Un lugar para el duelo

Parece que ubicar la muerte en un espacio es importante.

Hace dos meses murió el perro de esta casa, su nombre era o sigue siendo Pipo. Yo no me decido aún por un tiempo verbal, tampoco tengo grandes claridades sobre este ensayo que inició siendo dos en uno y, en la primera versión, ni siquiera se entendía qué se había muerto, si era metafórico, críptico, real; si al decir “una familia sobrevive montada en el lomo de un animal” se lograba expresar cómo una casa que no es hogar tenía un perro que unía todo como un kintsugi.

El lenguaje es un lugar incierto. La materia, esta casa, es otro lugar.

No tomo decisiones importantes. No sé qué espacio físico, puntual y general, incierto como el tiempo o los sueños, sería el adecuado para ubicar la muerte, su muerte.

Veo que los demás hacen esto con sus duelos. En casa, mamá sacó las cartas de los ángeles después de que llegara un señor con tapabocas y guantes cargando una caja para llevarse a Pipo.

El lugar para el cuerpo de un labrador chocolate es una caja de pvc negra.

Mamá me señaló el manojo: una para lo que él debe decirte y otra para que el ángel te guíe, dijo. “No tengas miedo, ahora yo estoy muy cerca de ti”, marcaba la primera carta. La segunda: “Dios sabe en su infinita misericordia qué es lo que te conviene”. Convertido Pipo en una especie de ángel perruno que envía mensajes desde el más allá, mamá ubicó su muerte en tres espacios: la pieza abandonada donde se guardan los adornos de navidad para su cama; la basura para los medicamentos que ya se habían gastado en la imposibilidad de sanar el cuerpo roto y viejo; mi cuarto, lugar para todo lo demás, lo más doloroso: su comedor, sus bandanas, sus juguetes, los dos mensajes que cruzan el cielo, sus cenizas.

La muerte para mamá es tan grande que necesita de tres espacios físicos y de un símbolo. Ella no niega que le duela, por eso ordena lo que sirve en un cuarto, lo innecesario en la basura, y el verdadero dolor lo orienta hacia mí, a quien todos asumen le pertenece. Así la pérdida se desplaza un poco, encuentra un espacio para existir lejos mientras mamá se fortalece y decide a qué perro regalarle la cama que el propio ya nunca usará.

Mi hermana, en cambio, ubica la muerte en sueños: Pipo respira en su cama, ha vuelto a nacer, pero por algún motivo ella, por más que corra a buscarme, es incapaz de revelar el milagro. Se levanta golpeando las paredes de impotencia, piensa en lo increíble que sería que el sueño se convirtiese en realidad.

El lugar para la vida después de la muerte son los sueños.

En cuanto a los dos hombres de esta familia, parece que la muerte o no tiene un lugar o es como la vida y sencillamente pasa en silencio como las cosas y los días. Un orden tan tejido en sí mismo que es imposible saber dónde cortar sin que algo vivo muera y sin que lo muerto reviva. Un orden que sólo tiembla cuando es imposible contener el llanto de la noche, en medio de las pachanguitas
        y la caída de un bolero en el whisky. 

En el tiempo permanecen los muertos.

Yo no tengo un espacio y tampoco soy capaz de creer que Pipo es un arcángel que me trae mensajes en cartas parecidas al tarot. En mi ateísmo me niego a pensar que él pueda —o quiera— enviarme un mensaje de Dios y que ahora, en vez de cuatro patas, tenga dos alas estúpidas que le permitan volar por los cielos para traer mensajes no pedidos, en vez de correr por la tierra para perseguir su pelota. Si puedo creer en algo, elijo que sea un Xolo que me trae mensajes del Mictlán.

Primero porque prefiero mis raíces latinoamericanas. Segundo, porque tiene más sentido que él venga a ser mi guía espiritual en el camino hacia la muerte y no hacia Dios, porque esto es lo cierto: él murió y si a algún lugar ha de llevarme tendría que ser de vuelta a la tierra. Lo imagino algo así: un río con troncos gigantes enredándose en la corriente mientras él los persigue y se olvida que ahora, se supone, debe ayudarme a atravesarlo. En últimas, lo anterior es falso y lo que creo es que el Mictlán sería mil veces más divertido que el cielo, que el gordo comería superbién porque las ofrendas de los mexicanos son deliciosas, y que no me dan ganas de ver a un señor todo misericordioso al final de mis días para que me diga que él sabe lo mucho que me convenía que Pipo muriera.

Como no sé dónde ubicar su muerte, escribo y pienso en los lugares donde mi familia y mis amigos han encontrado la posibilidad de seguir su vida y fortalecerse antes de enfrentarlo. Recuerdo que alguien alguna vez me dijo que Colombia entera cargaba la muerte de sus padres. Ambos fallecieron a manos de la delincuencia, por la vorágine que llevamos dentro, como diría Matías Godoy. Exiliarse, de alguna forma, había sido su manera de ubicar la muerte y alejarse a miles de kilómetros de ella. Como un corre-corre para que nadie te pueda alcanzar.

Recuerdo que cuando escuché su historia me pareció difícil asumir que una forma de sanar implicara dejar el país y que volver significara una tumba de costumbres, de cuerpos, de lenguaje. Ubicar la muerte parece que es una de las primeras formas de iniciar y postergar, al mismo tiempo, el duelo. ¿No elegir un lugar será siempre postergar? En todo caso, ya no creo que sea imposible, yo misma estuve el último mes fuera comiendo manjares mexicanos, y al regresar casi tengo un ataque de ansiedad mientras el avión aterrizaba. De alguna manera, mi mente asumió que todo lo perdido se quedaba en Colombia y que mientras estuviera afuera del espacio donde espera la muerte, ésta jamás habría sucedido.

