los márgenes.
18. Sylvia Plath lo entendió antes de su tragedia. Pudo salvar a Esther, pero no pudo rescatarse a sí misma: en la campana de cristal no sólo hay vacío, sino la pieza final del rompecabezas.
19. En una partitura, el silencio es tan vital como la nota; es la pausa que da forma a la armonía. Y la pausa, en una habitación vacía, es lo que queda después del ruido. Puede ser lo más cercano a la paz. O a la culpa.
20. Cuando no hay alimento, despierta la ira animal: hambre. El cuerpo ruge, brama. ¿Y si el hueco no es sólo físico? Hay hambre de poder, de aprobación, de amor; un apetito que nunca se sacia. Se come, no por necesidad, sino por estatus. Y al final, es la misma trampa: entre más comes, más hambre tienes.
21. El hambre no cesa. Pero frente a la tempestad, decido trazar el mapa. El vacío podrá expandirse, pero yo lo limito con un lienzo. Ya no quiero llenar el vacío: quiero bordar sobre él. Que el dolor sea mi hilo, la noche mi tela. Que de cada puntada nazca un nombre nuevo.
22. De nuevo estoy en el agua, nadando a mi ritmo. Ya no me dejo llevar por la marea; vuelvo a mí. Y aparece otro jugador en mi territorio. No ocupa el hueco: lo ilumina. Ahora no hay vacío. Hay miedo. El pánico de caer de nuevo al abismo. Me quedo petrificada, sin espacio para otro Hamlet que me enloquezca, otro Ted Hughes que me fulmine, u otro Lancelot que se desvanezca. Él es dulce, amable, quiere que crezca. No reclama nada. No exige. Sólo está. Y me pregunto: ¿es esto real? ¿Es tangible?
23. Tras abrir Pandora su caja, en el fondo no quedó el abismo, sino la esperanza. Pero la esperanza, como canta Lana del Rey, es algo peligroso. Y como ella, también la tengo…
Hannah Manjarrez (Ciudad de México, 1994). Ganó el Premio Nacional de Literatura Joven Raúl Padilla López 2024; fue becaria de Jóvenes Creadores y formó parte del 3er diplomado en Escritura Creativa de la UNAM. Trabaja en una fintech. Instagram: hannahmanjarrez X: @LaHanniuxxM
