Vacío / Reseña / No. 255
Parthenope: Los amores de Nápoles
Paolo Sorrentino, Italia, 2024, 2 hrs 17 min
Paolo Sorrentino, Italia, 2024, 2 hrs 17 min
Al final de la vida quedará solo la ironía
Parthenope
En Parthenope (2024), Paolo Sorrentino narra una epopeya contemporánea en su ciudad natal. Como en la Roma (1972) de Fellini, los personajes y la ciudad se funden de manera indisociable.
Varias Nápoles componen la ciudad de la cinta que nos envuelve como una sábana de lino recién tendida al sol. Parthenope revive después de tres mil años, para nada acongojada porque no pudo seducir a Ulises y dispuesta a seducir a todo humanx, independientemente de su edad o sexo. Los primeros griegos la bautizaron como Parthenope, el progreso la llevó a llamarse Neápolis. Sorrentino propone un recorrido por Nápoles, desde el nacimiento de Parthenope, en la década de los cincuenta, hasta la época contemporánea. Lejos de ser una sirena mitológica que se suicida por tristeza e impotencia —en los territorios de la actual Nápoles— el personaje principal del filme, una joven de belleza imposible (Celeste Dalla Porta), brilla en esta elegía visual de la juventud perdida, el deseo inalcanzable y la tristeza de los privilegiados.
La cámara se desliza como en un sueño. La música hechiza. Todo parece flotar en una belleza tan contenida que casi duele. En la Napoli de Sorrentino, donde la luz es impecable y el encuadre obsesivo, el drama no es el caos sino la máscara. Lo verdadero —el deseo, el duelo, el grito— apenas sobrevive como una grieta dentro del espectáculo. Según Guy Debord, “En el mundo realmente invertido, lo verdadero es un momento de lo falso”. ¿Verdadera es la visión de Nápoles del director, la visión de Parthenope del espectador o los comentarios, una vez terminada la película? Aparte de sus amigos, muy pocos compartirán la forma del director de narrar la vorágine napolitana. La sublime terraza de Posillipo, barrio originario de la protagonista —insultantemente privilegiado—, con vista sobre un Mediterráneo azur no está al alcance sino de una élite intelectual y económica que sigue contándose a sí misma. Más allá de lo verosímil, Parthenope es una experiencia sensorial. Sorrentino nos invita a caminar descalzos sobre los mosaicos de una ciudad que nunca termina de decirse, donde la nostalgia es tan espesa como el sol que arde sobre las playas sublimes. Nápoles no es sólo escenario, es carne y Parthenope —la muchacha, no la sirena— nace para recorrerla sin entender del todo si está viva o soñada.
Contemplamos a Parthe con una mezcla de devoción y desesperación. El personaje levita en un limbo gracias a su belleza, que es también la llave de una aparente libertad en cuanto a sus relaciones sexo-afectivas. La contemplación da la impresión de empoderarla, pero la reduce a un ícono. Sorrentino construye un personaje poderoso por su forma de habitar el mundo de una manera poco convencional, por su capacidad de maravillarse ante seres distintos al canon. A primera vista, a Parthenope le sobra libertad. La heroína pasa el primer cuarto de la cinta gravitando sutilmente entre los hombres que la cortejan, incluido su hermano. Más que una protagonista con plena voluntad, a la diva acuática le falta una buena dosis de libre albedrío. “No sé nada, pero me gusta todo”, dice. Debería decir todos o quizás: todos aquellos que no pueden corresponderme.
En medio de un guión clásico: seguimos el devenir de un personaje desde su nacimiento hasta que se retira de la docencia. Se le acompaña en su esplendor (donde nunca se realiza) hasta el regreso a su lugar de origen. La heroína pretende ser la belleza que piensa, esto le coloca en un lugar distinto al de la musa pasiva, sin llegar a ser actante. La elocuencia de sus respuestas, la lucidez desoladora con la que ve el mundo no le alcanzan para tomar decisiones lejos de la mirada masculina. Sabe evitar algunas cosas pero, salvo por algún que otro ‘no’, sólo acepta sugerencias o decisiones tomadas por los hombres que le rodean o se acomoda a las circunstancias.