Un país entero también es una tumba.

Yo no quise la tierra para Pipo. Elegí la cremación y ahora tengo las cenizas en una caja que no miro. Están en una parte del cuarto donde él nunca se echó.

Un perro tiene dos metamorfosis.

Se convierte en caja su cuerpo.

En cenizas el alma.

Una amiga, a la que se le murió la mamá, no tuvo más opción que darle una tumba porque así lo quería su familia. Ella dice que las tumbas no son lugar para la muerte, que allí ella no puede asimilar que su mamá falleció porque ese espacio no fue una elección de ella. Cualquiera pensaría que enterrar a alguien es suficiente para comprender que ha muerto, pero entre más lo reflexiono, todo parece apuntar a que para asumir que algo se ha ido es necesario ubicarlo, como si al hacerlo se sostuviera por un tiempo más la vida. Una gaveta del clóset que al estar ahí nos conforta, pues lo que guarda se conserva, y mientras no la abramos más que para ordenar, podemos continuar en comunicación con lo querido. Por eso es importante que este espacio en donde se ubica la muerte tenga algo del muerto, un canal que permita sostener lo que hacía al otro quien es, quien era. Creo que por este motivo mi amiga encuentra más razonable creer que su mamá vive y muere en el orden en que dejó su tocador. Elementos que simbolizan sus últimas elecciones: los perfumes al lado de las estampillas del señor y la libreta de números que nadie sabe a quiénes pertenecen.

Un tocador en orden es otro lugar para la vida después de la muerte.

Pipo es mi primer muerto, supongo que parte de entender la irrupción del tiempo que causa la ausencia es identificar, como todos lo han hecho, dónde voy a poner su recuerdo, cuál será mi lugar de ceremonia, el orden que revele el momento de batir la cola. Como es un animal, difícilmente comprenderé sus elecciones, si es que las tuvo. Esto dificulta notablemente dónde putas poner la gaveta. Más al tener en cuenta que la gente alrededor piensa que si un muerto como Pipo me duele así únicamente es posible debido a mi soledad, porque nadie ama a un perro ni lo duela de esta forma. Como aquella compañera que al contarle de los síntomas que me hacían dudar sobre si ir o no a psiquiatría, respondió que ella mejor que nadie entendía mi situación, pues una familiar muy cercana, que siempre había sido muy solita, también tuvo que internarse cuando su gato murió.

Se puede duelar cualquier cuerpo,

cualquier forma, cualquier vínculo,

el lenguaje lo dice:

basta con que duela.

Como esto es un ensayo, quiero ensayar los lugares, los países, los amigos, los muertos, los padres, las familias, los perros. Entonces, si pudiera ensayar elegir una parte de mi cuerpo en donde ubicar su muerte, diría que ahora me duelen los brazos que ya no pueden cargar su enfermedad, diría que me duelen las manos que ya no pueden curar sus heridas, diría que me duele la voz porque no importa cuánta panela use, ni ella ni yo podemos llamar a la carne,

       pedirle que nos haga otro cuerpo.

No todos los animales estamos hechos para sostener una familia, para unirla con las rutinas cotidianas: cinco de la mañana una puerta se abre de golpe para pedir el desayuno al hombre grande; siete de la mañana un perro finge que no ha desayunado y hace caras y consigue que la hermana mayor le dé comida; nueve de la mañana mamá se encuentra con él y toman el café y el sol; en la tarde un hombre pequeño se siente solo y sale del cuarto y recuerda por qué con Pipo no se siente solo, por qué con el resto de humanos sí; a las seis estará esperando, iremos al parque, le dejaré correr aun cuando digan que está mal, regresaremos a casa y hasta el otro día seremos él y yo y todo lo que ha hecho en un día cualquiera.

No todos los animales estamos hechos para sobrellevar su muerte. Quizá por eso todos la ubican afuera: en un cuarto, en un tocador, en el tiempo, en los sueños. Llevar la muerte hacia dentro implica conocerla de frente, ver cómo a su paso todos fallecen y lo que se era deja para siempre de ser. Entiendo que la primera reacción más inteligente sea darle un espacio afuera y así, de a poco, abandonar y retomar el país, botar la libreta de números desconocidos, regalar la cama de Pipo, aceptar que la muerte y el tiempo son lo mismo, prepararse para dejar de soñar.

El cuerpo de mi animal tenía un lugar en la tierra.

Poner la muerte dentro del cuerpo vivo implica que algo tuyo muere a cada momento. Esto ya sucedía antes, porque desde siempre morimos un día a la vez. De pronto habrá quien indique que lo más sano para el duelo sea primero elegir un cuarto abandonado para guardar lo que duele ver, escribir una carta —o ensayo— de catarsis para luego botarlo, abrir las cenizas, entregarlas al río, encontrarse sola y despojada en el Mictlán con un Xolo que olvidó volver por ti porque anda jugando en los sueños de otros.

       El cuerpo de mi animal es otro animal que lo recuerda.

Creo que hacerle espacio a Pipo en mi cuerpo no es un acto de flagelo, es el lugar más natural para la pérdida, el más tierno y caluroso que puedo ofrecerle. Una forma de entrar en el paradigma y mantener viva la muerte en otra cosa que igual ya está muriendo. Hacer obvio el milagro doble: pasar la eternidad por el cuerpo y ver cómo siempre ha sido una cualidad del fallecido seguir para siempre ausente. Comprender cómo necesitamos acuerpar el vacío, cómo

       el cuerpo se transforma desde tiempos impensables

       es cuarto, país, tocador,

       tiempo y sueño para la muerte.