Vacío / Minificción / No. 255
Anunciación del deshabitante
Mildred Calvillo
No hay espacio más deshabitado que uno perfectamente ordenado. Por ello le temo a las casas que parecen de revista: con sus camas bien tendidas, sin arrugas delatoras de presencia humana y sus plantas artificiales, inmortales impostoras que fingen una vida ausente. Prefiero la honestidad de los lugares abandonados, impregnados de humedad insidiosa y siluetas de muebles lejanos.
Para colmo, tanto el minimalismo exacerbado como la preferencia imperante por decorar con colores neutros, muy a lo Zara Home, no ha hecho más que inquietarme. Nadie mide los peligros de que las moradas sean blancas, con lienzos genéricos en las paredes y jarrones beige reinando la estancia. Sólo quienes hemos padecido las consecuencias sabemos los riesgos de un hogar estéril, casi hospitalario. A veces es demasiado tarde, y no lo comprendes hasta que escuchas al arrendador tocar insistentemente la puerta. Dubitativo, opta por abrirla. Entra. Ignora tus saludos. Recorre las pálidas habitaciones como si fuera un intruso novato, sin alma de visitante. Se marcha y, tan sólo unas horas más tarde, publica en la web el mismo anuncio del cartel que colgará en tu balcón:
Mildred Calvillo
Una casa viene al mundo, no cuando la acaban
de edificar, sino cuando empiezan a habitarla.
César Vallejo
de edificar, sino cuando empiezan a habitarla.
César Vallejo
No hay espacio más deshabitado que uno perfectamente ordenado. Por ello le temo a las casas que parecen de revista: con sus camas bien tendidas, sin arrugas delatoras de presencia humana y sus plantas artificiales, inmortales impostoras que fingen una vida ausente. Prefiero la honestidad de los lugares abandonados, impregnados de humedad insidiosa y siluetas de muebles lejanos.
Para colmo, tanto el minimalismo exacerbado como la preferencia imperante por decorar con colores neutros, muy a lo Zara Home, no ha hecho más que inquietarme. Nadie mide los peligros de que las moradas sean blancas, con lienzos genéricos en las paredes y jarrones beige reinando la estancia. Sólo quienes hemos padecido las consecuencias sabemos los riesgos de un hogar estéril, casi hospitalario. A veces es demasiado tarde, y no lo comprendes hasta que escuchas al arrendador tocar insistentemente la puerta. Dubitativo, opta por abrirla. Entra. Ignora tus saludos. Recorre las pálidas habitaciones como si fuera un intruso novato, sin alma de visitante. Se marcha y, tan sólo unas horas más tarde, publica en la web el mismo anuncio del cartel que colgará en tu balcón:
"Se renta departamento amueblado".
