Cuando llegaron las simetrías
Poesía: Primer premio
¿A dónde en verdad iremos
donde la muerte no exista?
Por esto lloro,
date valor, corazón mío,
nadie aquí vivirá.
Canto nahua de privación
Yo les hablé (por la convicción que puede piscarse de la apnea)
a las simetrías;
les hablé por convicción en las correspondencias
como la pulpa de todas las preguntas en calidad de espejos confrontados,
florecientes para que el abismo menos sutil
arrojara las respuestas menos prudentes.
Les hablé así—
Cuando llegaron ya arrecíamos en el declive del sexo;
ya éramos el paso del silencio livideciendo entre las costras de color,
hundiéndose en la miasma de nuestras refracciones,
las membranas entre el cielo y la tierra.
Cuando llegaron
las semillas ya habían rellenado todos los sitios de las prenociones
con hambres de sueño amorfo en este valle de hierro y sargas y concreto;
hambres abiertas y dengueadas por las ciénagas junto al baño,
queriéndonos sostener en los comedores inhabitables por el cloro;
aferradas a la resaca del suspiro, casi nuestro corazón.
Cuando llegaron ya no quedaban lluvias en el páncreas de su dios,
el mastranzo que adoraba suavemente a las chicatanas
y resguardaba al tenebrismo más cercano a las asimetrías.
Ya no quedaban lluvias y los canales se habían llenado de cuerpos
y los borboteos de sus cadencias
se habían llenado también con estos remolinos de luz
porque ya no quedaban lluvias adentro de la casa.
Y afuera, cambios de página, cortes apresurados,
zarpazos entre las bifurcaciones del sufrimiento,
en donde es inservible la noche;
con las polillas;
con los misterios que se asoman entre la maquinaria del insomnio,
que viene una y otra vez con hambre hasta nuestra casa.
Y adentro, algo en las otras maquinarias —las palabras—
había cortado en la alerta que exhalan las pulsaciones estelares,
un ave había caído cuatrocientos días con su única noche
y había seguido cayendo de las falanges
que dolieron con el metal y sus brillos de desolladura.
El ave había tenido todas las formas del odio sobre la tierra,
y de nuestros enojos y del tiempo,
que es una lluvia aprisionada por maicena,
maicena y un poco de azafrán
—el tiempo es la forma primigenia del odio.
*
Les seguí hablando—
Pero ningún adobe aguantó su llegada.
Se resquebraron bajo las fibrilaciones de la hora
a volapié de las veinte palabras ahorcadas
en las falencias de la perfección.
Primero, abanicos de lumbre en las prisas,
aquelarres junto al tendón de afecto que nos unía a papá,
se encarnaron en otras alimañas que huyen al río
de las novias flageladas.
Ningún pilar aguantó.
Se resquebraron en los tanques de los cuatrocientos mirones
cuando los visos del verbo a tientas eran vueludos;
vueludos de las hermosas telas alrededor de nuestro matrimonio
impregnado de las risas desteñidas por el poder;
los cuatrocientos vítores que eran cuatrocientas víboras con médula de nogal
todos doblados por la yerba húmeda
y los amaneceres forzados a la concesión de su desarreglo,
de sus dos pilares:
doblados por el río que aquí también se doblaba
y que hacía doblar sus gorgojos a los totoles,
amigos totoles, amigos sicarios, amiga autopista,
amigos sin nombre,
amigos nosotros que no tuvimos nombre
ni nada bajo nuestras rodillas suplicantes
más allá de las ambigüedades de estas raras pilas de escombro
lentamente transformadas en un testimonio
de las cosas que ya nunca existieron en nuestros desperfectos;
no tenemos nombre que nos eleve
de los sentires del mar que acerca un brazo, un dedo apenas,
sobre el último destello de las telas asimétricas
durmiendo con papá en los aromas más tenues de la angustia,
en las mismas frustraciones, vibrando bajo la presión del agua
—estar a los siete metros de la presa
es cargar con todas sus transas—,
porque argüimos el final de la raíz
como hemos argüido todas las texturas que sestean entregadas
a la misericordia de la nueva esencia del abandono:
el que llegó a nosotros y no nosotros a él,
la esencia que nos persigue por ustedes,
que nos mantiene despiertos por ustedes,
que nos tapia los reflejos en las pupilas por ustedes;
y por ustedes somos la distancia irreconocible
hacia la recámara de mamá;
somos espectros luminosos que se arrastran a toda velocidad,
con la fuerza entera de los decibeles,
por los hoyos de nuestras cercas de somnolencia
sin razón además de los sonidos del doblez agonizando.
Por ustedes somos las criaturas que escurren sus cruces
hacia la superficie de la oscuridad.
*
Todavía les dije—
Y su templanza,
el perfil mejor logrado del zaherimiento,
llegó a arrollar los espíritus con su cuerpo de dinamita
durante otros sueños acerca de flamas ruñidas por el entierro,
rodeando las fronteras de los soplos,
desintegrando la reciprocidad del hormigón, los formatos,
las furgonetas que se están repartiendo los cuerpos
entre estas veintenas de corazones
que bombean los vapores de la gasolina
hacia las opacidades que abrimos con las uñas
y se vuelven cráteres de neblina sin forma,
caminos que se cierran detrás de nuestros respiros,
y por tanto son lo límpido de la felicidad
y por tanto no son nada.
*
Pero ya no les dije—
Por fuera de los sueños, en el sudor del insomnio,
los ventrículos aún funcionan por costumbre para los telares;
se montan en los camiones, pasean los dolores,
se convierten en diálogos calixpintos
que ignoran lo sagrado en las disparidades de las masas
cuando se acurrucan encima de lo poco que aún golpea
en esta parte del río,
en donde la memoria del agua despierta suavemente por las torsiones
y los pastizales despeinados con risas delicadas (burbujas en el fuego);
en donde hay el sitio preciso para los compases cardíacos
que conducen hacia alguna narcolepsia
de la luz cuando se infusiona en el mar.
*
Ya no les dije—
Por fuera de los sueños, el óxido nos tiñe la piel y los trancazos
nos arrullan durante toda la cacofonía:
cuatro balas adentro de los fermentos de sol,
y cuatro más en los neumáticos que se confunden con la bruma,
el espejismo de simetría en la montaña,
en donde encalla la variedad entera del alivio
—otras luces infusionadas en otro océano—
y nos arroja semidesnudos a un mundo
que se dobla por todas sus mitades y se perfora
con las almas de suicidio fosforescente,
presas en la parte indefinida del ojo que escarba
por un laberinto sin muecas
rumbo a la única verdad por encontrarse en los costados del espejo
en donde se refleja sólo lo imprudente de mi propia voz:
las simetrías son la estilización del odio
y todo lo que se dobla dentro del núcleo del agua.
Las simetrías son nosotros, pero nosotros no somos ellas:
ellas son el aire que se expande tras las pisadas
arrastrando cuerpos desmembrados
por la parte exprimida, flácida del tiempo;
nosotros somos extranjeros materiales
en una curva de asfalto que se llamó río y patria,
y así extranjeros volveremos a recortarnos a la forma
de los otros hijos de mamá.
Mamá era la luz blanca de lo imperfecto
y en su llanto existían los moldes de nuestras aspiraciones.
Las simetrías son las destructoras de la tristeza
—lo único que el tiempo no logra levantar de su tumba—,
y son un charco de sangre
incapaz de esparcirse entre nuestros pies.
Mamá es la cara imperfecta del abismo
y ya nada la separa de las simetrías, y todo la separa de nosotros,
que somos la luz manchada de vilipendio.