Salto de fe

Un rayo atomizador
en el brillo tecnicolor de la televisión.
Árboles japoneses de una foto mal impresa.
Un color que cayó del cielo.
Sangre derramada por una ciruela en las manos.
Las nubes por cinco minutos en el atardecer mazatleco.
Una ciudad italiana llena de cadáveres deslavados.
Morado puro,
casi rosa,
casi algo.

Imposible negar que están aquí,
pero comparten el color de lo engañoso:
necesaria mezcla
para reconciliar dos puntos del espectro visible que no se tocan:
una mentira para darle sentido al mundo.

Sonríe:
una nebulosa magenta
fotografiada desde la tierra
es la doble mentira
de un paisaje que ya fue
pintada de un color ciego.

Habrá que habitar el mundo
con la conciencia
de estar resolviendo un misterio
al cavar en el centro de la peonía.

Confiar
en que los cartuchos de tinta saben algo más,
en que el horizonte siempre está cansado,
en que lo básico aún encierra misterio,
en que si pisas una bugambilia,
en la suela de tu zapato
estará la verdad.