Invierno rojo

Texto y fotografías de Andrea Martínez




I

—Tu nota va bien, pero le hace falta color —dijo por teléfono una reportera de La Jornada a uno de sus colegas más jóvenes.

Ella pedía, además del marcador del partido de futbol, que la nota tuviera vida, movimiento; es decir, color: las porras ingresando en sonoro tropel al estadio, los aficionados con los colores de su equipo pintados en el rostro, los cánticos rivales alentando a su escuadra.

Su insistencia en el color de la nota me hizo pensar que el periodismo tiene su propio pantone: rosa, amarillo y rojo. El primero para el periodismo del corazón; el segundo, la información revestida de morbo y exageración; y el último, la nota policial envuelta en pólvora y teñida de sangre.

Estos colores comenzaron a institucionalizarse a finales del siglo XIX en distintas geografías de Occidente, aunque existen vestigios del periodismo rosa desde el siglo XVII, cuando la primera revista de Francia, Le Mercure Galant, ofrecía crónicas de los salones aristocráticos.

Sobre el concepto amarillismo, alguna vez leí que surgió a finales del siglo XIX en la prensa estadounidense, a partir de un personaje de cómic conocido como Yellow Kid, cuyas historias recurrían a la exageración y al sensacionalismo. Por extensión, toda información con esas características terminó por llamarse amarillista.

De la nota roja parece que no hay un origen definido; sin embargo, al menos en México, la primera nota policial con la imagen explícita de un crimen se publicó en 1889 y dejó mudos a los tapatíos. La fotografía fue elogiada y cambió la manera de narrar la violencia en México.

De los tres colores del periodismo, la nota roja es la que más me inquieta. ¿Será porque cuando tenía ocho años encontré a un muerto? Estaba tirado a la entrada de un baldío en Chimalhuacán, Estado de México, cubierto con una cobija San Marcos. Salvo nosotros, la calle seca y polvorienta estaba desierta. Era invierno.

También fue en invierno cuando me subí a una motocicleta para hacer nota roja. Ésta es la historia.



II

En México, a los fotorreporteros que cubren nota roja se les conoce como onces porque, a mediados de los años cincuenta, los fotógrafos llegaban a los siniestros en la ambulancia de la Cruz Roja número 11. Enrique Metinides, El Niño, hizo canon esta práctica. Desde entonces, todo fotoperiodista de la fuente policial se autodenomina once, y con mucho orgullo.

Hoy, en la Ciudad de México, los onces ya no se trasladan en ambulancias. Ahora usan motocicletas y su centro de operaciones es un anexo que huele a café de la Fiscalía General de Justicia de la Ciudad de México.

Sobre un anaquel de madera colocan sus cascos, y en otro mueble similar, sus cámaras y telefotos. En una mesa hay comunicados de prensa que dan cuenta de los logros de la Fiscalía: detenciones, operativos, decomisos. En Navidad, también colocan un pino de plástico modestamente decorado con luces rojas.

Aquel domingo invernal, los fotógrafos de El MetroBastaLa Prensa y El Gráfico esperaban el llamado de la tragedia sentados en un sillón gris. Yo iba con Armando Martínez, entonces fotoperiodista de El Gráfico.

—¿Ese morrito es tu carnal? —le preguntaron a Armando, señalándome.

—No mames, wey. Lo mandaron de la universidad para hacer una tarea. No le hagas caso —me dijo Armando—, apenas tiene la primaria… y trunca.

—¿Y qué estudias? —me preguntó alguien más.

—Comunicación, pero estoy en la especialidad de Periodismo —respondí, engrosando la voz y poniendo cara de valiente para verme rudo, igual que ellos. Esfuerzo inútil. Ellos miden más de 1.75, miran con severidad y sus chamarras gruesas de motociclista los hacen parecer aún más toscos.

—¿Qué es lo más trágico que les ha tocado fotografiar? —pregunté para desviar la conversación.

—A los niños —respondió un fotógrafo con corte de cabello estilo militar.

