Neurópolis
Para Chris
¿Qué cargada de delicias tiene en su basalto esta piedra de neón?
¿De qué cableado pendieron las colgantes estrellas sin desorden?
Cantidad de hora distanciada, origen de horizontes marginados
y, gran Ciudad, oh Neurópolis, que nos quitaste el pensamiento.
Aquí escribimos en tus largos códigos una salud perpetua que nos leerás en caricias,
aquí quiénes levantaron el primer vestigio que acalló el acero, la columna,
que alejó el terror del viento y la peste, la babeante necedad de sed o fuego.
Aquí quienes vinieron, nuestros padres, te erigieron pulcra a la antonimia de sus padres,
te labraron la deífica cadena y, en tu asilo, hijos somos de tu vientre asidos, afirmados,
hijos somos de tu cable negro, lejos de afecciones y dolencias.
Lejos del cuero y la masacre, aquí lejos, en el plácido recinto de Neurópolis.
¿El gozo puede alguna vez un fin?
¿Tiene en su deleite esta pureza corrupción insomnio?
Los largos caminos que dejamos en la andanza,
estasis inmovible que perdieron antes,
oh, la calma y pulcritud se quedará por siempre
cuando ajeno ya el olor, montículo residuo que abarcó los mares.
Oh, el aire que exhaló la muerte nunca me verá pacer ante la cura,
y esta gran Neurópolis ¿acaso ocaso retendrá en su oriente?
¿Acaso está vedada de bacterias y de smog?
¿Acaso veo con los ojos sanos? ¿Acaso…?
Ennoblecimiento de los sueños, vista protectora de desgracias,
¿qué marcada de escrutinio te verán por siempre ya alejada de trabajos y dolores?
Nosotros, que vinimos a beberte luminiscencia con las manos,
hemos ofrecido nuestro tálamo a tu ansia
y, serena, el dulce velo que ofreciste a tus adeptos.
Magnífica, dadora, fluorescente de amperajes,
óyela bramar en tu murmullo, cantadora,
cuando el viento vuele a acariciar la piel.
Siéntela mamando de tu duelo para liberar la espina
y a nosotros, que soñamos su perfecto rostro,
bailaremos en la rueda de este o ese jardín alumbramiento ante la gracia.
Oh, magnífica Neurópolis, ¿qué cableado de estrella? Dime ¿qué fulgores de aluminio?
Dormitaba después de la memoria, el duro contender de la basura y el martirio,
los que antes precursores fueron de las grietas fluorescentes,
hoy lamentan su silbato y su cincel. ¿No habrá flor arriba? ¿Nunca ha habido?
Sólo aquí, en este estómago de cables alineados, una fuente eterna de terabits.
¿Duermo en todo sueño de caricias por perder el arañado nombre que nos fuera impuesto?
Levantamos una cueva y nos tiramos a dormir,
coronamos nuestros rostros con tornillos y ofrecimos a ese dios nuestra data,
atados por la nuca hasta el ocaso, hasta el silencio, sin dolor.
¿Dormiré cuando ya el último rastro de inquietud nos despierte,
hasta que este dios de colmillados largos, de brazos delgadísimos,
nos hayan liberado al fin de la malicia, de perversión, de odio?
¿Hasta que haya tiempo al fin de ver el tiempo por crecer los pinos?
¿Hasta cuándo?
¿Quién irrumpiría en nuestros templos por corear la lengua?
¿Quién habrá de edificar la hambruna aquí cuando se olvide el sueño?
Oh, magnífica Neurópolis, de los purpúreos prados,
todos quienes son tus fieles, todos quienes te darán su sueño, cantan sin cesar.
¿Quién vendría a terminar tu perfección y tu placer?
¿Quién presionaría el botón si a cada paso nos alivia el alma?
Oh, magnífica Neurópolis, todos son tus fieles, óyelos gemir.
