Vacío / Cuento / No. 255

Mis primeras sin cuenta noches

Stephanie Berenice Cordero Ramírez


Cada mañana, al despertar, me cuesta unos segundos enfocar el techo y tratar de distinguir dónde estoy antes de girar la mirada. Más que un sentimiento de destierro es una atmósfera de ambigüedad encarnada que a veces me estremece de emoción, otras de pura y simple ansiedad. Hoy despierto deseando no estar aquí. Conforme más tomo conciencia de lo que pasó hace una semana menos deseo haber despertado. No entiendo cómo mi vida tomó la primera bifurcación que encontró y se convirtió en la posibilidad más improbable: mi nueva cotidianidad doliente. Mi abuela decía que lo peligroso de las raíces es que se pueden meter en tramas imposibles haciendo que lo que se creía sólido estalle en configuraciones surrealistas. Lo he visto muchas veces, desde arbustos en las vías altas del metro Pantitlán, eucaliptos en los andadores de Tlatelolco, hasta raíces que levantan banquetas al menos medio metro por encima del suelo o que se cuelan en las cisternas. Por otra parte, yo creo que lo peligroso también puede ser una forma de resistencia; vivir desde la fractura, aun si eso implica una existencia incómoda.

Mi fractura cobra más realidad conforme avanza el día. Finalmente me incorporo en la cama mientras veo una ligera mirada de cansancio y hartazgo por parte del gato, que ya se rindió de recalcarme que amaneció ya hace unas cinco horas. Para mí, mientras más tarde empiece el día, mejor. Pienso para mis adentros que si puedo esquivar la luz diurna quizá también pueda sumergir todo en el delirio de la noche y así poder esconder la realidad en una suerte de transmutación objetual: que para mi corazón infantil la ropa de la silla se convierta en monstruos, y que para mi integración corporal los monstruos regresen a ser simples humanos tratando de comunicar sus sentimientos.

Lo más difícil de las horas siempre aparece en el pleno reconocimiento de estar despierta, en la viscosa conciencia desde donde habito. Al levantarme para salir de mi habitación mis piernas flaquean, pues sé que en la habitación contigua él ya no está. Hace siete días me dijo que se iba esa misma noche. En cada paso tembloroso un nuevo recuerdo; lo veo llorando en el café, los mensajes en su celular amontonándose como una marabunta de despojo ante la cual no sé cómo enfrentarme... Una pausa, sigo, veo las luces del fondo del café desintegrándose en una lluvia brillante de negros y dorados, como barridos impresionistas; un paso más, los sonidos de su voz dejan de ser tangibles para ser escuchados en un triple eco iterativo de una voz que emite secuencias de palabras que no deberían ir en ese orden; su mirada hierática en la sala por última vez; la gélida noche para la que no me preparé. Me detengo. Una situación para mí improbable que ahora es mi realidad más certera. Al asomarme en su habitación tengo un acto reflejo de darle los buenos días, en respuesta no obtengo nada más que el eco de los estantes que no pudo cargar en su coche. Me invade una sensación profunda, punzante, de fracaso por la promesa de nuestro compromiso, es así como me desbarato en un llanto profundo, estertóreo, que me tumba al suelo. 

Siento un suave ronronear que gira a mi alrededor en círculos ondulantes. Yo no sé qué sería de mí en este periodo de agonía atorada en un departamento que apenas puedo pagar de no ser por el gato. Nunca me sentí más sofocada que en este habitar que me fuerza a vivir entre los fantasmas de lo que fue nuestra fantasía compartida, ni siquiera cuando terminamos la carrera y cada uno tuvo que forjarse un mundo desde cero. Porque creo que en eso consiste el sufrimiento de la falta: en saber que hay algo afuera de lo cual no se participa, en encarnar la paradoja del cuerpo que sólo se hace presente debido a estados de malestar, el resto del tiempo el cuerpo nos es transparente.

Mi estómago ruge de hambre, el cuerpo se hace presente. La vida me llama desde el otro lado de las paredes de mi doceavo piso, y me viene de súbito lo último que supe de ti: mientras haya vida hay cambio. ¿Y si mi deseo es no cambiar? Quiero que nos quedemos congelados en nuestra mejor época, la de hace dos años, cuando vivíamos en Tlatelolco. El lugar donde el mismo departamento se multiplica en múltiples edificios, pero contiene otra vida afectiva. Mismo departamento, diferente disposición, invertidos como nuestras lateralidades. Tú zurdo y yo diestra, formados en el mismo lugar con la diferencia de que cada uno entendió la vida según lo que le permitiera su disposición al caos.

Posteriormente, vecinos en un mismo departamento habitado en espejo y multiplicado en el edificio de enfrente. O más que eso, me niego a aceptar una realidad en la que no estás presente. Y seguido pienso que si el mundo se está acabando quiero estar contigo hasta el último momento. Nunca me lo he pensado más de dos veces, pero ¿me atreveré?

