¿De qué hablamos cuando hablamos de animales?

No, mamá. Él era mi perro. Yo lo haré.
Fred Gipson, Old Yeller

Preludio fantasía

El impacto ocurrió a las seis de la mañana. Un centenar de pasos danza la coreografía del trabajo asalariado. El ambiente se inunda con un pestilente aroma rancio, vestigio sin escape del mundo subterráneo. Guiado por mi padre, esperamos sobre el andén del Metro. Hay que estar atentos. No hay espacio para el error: Al mirar llegar los trenes; No se aviente para entrar; Si en diecisiete segundos; No ha podido ni se meta; Ni se baje la banqueta; Que se puede rostizar: Chava Flores, el cronista que cantó la vida chilanga como nadie, atinó un soliloquio de verdades con “Voy en el Metro”.

En aquel interludio, esperar implica aprender a rezar. En la hora pico, ninguna plegaria le pedirá a Dios la ubicación del Santo Grial: basta con que haga aparecer una secuencia de vagones vacíos. Como la respuesta del Creador es inexistente, para aliviar la tensión nos atrevemos a ignorar el cuidado personal, asomándonos a la boca del túnel. Fue entonces cuando la vi: al otro extremo de la estación, en medio de las vías, una bolsa blanca revoloteaba.

El tiempo avanza y el Metro no aparece. Esto permitió que la bolsa se convirtiera en un espectáculo digno de Las Vegas. Los pasajeros se estremecían ante la escena y yo no entendía el porqué de tanto alboroto. Al seguir andando la silueta blancuzca sobre el riel, pude distinguir el cándido andar de un esponjoso perro blanco miniatura.

Cual inocente actor, el animal ignoraba la atención recibida de parte de un centenar de personas al ritmo de: “¡Que alguien haga algo!”, “¡Pobrecito!”, “¡Llámenlo, por dios!” La estafeta del salvador canino pasaba de manos sin llegar al verdadero héroe.

Una ventisca acarició mi mejilla izquierda. El aire se masificó en la estación, cual vil tornado, acompañado de un zumbido. Miré la boca de la oscuridad: el Metro se acercaba. Sin perder velocidad, el convoy cantó con Chava Flores el clásico “¡tururú!” sobre el mismo riel en donde andaba el perro. El esponjoso can ignoró a su público. Atendía el llamado de la máquina naranja, corriendo hacia el resplandor al final del túnel…


¡Se lo comieron las ratas!

La fauna de la Ciudad de México es elevada en ocasiones al estatus de fantástica. Unicornios y dragones carecen de imaginación ante el estándar chilango. Y todo gracias a una rica colección de leyendas urbanas. Destacan las apariciones de El gato con sombrero, del Dr. Seuss, que, cual botarga humana, vaga en el Metro cerca de Pino Suárez; El caso del niño-perro, caníbal de Tacubaya, quien, tras perderse en el Sistema de Transporte Colectivo, habita los túneles y se alimenta de vagabundos. No obstante, ninguno se acerca a la cúspide del luminoso caso de La rata gigante de La Merced.

El año era 2005. Y mi noción del mundo infantil cambió el día que mi padre se detuvo a comprar el periódico. En nuestro quiosco de confianza, él se enfrascó en los diarios matutinos. Yo, en una docena de revistas, ahora clásicos olvidados: El pájaro loco, Memin Pinguín, Kalimán e incluso El Libro Vaquero. Cómics de usual lectura para mí, de pronto carecían de valor ante un novedoso titular: “¡Anaconda explota al comerse un cocodrilo!”.

La imagen era un sugerente montaje que enorgullecería a la IA: en un lago, los susodichos reptiles quedaron prensados en un estallido de sangre y vísceras. Con apenas nueve primaveras, mi sentido común se trastocó y aceptó aquella noticia con la vigorosidad de un infante. En otras palabras: no advertí que era falso. Mi imaginación navegó en el tobogán de los deseos sin culpa. Pero el ímpetu de mi padre no. Al pedirle comprar un ejemplar, recitó la respuesta que todo adulto puede darle a un niño: “Esa revista es puro amarillismo”. Nos alejamos sin conocer las circunstancias del combate que derivaron en la derrota de mis reptiles favoritos. 

