Vacío / Ensayo / No. 255
Una esquina vacía

Alfredo Ortega Ordaz


En mi habitación hay una esquina vacía que, a lo largo de los más de seis años que llevo viviendo aquí, no he sabido cómo llenar. Está en la entrada, en la intersección que se forma junto al clóset. Es una ubicación incómoda, tanto por su protagonismo como por su discreción: es lo primero que se ve desde afuera, pero una vez dentro queda casi completamente oculta.

Sentí su vacío poco después de llegar al departamento, mientras jugaba a ordenar los muebles nuevos —que compré tras la mudanza— junto a los viejos —que traje de mi domicilio anterior—. Como nada parecía adecuado, decidí no poner nada.

Sin embargo, cada que entraba pensaba cómo podría resolver ese vacío. Las personas me decían que se veía bien así, pero para mí una esquina vacía es un espacio desaprovechado. Las esquinas son áreas privilegiadas por dos muros, capaces de sostener algo más que sus paredes constitutivas.

En la cosmovisión mesoamericana, por ejemplo, el universo se conforma por cinco pilares que separan y sostienen los planos celestiales, terrenales e inframundanos: el principal se ubica al centro y los demás en cada una de las esquinas. Por lo tanto, la ausencia de cualquiera de esos nodos supone una desestabilización del cosmos.

Este modelo sagrado se replicaba en los aspectos microsociales y cotidianos, al punto de que la disposición dentro de las viviendas respetaba esos cuatro ejes. Las esquinas eran, entonces, espacios cualitativamente distintos al resto de la casa; es decir, puntos sacralizados.

Me parece sugerente esta idea de equilibrio: pienso que, de algún modo, sigue apareciendo en la manera en que ordenamos nuestras cosas o percibimos el vacío. Aunque las esquinas de mi habitación no tienen esa carga espiritual, sí son reflejo de una cosmovisión personal.

*

Las esquinas, si se usan correctamente, dan equilibrio a un lugar. No obstante, los muros que las constituyen también pueden jugar en su contra: fácilmente se convierten en nidos para las cosas sin un lugar asignado.

En la cocina, detrás del filtro de agua, hay una esquina vacía que, en realidad, suele estar llena de cosas. Ahí termina lo que no tiene lugar: botellas abiertas, recibos, folletos publicitarios. Un cúmulo de cosas cuyo estatus es un limbo. Paradójicamente, las esquinas vacías pueden estar llenas.

Cuando me cansé de que no hubiera nada en la susodicha esquina de la habitación, compré un librero alto y angosto que se adaptaba perfecto al espacio. Desde afuera se veía bien, pero desde adentro lucía apretado. A pesar de ello, duró así algunos años, hasta que lo moví a un lado de mi escritorio, donde no sólo se veía mejor, sino también funcionaba mejor.

En su lugar coloqué un soporte con mi guitarra. Pero, puesto que hacía mucho tiempo que ya no practicaba, eventualmente se convirtió en un cúmulo de cosas sin lugar. Como la esquina detrás del filtro de agua.

El vacío, entonces, es capaz de ocultarse detrás de otras cosas. Hace algunos años trabajaba para el sector cultural en una dependencia militar. Tenía buen horario, sueldo aceptable y poco trabajo. No obstante, las funciones eran absurdas, repetitivas e innecesariamente burocráticas.

Durante ese tiempo revisaba ofertas de trabajo en otros sitios, aunque no era una estrategia "objetivamente" lógica, pues ningún otro lugar podía ofrecerme las condiciones que se esperan al cambiar de empleo: una mejor remuneración. Mucha gente dice que un trabajo no tiene por qué gustarte, que no es una afición sino un servicio a cambio de dinero. Y puede que en parte tengan razón, pero eso, a mi juicio, implica resignarse a vivir con una esquina vacía y oculta, llena de cosas con las que no quisieras que estuviese llena.

*

Fantasear con un nuevo trabajo o con colocar otro mueble en lugar de una guitarra empolvada por falta de uso quiere decir que el vacío tiene que ver con la noción de posibilidad. Es como el famoso refrán que dice que "hay que ver el vaso medio lleno". Es decir, una esquina no está vacía a menos que se considere su potencial para estar llena.

Regresando a aquel antiguo modelo cósmico que mencioné, en algunas culturas del Occidente de México, la cerámica solía decorarse con motivos lineales y geométricos siguiendo patrones quincunx, es decir, en una disposición de cinco puntos: cuatro en las esquinas y uno al centro. Estos representaban los dichosos ejes del universo.

