Vacío / Cuento / No. 255
Vórtex

Inés Villoro Heredia


Tenía trece años cuando el vórtex apareció, absorbiendo otra realidad o desmantelando paso a paso la existente. Mi mamá y yo nos acabábamos de mudar a una nueva casa semihabitable, en un condominio de lujo. En mi cuarto el panorama consistía en montañas de cajas, como edificios que se alzaban por encima de mí.

El colchón era del sofá cama de la anterior casa. Espuma amarilla como nubes en descomposición. La espesa luz me despertaba en las mañanas porque las cortinas seguían en camino. Decoré la habitación con las luces de Navidad. Los pequeños focos amarillentos resplandecían encima de la ciudad de cartón. El camino a la escuela era otro y los vecinos también. Pero mi ropa y la música que escuchaba eran las mismas.

Hacía unas semanas, papá había hablado y llorado. Mamá había llorado. Mi hermano había llorado. Todos nos habíamos dado la mano. Mientras cenábamos pizza en domingo, mi papá explicó diplomáticamente que como pareja se separarían, sin embargo se amaban. Nos levantamos de la mesa del patio y una ronda de abrazos comenzó. Una ronda llena de mocos, apretones, resoplidos, te amo, no es tu culpa. ¿Por qué lo sería? No es mi matrimonio.

Mi hermano mayor lloraba. Su pálida tez vuelta rosa, los ojos enrojecidos y húmedos. Por más que se pasara las mangas del suéter por la cara, su cuerpo creaba más y más lágrimas. Qué envidia. Era como si todos tuvieran una conexión con el presente que yo no tenía. Conectados a la realidad por un pacto secreto. La sentían en sus entrañas. Intenté verme triste. Tampoco estaba feliz. Nada se movía dentro de mí y eso era inusual.

Cuando llegó mi nuevo colchón, las cortinas y el internet, vi películas con filtros azulados y protagonistas deprimidas. Vi mi rostro en sus rostros. Tal vez no estaban tristes. Tal vez no sentían nada como yo. Tal vez estaban esperando algo drástico que les arrancara cualquier tipo de reacción. Necesitaba que mi cuerpo reaccionara más de lo que necesitaba dormir en las noches y lavarme los dientes.

Tal vez era diferente a mi mamá en ese aspecto. Se había pasado los últimos meses acostada como una Ofelia en pintura: todavía con vida, hablando bajito y pidiendo abrazos. Ofelia nunca se levantaba de la cama. No la veía comer ni hacer mucho más que permanecer en su lago de edredones y sábanas, cubierto de flores pensamiento y con lavanda amarrada al cuello. Mi papá no estaba en el país ni en el continente. Su regreso la hubiera despertado.

Cuando se separaron y nos mudamos de casa empecé a cruzar la calle con el semáforo en rojo, no cuando no hay coches pasando, como lo haría una persona decente, sino cuando todas las luces rojas de los faros embisten como toros enfurecidos y todos frenan de golpe. Ahora cuando caminaba con mis amigos podía decirles Puedo detener el tráfico. Y cruzar al otro lado. A nadie le parecía gracioso.

A veces no salía ni iba a la secundaria, pasaba horas en la cama, como si fuera una playa y me hundiera en la arena. Había decidido, iluminada por el alcohol barato de la tienda de la esquina, que mi vida tenía que ser una historia interesante, y que la regla general para lograrlo era decir que sí a todo. Tomar siempre la decisión que me dejara la mejor anécdota para contarles a mis amigas en el baño de la escuela.

No sólo no había llorado cuando cenamos pizza y mi papá comenzó su discurso. Tampoco había llorado aquella mañana que Ofelia se deslizó discretamente por la puerta de mi habitación y se sentó a los pies de mi cama. Tu papá nos va a dejar. Fue lo único que dijo antes de hundirse en mis brazos y manifestar un llanto que no le había conocido. Había pasado el día entero esperando el aviso oficial, viendo películas y a mi vida emocional marchitándose, completamente seca como los pétalos que prensaba en las hojas de mis cuadernos.