Le cambio el agua a la gata, la cargo, juego con ella, la cuido y soy feliz en tanto la luz de la tarde se va apagando. Planeo su alimentación de aquí a la próxima semana... mientras me decido, coloco diversos cuencos de agua por todo el departamento y lleno su plato a tope de croquetas mientras sigo rumiando no sé qué realidades de las cuales sospecho su solidez. Hago un par de llamadas "por si acaso". Preparo una pequeña nota que quisiera esconder en el rellano del marco de tu puerta, sí, como en aquella película acerca de fantasmas que viven la pérdida en las ruinas de los que una vez fueron sus hogares. Mi nota es simple: 

Este atardecer te espero entre la multitud. Ven y ábreme tu chamarra para que podamos estar calientitos, yo subida en un escalón para alcanzarte, sumergidos en un abrazo que nos sobre por todo el tiempo que no hemos podido estar juntos, por todas las noches que fueron frías a falta de mi valentía para comunicarte una mejor vida. 
Tengo recuerdos de una vida que todavía no es mía, también tengo nostalgia por lugares de los cuales nunca me apropié. No sé cómo comunicar esto ni a quién podría decírselo. Ya no sé cuántos días han pasado desde que te fuiste, no quiero llevar la cuenta, sin cuenta serán. Cincuenta recreaciones de lo que pudimos haber hecho para evitar tu súbita desaparición. Prefiero vivir en la fantasía de tu partida y recrear todas las pequeñas variaciones de lo que pudo ocurrir, pero sé que no nos queda mucho tiempo. Si bien hay luz invernal y el clima es frío, el olor de los hechos no podrá pasar desapercibido muchos días más.

Cada vez estoy más cerca de abrir las puertas del ser, o más bien sus ventanas. Me asomo por la ventana mirando al horizonte, para mí estás en todos los atardeceres, y me pregunto ¿hasta dónde se puede expandir un cuerpo significante? Yo solamente tengo respuestas individuales, mi expansión se da en la caída que debió haber sido la mía desde un inicio. Abro la ventana un poquito, lo suficiente para que cuando yo no esté el gato pueda jugar sin riesgos.

Vuelvo a esa noche, después de que pasamos un pésimo mes llegó el día punta, regresé temprano del trabajo con un montón de textos inconclusos en la cabeza y sin tiempo para las mundanidades del aseo del hogar. Probablemente tú estarías peor que yo porque hablábamos distintos lenguajes, y así, sin entendernos nos fuimos a dormir. Al día siguiente me llevaste al café donde me dijiste que te ibas esa misma noche, que tus familiares ya estaban esperando con el coche en la esquina de nuestro departamento. A mí se me disolvió la realidad, así que salí del café y corrí por el laberinto de los jardines de edificios que son siempre el mismo, corrí hasta que el tiempo dejó de ser importante. Después de muchas llamadas regresé al departamento donde habitaba algo que me era ajeno, pero que se veía como una confusión de mucha gente, cajas y maletas vacías. Hablamos por varias horas en mi habitación y en una decisión malabaresca te retractaste de tu huida, nos volvimos a quedar solos con la gata, y en un tropezón de tanto caos quise caer al vacío. ¿Qué hacía la ventana abierta? ¿Acaso fueron tus familiares los que intentaron cometer un acto contra nuestro consentimiento? La verdad es que no lo sé, y creo que aunque hubiera caído solamente habría terminado con un moretón muy feo, en cambio tu espanto fue tal que me jalaste con la misma energía que te arrojó al vacío en mi lugar. Caíste por doce pisos y aterrizaste en la terraza exterior del primero, sin ser calle y sin ser departamento, tal como tu vida que nunca se decidió por entero, sumergido en un sonido sordo que se terminó de ahogar debido a los festejos de septiembre. No sé cuánto tiempo estuve petrificada en la alfombra sin creerme tal escena. Finalmente un maullido me movió a cerrar la ventana, lento, con cuidado, como si el sonido del seguro pudiera despertar a algún vecino. Que no se vaya a espantar la gata, la cargué y nos fuimos a dormir. 

Cada vez que hay un evento grande y revolucionario te pienso, y no hay evento más revolucionario que el cese del cambio. En el fin del mundo solamente deseo estar contigo en nuestra isla que puede ser cualquier habitación, en nuestra atmósfera donde todo tiene un valor importantísimo y somos el centro del universo desde el cual se despliegan todos los mundos, todos los actos de significado. Ésta es la primera noche en la que soy feliz porque al fin te reencuentro, veo tus ojos mirándome mientras me acerco a 9.8 metros por segundo.




Stephanie Berenice Cordero Ramírez (Ciudad de México, 1993). Doctorante en Filosofía por la FFyL, UNAM. Sus líneas de investigación están centradas en el problema de la alteridad, el trastorno mental y la experiencia vivida, temas que aborda en sus obras literarias.