De ahí que sea frecuente encontrar platos, vasos y jarrones con esas decoraciones dentro de las vitrinas de los museos de arqueología. No obstante, su condición de objetos museales los ha despojado de la posibilidad de estar llenos. La antigüedad de estos recipientes, por lo tanto, los exenta de la prédica de este dicho popular.

Más allá del optimismo de ese refrán trillado, "ver el vaso medio lleno" —o, en contraposición, "medio vacío"— habla de percepción y expectativa: lo primero, porque es una interpretación y significación personal; lo segundo, porque implica suponer que algo va a ser de una determinada forma.

Cuando era niño, tenía una perrita llamada Yuma. Cada que regresaba de la escuela iba directo a la cocina, comía con mi familia y, al terminar, llenaba un plato con croquetas y se las llevaba al jardín. Un día, cuando estaba por levantarme de la mesa, mi mamá dijo que Yuma había muerto en la mañana, mientras yo estaba en clases.

Me asomé al jardín y sólo estaba su casa, en la esquina debajo del tejabán. La expectativa de encontrar a Yuma y no hacerlo denotó entonces un cambio de estatus en las cosas a su alrededor: un plato vacío, una esquina vacía, un jardín vacío.

Al poco tiempo regalamos la casa y el plato de Yuma. Esa persona nunca la conoció, así que desde su percepción las cosas estaban vacías en el sentido de que aún no exploraba la posibilidad de llenarlas con cosas para su perro. Desde mi percepción estaban vacías porque hacían presente una ausencia inesperada.

Cuando se quitó la casa de Yuma, la esquina vacía se convirtió primero en un apilado de herramientas de jardinería y después en un asador que no se usaba para hacer asados, sino para exhibir las plantas de mi mamá. A pesar de la entropía que puede significar una esquina vacía y con poco uso, ésta logró un desenlace muy orgánico y espontáneo.

*

En algunas culturas prehispánicas ciertos objetos y seres vivos tenían cualidades para ser depositarios de entidades. En ese sentido, el perro era un ser umbral que podía transitar entre los diferentes planos cósmicos, por ello ayudaban a los muertos a cruzar hacia el inframundo. Cuando aún era estudiante de la licenciatura en restauración, cursé una práctica en la que restauré una ofrenda de cerámica perteneciente a la tradición de las tumbas de tiro del Occidente. Consistía en una pequeña cama rectangular con una mujer amortajada al centro y cuatro perros, uno en cada esquina.

Entre los múltiples deterioros que tenía la pieza, el más grave era que uno de los perros se había desprendido: el quincunx estaba incompleto. Restaurar un objeto implica una expectativa de renovación y cambio, es decir, de completar el vacío. Así al recolocar el perro cerámico que faltaba se restablecía también el orden de ese micro universo.

Ahora al mirar la fotografía de esa figura restaurada —mientras escribo este texto— también veo recuerdos alrededor de esa experiencia. Las imágenes funcionan así: sostienen lo que falta, hacen visible una memoria. Desde la filosofía de la Bildwissenschaft, una imagen puede ser casi cualquier cosa que permita convocar la presencia de una ausencia.

Esto quiere decir que, a través de la observación de ciertas cosas, es posible evadir o mitigar el vacío de aquello que no está o no podemos ver. De ahí que una fotografía de Yuma me permita convocar su apariencia o que un antiguo reporte escolar de una cerámica rota me recuerde las explicaciones sobre las esquinas del universo.

Parte de mi trabajo, entonces, consiste en materializar las expectativas a través de llenar los vacíos de una imagen. De tal manera, pude completar aquel vacío que dejó un perro de cerámica roto —y que ahora también me recuerda a Yuma—, mas no puedo completar el vacío que la verdadera Yuma dejó en el jardín.

Así, la esquina vacía de mi habitación —esa que, a lo largo de los más de seis años que llevo viviendo aquí, no he sabido cómo llenar— es también una imagen fidedigna de mi cosmovisión personal. Aunque sigue alojando una guitarra empolvada y, por ello, sigue sin estar llena, para mis adentros, es testimonio de una expectativa fortuita que espera un desenlace orgánico, casi natural, como aquella esquina llena de plantas sobre el asador.



Este texto fue elaborado en el taller de escritura de ensayo de Compacta. Espacio creativo. Agradezco a la coordinadora Andrea Ortiz y a quienes compartieron el taller por su compañía en el proceso.


Alfredo Ortega Ordaz (Durango, 1993). Licenciado en Restauración de Arte por la ECRO. Especialista en Historia del Arte y estudiante de la maestría en Historia del Arte ambas en la UNAM. Ha publicado cuentos en Página Salmón, e ilustraciones en Punto de partida, Galería Aguafuerte y Foro Cultural Goya.