A veces sentía que mi casa era sólo mía. No la casa en la que crecí sino la nueva. Como si hubiera heredado el trono a los trece años. Todo era mío. Era mi castillo y dormía subiendo las escaleras en una elegante torre de paredes azul pastel y pósters de ánime. Había dejado de comer porque quería verme como los personajes en 2D de ojos bonitos. Compré la minifalda rosa y los vestidos negros. Todas mis medias negras se rompieron. El palacio era mío.

Y mis anécdotas eran cada vez mejores. A una niña de la escuela le prohibieron juntarse conmigo. Otro compañero me preguntó cómo se sentía la marihuana y le dije que se sentía como si te absorbiera un hoyo negro y todas tus partículas se separaran para volverse a unir en otra dimensión. Éramos yo y mi mejor amiga. La resistencia contra el resto de los alumnos, los que siempre habían destacado para encajar.

Me había deshecho de las partes de mí que compartía con los demás. Descubrí que esto me hacía sentir sola. Empecé a coleccionar gente inusual que me mostraba otras realidades. Me invitaban a sus castillos y en sus habitaciones rompía el hechizo que no me permitía sentir nada. Me daban polvos mágicos, medicinas que trataban mis problemas. Sentía de nuevo. Pero sólo a veces. Por unas horas. Mi papá había desaparecido en el vórtex. Cada mañana llegaba tarde a clases porque imaginaba que eso hacen las princesas: una gran entrada.

Supe que a partir de entonces nadie nunca me podría decir qué hacer. Simplemente ya no tendría efecto. Le había perdido el respeto a la autoridad. La palabra no tampoco la entendía muy bien. Me salía de clases y peleaba con los maestros. Les lanzaba bolitas de papel cuando escribían en el pizarrón. 

¿Y si alguien se metía a mi castillo mientras escribía en mi diario? Los apuñalaría con la pluma. ¿Y si alguien me espiaba desde el jardín? Mantendría las cortinas cerradas de noche. ¿Y si tenía hambre y no había pequeñas hadas confeccionando pan dulce ni galletas, ni horneando pasteles en la cocina? ¿Y si regresaba de la escuela y todos mis vestidos de flores habían sido atacados por tijeras, transformados en confeti?

A veces la gente me decía que era una persona muy fuerte, pero no era así. Tal vez no tenía empatía. O mi sistema nervioso estaba averiado. Fumaba y tomaba café sin leche ni azúcar. Antes de ir a clases preparaba mi café como los exploradores del Ártico lo hacen antes de salir de aventura. El cielo era más azul y luego más rosa cuando tenía quince años. Debe de ser la contaminación. 

Un día desperté en el hospital con mi mejor amiga observándome desde arriba, supe que tenía una historia demasiado buena para mi propio bien. Mi mamá lloró, mi hermano gritó. Pero mi amiga me contó lo que había pasado después de que perdí la consciencia y nos reímos a carcajadas.

Mi familia fue tragada por un vórtex de nuevo. No supe mucho de ellos, excepto que probablemente yo no era una princesa. Tal vez ahora era un vampiro que salía por la noche a tomar líquidos rojos. Tal vez no era una lolita, sino una femme fatale. De cualquier manera mis pretendientes seguían teniendo miles de años y fingían ser jóvenes.

Una vez uno de ellos escuchó mi edad y la de mis amigas y simplemente se levantó y se fue. Pensé que era aburrido. Su amigo tomó mi virginidad en la casita de un parque de juegos. Me dio asco y vomité. Ya me habían prohibido salir y para volver entramos por la ventana de la cocina. Cabíamos por la ventana más alta y más estrecha. Al entrar me caí y me lastimé la muñeca, pero dormí toda la noche abrazando a mi mejor amiga. Sus papás también habían desaparecido en el mismo vórtex. El de ella era el rostro que había visto en el hospital. Fue mi primer amor. Mi mejor amiga. Mi vida.

Nunca estuvimos tristes. Salíamos a buscar aventuras todo el tiempo. Fiestas llenas de brebajes y criaturas. Polvos y pócimas. Buscaba hablar con personas con malas intenciones precisamente porque sus intenciones eran malas. Si el de la esquina se negaba a venderme alcohol, le decía: ¡Me llevas vendiendo un año! Y me cobraba con hartazgo. Aprendí que cada viernes y cada sábado había una fiesta en alguna parte. Y que con mi carruaje de princesa podía estar en todas en una misma noche y todavía volver a la cama con mi más fiel acompañante, sostener nuestro cabello y acariciar nuestras espaldas al vomitar, y luego hundirnos en la cama donde le pedía que si yo dejaba de abrazarla, ella me abrazara.