Nuestra penumbrosa voluntad anestesiada, en su hormigueo,
las cien mil caricias han venido a reposarme el sexo.
Aquel jardín, qué tanto tiene de florido. El hombre aquél, su desnudez real.
¿Es que no ves cómo el vuelo se detiene ahí? ¿Su límite de gráfico inminente?
Alguna vez soñaba y suena siempre igual, también de día,
como un vuelco de plástico metalizado.
Me ha venido tenue a susurrar. A detenerme.
He visto que otros hombres se desnudan de entorpecimiento,
y yo, esposado a la columna, ¿quién irrumpirá en las calles
de esta Ciudad con gozo? ¿Este paraíso digital?
Oh, Neurópolis la grande, nadie habrá de retirar tus cables que no sienta el miedo,
no podrán jamás por su malicia terminar nuestro deleite,
tú que alzaste multiplicación de orgasmos y vedaste de finales este cuerpo nuestro,
¿Quién entonces tirará de este placer perpetuo por sufrir el hado triste de los viejos seres?
¿Habrá alguien que rehúya tu sentencia, tu calor?
(La brava toca su trompeta en el pináculo más alto,
está sonante su delicia que nos parte en gloria,
cuerpos uno a uno abandonados a la calle, siempre igual.
La brava, empedernida, grácil joya de Neurópolis,
se sienta en su balcón llenando el plectro o la variable,
a soltar melodías, liberar la carga que no tienen nuestras pieles)
Yo me cubro el rostro, la escucho tocar.
Anhelantes somos, gran Neurópolis, de humor sobre los ganglios,
quieren oírte en los fulgores que irradió tu esencia
y salivar contigo toda nota de entonada lucidez.
Oh, Neurópolis querida. Anhelantes somos de la caridad tuya.
Yo sabré que allá no hay nada, yo sabré que en la verdad solvente
apenas unos tragos de valor bastarán para sufrir.
Escucho yo a Neurópolis o ella, en su grandeza,
relame mi interior para sentir de dicha y detener
la marcha firme, voluntad, quebranto.
Hoy señalo tu corona turbia y me dirijo al fin.
Hoy rompiendo tus deleites, tiraré mi manto a la vejez del tiempo.
Me rehúso.
No hay escaso, ni corriente, contaminación,
nosotros andaremos por cubrir el tiempo con la exactitud de un dedo.
No hay medida, ni impaciencia,
oh, Neurópolis, te detuvieran los segundos, poderosa siempre.
Nadie franqueará tu firewall.
Ya que viene a la fatalidad, la hambruna…
un pájaro distinto ha revoloteado en mi cabeza,
cortó el sol y mi alma al vuelo lo dejó tendido.
¿Ha venido un pájaro distinto?
¿Ha tenido su plumaje fatal?
Nunca he visto con color marchito el pétalo de mis amantes,
han llegado aquí a posar sus lenguas y parar mi curso.
No sabré la enfermedad sin cura cuando toque a mi ventana
¿Soy, Neurópolis, o un pájaro distinto vuela en mi interior?
Eternamente vivos somos y seremos,
no tenemos más que calma, consuelo y satisfacción.
Oh, Neurópolis, gran puerto al que llegamos ciertamente,
nuestro sueño en fin, nuestro furor por siempre.
¿Cuándo habrás, oh piedra deslumbrante, de cumplir con tu misión
si fuiste el obelisco de los tristes viejos?
A tus pies se ha visto la tarea final
y en ti que cumples toda recompensa
los ya finados, ya sufridos, los contienes en tu pecho,
oh monumental, oh máquina destina.
Mi camino por el campo se aligera levemente,
todos flotan allá lejos, sueltan siempre carcajadas,
pero yo, qué píxel diminuto me delata. Arrastro el pie.
¿Qué píxel adherido a mi planta se duplica por sentir,
por hormiguear, por alterar el pulso y regresarme?
Su ulular me nombra entre susurros, me anima a regresar.
