La prueba del espejo

So it is true after all, not merely
a rule of art:
change your form and you change your nature.
And time does this to us.

Louise Glück, “Parable of the Dove”

I

Una paloma de alas grises descansa sobre un techo de cristal en un parque famoso de Madrid. Al caminar, su pata restante —ha perdido la otra apenas unos días antes en una pelea territorial— provoca sonidos casi imperceptibles sobre la superficie diáfana. Sonidos tenues para los oídos de la niña de cinco años a quien un hombre en sus ochenta le enseña a alimentar a las aves. El hombre camina todos los días desde su casa en el centro de la ciudad al parque, donde cada mañana desafía al olvido. La cura a la indiferencia —o lo que más se le parece— son dos bolsas de plástico repletas de semillas y migajas de pan, restos de la cena de la noche anterior. El hombre toma las manos de la niña y las llena del contenido de las bolsas. Después, le muestra cómo tirarlas sobre el suelo sin asustar a los animales. Una clase de sigilo, de atención. Una lección sobre cómo olvidar el olvido.

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Las palomas han sido señaladas como una de las especies que han pasado la prueba del espejo; un experimento diseñado para saber si un animal posee consciencia de sí mismo. Consiste en marcar al animal examinado con una tinta inodora y colocarlo frente a un espejo para comprobar si es capaz de identificar que la marca se encuentra en su cuerpo. Una manera de buscar consciencia en lo diferente, de encontrar cierta similitud intangible en la otredad. Se ha dudado de la validez e interpretación de sus resultados especialmente en el caso de las palomas, pues éstas se reconocen a sí mismas sólo después de un periodo de entrenamiento.

Sin embargo, aunque las palomas no fuesen capaces de distinguirse a sí mismas frente a un espejo, poseen algo más valioso: la capacidad de reconocer a otras de su misma especie, identificar a una comunidad, asignarles un valor individual a las demás. No verlas como un ave más entre una multitud.

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Amas de los techos y los callejones, se pasean casi imperceptibles al ojo humano. Se han convertido en un elemento más de un paisaje urbano que ignoramos, entre el ajetreo de la vida rápida y la prisa de nuestro entorno. Desafían nuestra capacidad de atención. Ignoramos por completo su presencia frente a nosotros, esquivamos sus cadáveres arrollados junto a las banquetas y les dedicamos un pensamiento sólo cuando osan atravesarse en nuestros caminos. El acto de alimentarlas se ha vuelto meramente un pasatiempo en los parques locales. 

Por otra parte, nos burlamos de su incapacidad para hacer nidos funcionales, pero nos negamos a reconocer que no saben hacerlo mejor porque antes no tenían esa necesidad. Contaban con hogares cómodos, alimento seguro. No tenían que ser independientes. Pero ahora son vistas como no más que un residuo de nuestro pasado. Se nos enseña, desde niños, a considerarlas una plaga, un problema que es necesario cortar desde la raíz.

El nombre paloma significa “pichón salvaje”. En el nombre se lleva la naturaleza. Pero, como es bien sabido, al ser humano no le gusta desafiarla, sino adueñarse, a como dé lugar, de ella.

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Cuando años después regresé al parque madrileño en el que, a los cinco, don Felipe, un hombre de ochenta años, me enseñó a alimentar a las palomas, la presencia del hombre ya no estaba más que en los vestigios de su afán de curar el olvido: grupos de palomas buscaban pedazos de pan y semillas en el suelo, como si alguien les hubiese contado que alguna vez, ahí, alguien desafió la costumbre de hacerlas a un lado, de olvidar que alguna vez fueron las encargadas de enviar mensajes durante las guerras y salvar vidas que después despreciaron las suyas. Olvidamos, a veces y como de costumbre, que fue el humano quien las tomó entre sus manos para después convertirlas en portadoras de mensajes importantes, en armas comunicativas de guerra, en acompañantes en el ejercicio de matar. Armas después suplantadas por otras armas, unas más letales, pero menos vivas. 