—¿Cómo crees que sea el vórtex, Kaia? —preguntó Andrea levantando su mirada del libro que estaba leyendo. Yo también leía. La misma saga, dos libros más adelante.

—Creo que es un hospital abandonado.

—Un manicomio abandonado.

—No tiene luz.

—Ni agua.

—Ni desodorante.

—Definitivamente no hay artículos de higiene.

—¿Crees que sea cómodo? —Andrea nunca hacía preguntas así. 

—Creo que tiene una sala común llena de alfombras con mil hilos tejidos, chimeneas que dan calor. Y muchos libros para la gente que se porta bien.

—No quiero que mi mamá vuelva del vórtex por mí, Kaia. Siempre que vuelven…

—Ya no son los mismos.

—Exacto. Kaia, ¿puedo quedarme aquí sólo un poco más?

—Mi palacio es tu palacio.

—¿Por qué sólo nosotras sabemos del vórtex?

—Buena pregunta…

La luz se había ido y habíamos comenzado a usar velas. La cera multicolor se derretía en charcos en el suelo de madera de mi habitación y se fusionaba en un híbrido que aun así lográbamos encender. Cerramos los libros. Habíamos puesto todas las almohadas a nuestro alrededor, todos los peluches como soldados cuidándonos con sus ojitos brillantes. 

Todavía íbamos a la escuela y reíamos a todo volumen. Nos la pasábamos de un lugar a otro, nunca era suficiente aventura o estímulo. Creo que la absorción súbita de su familia también dejó a Andrea con cierta insensibilidad. Ese día soltó una lágrima. Sentimos que fue un progreso inmenso y celebramos su lágrima con las últimas galletas de la cocina y té en mi vajilla infantil.

Había sido un regalo después de la partida de mi padre, y se había quedado conmigo mientras una fuerza que no comprendía aspiraba a mis familiares uno por uno. Éramos la isla de los juguetes inadaptados. Muy buenas para el vórtex, muy malas para la vida.

—¿Crees que van a volver? —preguntó inquisitiva.

Sabía que podían volver. Los había visto volver un par de veces. No eran ni remotamente similares a cuando vivíamos todos juntos en la misma casa. Cuando les hablaba era evidente que no escuchaban. Gruñían y gritaban y hacían ruidos por las noches. Como bestias encerradas en mazmorras. Comían como animales, caminaban a cuatro patas. Y faltaban a todos los compromisos escolares.

—Pueden volver pero nunca volverán a ser iguales.

—¿Y si vamos al vórtex y los buscamos?

—No volveremos a ser iguales tampoco…

—Bueno y ¿qué hacemos?

—Un funeral —Andrea se rió—, en serio. 

—Nadie está muerto.

—Ninguno de nosotros ha sido el mismo.

A la mañana siguiente, Andrea y yo nos pusimos vestidos de encaje negro y tomamos prestados los tacones de la antigua habitación de Ofelia, que permanecía exactamente igual, congelada en el tiempo. Su olor, su vasito de agua, el libro que leía, sus lentes… Imaginaba que no había mucho que ver en el vórtex entonces.

Subimos a la torre más alta del castillo. La azotea. El cielo era azul plomo y el viento abundante. La sinfonía de las hojas moviéndose y los truenos a la distancia mostraban una tormenta inminente. No teníamos ataúd, ni cuerpos, ni invitados, ni sermones, ni nada de lo que se necesita para un funeral, así que optamos por un funeral vikingo: enterrar aquello que tal vez necesitarían durante su oscura estancia en el vórtex.

En un par de macetas cada quien enterró las cremas faciales favoritas de su mamá, el libro que había dejado en su buró, maquillaje y desmaquillante, uno de sus elegantes camisones para dormir y una pequeña carta. La lluvia comenzó a empaparnos.

La nube negra que había visto a lo lejos se acercaba.

—Andy, creo que el vórtex se está acercando.

—Creo que nos está llamando.