Nunca olvidé aquel título. En los meses sucesivos. al ir al quiosco, buscaba aquella publicación que enaltecía el morbo a cambio de un módico precio. La revista Alarma! fue mi primera ventana a lo ominoso en el mundo periodístico. Lanzada en 1963, fue emblema de la nota roja en México al optar por ilustrativos cadáveres en sus portadas, imágenes que otros medios de primera línea nunca se hubieran atrevido a publicar. Tras una interrupción de 1986 a 1991, cuando el gobierno emprendió una lucha contra la pornografía editorial, regresó como El Nuevo Alarma! La demanda de sus lectores, ávidos de sugerentes titulares, no se hizo esperar. En poco tiempo se coronó como la publicación de mayor venta al alcanzar los dos millones de ejemplares semanales.

Aquellos que la compraban adoptaban en ocasiones el papel de testigos silenciosos por correspondencia. Eran reporteros sin sueldo que informaban a la revista de aquello que consideraban digno de su línea editorial. Fue así que, hacia el año 2007, comenzaron a circular entre sus páginas los primeros avistamientos de La rata gigante de La Merced.

Una nota amarillista elevó a estatus mítico una leyenda urbana de la Ciudad de México. Cual relato fantástico, adquirió fuerza por medio de la oralidad. En la sobremesa, se compartía la historia a la hora del café o cuando comenzaban a pasar el ate con queso. En mi Sanborns de confianza ojeé la revista y descubrí que en realidad los avistamientos comenzaron en los años sesenta. Los reportes identificaron a La Merced, uno de los mercados más grandes y antiguos de México, como el hábitat natural del roedor. Los testigos se contradecían, pero había puntos de encuentro: era tan grande como un perro pequeño. De costumbres nocturnas, transitaba los túneles bajo el mercado. Si al caer la noche, entre los pasillos de verduras oías un chillido, con seguridad estabas en aprietos.

Recorte de prensa

Todo buen mexicano, en algún punto de la vida va en busca de los mejores y más baratos ingredientes para el mole de los domingos. Así decidí seguir el ritual de mi padre: ir a La Merced el sábado a las seis de la mañana. El ambiente neblinoso, cargado de chile seco, enrojecía mi nariz. En los pasillos de piedra curtida había tramos en donde, para suplir la tapa de una coladera, un par de tarimas servían a nuestros pasos. Mientras mi padre introducía las compras en una arpilla para, cual Pípila, cargarlas en la espalda, yo me asomé al boquete en el suelo. Parado junto a una olla de tamales, comencé a sentir escalofríos al concebir que ahí abajo pudiera habitar una rata de mi tamaño. En igualdad de circunstancias, no me creía capaz de ganarle en un duelo.

A las pocas semanas un nuevo reporte avivó la situación. En su siguiente edición, El Nuevo Alarma! enalteció en sus páginas su magna exclusiva: “¡Trabajadores que reparaban cañerías en La Merced hallaron una rata de cincuenta kilos!”.

La imagen que acompañó el titular fungía como un sugerente pase libre a la imaginación, pues no se veía el animal. En su lugar, unos trabajadores observaban el hoyo de una excavación. La explicación sobre la ausencia de la rata gigante dejó sin réplica a los detractores; vecinos, convencidos de evitar un foco de infección, la incineraron, enterraron y le vertieron concreto. El cadáver entró en disputa por un equipo de investigadores de la UNAM, deseosos de comprobar que no se tratara de algún capibara extraviado.

El descubrimiento avivó una pregunta que ya no podía pasarse por alto: ¿cómo una rata de tales dimensiones podía moverse en el subterráneo de un mercado? En la siguiente edición, la revista develó una escalofriante conclusión: sencillamente no era posible. Y todo porque el roedor más grande del mundo pertenecía al linaje del rey rata.

En el mundo natural se identifica este fenómeno cuando los roedores se atan entre sí por la cola para generar calor y sobrevivir. En condiciones extremas, esto deriva, en algunos casos, en alimentarse unos de otros. Entre mugre y desperdicios, las colas terminan unificándose en una sustancia pegajosa y ya no pueden soltarse. Prevalece la ley del más fuerte. O del más sucio.