—Yo sólo he fotografiado a uno, pero creo que lo sigo soñando. Murió atropellado. En cuanto llegué, lo primero que vi fueron sus zapatitos, que estaban tirados por allá —dijo otro, con la mirada perdida en el recuerdo.

—¿Y cómo se les ocurren los encabezados? Es que luego el accidente está feo y el título muy chusco —pregunté, esta vez con voz de ratón. No quería ser invasivo ni que pensaran que juzgaba su trabajo. En la Ciudad de México, los principales periódicos de nota roja acompañan las imágenes de los siniestros con titulares irónicos, irreverentes y de doble sentido.

Una vez, la portada de El Gráfico mostraba a dos monjas en primer plano. En segundo plano y fuera de foco, el cuerpo de un hombre atropellado. El encabezado decía: “¡Madres!”

—Esos no los escribimos nosotros. No podemos. Imagínate, luego, mientras trabajamos, nos quieren madrear, ¿tú crees que vamos a tener cabeza para pensar en un título? Nosotros sólo mandamos la nota y en la redacción hacen su desmadre —confesó Armando.

—Seguro es bien feo ver pura sangre todos los días, ¿no?

—Sí, pero te acostumbras. También hacemos cosas distintas para no volvernos locos. Yo, por ejemplo —contó Armando—, entreno boxeo saliendo del jale y, los fines de semana, hago fotos en bodas y quince años. Hasta gano más que en el periódico.

De pronto, todos se pusieron de pie, dejaron sus cafés en la mesa de los boletines, se colocaron los cascos y tomaron sus cámaras. Su estado de alerta presagiaba tragedia.

—Yo te voy a llevar, pero nos vamos en chinga para ganarle al Gordo. Hay Z-5 por 20 —me dijo Armando.

Me puse el casco y subí a la moto. Temblaba, pero no de frío, sino de miedo. Íbamos a fotografiar a un muerto por choque. No sabía si estaba preparado para ver, otra vez, un cuerpo sanguinolento tumbado en el asfalto, con la ropa hecha jirones. Minutos antes, un once dijo que cubrir nota roja en México era lo más parecido a ser corresponsal de guerra. La frase aumentó mi adrenalina.

Nunca me había subido a una motocicleta, y ahora iba en una BMW, rebasando autos micros tráileres motos y esquivando baches, con tal de ganarle al Gordo, paramédico y chofer de una ambulancia del Escuadrón de Rescate y Urgencias Médicas. Si él llegaba antes que nosotros, levantaría el cuerpo y nos quedaríamos sin nota.

Armando me daba instrucciones, pero no escuché nada: el rugido de la moto era ensordecedor. El viento congelaba mis mejillas, mis piernas abrazaban con fuerza el lomo de la moto y sentía los brazos agarrotados por la tensión con la que me aferraba al asiento. No quería ser portada de El Gráfico.

Armando bajó la velocidad y señaló el suelo: había restos de vidrio y marcas de llanta sobre el asfalto. Bajamos de la moto y, poco a poco, llegaron los demás. Entonces sacamos las cámaras, elegimos el teleobjetivo más amplio y medimos la luz.

Estábamos en la frontera de la Ciudad de México y Ciudad Nezahualcóyotl, Estado de México, justo en la esquina de periférico Río de los Remedios y calle Valle Cerrato.

La tragedia se veía desde lejos. Un hombre abrazaba el cuerpo de una mujer, cubierto por una sábana blanca manchada de sangre. Sobresalían su cabello y sus piernas amoratadas. Alrededor del hombre había un grupo de gente, pero no para consolarlo. La policía había acordonado la zona.

—Todavía no te acerques —me advirtió Armando—, primero debemos revisar si es seguro. Ya nos han apedreado.

Me había dicho que los onces trabajan juntos y se cuidan. No importa quién mande la nota antes; primero está su seguridad.