De pronto estábamos envueltas por aire morado, eléctrico, truenos, llantos, quejidos de agonía. Miré al cielo: una escalera densa como algodón de azúcar marcaba un camino hacia arriba.

—¿Ahora qué? —pregunté con calma.

—¿Y si vamos a ver?

Lo medité un momento.

Una figura de espuma, viento y estrellas y caos. Comencé a vomitar, en grandes cantidades, un líquido como el alquitrán, lleno de brillantina y stickers de estrellas y corazones. Andrea no tardó en unirse. Mientras, el vórtex se volvía un remolino cada vez más intimidante, presionándonos para subir por la escalera; Andrea y yo, dobladas, vomitábamos. 

Dolió. ¿Acababa de sentir algo? Miré de nuevo hacia arriba y esta vez mi corazón sintió el ardor de mil hogueras y las lágrimas y los mocos dejaron mi cara babosa. Había sido la primera víctima del vórtex en mi familia. Sólo que yo lo llevaba dentro. Cerré los ojos y estaba en otra parte. Mi mamá cantaba con su dulce voz desde las nubes que se alzaban. Oía a mi hermano hacer bromas, a mi padre reírse. Estábamos haciendo espagueti. Sin duda olía a espagueti.

Abrí los ojos y Andrea comenzaba a subir las escaleras rosas de espuma. Sólo veía su espalda pero sabía que lloraba. Tomé su mano, se la arrebaté a nuestro enemigo y ambas aterrizamos violentamente en la azotea, golpeando nuestras rodillas, que quedaron cubiertas de una sangre que parecía mermelada de fresa. Llovía y su oscuro cabello se le pegaba al cuello. 

—Creo que lo vencimos —dijo riéndose.

—Al menos lo hicimos enojar —respondí.

Nos quedamos un rato mojándonos en la lluvia, viendo el lujoso condominio desde arriba. Cuando la tormenta pasó, los niños vecinos salieron a saltar en los charcos y correr por todas partes, resbalándose en el suelo empapado.

Comíamos la misma comida, nos lavábamos los dientes al mismo tiempo y nos bañábamos juntas. Aunque las reservas del palacio se habían acabado, comíamos juntas también. Habíamos aprendido a cocinar, a robar comida para cocinar y a racionar. Ahora íbamos en la misma parte de la saga y leíamos en voz alta.

A veces sentía. A veces gritaba y lloraba en la ducha bajo el agua caliente como un abrazo. Sabía que un pedazo del vórtex seguía en mí y que nunca podría expulsarlo del todo. Tendría que lidiar con el intruso que habitaba mis entrañas el resto de mi vida. Tendría que esforzarme por no ser absorbida por completo, que a veces parecía lo más sencillo.

Esperaba que mi mamá hubiera recibido mi carta de alguna manera. Es más fácil lanzarse al vórtex que permanecer fuera. Pero si algún día Ofelia lograba salir de ahí yo la estaría esperando en nuestro palacio. Mientras tanto sólo podía intentar ser tan cautivadora como la recordaba. Cada gesto lleno de elegancia y una gracia que nunca supe cómo adquirió.

Lo que quedaba del vórtex en mí me obligaría a hacer cosas cada vez más peligrosas para alimentar su sed de sentir. Pero el resto del tiempo asistía a clases y me esforzaba por estudiar. En las noches me escapaba del palacio en busca de otras cosas. El vórtex tenía una sed carnívora que me movía más que nada. Cada vez que era satisfecho me sentía un poco más cerca de mi familia, pero sobre todo un poco más cerca de Ofelia.

Ella también había llevado ese alquitrán dentro antes de partir. Sólo que yo era muy pequeña para notarlo. Probablemente sabía que el vórtex se había llevado a mi padre y se llevaría a mi hermano y eso era a lo que le temía.

¿Por qué Andrea y yo habíamos permanecido? Éramos recipientes resilientes. Hacía todo lo que mis impulsos más oscuros me dictaban y a cambio esperaba que algún día Ofelia regresara.




Inés Villoro Heredia (Ciudad de México, 2000). Estudió Comunicación y Nuevos Medios en El Claustro de Sor Juana. Ha autopublicado su trabajo en revistas independientes y en plataformas digitales. Actualmente lee manuscritos para Penguin Random House. Blogspot: writewronggirl