Carrusel / No. 219
La herencia de Miguel León-Portilla

La obra de Miguel León-Portilla se desarrolló dentro de tres materias principales: la filosofía, la historia y la lingüística. Si se piensa con detenimiento, eran instrumentos para llegar a un mismo objetivo: conocer a profundidad el pensamiento indígena náhuatl, aprehenderlo. Decía al respecto: “Cada lengua es como una atalaya. A partir de ella se contempla el mundo. Para conocer la mente humana el mejor camino es estudiar lenguas”. Ésa fue una de sus grandes metas, subir a una torre para comprender la vida e impulsar la construcción de más torres. Por ello, no debe sorprender que la poesía, amalgama del espíritu y el pensamiento humanos, haya sido parte sustancial de su obra e intereses. Y es que fue justo en esta expresión estética en la que don Miguel pudo observar las primeras manifestaciones filosóficas de los pueblos nahuas, que dudaban y se preguntaban “sobre el origen, ser y destino del universo y del hombre”, y pensaban que la verdad se podía encontrar a través del arte y sus metáforas.
Por otra parte, es notable que las personas que lo conocieron resalten, invariablemente, a la par de sus numerosas obras y aportaciones académicas, las cualidades humanas que lo caracterizaban. Se le atribuye haber sido accesible, afable y con buen sentido del humor, una persona sencilla y de gran generosidad, además de un apasionado del estudio. Esto, entre otras virtudes, lo hizo un profesor eminente y muy querido. Palabras al respecto hay muchas, por ejemplo, las del investigador Patrick Johansson: “Estuve durante 40 años al lado de mi maestro quien, además de contribuir a mi formación como historiador, definió el rumbo de mi existencia”. O las del arqueólogo Eduardo Matos Moctezuma, quien lo observaba como un “investigador profundo, escritor prolífico, maestro excepcional, buen amigo y excelente persona”.
De esta manera, es posible decir que Miguel León-Portilla fue ante todo un maestro. Acaso sus años de estudio en la Compañía de Jesús ayudaron a su desenvoltura en la enseñanza; él mismo reconocía que con los jesuitas aprendió “lo que es la puntualidad, la formalidad y el estudio”, pero sin duda don Miguel también diría que sus más grandes deudas descansaban en lo que sus mentores Manuel Gamio y Ángel María Garibay le transmitieron y enseñaron. Del primero aprendería su amor por el pasado y el presente indígena, tan importante uno como el otro; del segundo, su papel como nahuatlato; de ambos, la generosidad intelectual y humana, la disciplina y el trabajo duro.

Además de todo lo anterior, el doctor León-Portilla ayudó a la conformación de instituciones con grandes objetivos, como la Casa de los Escritores en Lenguas Indígenas. Sus acciones de tantas décadas condujeron a que el conocimiento se mantuviera en movimiento constante, para llegar así a públicos nacionales y extranjeros. El conjunto de sus actividades se ha convertido en ejemplo e inspiración para dar un lugar universal a los estudios del mundo indígena, largamente menospreciados y desatendidos. Así, el incansable don Miguel fue capaz de transmitir sus ideas a toda clase de públicos a través de distintos medios, de manera didáctica y eficaz a lo largo de los años.
Sin duda, es justo que se le haya conocido como un tlamatini, como se denominaba a aquellos sabios nahuas reconocidos por su pueblo debido a su profunda capacidad retórica y sabiduría. Tampoco sería extraño llamarle tlapixquitzintli, como aquellos “conservadores” y propagadores de la sabiduría nahua, por la atención que dedicó a generar y hacer accesible el conocimiento al mayor número posible de personas.

Las generaciones que vengan ya están en deuda con el legado de León-Portilla, con sus estudios y con su obra, que sigue vigente, pues nunca lo abandonó el entusiasmo por escribir. Hasta sus últimos días fue un ejemplo de dedicación y disciplina para sus alumnos y sus colegas historiadores universitarios, quienes verán como propio su legado y lo transformarán en nuevos retos y paradigmas. No será, sin embargo, una herencia que pertenezca exclusivamente a especialistas, sino un llamado general para entender y apreciar la diversidad de culturas que nos rodea, para escuchar y aprender los idiomas originarios, mundos de enorme riqueza que por siglos han permanecido marginados. La obra de don Miguel León-Portilla nos ha emplazado a conocer y estudiar el universo indígena, desentrañarlo y hacerlo perdurar en beneficio de nuestra identidad, de la comprensión de nosotros mismos.