En 1878, un granjero alemán encontró en su molino a un verdadero rey rata, compuesto por treinta y dos roedores. Tal fue el descubrimiento que el ejemplar disecado se encuentra en el museo Mauritianum, en Altenburg. Un dato que aprovechó El Nuevo Alarma! fue que en 2005, en Estonia, otro agricultor halló dieciséis ratas unidas por la cola, nueve de ellas con vida. Esto daba sentido al fenómeno mexicano: La rata gigante de La Merced, al no poder moverse, era alimentada por otras ratas. Monstruo inmóvil, aumentó de tamaño y grasa por la inactividad, teniendo a su orden un comando de ratas bien entrenadas para proporcionarle alimento, al puro estilo de la película Ben, la rata asesina.

La situación alcanzó su punto cúspide cuando se reportaron nuevos avistamientos. Esto contravenía el hallazgo del anterior roedor, quemado y sepultado. ¿Cuántas ratas gigantes había en realidad? La historia le adjudicó poderes sobrenaturales. Si Peter Parker adquirió sus dones al ser mordido por una araña radioactiva, La rata gigante de La Merced era indestructible debido a una sobredosis de contaminación y desperdicios químicos mal desechados. Entre comerciantes y compradores era más fácil creer que el animal había sido enviado como un castigo por su deficiente gestión de basura y desperdicios de comida.

Debido a la velocidad de los acontecimientos en el mundo, la popularidad de la rata gigante decayó. Cual críptido en renovación de imagen, sus avistamientos se desplazaron lejos del mercado. Ahora en recuadros ínfimos, con frecuencia en las últimas páginas, El Nuevo Alarma! recopilaba los reportes de su ubicación en Indios Verdes, cerca de la línea 3 del Metro. Testigos señalaron que, entre las vías y con frecuencia por la noche, aparecía el animal en busca de un aperitivo compuesto por perros, gatos y pasajeros que, cansados del trabajo o enfiestados, caían en sus fauces. La eficacia del roedor era absoluta, pues poseía la facultad de hipnotizar a sus víctimas. ¿Se trataba del mismo animal?

De serlo, posiblemente emigró fuera de la ciudad. Desplazado por la atención mediática, el apogeo de su popularidad elevó su costo de vida en el centro de la capital. No le quedó más remedio que buscar el anonimato de la periferia. La rata gigante de México se convirtió en el primer desplazado por la gentrificación.

Cuando los avistamientos cesaron, advertí que la revista de vez en cuando ofrecía un espacio de primera plana a su amigo roedor: “¡Se lo comieron las ratas!”, decía la portada, que acompañaba la foto de un cadáver colgando de una cuerda en un armario. Resultado de una tortura y olvidado en una fábrica, los roedores fueron los únicos beneficiados. Fue la última vez que me detuve a ojear El Nuevo Alarma! en un puesto de periódicos. En 2014 se lanzó el ejemplar final, un mes después del fallecimiento de su director, Miguel Ángel Rodríguez, víctima de un infarto en la estación del Metro Balderas, escenario irónico, pues cuenta con un largo historial de nota roja en México.

Al mirar de reojo una coladera abierta me pregunto: ¿y si nosotros somos el verdadero rey rata de toda una ciudad? No necesitamos ocultarnos para derrochar basura a nuestro paso. ¿Alguien estaría en desacuerdo? Habría que preguntarle al Hombre rata de La Merced, nuevo críptido del mercado.


Safari accidental

—¡Es una aberración de la naturaleza! —En los pasillos de Liverpool 16, Ana, poeta de corazón y vegetariana por convicción, añadió una sugerente observación al mirar nuestra comida—. ¿Qué valor nutricional puede tener la carne de cerdo en un mamífero?

El comentario me hizo verificar mi tupper. Su narrador de confianza almorzaría camarones a la diabla y rollitos primavera. Di el primer mordisco, aliviado de no entrar en aquella categoría. Intrigado, la animé a continuar. Como buena poeta, transformó lo cotidiano en otredad al recordar que, descansando en las islas de Ciudad Universitaria, observó a una ardilla devorar un taco de canasta… ¡y era de chicharrón prensado! El más obseso de las nueces no pudo resistir la promoción de cinco por veinticinco.

