El color de los peces

Encendiste la luz del cuarto, mi sangre se detuvo. Comenzaste a golpear los tubos de la litera con tus anillos y el impacto del sonido se estacionó en mi nuca. Arrancaste las cobijas de Pokemon, la humedad de la madrugada entró en mi cuerpo. Mi respiración se tensó. Quedé en calzones frente a ti, golpeaste mis nalgas con la fuerza suficiente para no ignorar tu presencia. Siempre tu presencia. Mírame a los ojos. Párate derecho. Mete la panza. Entendí que no me podía escapar de ésta. Julio lo sabía y por eso se había ido a dormir al piso de la sala. Es más fresco, dijo. Lo mismo le hiciste cuando tenía mi edad. Lanzaste una muda de ropa. Ésta no es mi ropa. Es nueva, póntela. Ya casi es hora. 4:18 en el reloj, me puse mis tenis rojos con rayitos, con los que decía corro como Flash. Quítate esas madres, ponte las botas. Y salimos.

Todavía era de noche. El auto no quería encender pero forzaste la marcha hasta que tronó el escape y rechinó el motor. No había nadie en la calle y aunque ibas muy rápido por la avenida Hidalgo, parecía que la ciudad se movía lento. Lagañas en mis ojos. Paramos en la única gasolinera abierta. Las dos garrafas de diésel y doscientos de verde en el carro. Quiero un gansito. No hay dinero. Tengo hambre. Allá compramos algo. Quiero un sándwich. Allá compramos algo.

Pusiste las garrafas en la cajuela, quedó apestando a diésel por meses, ¿te acuerdas? Otra vez a toda velocidad. Luces verdes, luces rojas. Llegamos a la casa de tu amigo, ¿cómo se llamaba? El que era abogado. Subió unas cajas y dos hieleras al asiento de atrás y las cañas atravesaron todo el Topaz.

Ya cómprate una camioneta, Geño. El próximo año. Vamos a McAllen el próximo fin, con 2 200 dólares te consigues un mueble chingón. El próximo año, ahorita ando corto. ¿Te sacó mucho tu vieja? Lo normal. Yo me hacía el dormido en el asiento de atrás, aunque cada tanto tu mano me jalaba la pierna. No te duermas, tienes que ir agarrando las cañas.

Llegamos al mercado de mariscos. Despuntaba el sol por el lado del río. Una arcada. Dos arcadas. Tres arcadas. Nunca me gustó el olor del pescado crudo. Me tomaste del brazo y entramos. Los pescadores atracaban en el muelle. Aguanta. La gente gritaba. Aguanta. Las jaibas kamikaze caminaban y caían de las mesas. Aguanta. Un kilo de carnada. Salimos. Por fin pude respirar. Geño, tienes que hacer algo, ya está grandecito para hacer esas mamadas. Subimos al carro. Velocidad otra vez. Llegamos a los muelles del Club Regatas Corona. Un muchacho moreno y escueto movió las cosas del carro a la lancha.