Vamos de la ensoñación napolitana a Capri, como quien despierta de un sueño y entra en otro aún más sofisticado. Como en La grande bellezza (Sorrentino, 2013), la estética ultra pulida no es sino la promesa de la decadencia. Aristóteles comenta en su Poética que “lo bello es aquello que por sí mismo es digno de contemplación”. Tanto esplendor abruma. Los demás personajes orbitan alrededor de Parthe, sin lograr tocarla. Ella tampoco parece desearlo. Nadie encuentra el modo de vivir plenamente: ni el poeta, ni el filósofo, ni el actor, ni el amigo. Como si todos fueran hermosos y profundamente infelices o como si el deseo sólo pudiera alcanzarse en la pérdida.
El montaje en Parthenope no responde a la lógica de la progresión narrativa clásica. Más que narrar, evoca. Opera como una serie de fragmentos emocionales que se encadenan por resonancia: una mirada da paso a un paisaje, un gesto se prolonga en una pieza musical, una frase flota en el tiempo hasta encontrar su eco minutos —o décadas— más tarde. Sorrentino trabaja el tiempo como si fuera una tela: lo estira, lo pliega, lo deja caer. Hay elipsis radicales, secuencias que saltan años sin explicaciones, pero también escenas detenidas en una suerte de misticismo.
En lugar de una continuidad lineal, se impone una atmósfera. El ritmo no busca sostener la atención del espectador a través de giros dramáticos, sino mantenerlo suspendido en una cadencia casi hipnótica. Ese tempo flotante se sostiene gracias al uso preciso del ralentí —marca de la casa Sorrentino— y a una edición que privilegia el encuadre a la acción.
La música es parte del andamiaje estructural. No es un adorno: es lo que une los fragmentos, los hace respirar. Cada pieza, cuidadosamente elegida (como en todas sus películas), es una bisagra emocional. No hay subrayado musical —no hay violines empáticos—; hay canciones que se incrustan en la piel de la escena y la hacen vibrar. Una pieza barroca, una melodía popular italiana, un bolero latinoamericano: el collage sonoro es también un mapa afectivo.
Nápoles nos pone contexto en forma de origen u obsesión. El territorio en Sorrentino es un personaje más, y no cualquiera: es la madre, el lugar al que se regresa incluso cuando se cree haber huido. El cine de Sorrentino no sabría existir sin esa geografía emocional. La ciudad es promesa y condena. De ahí la necesidad de moverse: de la infancia al exilio dorado, de la fiesta al silencio. Siempre la belleza es un bucle. No hay escapatoria. El mundo está lleno de terrazas perfectas donde nadie sabe qué hacer con el amor.
Fusionar a la musa con su territorio, sacarle de su papel de impavidez, dotarle de capacidad de reflexión y hasta de elocuencia quizás no sea sino una profunda ironía que debamos leer con la misma ligereza de la película. Quizás resulte un poco absurdo pedirle a una ciudad que nos dé esperanza o a la belleza que piense. Parthe es etérea, no busca tener impronta aparte de un hedonismo que se deja entrever. Este retrato de una civilización incapaz de vivir intensamente algo —aparte del abatimiento—, puede esconder un hálito de celebración de la fragmentación o de la imposibilidad de encontrar sentido pleno. En Parthenope, la belleza y la ciudad se revelan como espejos irónicos de una época que sólo sabe contemplarse a sí misma.
Elisa Carrasco (Cuenca, 1989). Licenciada en Letras por la Universidad de Cuenca y Máster en Producción e Investigación Cinematográfica por la Université Montpellier III. Escribe proyectos, ficción, ensayos y poesía. Residente en Fabra i Coats con el proyecto lugares.org. Ha publicado en revistas de Ecuador y España, y próximamente en la antología del Grupo IEHCAM.