Mientras me disponía a beber jugo de naranja, una pregunta me asaltó la mente: ¿en dónde acabaré yo cuando muera? Si soy enterrado a la sombra de un árbol, como deseo, quizá mi cadáver sea devorado por una ardilla al amanecer; poco después, ese mismo roedor puede ser comido por un cerdo por la tarde y, finalmente, ese porcino terminará convertido en taco de carnitas por la noche, ofrecido en los puestos que pululan en la Glorieta de Insurgentes, a los cuales acudo con frecuencia. La magia de la cadena alimenticia.

Y es que la relación chilanga con los animales trastoca cualquier indicio de cofradía natural. A diferencia de otras regiones de América Latina, donde la naturaleza se concibe como “inherente al ser humano, sin divisiones”, como refiere Leonardo Padura al hablar de su natal Cuba, México edificó una dulce ilusión de convivencia a través de la hermandad del espectáculo. Los animales existen y son valiosos mientras dure el recorrido del zoológico.

“Si Dios hubiera querido que surcáramos los cielos, nos habría dado alas para volar”, justificó mi abuela cuando no quiso viajar en avión para conocer el mar. No obstante, en el estrato general, el ser humano ha demostrado ser un envidioso de las habilidades del mundo animal. Y cuando no puede hacerlas suyas, encuentra en el cautiverio una forma de consuelo: observar desde una posición de superioridad aquello que podría destruirlo si no existiera el cristal con que se mira.

De ahí nace la idea del zoológico. Capturar aquello que nos inquieta fue una constante en múltiples culturas. El Zoológico de Schönbrunn, en Viena, resulta el más antiguo, inaugurado en 1752 como casa de fieras imperial. Al igual que el bestiario de Moctezuma en Tenochtitlan y el de Versalles de Luis XIV, ninguno contempló la apertura al público. 

Fue hasta 1828 cuando el Reino Unido inauguró el Zoológico de Londres con fines de investigación. La falta de popularidad impulsó que se abriera al público en 1847 con la temática de diversión en familia que todos conocemos. La venta de boletos y el interés social desplazaron a la ciencia. El espectáculo venció a la curiosidad.

En la tierra del pulque se impulsó una política de diversión social. En 1890 Porfirio Díaz entabló el compromiso de edificar un zoológico en Chapultepec con la promesa de incrementar el entretenimiento civilizado. Desde su inauguración el 6 de julio de 1923, el de México compite con los más grandes zoos del mundo, gracias a una serie de especímenes que encarnaron la bandera del nacionalismo y llevaron en su sangre la consigna de que lo fantástico se queda corto en la nación del ombligo de la luna.

El año de 1993 es crucial en la historia del Zoológico de Chapultepec. Los capitalinos lloraron la partida de Tohuí, el primer panda nacido en cautiverio fuera de China. Cumplió su trabajo como embajadora de buena voluntad mejor que cualquier diplomático. Con apenas doce años, su legado logró lo que ningún otro animal en el recinto: nos hizo creer que era feliz en cautiverio.

Convertida en símbolo de una nación, dudo que gozara de las regalías de su imagen, la cual pululaba en camisetas, llaveros y hasta dulces con el sugerente sabor blanco y negro. En su funeral se coreó la voz de Yuri, entonando su tema más ecológico, “El pequeño panda de Chapultepec”: Pequeño panda, aún no andas; y ya queremos verte jugar; con tu mamita, que está orgullosa; porque naciste en nuestra ciudad; en nuestro bosque maravilloso; donde yo gozo y soy muy feliz. Emblema de la Ciudad de México, amiga de todos los niños, Tohuí logró mejorar las relaciones internacionales con China gracias a la creación de un nuevo eslabón en las ciencias políticas: la diplomacia panda.

Dependiendo de las tensiones geopolíticas o del fin de los contratos, el Gigante Asiático ha pedido la devolución de sus ejemplares. México se encuentra en la lista dorada, pues nunca se los han solicitado. Gracias a Tohuí, los chilangos conocieron un nuevo tipo de cambio no monetario, único en el mundo: la amistad.

En pleno siglo XXI, el peso de cuidar el legado recae en Xin Xin, hija de Tohuí, la panda gigante que rompió récords de longevidad al cumplir 35 años. Al ser la última de su especie en territorio mexicano, la incógnita permanece en el aire: ¿China nos confiará uno más? De suceder, habría que pedirle a Yuri que nos componga una nueva canción.