Esta madre está cada vez peor, ahora ni los chalanes traen uniforme, mira nomás cómo viene vestido, Geño, parece un pinche pescador, este club se está yendo a la mierda. La lancha estaba lista, yo subí hasta el último, no quería. El piso era engañoso, no dejaba de moverse. El cielo estaba clareando pero en el horizonte sólo había bruma. Uno, dos, tres jalones, el motor encendió y salimos por el río con dirección al mar. La mañana era húmeda, como siempre en Puerto Madero. El cambio de oleaje nos avisó que habíamos dejado atrás las aguas del río. Me costaba respirar. Mi boca se hacía grande, se hacía chica, se hacía grande, se hacía chica. Un primer jalón al inhalador, antes del segundo me lo arrebataste y fue a dar al mar. Bien, Geño, lo que necesita es el aire de la mañana. Pusiste un cuchillo pequeño en mis manos. Hay que cortar la carnada, retazos de pescados pasados y piel a punto de pudrirse. Me enseñaste cómo se hacía. Hay que cortar hasta volverlos pequeñas tiras. La viscosidad en mis manos. Destaza la carne. Corta la carne. Raja la carne. No hay que desperdiciar nada. Hay que atravesar la carnada con la punta del anzuelo, después rodearlo y anudarlo. Es gracioso, ¿no? Que todavía me acuerde. Mientras seguía tus instrucciones, sólo pensaba en lo duro que estaba el aire, un solo disparo de salbutamol no me había salvado de la bruma mañanera que daba contra mi cara y el pinche sol que no asomaba por el horizonte para evaporarla. Al parecer, una mañana cualquiera en el Golfo. Tiramos las cañas sin pescar nada durante un par de horas. Geño, suéltale un six al cabrón de la lancha. Y lo hiciste. Haberlo dicho antes, jefe, ahorita vamos al banco de peces. Te digo que estos weyes son unos cabrones, Geño. Y no se quedaron atrás tú y el abogado. Destaparon la primera, la segunda, la tercera cerveza. Yo seguía sin entender qué hacía allí. ¿Por qué tenía que suplir a Julio para acompañarte a pescar? El sol, en vez de ser mi cómplice, fue mi enemigo, no disipó la humedad, sólo la calentó y el aire era más grueso, no cabía por mi nariz. Boqueaba para nada. Ustedes no paraban de hablar de cómo se corta correctamente un peto. No puedes cortarlo como los otros peces, las postas deben ser perfectas. Se debe preparar al mojo de ajo, no lo debes fritar ni empanizar, debe ser al mojo de ajo. Lo mejor es hacer el mojo tú mismo, dos o tres cabezas de ajo bastan, no debes cortar los dientes, los cuchillos son piadosos, debes machacarlos. El verdadero sabor sale cuando los revientas. Tienes que molerlos, la cabeza entera, de preferencia. Si juntas dos o tres cabezas primero hay que olerlas, saber que son de la misma familia, si no, arruinas el sabor. La genética es importante. En una piedra grande machacas todos los dientes al mismo tiempo. No te confíes al molerlos. Tienes que empujar desde la espalda, de ahí viene la fuerza, apoya todo tu peso y verás cómo se deshacen. El resto ya es fácil, la medida justa de limón, no pasarse de aceite y un toque de pimienta. Eso es todo. El secreto es saber machacar. Eso comeremos hoy. Todo eso decían mientras el mar y el pescador borracho se burlaban de nosotros. Los chorros de orina golpeaban la superficie del agua y las horas pasaban. Nunca hubo ningún banco de peces, o tal vez sí, pero nunca llegamos a él. Uno, dos, tres jalones y ya estábamos de nuevo en movimiento. El raspón del salitre en los cachetes me despertó, la playera empapada en sudor, la piel detrás de mi cuello roja, la panza se me había hecho chiquita, los pulmones de metal y la profunda vergüenza de no haber pescado nada. Por lo menos la lancha en movimiento hacía el viento más fresco. Y seguimos, dimos vueltas y vueltas y vueltas. Quemar diésel solamente porque podíamos. Qué pinche pena regresar con un bidón lleno y sin pescados. Aún hoy en día, dudo de las habilidades del pescador alcoholizado para ubicarse. Ya vamos de regreso, esta madre no jaló. La matraca comenzó a sonar. Emoción desaforada. Tú y el abogado corrieron a sus cañas, pero era mi carrete el que estaba haciéndose más delgado. Pusiste la caña en mis manos. Deja correr el hilo. Dale hilo. Que se canse. Ahora sí, regresa. Recupera el hilo. Jala. No dejes que truene el sedal. Río de instrucciones. Cánsalo. Déjalo que nade. Que muerda bien el anzuelo. Jala. Recupera. Pon el seguro. Con ganas, cabrón. Hasta que ardan las manos. No lo sueltes. Déjalo que nade otra vez. Otra vez. Otra vez. Ya lo tienes. Ya no está jalando. No tiene fuerza. Ahora sí ¡vas! Era un barrilito que no dejaba de moverse, su cola pegaba desesperadamente en el borde de la lancha. El abogado destapó dos cervezas a modo de festejo. No era el pez que esperabas para hacer al mojo de ajo. Tomaste la caña y fuiste recorriendo poco a poco el sedal. El animal condenado seguía su lucha. Su boca se hacía más grande, más chica, más grande, más chica. Una pupila dilatada. Peleaba pero ya había perdido. El abogado te dio un bastón corto y grueso. Pusiste al pez en el borde de la lancha, el barrilito todavía podía saborear el mar, y sin soltar el sedal que daba al anzuelo de su boca comenzaste a golpear su cabeza. Uno, dos, tres, cuatro. Sólo veía tu espalda tensa. Los cuchillos son piadosos, debes machacarlos. El pez dejó de coletear, pero su boca seguía, más grande… más chica… más grande… más chica… hasta que no se movió más. Subiste el pez a la lancha y lo dejaste en el suelo, le salió un hilito que cruzó todo el piso hasta donde yo estaba. De un lado tú y el abogado brindaban junto con el pescador. En el otro extremo, yo. No sabía que los peces tenían la sangre roja. 

Enya Santamaría