II

Una paloma de plumaje blanco se posa sobre una percha de madera de manzano en un estudio tapizado con lienzos inconclusos. Un pintor español famoso —que desde niño ha criado a esta especie— la observa, toma un carboncillo y un pedazo de papel y comienza a trazar lo que se convertirá en el cartel más importante del Congreso Mundial por la Paz en los años cuarenta. Hasta ese entonces apolítico, el pintor ha tomado una decisión: hacer de su animal de compañía no una musa, sino una representación, un símbolo de lo que el mundo necesita. Una alegoría de origen bíblico: una paloma blanca con un olivo en el pico. Convertir lo divino en una representación de la aspiración más humana.

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Según el dogma central del cristianismo, la paloma no es sólo el símbolo de una de las tres manifestaciones de su dios. Es, también, el animal elegido por esta divinidad para encontrar tierra firme para la humanidad y el reino animal después de años de vagar por un mar que ahogaba pecados. La anunciadora oficial para el hombre que, supuestamente, salvó a todas las especies habitantes de un mundo antediluviano. Un puente entre el pasado y la promesa de un futuro desconocido. Portadora de una certeza: el fin de uno de los episodios más emblemáticos del catolicismo. El hipotético inicio de una nueva era libre de pecados, de maldad, de corrupción. Hipotético. 

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Es común, en los parques de las ciudades, escuchar a padres preocupados advirtiendo a sus hijos de los muchos males que las palomas cargan consigo y que, como si fuese su principal función, podrían contagiarles. Antes musas, compañeras, serviciales. El olvido voluntario tiene la capacidad de cambiar los adjetivos que se le atribuyen a un sustantivo. Plagas, invasoras, indeseables. 

Hoy se pasean por las ciudades como un perpetuo recordatorio de nuestra facilidad para hacer a un lado lo que ya no necesitamos. De nuestra manera desconsiderada de apropiarnos de algo, de una vida, para después pretender que jamás quisimos adueñarnos de ello. El olvido es un nido hecho de ramas delgadas sobre el techo húmedo de algún edificio capitalino.

Olvidos que llevan a otros más, como el de la autonomía que poseían estas aves antes de que las personas quisiesen atribuirles servicialidad. Sus nidos amateur son producto de haber sido domesticadas con un fin utilitario años atrás; de haber pensado que su capacidad de supervivencia no recaería nunca más en ellas, sino en quienes se encargaban de su bienestar. Ellas no contaban con un futuro incierto. Ellas eran antes las encargadas de llevar el mensaje de lo que estaba por venir.

Hoy, cuando entro a redes sociales, su ridiculización late entre fotos de un pequeño huevo peligrosamente colocado entre dos varillas delgadas y la búsqueda incansable de migajas para sobrevivir. Puede que, en realidad, el olvido sea más compasivo que un recuerdo burlesco.

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Cuando visité la Tate Gallery, una de las piezas que se imprimieron en mi memoria del recorrido fue Paloma, de Pablo Picasso. Una litografía sobre papel de 1949. En ella, una paloma blanca posa sobre un fondo negro. El ave ignora que está siendo retratada; mira hacia el frente con la apacibilidad que las caracteriza. Después de observar la obra por unos minutos, y tras una búsqueda rápida en internet, supe que la modelo había sido una paloma milanesa que Henri Matisse le regaló a Picasso al enterarse de que el pintor criaba a estas aves.

Cuando salí del museo, una mujer mayor arrojaba arroz al suelo cerca de una fuente y las palomas se reunían a sus pies. Otras más, que ya habían recibido su ración diaria de alimento, se situaban sobre el agua fresca de la fuente; quizá buscando refrescarse, quizá advirtiendo su propio reflejo.



III

Una paloma camina detrás de otras cinco aves sobre la avenida principal de una capital en el suroeste del país. Esta paloma es una de las cuantas que hoy en día viven aún bajo el cuidado humano. Que recuerdan, inconscientemente, su capacidad de pertenecer a un entorno fabricado por las manos que hace décadas las negaron. Desde hace años, esta paloma es visitada por otra, con quien permanece todos los días sentada en una piedra que su dueño ha colocado para su comodidad. Las palomas son monógamas; una vez que encuentran a una pareja les es imposible relacionarse con otra. Una dupla permanece junta, reproduciéndose, hasta que una de ellas muere.