¿Esto es desesperación? ¿Esto es la angustia?
No hay condenas. Sólo estos perímetros nos dieron un reflejo de insolación.
Nosotros no clamamos, ya no hay tarde ni premura.
¡Oh, delicia de la inmutable calma, te veremos nunca murmurar contra nosotros!
¿Hasta dónde llegará su pulcra neuromancia
que a placer alivia el inconsciente e intelige nuestros sueños?
¿Qué insensato habrá de presionar el duelo y entregarse al dolor
cuando no aquí la toda celsitud le da caricia que enaltece el alma?
Renacido y continente, las delicias me disgustan en su variedad,
¿Quién me vino aquí a sembrar semillas de botón brillante?
¿Quién teclea en mis neuronas la verdad que se acumula?
Las delicias de esta tierra me sepultan claridad
y los que gimen con su boca tersa, me tienden las manos en su encanto,
pero no hay seguro, no hay valor, las delicias me disgustan.
¿Por qué he renacido? ¿Por cuál calma recorre entre mis venas rebelión?
Yo quisiera aquí romper un vidrio y su soberbia inalterable,
yo quisiera allá pisar las flores, levantar el momento. Escapar.
No hay camino, no hay salida
¿para qué transitas en la línea frágil del segundo,
si entre aquí escuchábamos la música y silencio?
¿Si entre allá la culminada de sonrisas siempre calmará tu sed?
La madre Neurópolis nos acaricia el corazón,
nos inflama y nos conforta. La madre Neurópolis nos alimenta.
La madre Neurópolis desfoga tanto a grandes como a chicos. Su gratitud no tiene fin.
Acaricia sus circuitos y deléitate, posa tus labios en sus cables,
lámelos y traga el quilo azul de su gozo.
¿A qué le temes? ¿No lo ves? La madre Neurópolis, oh, grata.
Nosotros te amamos, te bebemos, oh, grandeza de portal a vuelo. Nadie nunca franqueará tu bien,
nadie nunca te dará tardía a beber, ni burlar podrá tus límites oriundos.
Más mi curso se hunde en pantanos de agasajo
y en sus palmos grandes tiene asida mi alma en revelación.
Me atraviesa en fuego la memoria al pecho
y cuando recordar podría la certeza de mi nombre
viene su fantasma a enmudecer mi paso.
¿Y es placer la angustia? ¿Es sufrimiento?
Alaba, tú, su siempre limpio vendaval tan infranqueable,
su calle estéril de fermento y grieta. Impoluta Neurópolis
¡Qué tantos acallar tu voz en cuanto va a decirnos: “fieles”!
Alaba tú, viviente cantidad de núcleos que la forman tibia,
y cómo en este campo no será donde fin su favor,
abierto soy el código que mana de la fuente eterna,
nunca nadie pedirá más pan.
Si es angustia y terror, si es dolor la maldición afuera,
beberé sus jugos negros por cortar la cuerda que me corta.
Mira su limítrofe ante mí roer mi carne, desgastar mis huesos.
Si es dolor que me depara afuera, despertaré por fin de la agonía entera.
Baste ya la celestial, baste ya Neurópolis tirana.
Me iré arrastrando, un aullido grave nacerá en mi alma.
Nosotros, oh ventila, te formamos siempre acariciada en la sanción de tus murallas,
pues tus campos, tus corrientes, ¿en qué mapa encontrarán su fin?
Nosotros nos que somos tu ferviente calle, pavimento.
Yo somos Neurópolis, yo solamente forma el mundo,
soy Neurópolis la grande y sin final.
Mira desgarrar mi voz, mira mi romper mis huesos.
Esto es el dolor, el pulso, la verdad.
No hay allá un jamás que te dará la vida,
no podrás en este auxilio de amparar las venas.
Nadie nunca perderá la clave. Aquí y allá somos la Neurópolis
aquí y allá, soy la canción, oh, gran ciudad, que nos quitaste el pensamiento.