Escondimos las cámaras entre nuestras ropas y nos acercamos como unos mirones más. Los fotógrafos iniciaron entrevistas discretas: “Oiga, ¿qué pasó?”, “¿eran de la colonia?”, “¿a qué hora fue?”, “¿eran esposos?”. Luego, con la precisión de Sherlock Holmes que dan los años de experiencia, estudiaron la dirección de las marcas de las llantas, la trayectoria de los vidrios y compararon los tipos de plástico y metal esparcidos en el asfalto.

Cuando localizaron al jefe policial, se identificaron como periodistas y comenzaron la entrevista formal. Mientras tanto, yo miraba al hombre con uniforme de béisbol que gemía desconsolado sobre el cuerpo tendido en la banqueta. Los vecinos lo observaban con piedad y desasosiego.

—Chavito —me susurró Armando—, ve al micro, con discreción, y anota la placa.

Obedecí y regresé con los onces, que contrastaban información y construían la historia a partir de los testimonios de los vecinos y de la policía. Lo que pasó fue lo siguiente:

Aquella mañana, el hombre tenía juego de béisbol y se adelantó con su esposa al campo. Más tarde llegarían sus hijos. Subieron a su carro, un Atos blanco, pero el auto comenzó a fallar hasta que se detuvo en la curva de periférico Río de los Remedios. El hombre bajó del vehículo, abrió el cofre y se inclinó sobre el motor para escudriñar sus entrañas.

No supo cómo fue. Todo fue tan inverosímil. Un segundo. Un sonido indefinido.

Un microbús a exceso de velocidad se estampó contra el Atos, comprimió-los-hierros-del-vehículo y lo arrastró varios metros, dejando una galaxia de vidrios rotos sobre el asfalto. La mujer, que esperaba en el asiento del copiloto, salió expulsada por la ventana.

                          Los aires

                  por

           voló

   El cuerpo 

y se impactó

contra la

fachada

de una casa

hasta caer

en la

banqueta

El hombre no tuvo ni un rasguño.

Los onces se retiraron, sacaron las cámaras con discreción y, tumbados sobre la banqueta, cubriéndose detrás de una jardinera, empezaron a tomar fotografías. Yo hice lo mismo. Luego nos acercamos a la patrulla, nos recostamos contra las llantas e hicimos otros tiros.

—Hay que ser muy respetuosos. Debemos entender que la familia está sufriendo —me decía Armando mientras sonaba el obturador de su cámara.

Minutos después, uno de los fotógrafos le preguntó a un policía:

—Oiga, jefe, ¿y la ambulancia?

—Pues ya la pidieron, pero ya los conoces, siempre se hacen weyes —respondió el uniformado mientras cruzaba sus brazos.

—¿Quiénes son más irrespetuosos? ¿Nosotros o los paramédicos? —me preguntó Armando—. El cuerpo puede estar ahí todo el día. Eso no es justo para la familia.





Regresamos a las motos y dejamos la escena sin prisa. Armando hablaba, pero no recuerdo sus palabras. Yo sólo pensaba en que esa familia no tendría cena de fin de año. ¿Qué le habrán dicho sus hijos cuando se despidieron? ¿Cuáles habrán sido las últimas palabras que escuchó de su esposo? ¿Cuánto tiempo cabe en un segundo? ¿Amó aquella vez como si fuese la última?

Sentía débiles los brazos, aferrados con todas mis fuerzas a la motocicleta. De pronto, no sé por qué, regresó a mi cabeza el cuerpo que encontré cuando tenía ocho años. Ya no era un hombre, sino un bulto.

Entonces llegamos a la Fiscalía. Los onces estacionaron las motos, se quitaron los cascos y los colocaron sobre el anaquel. Algunos dejaron caer sus pesados cuerpos sobre el sillón gris; otros se sirvieron café en pequeños vasos de unicel para beberlo mientras aguardaban a que, en su grupo de WhatsApp, les avisaran que en algún punto de la ciudad había otra historia roja por retratar.

Mientras me reponía del trayecto, recordé que Tomás Eloy Martínez escribió que “las almas también aspiran a que alguien las escriba. Quieren ser tatuadas en las rocas de la eternidad. Un alma que no ha sido escrita es como si jamás hubiera existido”. Tal vez por eso me seduce la nota roja.