Esta paloma no puede volar. Su domesticación es producto de un accidente que la incapacita para volver a las alturas. En un día soleado de primavera, la paloma es visitada por el mismo grupo de aves que le hacen compañía día con día; entre ellas, su pareja. Cuando comienza a atardecer, todas emprenden su camino hacia el camellón en el que se encuentra su árbol, su casa. Por primera vez, la paloma decide no quedarse atrás. Las sigue, llegan a la avenida. Un coche se avecina. El grupo de palomas vuela hacia el árbol para resguardarse, pero ella no puede hacerlo.

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¿Qué reconocen ellas al vernos pasar? Se mueven entre los muchos pies que caminan sobre las ciudades a diario. Vuelan sobre los autos que, a las menos afortunadas, lastiman sin siquiera darse cuenta.

¿Las palomas eran domesticadas o sólo se les concedía el derecho a permanecer en un sólo lugar? La posibilidad de adaptarse a las personas, de adquirir nuestros hábitos, de moldearse a nuestra forma de vida. ¿Por qué deciden quedarse, hasta el día de hoy, entre nosotros?

Nosotros, que nos convertimos en verdugos con el desprecio, con las miradas intolerantes. Lo cierto es que, con los años, estas aves han aprendido a hacer una vida no para nosotros, sino alrededor nuestro. Se han adaptado a la indiferencia, como antes lo hacían a las manos cálidas de sus dueños. Nos han dado una clase de sigilo, de atención. Una lección sobre cómo desafiar al olvido.

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Camila, una paloma de pecho color crema, vivió con su dueño, un vendedor de autopartes en Xalapa, por al menos tres años. La primera vez que la vi estaba acompañada por un pichón de líneas negras que bajaba de una araucaria todos los días para pasar el día con ella. Es su pareja, me dijo su dueño cuando me detuve a observarla, posada sobre una piedra. Me contó brevemente su historia. La encontró lastimada a orillas de la avenida. Al notar sus heridas, la colocó en un lugar seguro dentro de su negocio mientras se recuperaba. Sin embargo, después de algunos meses y una revisión médica, supo que nunca más podría volar. Para ese entonces, la paloma ya estaba acostumbrada a ser un animal doméstico. Tenía una rutina, comida segura, un lugar cálido donde dormir. Su función no era utilitaria; lo suyo era cuestión de acompañamiento, de cuidado. Me pregunto por qué cedemos ante el olvido cuando tenemos tal capacidad de ejercer el cuidado. Por qué le arrebatamos un pasado aprendido a un ser que nos daba un presente incondicional.

Camila falleció hace un año. Su adoptante se encargó de enterrar su cuerpo en el jardín que adorna el exterior de su negocio, el eterno hogar de un animal adaptable. Murió en el mismo lugar donde fue encontrada. Su incapacidad de emprender el vuelo nunca fue un impedimento para que Camila se relacionara con otras aves. La última vez que la vi, su dueño me dijo, ha sido muy feliz aquí. Pero a veces siento que siempre le va a faltar poder volar.

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Para hablar sobre la resistencia, Immanuel Kant recurrió a la imagen de una paloma al vuelo. Consideraba que el animal podría pensar que volaría mejor en una atmósfera sin aire. Que su vuelo sería más ligero, más libre. Pero en realidad ocurriría lo contrario. La oposición es lo que hace que un vuelo tenga más fuerza.

Me parece sensato que la paloma sea siempre un símbolo de cosas más grandes que nosotros. Paz, divinidad, resistencia.

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¿Cómo hablar de un olvido ajeno, de un desplazamiento del que se es, a veces, inconsciente? Su imagen está colgada sobre galerías famosas, simbolizan movimientos sociales que pretenden asentar una paz inventada. Son veneradas en edificios que guardan la espiritualidad. Son colocadas, en pinturas y esculturas religiosas, a la derecha del padre. Quizá lo que necesitamos es adquirir una manera de reconocernos no sólo a nosotros mismos. De aprender la lección. De ver qué hay detrás de nuestra figura, de nuestro reflejo.

Mientras yo coloco estas palabras en una página, rescatando su presencia en mi propia memoria, haciéndome consciente de su reflejo sobre el agua, adueñándome de una herida que no es mía, allá afuera habrá egoísta de escribir sobre ellas. alguna paloma volando con la feliz incertidumbre del acto humanamente egoísta de escribir sobre ellas.

Hallet González