Tras su éxito reproductivo, la despedida de Tohuí dio paso a la siguiente imagen del entretenimiento en cautiverio: Keiko, la orca estrella. El cetáceo llegó a México en 1985 desde Islandia para convertirse en la principal atracción del Ajusco, en el ahora olvidado Reino Aventura.

Panda y ballena compitieron en niveles similares de popularidad hasta que el destino repartió cartas distintas. 1993 marcó el fallecimiento de Tohuí y el estrellato de Keiko, quien alcanzó fama mundial con la película Liberen a Willy.

El gusto le duró poco. Keiko, cuyo nombre significa “niña afortunada”, se sumó a la larga lista de animales explotados por el espectáculo. En 1996, Life publicó pruebas del maltrato que sufría en cautiverio. La respuesta mediática no se hizo esperar. El símbolo de la libertad hollywoodense no contaba con un tanque acorde a su tamaño.

Como refiere Juan Villoro en El vértigo horizontal, Keiko fue liberada en Noruega, descubriendo que la magia del cine no existe fuera de la pantalla. Nunca logró adaptarse a los de su especie. Conservó sus rutinas acrobáticas, ofrecidas ya no al público, sino a sí misma. Alejada de los vítores, murió en soledad en 2003, víctima de neumonía. Un final irónico para quien tuvo como papel entretenernos en aguas heladas.

No obstante, la fauna impostora siempre está al acecho, y la Ciudad de México es el espacio ideal para presenciarlo. El 9 de diciembre de 2025, un sujeto fue captado por las cámaras de la Secretaría de Seguridad Ciudadana descendiendo sobre la avenida Juárez, esquina con Balderas, con un paracaídas. Al simular el vuelo de las aves, se enredó en un semáforo. El hombre, en apariencia ileso, se liberó del arnés. Cual ave humana, surcó la lacrimosa noche y aterrizó en esta vieja ciudad de hierro sin frenos. Nunca se descubrió su identidad.

De estos casos se puede exhumar un sentimiento humano: no resistimos mirarnos en el espejo de ese otro yo “animalista”. A través de un fractal compuesto por una fosa y un vitral, nos sentimos indefensos ante el poder que emite la fauna carcelaria. Al mirar nuestro reflejo comprendemos el peso de nuestra mortalidad. Nos reafirma nuestro papel en el mundo al entender lo frágil que somos ante fuerzas que escapan a nuestra comprensión… hasta que dure el recorrido. Después, cruzamos el torniquete de salida y regresamos al asado con los colegas o al marcador del domingo botanero.

Y a la distancia, un animal busca quién le devuelva la mirada en el pasillo vacío de un zoológico cerrado los lunes y días festivos.


Epílogo realista

…Mi padre me aleja de las vías. Ahora percibo la oscuridad de su gabardina. El Metro llega a la estación acompañado de una ovación desanimada. Por primera vez, nadie lo quiere ver llegar. En mi mente navega la imagen del perro blanco, afelpado, caminando inocente frente al convoy. Como si todos en la estación hubiéramos sido presa de una ilusión colectiva, entramos al vagón sin mayor novedad.

Me cuestiono por qué el perro no emitió sonido alguno. Fue silenciado por una nube de calor eléctrico. Las puertas se cierran, bajando el telón del espectáculo. El trayecto me inquieta. Ningún pasajero habla. Ni siquiera mi padre. Al avanzar hacia la siguiente estación, aparece el elefante en la habitación: ¿qué le pasó al perro?

La respuesta evidente no me convence. Al bajar y despedirme de mi padre, quiero creer que el perro, al puro estilo de James Bond, escapó en el último segundo. Saltó al riel contiguo y siguió su andar por el túnel, esquivando la fuerza omnipotente de la máquina.

A veces olvidamos el golpe de realidad que la naturaleza nos da de vez en cuando: nosotros también somos animales. De eso se trata la conversación. Pues algún día, la fuerza de la máquina no se detendrá frente a nosotros. ¿Lograremos escapar? El perro que vi aquella mañana, estoy seguro, también querría conocer la respuesta.